sábado, 27 de febrero de 2010

Mestizo

He de confesar que esto se me ocurrió cuando estaba a punto de quedarme dormida a unas horas de la madrugada, cuando sólo escuchaba el murmullo del silencio en mi habitación y mi imaginación se escapó un momento de mi control, permitiéndome bostezar a gusto justo antes de lanzarme de cabeza al reino de Morfeo. Es, más que nada, una historia que se me ocurrió hace tiempo, y que nunca plasmé en ningún sitio.

La noche cayó sobre la ciudad, cubriendo con su manto oscuro el cielo y las calles, mientras que las luces que inundaban la metrópolis luchaban para conseguir que la oscuridad no llegase aún a la capital, donde gente de todo tipo paseaba y se ocupaba de sus quehaceres o salía a pasar un rato. Pero, lejos de toda esa luminosidad y algarabía, en una habitación oscura, una persona escudriñaba con la mirada la oscuridad de la habitación donde estaba.

No sabía cuánto tiempo llevaba mirando un punto en concreto de la casi indefinida pared, ni tampoco sabía si estaba respirando o no, y tampoco prestaba atención a si parpadeaba de vez en cuando. Sólo le interesaba aquel punto perdido en la pared, que parecía estar a punto de ser perforado por su simple mirada.

Pero estaba a gusto. Entre las sábanas de su cama, con su familia dormida en el más profundo de los silencios, con los amortiguados y casi inaudibles sonidos que llegaban de la calle, con su mascota atenta a cada uno de sus movimientos, clavando sus ojos verdes en los suyos con la misma intensidad que ponía aquella persona en mirar la pared que estaba a los pies de la cama.

De pronto, agitó la cabeza con agotamiento. Aquello no podía estar pasando. No le podía estar pasando. Vale, está bien, quizá no era un ser humano normal y corriente, pero maldita sea... ¡Tampoco era un monstruo! Es más, los de su especie (o al menos, la especie de la que lleva un poco de sangre en las venas) son admirados y se les tiene como la representación del Bien, porque son perfectos, porque viven en el cielo (aunque eso era altamente discutible para alguien que sabía dónde vivían ellos), porque tal, porque cual... Vamos, que son mejor que Superman. Pues bien, si son lo más super guay (como dirían ciertas personas de su entorno)... ¿¡Por qué demonios se comportaban así!?

Suspiró con frustración. Aquella pregunta tenía una respuesta obvia, y aquella respuesta colgaba ahora mismo de su espalda, levemente desarreglada por las vueltas en la cama de noche, pero con un halo de belleza que era casi palpable... Ladeó la cabeza para mirar por encima de su hombro, y las observó con rabia. Aquellas cosas no debían estar ahí. Estúpidas articulaciones sobrantes...

Sin embargo, no pudo enfadarse con ellas mucho tiempo. No podía, cada vez se acostumbraba más a verlas ahí, tan grandes, tan delicadas, tan brillantes, tan... blancas. Puso los ojos en blanco pensando que era obvio que eran blancas, y las irguió para observarlas mejor. Una sonrisita pasó por su rostro. Eran bonitas, sí, pero también eran fuertes y resistentes. De algo sirvió, al menos, tanto ejercicio de fortalecimiento y las dietas para hacerlas crecer que tanto llegó a odiar...

De pronto, se dio cuenta de que había asustado a su mascota al haber extendido sus particulares articulaciones de golpe. Se giró otra vez, y le sonrió con calma al gato negro que observaba todo con atención, y con el pelaje del lomo levemente erizado y posición acechante, pensando si tenía que echarse encima de aquella cosa o seguir observando la acción. Cuando vio que nada más se movía, el animal se relajó y caminó con tranquilidad hacia la persona que le sonreía, ronroneando y pidiendo un poco de atención, sabiendo que conseguiría su objetivo al instante. Cuando le estaban acariciando el lomo y la cabecita, el animal prestó atención a un leve susurro:

-Somos mestizos, Shock, tú y yo somos mestizos... Pero no está tan mal, ¿verdad, pequeño?

Rozó el hocico del animal con la punta de su nariz, y Shock maulló con suavidad, como si también hablase en voz baja. Sonrió con suavidad. Él siempre conseguía que se olvidase de sus problemas.
O al menos, de distraer su atención. Tal vez, y sólo tan vez, ser mestizo tampoco estaba tan mal, sobre todo cuando tienes un par de alas a la espalda...

Sí, bueno, son mis pequeños desvaríos a las dos de la mañana, pero gracias a ellos pienso, existo y sonrío un poco.