Él no es su mejor amigo, ni ella su mejor amigo. Son conocidos, conocidos que tienen amigos en común y salen en grupo habitualmente. Han hablado poco, porque él es reservado y tímido, y porque ella suele estar rodeada de sus amigos más cercanos y pocas veces está a solas lo suficiente como para acercarse a darle conversación. Siempre suelen estar en un parque, en un centro comercial o en las calles de la ciudad, a altas horas de la noche, rodeados de cielo oscuro, farolas anaranjadas y luces de neón, cuando no dentro de algún local anunciado por los luminosos.
Se conocen muy poco, y ella parece no tener interés ninguno en cambiar esa situación, pero a él, lo poco que conoce, le parece suficiente. Al principio ella no le pareció más interesante que cualquier árbol del parque, pero con el tiempo fue reclamando silenciosa e inconscientemente su curiosidad. Él sabe perfectamente qué es lo que le atrajo más de ella. Sabe que fue una tarde cualquiera, en la que no hablaron y él ni siquiera conseguía retener aún el nombre de ella, cuando ella le miró a los ojos por primera vez y le sostuvo la mirada. La culpa de que él estuviera el resto del día pensativo la tenía esa mirada que reflejaba inteligencia y algo más a partes iguales, la cual también le impedía mantener la etiqueta que le había colocado de superficial y pija tonta a las pocas horas de haberla conocido, apenas hacía una semana.
Desde esa mirada, él no podía hacer más que mirarla desde lejos cada vez más, la mayoría de las veces sin que ella se diera cuenta, como si fuera un acertijo que tratase de resolver. Ella era un puzle para él. ¿Por qué actuaba de forma tan superficial con todo el mundo y luego era capaz de lanzar miradas tan profundas a alguien como él, con quien apenas interactuaba? ¿Cómo podía parecer ante todos tan simple y a él antojársele tan compleja? ¿Qué había detrás de lo que ella mostraba? Él se sentía paranoico, sospechaba que estaba sacando las cosas de quicio, pero algo le impedía dejar de pensar en ello. No podía haberse imaginado la profundidad de aquel casual choque visual. No podía ser, ella tenía que tener algo que fuera así de complejo dentro de ella para poder reflejarlo con tanta naturalidad. No podía hacer otra cosa que recrear sus ojos, y eso le estaba volviendo loco de frustración.
Todo hasta una noche hacía ya un par de meses, en la que los planes de ambos se trastocaron irreparablemente. Como siempre, habían quedado un sábado por la noche para ir de copas, y como siempre, ella había bebido. Él no solía beber, ya que no le gustaba el fuerte sabor del alcohol ni sus consecuencias. Le gustaba llegar a casa por su propio pie y dormir sin sentir la Tierra girando a su alrededor, y despertar sin malos recuerdos ni consecuencias. Ella, sin embargo, solía beber hasta que su equilibrio fallaba y todo era muy gracioso o muy dramático, y alguien tenía que ir cuidando de ella. Él nunca le ayudaba porque nunca hablaban, y menos cuando ella iba borracha. Era algo que sencillamente él no soportaba ni tan siquiera ver.
Aquella noche, sin embargo, pasó algo. Él estaba apoyado en la barra del local y ella había estado bailando con todas sus fuerzas en la pista de baile, hasta que la sed era demasiado fuerte y se acercó a la barra. En su estado de ebriedad le reconoció entre la multitud, y se acercó a él en busca de una cara amiga. Intercambió con él un par de palabras, y obviamente no se percató de la sorpresa de él. Ella pidió su copa, se apoyó en a barra y siguió bailando desde ahí, casi ensimismada. Él sólo la miraba con su vaso en la mano. Cuando ella ya había terminado con la mitad de su copa, su grupo cercano de amigas se acercaron y comenzaron a bailar todas al lado de la barra. Él no podía estar más incómodo ni aunque su propia madre hubiera aparecido de la nada y se hubiera unido a las chicas, pero suspiró resignado y se giró para observar el resto de la pista y hablar con sus amigos.
Horas después, todos decidieron irse. Las amigas de ella fueron al guardarropa del local, y él volvió a quedarse a solas con ella. Ella, aún ignorando su presencia, trató de dirigirse a la salida, pero resbaló y, de no haber sido por los reflejos de él, se habría comido el pegajoso suelo negro de la discoteca de una forma muy poco elegante. Mientras ella reía y tartamudeaba un "gracias", él suspiró para sus adentros y le ayudó a caminar, pasando un brazo por su espalda y agarrando su costado. Ella pasó un brazo por su espalda y se agarró a su cadera casi sin fuerzas. Él no sabía muy bien cómo reaccionar, y lo dejó estar. Cuando salieron, tras unos minutos de charla, todos se fueron a sus casas, y él se quedó con ella, desconcertado, asumiendo que le había sido asignada la tarea de llevarla a su casa. Tras preguntarle por su dirección, para lo cual ella tuvo que concentrarse unos minutos para recordarla, emprendieron el camino a pie, aprovechando las temperaturas agradables y el fresco aire de las altas horas de la madrugada mientras ella monologaba de todo un poco y se reía cuando él hacía algún comentario sobre el tema.
Al llegar al apartamento de ella, compartido con otra chica, según él tenía entendido, la casa estaba vacía. Al entrar, ella estuvo a punto de tirar un paragüero tras pasar unos diez minutos intentando abrir la puerta con la llave. Él rescató el paragüero con una pierna y evitó que ella cumpliera su promesa de tirar las putas llaves que no sirven para nada y que no abren la puta puerta, colocándolas en una mesita del recibidor. Luego, guiado por ella, la llevó a su cuarto y la ayudó a quitarse los zapatos y la chaqueta. Cuando estaba llevándola a la cama para que pudiera dormir, de pronto se encontró con ella tirada sobre él, enredando sus manos en su pelo y besándole hasta dejarle sin respiración. Tras momentos de shock, él puso sus manos en las caderas de ella con firmeza y la apartó, observándola con severidad de arriba abajo. Ella le miró con miedo y desconcierto, y empezó a temblar. Al ver su reacción, él suspiró y la abrazó con delicadeza, pasando una mano por su pelo y otra por su espalda, besando su sien y murmurando un "lo siento". Ella se apartó un poco, le miró y preguntó "¿No?". Él negó con la cabeza. "Así no". Ella asintió con tristeza y se dejó hacer mientras él volvía a llevarla a la cama. Ella se tumbó y él la arropó con las sábanas, dándole otro beso en la frente. Ella alargó un brazo y le acarició la mejilla, sonriéndole con pura simpatía. Él le devolvió una sonrisa tranquila y satisfecha, y le dio otro beso en la frente. "Buenas noches". Se fue apagando la luz de la habitación.
Desde esa noche, él sabe que no la conoce mucho, pero le parece suficiente. Le parece suficiente porque ella ahora también le mira más que antes, y él ve siempre esa mirada profunda que parece dedicarle sólo a él. Le parece suficiente porque ella, tras bailar toda la noche cuando salen en grupo, siempre se acerca a él para que la lleve a casa desde aquella noche y le agarra de la cintura para mantenerse en pie, a pesar de todo lo que ello ha inspirado en el resto del grupo de amigos. Le parece suficiente porque sabe que una caricia en la mejilla y un beso en la frente es todo lo que necesita para irse contento tras dejarla en su casa sana y salva. Todo lo que ella le da desde esa noche, que nunca ha sido más y nunca ha sido menos, le parece suficiente para mantener eso que no se sabe bien qué es lo que tienen pero que algo tienen. Ambos respetan eso, y ninguno pide más ni menos. Él no lo sabe explicar, y ella nunca habla de ello, pero a ambos les gusta. Él sabe que algún día saldrá herido de esto, y ella teme que exista la probabilidad de que ella le haga daño o viceversa, y esa es una de las tantas razones por las que ninguno da más, ni menos. Sin embargo, por ahora, es suficiente.