lunes, 20 de agosto de 2012

"Es que eso es obligarte a crecer de golpe, vamos".

A quien pregunte, obviamente le voy a contestar que mis vacaciones en Chiclana fueron bien, que mucha familia, playa, comida, sueño, risas, etcétera, porque eso es lo que se espera como respuesta cuando alguien te pregunta por tus vacaciones, no otro tipo de respuesta que fuese a obligar a estar un cuarto de hora escuchándote monologuizar (¿me acabo de inventar una palabra?) sobre tu drama personal. Que habrá personas a las que no les importaría escucharme, que sé que se preocupan, pero sinceramente, no es por ellos, es por mí. La explicación de esto se basa en que ya todos tenemos establecido que soy una persona orgullosa, demasiado incluso (mi abuela lo define como "tener muchos cojones"), pero es algo que no puedo evitar. Y es ese orgullo, ese mecanismo de autoprotección para no parecer débil a ojos ajenos, lo que se convierte en una vocecita en mi mente que, cuando me preguntan por ello, siempre me susurra al oído "vamos, no seas plasta, ya le has contado el drama, se va a cansar de ti y la verdad que la cosa no ha cambiado mucho, además, nunca saben qué contestarte y tampoco va a ayudar mucho el seguir lamentándote ante los demás por lo mismo y quedar como una niñata, venga, no seas pesada y cállate, que estamos todos hartos de lo mismo, tú la primera, y no hay necesidad de revolcarse aún más en el barro, es cuento viejo y no tiene remedio, pasa". Adorable, ¿verdad? Pues está en mi cabeza las 24 horas del día y siempre presente ante cada mínimo "¿qué tal?". Y ya puede venir quien quiera a decirme que no tiene razón que va a dar igual, que no se va a ir y que va a seguir ahí. He apreciado todos los intentos anteriores, pero no se va, y yo estoy harta de tanta prueba-error.

¿Y realmente no es mejor tomárselo todo con sarcasmo e ironía? ¿Qué es mejor, eso o tomárselo en serio, poner el dedo en la llaga, sentir todas esas cosas horribles que parece que te cortan y te queman y te ahogan por dentro y estar totalmente indefensa y vulnerable e impotente al sentir las lágrimas venir, los gritos ahogados, los músculos tensos con las ganas de golpear algo y liberar algo de todo ello? ¿Eso es mejor? Mostrarse débil nunca es mejor. Aún rota por dentro, no puedo, no debo parecer débil. Porque si lo parezco, ¿qué? ¿Qué hace alguien débil en tierra de nadie, en medio del fuego cruzado, con todas las miradas pendientes a ver qué se puede reclutar para qué bando, atentas a por dónde se cojea para tirar de la pierna y arrastrarte a un sitio donde te atarán de manos y piernas y te obligarán a mirar con la boca tapada, como han hecho por 17 años? ¿Qué hace alguien débil, qué hace una niña ahí?

Por eso, todo empezó yendo mal cuando me bajé del coche delante de la casa de mis abuelos. Porque no me bajaba del asiento trasero izquierdo, como una niña, sino del delantero derecho, como hacía mi madre. Y al ver cómo me miraba mi abuela al bajar del coche, sentí como si alguien me hubiera tirado el condenado coche sobre los hombros, se me bloqueaban las rodillas y yo tenía que aguantar ahí, de pie, y andar, porque no pensaba ser débil ante mi abuela, porque sabía que tras ella estaba mi abuelo, y me cazarán muerta antes de débil ante mi abuelo. Y el coche pesaba más a cada comentario de cuánto había crecido, de qué guapa me había puesto, de que cada año cambiaba (no voy a comentar sobre lo de que estoy más gorda porque, sinceramente, Lela, eso NO hacía falta). Y como entré, me fui a mi casa, con el peso del coche sobre los hombros, un nudo en la garganta y las piernas en automático, ofreciéndole a mi abuela mi brazo para que se apoyara en mí al andar, asintiendo y sonriendo a todo lo que me contaba hasta que, antes de meterme en el coche, me miró con pena, perdón y vergüenza y me preguntó por el tema, y me advirtió de mi abuelo sutilmente. Y el oxígeno desapareció de la calle Zarzamora y el nudo en mi garganta se apretó tanto que mi cabeza daba vueltas y, cuando me despedí de ella al fin y me metí en el coche, no pude evitar un gemido de pánico. De pronto, el valor y la ira acumulados como futuros recursos para hablar con mi abuelo sobre ello no estaban, y yo estaba vulnerable ante él, incluso lejos de él. El ataque de pánico duró segundos, lo que tardé en ponerme las gafas de sol, tensar la mandíbula y sacar el brazo por la ventanilla para sentir el viento.

Obviamente, la conversación con mi abuelo fue un desastre. Pero desastre en el sentido de tragedia, caos, masacre, emboscada, y todos mis intentos de defensa o ataque eran bloqueados o mandados al real carajo porque estábamos teniendo una conversación normal y no hacía falta echar cojones o levantar la voz y porque no hacía falta que se enteraran los vecinos, porque luego hablaban (que qué me importará a mí que hablen los condenados vecinos, que les veo una vez al año y no hablo con ellos, que me la sudan realmente, que si hace falta les voy a preguntar si tienen algún problema con mi familia derrumbándose, que lo solucionamos pronto). Todo esto bien regadito de un machismo de la época de mi abuelo y más mierda que yo no sabía sobre el antes de mi madre, que nunca está de más. Sobre todo el machismo, que es algo que yo tolero bien. Y lo toleré tan bien que me levanté empujando la silla de plástico blanca y salí de la casa a marchas forzadas, con mi abuela llamándome detrás desde el patio y yo alegando que necesitaba un momento antes de huir calle arriba, casi ignorando las parcelas de campo y las paredes gruesas y blancas de las casas, hasta llegar a un recodo casi escondido y comenzar a caminar en círculos hasta que casi me mareo y le arreo una patada a la pared, frenando justo antes de hacerlo porque no iba a quedar bien volver de casa de mis abuelos con algo roto.

Tras respirar varias veces profundamente (quien dijo que eso funcionaba para calmarse y yo tenemos que hablar) y echar todo el aire de mis pulmones por la boca, sintiendo como el nudo de la garganta se tensaba más y dolía peor antes de aflojarse un poco, como si el veneno se hubiera escapado con mi aliento, volví a caminar calle abajo con pasos pequeños, cogiendo hojas alargadas de los hierbajos del borde del camino y haciendo nudos con ellos (eso SÍ que funciona) hasta llegar a la mitad de la calle recta, donde vi a mi abuela esperándome en la esquina que da con el callejón de su casa. Mi abuela estaba esperándome allí, mirándome fijamente mientras yo bajaba la calle mirando a mi filamento de hierba con nudos y al suelo, incapaz de mirar al frente mientras ella estuviera ahí. Cuando llegué, tiré el hierbajo, la miré a los ojos el mínimo tiempo que pude y le ofrecí mi brazo para caminar. Ella me agarró la cara y, al borde de las lágrimas, me contó que mi abuelo también la hacía pasarlo mal a ella y que no le echara cuentas, que él es así y que no me preocupara. Yo asentí, volví a caminar en automático, dejé a mi abuela en el patio de la casa, vi a mi abuelo ignorarme como si ni siquiera hubiera entrado por la puerta y subí a la azotea de la casa saltando escalones de dos en dos, abriendo la puerta del cuarto de la infancia de mi madre corriendo y entrando despacio, cerrando la puerta con cuidado y sentándome en su cama lentamente. Todo me fue derribando a la misma velocidad que yo puse mis codos sobre mis rodillas y me llevé las manos a la cara, llorando encima de la cama en la que ya antes lo hizo mi madre, las dos por el daño que puede causar mi abuelo creyendo que hace lo mejor. Tras unos segundos de autocompasión, me levanté y observé el cuarto, ya con la cara seca y volviendo a enterrarlo todo dentro. Mi abuela me llamó justo cuando miré en el espejo del tocador y me vi hecha un completo... fracaso. Salí del cuarto con toda la calma que pude fingir y con las gafas de sol puestas a últimas horas de la tarde, cuando el sol ya casi no iluminaba. Mi abuelo no se despidió de mí y mi abuela me obligó sutilmente a darle un beso en la mejilla que no tuvo ningún tipo de respuesta. Me despedí de mi abuela, las dos al borde del llanto otra puta vez, y me fui con mi padre y mi hermana en el coche. Cuando terminé de gritarle a mi padre todo lo que había pasado, él se rió y me comentó si mi vocación era ser monologuista. A partir de ahí, me dejé la máscara puesta durante las dos semanas.