Nunca he entendido algunas manías de la gente, como la de hacerse fotos ocultando toda su cara excepto los ojos, o recortar las fotos para que solo se vean sus ojos. Sí, cierto es que yo he hecho ambas cosas alguna vez, pero no es algo que me guste. Los ojos me parecen una parte muy importante de la personalidad de una persona. Mirando a alguien a los ojos puedes saber si miente, si no, si está triste, si está contento, si está bien o enfermo, si está vivo o no. Mirar a alguien a los ojos también es establecer una comunicación con esa persona, y creo que es un tipo de comunicación más especial que la que se hace con palabras o gestos.
Soy bastante impertinente en ese tema. Me gusta mirar a la gente directamente a los ojos cuando necesito entenderles bien o que me entiendan, y por ello nunca entenderé por qué algunos lo consideran como una falta de respeto o una muestra de mala educación. Si hablo con alguien a quien no estoy mirando a los ojos, siento como si no le estuviera prestando atención y como si realmente le estuviera faltando el respeto a esa persona. Necesito mirar a los ojos al hablar para saber que estoy hablando y que no estoy hablándole al viento, y para dar a entender que yo también estoy escuchando.
Tampoco me hace falta estar conversando con alguien para tener que mirarle a los ojos. Necesito mirarle a los ojos para saber si está bien, si me oculta algo, si está molesto, enfadado, triste, solo, contento, feliz, orgulloso, destrozado, eufórico, tranquilo, cualquier cosa. Puedo estar tranquilamente dejando pasar el tiempo mirando a los ojos de alguien, memorizando detalles de los iris, leyendo expresiones, intentando desentrañar lo que ocultan sus ojos, leerlos, saber en qué están pensando. No ser capaz de mirar a los ojos a una persona cuando está delante de mí puede ser el mayor insulto o desprecio que soy capaz de hacer, o la mayor muestra de vulnerabilidad.
En ocasiones, yo oculto mis ojos. Recorto mis fotos de nariz hacia abajo, camino con los ojos cerrados, llevo gafas de sol, miro de reojo, evito la mirada, camino mirando al suelo, agacho la cabeza, miro al cielo o a cualquier otra parte, etcétera. Cuando no estoy bien, no me gusta que me miren a los ojos. Cuando me encuentro débil o no me siento fuerte, rehuyo la mirada. Cuando no tengo fuerzas o estoy cansada, cierro los ojos la mayoría del tiempo. Cuando no quiero hablar, agacho la cabeza y escondo la cara. Cuando tengo que aparentar que no lo estoy, tengo que usar gafas de sol o concentrarme demasiado en mirar a un punto fijo. No me gusta llorar, porque es la expresión física a través de los ojos, y es demasiado íntimo. Mis ojos son demasiado privados, a veces.
Y a veces, cuando el día me desgasta, solo quiero cerrar los ojos y esconderme. Que me acaricien el pelo. Que me arropen con una manta. Escuchar música de piano. Que me canten lento y bajo. Que otros miren por mí. Que me dejen no ver nada. Que me dejen guardarme. Que me guarden. Que me permitan cerrar los ojos. Y dormir.