viernes, 21 de junio de 2013

Crescendo.

Estaba harta. Estaba harta de esa estúpida y tóxica rutina. Estaba demasiado cansada como para volver a seguir los pasos del mismo baile que siempre acababa con ella tirada en el suelo, malherida y arrepentida de haberse dejado engañar otra vez, para tener que levantarse luego y caer en la misma tradición una y otra vez. Y sinceramente, para ella ya no era lo mismo. Ya no se sentía apegada a él, ya no sentía como si estuvieran hechos el uno para el otro, ya no sentía nada. No, nada no. Ya no sentía nada bueno. Estaba empezando a sentir rencor, resentimiento y rabia hacia él, y eso era lo que estaba haciéndole cada vez más difícil volver a empezar el teatro que era su relación, basada en el inicio, la caída del telón y la vuelta a empezar.

Se estaba haciendo independiente. Hacía semanas que habían tenido una de las grandes discusiones, de las de "¡pues me voy! ¡Pues no vuelvas!", y ella no había ni siquiera pensado en contactar con él para arreglarlo. Se había limitado a seguir con su vida, haciendo sus tareas, trabajando, ocupándose de todos los aspectos de su vida que no eran él. Hasta que él mandó un mensaje que contenía otra variación de la misma confesión de amor de todas las veces, y ella se quedó mirando la pantalla del teléfono con una mezcla de indignación, sorpresa y confusión, antes de lanzar el móvil hacia el sofá, poniendo los ojos en blanco y soltando un bufido exasperado.

"¿Pero quién se ha creído que es, haciendo todo lo que le da la real gana cuando quiere sin pensar en nada ni nadie más? ¡Es la enésima vez que me hace esto, la enésima! ¡Y la última! ¡La última, te digo! Fíjate cómo va por la vida, sin importarle un bledo si a alguien le molestan sus caprichos de señorito. ¡Pues así no, eh, no! ¡Nadie te va a querer con un bloque de hielo en el pecho! ¡A ver si coges una pulmonía o algo! ¡Imbécil! ¡No me vuelvas a dirigir la palabra nunca más, fantoche!"

Hay que admitir que a su gato no pareció afectarle el discurso, o simplemente el animal sabía que no le estaban hablando a él. O su dueña había, por fin, perdido la cabeza. Meh. Quién sabía.

Días después, su compañera de trabajo dejó caer casualmente en una conversación que el otro día él había entrado en la tienda, preguntando por ella. Sus manos se detuvieron un momento y quedaron sus pendidas en el aire, agarrando fuertemente un libro, a un palmo de distancia del estante al que pertenecía. Colocando el ejemplar con movimientos rígidos y lentos, intentando controlar su carácter y no derribar entera la estantería a golpes entre gritos, preguntó con voz y sonrisa forzadas cómo había ido la visita. Su compañera, fingiendo indiferencia, comentó que le había dicho que básicamente no sabía nada y que le había despachado en pocos instantes, largándole con viento fresco. Un suspiro de alivio, una sonrisa sincera y una cabeza gacha fueron suficiente para que su compañera preguntase, con un tono de voz entre amable y preocupado, si debía haberle dicho dónde encontrarla. Ella negó con la cabeza, sin mirarla, mientras se incorporaba y colocaba un mechón de pelo tras su oreja.

Porque, al fin y al cabo, había aprendido a vivir sin lo que ella antes había creído que era su mitad, y después de todo lo que le costó acostumbrarse a ello tras mil y una decepciones con el mismo sabor a derrota, él seguía buscándola para una prueba-y-error más, para otro experimento fallido.

Pero ella se negaba a reconocerle como la persona que ella había creído que era, la persona que había ido desapareciendo a medida que avanzaba su relación y que ella volvía a casa con el corazón un poquito más roto, la sonrisa ligeramente más triste, las ganas una pizca menos vivas. Y ella no era ilusa, sabía que él simplemente no era una persona de sentimientos y de hablar con el corazón en la mano, pero se había cansado de intentar contrarrestar el frío que irradiaba cada vez que intentaba acercarse a él. Solo esperaba que el frío no fuera todo lo que pudiera ofrecerle, pero ella se rindió al fin. Decidió alejarse de su frío y de él, y no volver a dejarle acercarse.

Y pasaron más días, y más semanas, y más meses, ignorando mensajes y llamadas, tirando las flores que llegaban a su puerta, regalándole los bombones a su jefa para que se los diera a sus hijos, y aprendiendo a dejar de escuchar baladas sobre el desamor en su tiempo libre, gastándose un dineral en vodka, chocolate y helado para ahogar las penas. Sustituyendo "Titanic" y "El Diario de Bridget Jones" por "Los Ángeles de Charlie" y cualquier tipo de película que no estuviera centrada en el tema amoroso y que tuviera algún punto de comedia relajante o histérica. Visitando a sus padres utilizando unos días libres que su jefa le había permitido e incluso aconsejado vigorosamente, alegando que no se había tomado un descanso en mucho tiempo. Dedicándole más tiempo a su gato, que ya solamente parecía pensar en ella como un dispensador de alimento. Paseando, escribiendo, cocinando, leyendo, cumpliendo con todas las cosas que le gustaban para volver a sentirse bien y entera.

Sin embargo, los días que llegaba algún mensaje más, se permitía tumbarse en la cama en la penumbra de su habitación, con las luces apagadas, rememorándolo todo, y deseando cosas como no haberle conocido nunca, no haberle dejado besarla en aquella primera cita, no haberle llevado a su apartamento, no haber aceptado su primera proposición, no haber tenido nada con él. A veces, incluso se decía a sí misma que no debería haberle creído, que debería haber sabido que él le prometía demasiadas cosas como para ser todas ciertas, que había sido una ilusa, que todo había sido demasiado bonito como para ser cierto. Pero acabó aprendiendo a levantarse de la cama, reafirmándose en que no iba a volver, que no iba a dejarse arrastrar otra vez, que había terminado con esa relación y con él, y que si después de tantas veces intentándolo tenían que seguir haciéndolo, que quizá no valía la pena intentarlo ya. Y con eso, volvía a intentar aprender a sonreír sola otra vez.

Hasta que una vez, no fue un sonido procedente de su teléfono, sino un golpeteo en su puerta. Y al abrir, le encontró frente a ella, con una sonrisa nerviosa y las manos en los bolsillos, pidiendo hablar y explicarse.

"Mira, verás, sé que hace tiempo que no contestas cuando intento hablar contigo, así que pensé que necesitabas un tiempo para pensar y eso, y creo que ya he esperado lo suficiente, así que venía para saber si... ya sabes..."

"¿Pero quién te crees que eres para pensar que en todo este tiempo estaba pensando en ti?"

"Mujer, pues yo..."

"No, no, tú nada. Después de haberme pasado por encima tantas veces, no tienes derecho a nada. Tú solo te preocupas por mí cuando te aburres, solo quieres asegurarte unos brazos en los que dormir y alguien que te espera cuando vuelves a casa, y no te preocupas por nada más mientras eso siga ahí. Pues estoy harta, no soy tu almohada ni tu mascota."

"Oye, creo que estas exagerando, sabes que..."

"¡No! No estoy exagerando. ¿Ves? No escuchas lo que te digo. Nunca lo haces, siempre crees que todo va bien cuando ni siquiera te molestas en averiguarlo. Siempre he sido yo la que te he escuchado y a la que tú no has preguntado nunca nada para preocuparte por mí. Sé que no eres una persona cálida, pero estoy harta de tu comportamiento de suficiencia hacia todo, así que por favor, déjame. Vete."

"Cariño, en serio, tranquilízate, he venido a hablar y a hacerte recapacitar para que vuelvas..."

"¿Recapacitar? ¿Pero te estás oyendo? ¿Me has oído a mí, siquiera? ¡Que no quiero volver, que estoy harta de que estés dejando daños colaterales a diestro y siniestro mientras haces lo que quieres y yo me dejo hacer! ¡Que no voy a volver a dejar que me pases por encima para conseguir lo que quieres! ¡Que no quiero más besos fríos ni conversaciones de monólogos ni días pasando sin pena ni gloria! ¡No voy a volver, no quiero que vuelvas!"

Y con eso, le cerró la puerta en las narices, murmurando "¿quién se creerá que es?" para sí misma, sin pensar en el escándalo que seguramente habría sido oído por todos sus vecinos, alejándose de la entrada indignada para ir a acariciar a su mascota, mientras seguía pensando "en serio, ¿pero quién se ha creído para presentarse aquí así, de la nada, diciendo esas cosas, como si hubiéramos hablado de arreglarlo ayer? ¿Pero tendrá cara?", rascando bajo la barbilla del gato.

Su mascota cerró los ojos y ronroneó hasta que ella se calmó y sonrió ligeramente, dándole unas ligeras y cariñosas palmaditas al animal sobre la cabeza.

"¿Y a quién le importaba ya?"