He escrito tantas cartas para mis pasados futuras "yos" que ya no sé cómo empezarlas. Sin embargo, siempre me siento como una náufraga que lanza un mensaje en una botella al océano, preguntándome cuándo y quién la recibirá, si llegará en un buen o mal momento, si quien la reciba sabrá o recordará quién soy ahora... Pero parte del propósito de pedir auxilio es el hecho de pedirlo, de esperarlo, de gastar algo de ansiedad en ello.
Una vez leí que la personalidad de las personas varía dependiendo del idioma en el que se habla en su entorno. Quiero decir, que una persona puede actuar de maneras distintas en un entorno, dependiendo de si se habla en su lengua materna o en cualquier otra, la domine o no. Me gusta creerlo, porque si no me cuesta explicar por qué ordeno mejor mis pensamientos en otro idioma que no es el castellano, y a veces ni siquiera el italiano.
Por eso espero estar, en un futuro, en un sitio angloparlante, con un mejor nivel de inglés, para poder darme a entender mejor y no bloquearme a la hora de hablar. También espero haber desarrollado nervios de acero para aprender a manejar mejor ciertas situaciones, y haber acumulado experiencia para dejar de meter la pata algún día. Espero poder llegar a alguna parte y poder mirar hacia atrás pensando en lo joven que era, lo mucho que tenía por aprender y, en parte, lo que lo echo de menos. Espero crecer sin complicarme mucho el camino yo sola.
martes, 26 de noviembre de 2013
lunes, 18 de noviembre de 2013
All I see is gold.
"El número al que llama no está disponible en este momento. Si lo desea, deje un mensaje después de oír la señal. BEEEP."
"Ehm, ¡hola, cariño! ¿Cómo va todo? Verás, quería decirte que lo siento mucho, pero que no podré ir a cenar a casa esta noche. Justo estaba yendo hacia el aeropuerto cuando me han llamado de otra sucursal y he tenido que salir corriendo a Irlanda. Ya sabes, con esto de la crisis no se puede negar un negocio... lo siento mucho, te compensaré cuando vuelva, ¿de acuerdo? ¡Ah, por cierto! Tu regalo está en el segundo cajón de mi cómoda, en la habitación. Ahora tengo que dejarte, voy a embarcar ya. Feliz cumpleaños. Te quiero".
Y después de seis años de relación y dos y medio de matrimonio, aún te preguntas cómo te ha podido tomar esto por sorpresa.
Cuelgas el teléfono con los hombros hundidos y los ojos cerrados después de oír el mensaje en el contestador por segunda vez. Apartas el aparato de tu oreja, haces ademán de levantarlo hacia tu rostro dos veces como si quisieras hacer una llamada y finalmente relajas el brazo, resignándote, sabiendo que nadie estaría al otro lado de la línea y que es inútil intentarlo. Dejas caer tu brazo, el móvil agarrado en tu mano, e intentando no llorar coges un anuncio de comida a domicilio de una mesita del comedor y te diriges a la cocina. Otra noche cenando comida china, sola, en tu carísima e impoluta cocina de diseño. La diferencia es que hoy no llevas pijama, sino vestido, zapatos, peinado de peluquería y maquillaje.
La comida tarda media hora en llegar, la cual inviertes en tratar de prestar atención a lo que sea que esté sucediendo en el televisor de plasma de tamaño mediano que hay en la pared de delante de la barra americana de mármol e intentando no parecer deprimida mientras contestas las felicitaciones en las redes sociales con tu tablet.
"¡Felicidades, querida! ¡Los veinticinco te sientan de maravilla! Espero que te lo estés pasando bien con tu marido, ¡pero tenemos que salir a celebrarlo las chicas solas! ¡Un beso!"
"¡Gracias, mujer! Pues mira, mi marido está ahora mismo en un vuelo a kilómetros de casa porque me ha plantado en el exacto último momento por..." no, borrar. "¡Gracias, cielo! ¡Lo celebraremos pronto, un beso!"
También intentas retenerte para no estampar el enorme jarrón con flores que ha aparecido esta mañana en la encimera como por arte de magia contra ninguna superficie porque seguramente sería potencialmente peligroso. Además, son demasiadas flores como para luego querer limpiarlas tú.
Decides ser sarcástica y sacar platos de la vajilla cara, tres piezas de la cubertería de plata y uno de los vasos soplados a mano por artesanos de SabeDiosDónde. Sin embargo, la comida barata no sabe mejor, y el vino es vino tanto en cristal como en plástico. Lo único que sientes es frío, por lo que antes de sentarte a comer vas a encender la calefacción, consolándote al pensar que aunque no es calor humano es algo, y aprovechas para quitarte los Jimmy Choo y ponerte unas cómodas zapatillas de andar por casa. Poco te preocupa si conjuntan con el Valentino o no.
Mientras comes y finges prestar atención a cualquier reality show que esté en tu televisor, reflexionas por dentro y suspiras con tristeza. Obviamente que él no iba a estar. Por supuesto que tendría algo más importante que hacer. Claro que había conseguido engañarte este año, haciéndote pensar que iba a estar hoy contigo. Naturalmente que te tenía que bastar el hecho de estar rodeada de lujos y tener un regalo caro más del cual presumir por ahí.
Terminas de cenar, poner los platos sucios en el lavavajillas y guardas las sobras en la nevera en un tiempo récord, porque tanto tono dorado pretencioso en la cocina te está dando un repentino dolor de cabeza.
Rellenas tu vaso de vino otra vez, porque es tu condenado cumpleaños, y vuelves a la sala de estar para asomarte a la terraza de vuestro ático en Greenwich Village. La vista que tienes de Manhattan es preciosa. Te preguntas qué hora es en Irlanda y si hará buen tiempo allí, si él estará despierto o durmiendo, y si estará pensando en ti o no. Bebes vino observando las luces y el tránsito de gente en las calles con atención, como si esperases que él apareciese entre la multitud con aún más flores y una sonrisa.
Él no aparece.
Esto sí que no te sorprende.
¿Ha sido todo así desde el principio o ha sido un cambio progresivo? ¿Estuvo siempre tan ausente y no lo viste antes por culpa del encanto del que te habías prendado o es que de un día para otro él empezó a faltar? No lo recuerdas, y eso te mata por dentro. No recuerdas desde hace cuánto es que estás tan sola.
Aguantas un sollozo, te secas una lágrima furtiva con el dorso de una mano y le das un trago al vino mientras te alejas de la terraza y entras en casa, cerrando la puerta corredera de cristal.
No recuerdas la última vez que te cogió de la mano ni la última vez que su contacto físico te hizo sentir algo.
Te das cuenta de que casi toda tu casa tiene toques de color dorado y que el calor de la calefacción ha desaparecido tras abrir la puerta de la terraza. Solo sientes frío y todo lo que ves es oro.
Te preguntas cómo es que no viste antes que te casaste con el rey Midas.
Recordando todos los momentos que te pueden venir a la mente en los que vuestra relación parecía tener aún algo de calidez y alarmándote de cuánto tiempo parece haber pasado desde entonces, dejas tu vaso de vino en la cocina y te diriges a tu habitación. No quieres seguir despierta por mucho tiempo después de pensar en ello.
Guardas el conjunto de lencería que habías comprado expresamente para esta noche y te desmaquillas y te quitas tus joyas y tu vestido para ponerte un pijama de franela de dos piezas que no cuesta ni por asomo lo que puede costar uno de tus pendientes. Pero es tu pijama favorito, es cálido, vas a dormir sola en una enorme cama y necesitas algo de confort.
Cuando estás a punto de meterte bajo las mantas, recuerdas el mensaje de voz. Ruedas hacia el otro lado de la cama de matrimonio, abres el segundo cajón de la cómoda y ves una bolsa de color azul claro con asas de cordones blancos. Tiffany & Co. La caja que hay dentro de la bolsa tiene el mismo color azul y el lazo que la envuelve es de color blanco, y la tapa tiene la misma inscripción en negro escrita en el medio. Desatas el lazo y abres la caja con delicadeza.
Dentro de la caja hay un brazalete de platino y oro blanco con diamantes blancos y amarillos.
Sabes cuál es y cuánto cuesta con tan solo mirarlo.
Porque es el brazalete más caro en el catálogo de Tiffany's y solo puede ser comprado por encargo.
No puedes evitar sentirte la peor persona del mundo cuando lo único que sientes con semejante objeto en las manos es tristeza, decepción y solo puedes pensar una cosa.
Está frío.
Como su almohada.
Como la jaula de oro en la que te sientes encerrada.
Como el sentimiento de culpa que sientes sabiendo el dinero que se ha gastado él en ese regalo que no consigues apreciar porque tú sólo querías que estuviera contigo por una sola noche.
Guardas el brazalete en la caja, la caja en la bolsa, la bolsa en el cajón y vuelves a tu lado de la cama intentando no llorar.
Para cuando te puede el sueño, has empapado tu almohada.
Poco después, e inconscientemente, te has girado para abrazar la suya.
"Ehm, ¡hola, cariño! ¿Cómo va todo? Verás, quería decirte que lo siento mucho, pero que no podré ir a cenar a casa esta noche. Justo estaba yendo hacia el aeropuerto cuando me han llamado de otra sucursal y he tenido que salir corriendo a Irlanda. Ya sabes, con esto de la crisis no se puede negar un negocio... lo siento mucho, te compensaré cuando vuelva, ¿de acuerdo? ¡Ah, por cierto! Tu regalo está en el segundo cajón de mi cómoda, en la habitación. Ahora tengo que dejarte, voy a embarcar ya. Feliz cumpleaños. Te quiero".
Y después de seis años de relación y dos y medio de matrimonio, aún te preguntas cómo te ha podido tomar esto por sorpresa.
Cuelgas el teléfono con los hombros hundidos y los ojos cerrados después de oír el mensaje en el contestador por segunda vez. Apartas el aparato de tu oreja, haces ademán de levantarlo hacia tu rostro dos veces como si quisieras hacer una llamada y finalmente relajas el brazo, resignándote, sabiendo que nadie estaría al otro lado de la línea y que es inútil intentarlo. Dejas caer tu brazo, el móvil agarrado en tu mano, e intentando no llorar coges un anuncio de comida a domicilio de una mesita del comedor y te diriges a la cocina. Otra noche cenando comida china, sola, en tu carísima e impoluta cocina de diseño. La diferencia es que hoy no llevas pijama, sino vestido, zapatos, peinado de peluquería y maquillaje.
La comida tarda media hora en llegar, la cual inviertes en tratar de prestar atención a lo que sea que esté sucediendo en el televisor de plasma de tamaño mediano que hay en la pared de delante de la barra americana de mármol e intentando no parecer deprimida mientras contestas las felicitaciones en las redes sociales con tu tablet.
"¡Felicidades, querida! ¡Los veinticinco te sientan de maravilla! Espero que te lo estés pasando bien con tu marido, ¡pero tenemos que salir a celebrarlo las chicas solas! ¡Un beso!"
"¡Gracias, mujer! Pues mira, mi marido está ahora mismo en un vuelo a kilómetros de casa porque me ha plantado en el exacto último momento por..." no, borrar. "¡Gracias, cielo! ¡Lo celebraremos pronto, un beso!"
También intentas retenerte para no estampar el enorme jarrón con flores que ha aparecido esta mañana en la encimera como por arte de magia contra ninguna superficie porque seguramente sería potencialmente peligroso. Además, son demasiadas flores como para luego querer limpiarlas tú.
Decides ser sarcástica y sacar platos de la vajilla cara, tres piezas de la cubertería de plata y uno de los vasos soplados a mano por artesanos de SabeDiosDónde. Sin embargo, la comida barata no sabe mejor, y el vino es vino tanto en cristal como en plástico. Lo único que sientes es frío, por lo que antes de sentarte a comer vas a encender la calefacción, consolándote al pensar que aunque no es calor humano es algo, y aprovechas para quitarte los Jimmy Choo y ponerte unas cómodas zapatillas de andar por casa. Poco te preocupa si conjuntan con el Valentino o no.
Mientras comes y finges prestar atención a cualquier reality show que esté en tu televisor, reflexionas por dentro y suspiras con tristeza. Obviamente que él no iba a estar. Por supuesto que tendría algo más importante que hacer. Claro que había conseguido engañarte este año, haciéndote pensar que iba a estar hoy contigo. Naturalmente que te tenía que bastar el hecho de estar rodeada de lujos y tener un regalo caro más del cual presumir por ahí.
Terminas de cenar, poner los platos sucios en el lavavajillas y guardas las sobras en la nevera en un tiempo récord, porque tanto tono dorado pretencioso en la cocina te está dando un repentino dolor de cabeza.
Rellenas tu vaso de vino otra vez, porque es tu condenado cumpleaños, y vuelves a la sala de estar para asomarte a la terraza de vuestro ático en Greenwich Village. La vista que tienes de Manhattan es preciosa. Te preguntas qué hora es en Irlanda y si hará buen tiempo allí, si él estará despierto o durmiendo, y si estará pensando en ti o no. Bebes vino observando las luces y el tránsito de gente en las calles con atención, como si esperases que él apareciese entre la multitud con aún más flores y una sonrisa.
Él no aparece.
Esto sí que no te sorprende.
¿Ha sido todo así desde el principio o ha sido un cambio progresivo? ¿Estuvo siempre tan ausente y no lo viste antes por culpa del encanto del que te habías prendado o es que de un día para otro él empezó a faltar? No lo recuerdas, y eso te mata por dentro. No recuerdas desde hace cuánto es que estás tan sola.
Aguantas un sollozo, te secas una lágrima furtiva con el dorso de una mano y le das un trago al vino mientras te alejas de la terraza y entras en casa, cerrando la puerta corredera de cristal.
No recuerdas la última vez que te cogió de la mano ni la última vez que su contacto físico te hizo sentir algo.
Te das cuenta de que casi toda tu casa tiene toques de color dorado y que el calor de la calefacción ha desaparecido tras abrir la puerta de la terraza. Solo sientes frío y todo lo que ves es oro.
Te preguntas cómo es que no viste antes que te casaste con el rey Midas.
Recordando todos los momentos que te pueden venir a la mente en los que vuestra relación parecía tener aún algo de calidez y alarmándote de cuánto tiempo parece haber pasado desde entonces, dejas tu vaso de vino en la cocina y te diriges a tu habitación. No quieres seguir despierta por mucho tiempo después de pensar en ello.
Guardas el conjunto de lencería que habías comprado expresamente para esta noche y te desmaquillas y te quitas tus joyas y tu vestido para ponerte un pijama de franela de dos piezas que no cuesta ni por asomo lo que puede costar uno de tus pendientes. Pero es tu pijama favorito, es cálido, vas a dormir sola en una enorme cama y necesitas algo de confort.
Cuando estás a punto de meterte bajo las mantas, recuerdas el mensaje de voz. Ruedas hacia el otro lado de la cama de matrimonio, abres el segundo cajón de la cómoda y ves una bolsa de color azul claro con asas de cordones blancos. Tiffany & Co. La caja que hay dentro de la bolsa tiene el mismo color azul y el lazo que la envuelve es de color blanco, y la tapa tiene la misma inscripción en negro escrita en el medio. Desatas el lazo y abres la caja con delicadeza.
Dentro de la caja hay un brazalete de platino y oro blanco con diamantes blancos y amarillos.
Sabes cuál es y cuánto cuesta con tan solo mirarlo.
Porque es el brazalete más caro en el catálogo de Tiffany's y solo puede ser comprado por encargo.
No puedes evitar sentirte la peor persona del mundo cuando lo único que sientes con semejante objeto en las manos es tristeza, decepción y solo puedes pensar una cosa.
Está frío.
Como su almohada.
Como la jaula de oro en la que te sientes encerrada.
Como el sentimiento de culpa que sientes sabiendo el dinero que se ha gastado él en ese regalo que no consigues apreciar porque tú sólo querías que estuviera contigo por una sola noche.
Guardas el brazalete en la caja, la caja en la bolsa, la bolsa en el cajón y vuelves a tu lado de la cama intentando no llorar.
Para cuando te puede el sueño, has empapado tu almohada.
Poco después, e inconscientemente, te has girado para abrazar la suya.
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De mayor quiero ser escritora perturbada.
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