sábado, 6 de agosto de 2011

Ta dah!

El teatro está expectante. Las butacas están llenas, los palcos rebosan, todos cuchichean bajito para escucharse entre todos, nadie quiere perderse un comentario, todos quieren enterarse de todo. La sala está a oscuras, unos focos tenues colocados estratégicamente alumbran el telón tenuemente, dejando el resto de la sala en penumbras. Hay gente de todas las clases, para todos los gustos, de todas las formas. Todos ansían contemplar el mismo espectáculo. Todos quieren ser entretenidos.

Los focos se encienden con un gran chasquido, el telón se ilumina con fuerza, los susurros terminan de golpe, alguien se ha asustado por el repentino comienzo. El telón rojo parece una cascada de terciopelo. De pronto, el telón se separa por la mitad y aparece una figura alta. Se vuelven a oír algunos comentarios en voz baja hasta que aquel hombre golpea con su bastón el escenario.

-¡Bienvenidos, damas y caballeros, al espectáculo que jamás podrán olvidar, a la obra maestra de la comedia, a la joya del tesoro que es la tragedia, a la flor y la nata de lo absurdo, a la cumbre de la magnificencia de toda lógica!-anuncia aquel hombre enfundado en un frac, con bastón negro de extremos de metal, voz potente, sonrisa macabra y capa negra y roja. Su pelo negro peinado hacia atrás brilla por la gomina y la luz. Su sonrisa encandila a mujeres, sorprende a hombres y asusta a niños-. El show que van a contemplar ahora mismo es único, invariable, inigualable. Les aseguro risas, les aseguro lágrimas. Les aseguro puro y sano entretenimiento. Les advierto que algunas partes pueden resultar desagradables, obscenas, traumáticas o de mal gusto. Invito amablemente a quienes tengan conciencia pura o pureza de alma que salgan de la sala.

Nadie ha movido un dedo. El silencio es denso y ni siquiera los niños más pequeños han pestañeado para dejar de mirar al presentador. Sus padres no parecen más preocupados.

-Lo suponía-continuó el presentador más para sí mismo que para el resto, ampliando su sonrisa, convirtiéndola en una mueca de pura malicia-. Entonces, ¡dispónganse a contemplar este espectáculo digno de admirar, sumérjanse en su historia, aprendan de sus moralejas! Porque créanme, queridos espectadores, esto es más real de lo que ustedes mismos creen... es la historia de la vida, ¡el espectáculo de la existencia! ¡La obra maestra de la humanidad!

El presentador coge un costado de su capa, y ondeándola con dramatismo, vuelve a atravesar el telón para meterse entre bambalinas. El público espera hasta que desaparece para romper a aplaudir con fuerza y entusiasmo. Segundos después vuelve a haber un silencio tenso, a la espera de que empiece la función. Se oye movimiento detrás del escenario, todo el público está atento al telón rojo, observándolo como si quisieran ver a través del terciopelo.

De pronto, el telón se levanta. El escenario está vacío a excepción de una muchacha vestida de forma humilde con una camisa y una falda larga, ambos de tonos marrones. Una luz intensa rojiza ilumina el escenario, como si todo estuviera empapado de sangre.

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