sábado, 24 de septiembre de 2011

Serpientes.

Personalmente, yo no necesito bebidas energéticas para estar dispuesta a todo. Sólo necesito unos auriculares, una buena canción y una razón. Cuando subo el volumen al máximo, desaparece todo. Sólo está la pantalla y la música. Sólo existen las palabras de la canción, la historia que me cuenta, y la relación que pueda tener con algún capítulo de mi vida, y el resto sale solo. Odio que me interrumpan cuando hago esto, porque es como un momento de meditación para mí. Algunos prefieren el silencio, yo soy más de batería, guitarras y frases con sentido gritadas en mis oídos. Y sin embargo, siempre hay una razón para que lo haga, un argumento para evadirme de esta manera. Lo hago, mayormente, cuando me fallan las fuerzas, cuando no tengo ganas, cuando el miedo se convierte en pánico y sólo quiero salir corriendo en otra dirección. El miedo que tengo a los payasos, o a las arañas, o a la oscuridad o a las pesadillas en las que estoy sola y no hay nadie a mi alrededor es grande, pero no tanto como el miedo a perder el control.

Admito que a veces lo pierdo a propósito, porque hay veces que las cosas me rebasan y sólo quiero dejarme llevar y que otros me digan que todo está bien y que se hagan cargo ellos, pero la mayoría de las veces no. Quiero hacerme cargo de mí misma, quiero ser independiente, quiero hacer las cosas bien sin tener los ojos de alguien clavados en la nuca constantemente. Quiero poder controlar al mínimo detalle todo lo que tenga relación conmigo, es casi obsesivo.

Por eso, es ver que algo escapa a mi comprensión o a mi vigilancia, y saltar todas las alarmas. Y ponerme histérica. Y montar en cólera. Y ponerme paranoica. Y muy, muy mal.

martes, 6 de septiembre de 2011

Un monstruo. El mío. Yo.

 Alegría momentánea. Excitación pasajera. Risa nerviosa. Y ahora, a las 00:56, vuelves en ti. Sigues contenta, no lo niegas, pero has cambiado de tema por un momento. Esa canción tiene algo que ver. Cierras los ojos.
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Estoy en una habitación de un hospital abandonado. Me levanto, no sé dónde estoy, ¿cómo demonios he acabado aquí? Me duele la cabeza. ¿Qué...?

¡BRRRRRRROOOOOOOOOOOOOM!


-¿¡QUÉ HA SIDO ESO!? ¡¿QUÉ COÑO HA SIDO ESO?! ¡DIOS, CORRE, POR TU VIDA, CORRE! ¡CORRE, CLAUDIA, CORRE!

-¿Quién ha hablado? ¿Qué dem...? ¡¿?! ¡Joder, seas quien seas, suéltame el brazo o te lo llevarás a él solo! ¡Duele! ¡Ah! ¡Aaaaaaaaah! ¡Suéltame!

-¡¡QUE CORRAS!!


¡SBAAAAAAAAAAAAAAAAAM! ¡BROOOOOOM! ¡PFSHHHHHHHHHHHHHH!


Creo que mejor corro. Dios, cómo corre ese... esa... aquel... ella... ese ser. Cómo corre ese ser. Uf, lo que me está costando alcanzarle, ¿por qué corremos? ¿Qué son esos golpes y explosiones? ¿Eh? ¿¡DÓNDE SE HA METIDO!?

-¡¡Ven aquí!!

-¿¡DÓNDE ES AQUÍ!?-si fuera en otro momento me reiría, pero creo que más que nada tengo miedo, ganas de llorar y adrenalina en el cuerpo.

Un brazo me lanza dentro de una salita de espera. Está destrozada. Las paredes están desconchadas y la pintura se cae a trozos, el suelo está lleno de escombros y la única ventana que hay está rota, dando a un cielo gris pálido y a un bosque tupido, de un verde demasiado oscuro. Tengo que apoyar mis brazos en la pared de la ventana, porque me iba a estrellar contra ella por el impulso. Tanto mi compañer@ de carrera como yo estamos exhaustos, respiramos con violencia y tenemos la piel de gallina.

Me giro hacia él/ella. Y no podía haberme sorprendido más. No es nadie, y son todos. Es una persona, y al segundo otra, y otra, y otra más. Una especie de ser que se transforma sin parar en gente que conozco. Es mi padre. Es mi profesor. Es esa chica del instituto. Es mi abuela. Es mi exnovio. Es mi amiga. Es un ex compañero. Es todos, y ninguno ya. Se ha dado cuenta de que le estoy mirando raro. Obvio, mi cara de flipe es evidente.

-Tu alma. Encantada- me han dicho mi peor enemiga y la ex directora de mi antiguo colegio. Nada, lo normal.

-...Yo. Igualmente.-¿Qué le vas a decir a tu alma? ¿"Hola, soy el cartero"?- ¿Dónde estamos...exactamente?

-En ti-creo que mi cara de susto/impresión/meestásvacilando le ayudó a entender que no había comprendido-. Este hospital eres tú. Esta habitación-dijo el novio de mi mejor amiga-es tus sentimientos.

-Ah... ya.

Mi prima mayor me miró alzando una ceja y el padrino de mi hermana le dio un puñetazo a una pared. Todo el edificio se estremeció, y se oyó cómo se rompían cientos de cristales. Un amigo de mi padre me miró con las cejas alzadas, como preguntándome si necesitaba más pruebas.

-Tus sentimientos están en ti. Son una parte de ti, pequeña, pero importante. Ahora están destrozados. Y cualquier golpe en ellos, reverbera en ti con más fuerza-me explicaron el hermano de un amigo y la prima de una amiga.


-¿Y se puede saber qué hacemos aquí? Porque no me interesa que me demuestren que estoy hecha una mierda, muchas gracias. Lo estoy intentando arreglar.

Mi vecino de seis años soltó una carcajada irónica. Maldito crío.

-No lo estás intentando arreglar. No debes intentar arreglarlo. Éstos no son todos tus sentimientos, son unos en particular. Ésos que quieres evitar. Pero aquí siguen. ¿No deberías destruirlos?-maldita compañera de trabajo de mi madre. Miro a mi profesor de Educación Física completamente perdida. Mi compañera de intercambio me señala una pared con seriedad. Entiendo el mensaje.

Me acerco lentamente a aquella pared, tanto que la rozo con la nariz. Me he pegado a ella. No me gusta esa pared. Me hace recordar cosas malas. Me da escalofríos. Te quiero mucho mucho mucho. Siempre escucho música con el móvil. Eres lo peor que me he echado a la cara. Lo he escuchado perfectamente. La pared lo ha dicho. Con mi voz. La pared lo ha dicho con mi voz. Y las imágenes han venido a mi cabeza como una catarata. Y ya no hay dudas.


Me alejo de la pared mortalmente seria, miro de reojo a mi madre y cargo contra la pared con todas mis fuerzas con un placaje nada delicado.


¡SSBRRROOOOOOOOOOOOOOMM! 

Patada. Patada. Puntapié. Pisotón. Rodillazo. Codazo. Puñetazo. Puñetazo. Puñetazo. Manotazo. Manotazo. Sólo oigo un estruendo ensordecedor y una canción que suena a un volumen que me hace daño en los oídos. Y sigo oyendo las voces. No quiero oírlas. Patada. Puñetazo. Puñetazo. Puñetazo. Cabezazo.

Lo sorprendente es que no me duelen los golpes. Que no me hace daño hartarme a patear esa pared. Que no me duele la cabeza al clavarla en la pared con todas mis fuerzas. Que mi cuello no se resiente. Que sigo entera y sin una magulladura. Me giro a ver a la hermana de mi amiga, que observa con suspicacia la puerta de la habitación. Se puede ver una nube de polvo en el pasillo y una luz rojiza que juraría que eran llamas. Entonces todo se calla, y mi tío se gira para mirarme con el ceño fruncido y me dice:

-Sigue.

Prefiero obedecer. Las voces han vuelto. Que si, pesado. Mañana en la parada de metro. No me lo puedo creer. ¿Dónde vamos? Sí, deberías esperar para vender la moto. No, no, que te dejo. Deberías comer algo. 


He perdido la cordura. Duele. Joder, duele demasiado. No puedo. No puedo... Empiezo a apalizar la pared como si no hubiera mañana. Ya me he cargado completamente la capa de pintura y la de yeso. Ahora es cemento. Lo más duro.

-Estás rota de dolor. Lo sé. Has enloquecido de indignación, de odio, de orgullo, de dolor, de desesperación. Grita. ¡Grita!

Grito con todas mis fuerzas mientras vuelvo a dar un derechazo a la pared con todo el impulso que puedo coger. Sin comerlo ni beberlo, acabo de atravesar una pared de cemento. De un puñetazo. Se ha quedado el contorno de mi brazo y puedo ver otra habitación desde el agujero. Está impoluta, a pesar de los escombros que acabo de tirar dentro.

Miro a mi hermana completamente confundida. Yo me devuelvo la sonrisa, mientras yo sigo hecha un lío y me asusto cada vez más.

-Es un buen comienzo.