sábado, 24 de septiembre de 2011

Serpientes.

Personalmente, yo no necesito bebidas energéticas para estar dispuesta a todo. Sólo necesito unos auriculares, una buena canción y una razón. Cuando subo el volumen al máximo, desaparece todo. Sólo está la pantalla y la música. Sólo existen las palabras de la canción, la historia que me cuenta, y la relación que pueda tener con algún capítulo de mi vida, y el resto sale solo. Odio que me interrumpan cuando hago esto, porque es como un momento de meditación para mí. Algunos prefieren el silencio, yo soy más de batería, guitarras y frases con sentido gritadas en mis oídos. Y sin embargo, siempre hay una razón para que lo haga, un argumento para evadirme de esta manera. Lo hago, mayormente, cuando me fallan las fuerzas, cuando no tengo ganas, cuando el miedo se convierte en pánico y sólo quiero salir corriendo en otra dirección. El miedo que tengo a los payasos, o a las arañas, o a la oscuridad o a las pesadillas en las que estoy sola y no hay nadie a mi alrededor es grande, pero no tanto como el miedo a perder el control.

Admito que a veces lo pierdo a propósito, porque hay veces que las cosas me rebasan y sólo quiero dejarme llevar y que otros me digan que todo está bien y que se hagan cargo ellos, pero la mayoría de las veces no. Quiero hacerme cargo de mí misma, quiero ser independiente, quiero hacer las cosas bien sin tener los ojos de alguien clavados en la nuca constantemente. Quiero poder controlar al mínimo detalle todo lo que tenga relación conmigo, es casi obsesivo.

Por eso, es ver que algo escapa a mi comprensión o a mi vigilancia, y saltar todas las alarmas. Y ponerme histérica. Y montar en cólera. Y ponerme paranoica. Y muy, muy mal.

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