lunes, 17 de septiembre de 2012

Right to the top.

¿Habéis nadado alguna vez en el mar? No me refiero a nadar en el mar como cuando vas a la playa y llegas hasta donde tocas y no te alejas mucho de la orilla y tienes que estar pendiente de dónde está tu sombrilla para que no te arrastre la corriente demasiado lejos. Me refiero a nadar en el mar, saltar desde la borda de un barco al mar y simplemente nadar, porque no hay más que agua a tu alrededor aparte de un barco y una orilla ahí, a lo lejos, que simplemente no te apetece alcanzar. Tirarte al agua, que obviamente estará fría del demonio, y nadar, y patalear, agitar los brazos y abrir los ojos como platos cuando te asomes a la superficie. Y cuando te aseguras de que el barco está cerca, de que la gente está cerca, simplemente nadas.

¿Y nunca habéis sentido las diferencias de temperatura del cuerpo cuando nadas? ¿Sentir la coronilla más fría que el resto del cuerpo cuando te sumerges? ¿Que lo primero que se calienten sean los brazos? ¿Y que de pronto venga una corriente de agua fría y tú quieres pegar un salto y propulsarte fuera del agua porque madre mía, eso de frío era ilegal seguro? ¿Y cuando es una corriente de agua caliente, mirar a todas partes para saber de dónde ha salido y qué era exactamente porque cómo puede estar el agua tan fría y de pronto venir un chorro de agüita templada?

Oh, ¿y qué decir de la sensación que da sumergirse, cerrar los ojos y sencillamente flotar? Al principio es relajante, neutro todo, la calma y la inmovilidad que a la vez es flexible, moverte solamente porque se mueve el agua y no querer abrir los ojos porque eso es situarte, y no quieres saber nada de nada, solamente ser, estar, existir. Notar que también tus párpados están fríos, igual que la cara de tus dedos y por detrás de las rodillas. Y no es silencio, porque oyes moverse el agua, oyes los latidos de tu corazón, oyes lo que fuera no puedes oír. Y de pronto, todo es demasiado.

Todo se convierte en demasiado, porque aunque sea un sentimiento liberador, puro y neutro al mismo tiempo, de existir y ser lo más importante para ti y lo más ínfimo para el resto del mundo, llega un momento en el que es demasiado y sientes que si sigues así por más tiempo explotarás o implosionarás o pasará algo porque es todo tan intenso que te aterroriza hasta el tuétano porque nunca antes habías estado tan cerca de una energía tan pura y de pronto estar demasiado cerca quema, congela, paraliza y te hace vibrar, todo por dentro, al mismo tiempo. Y pataleas con todas tus fuerzas y mueves los brazos hasta que llegas a la superficie y tomas una enorme bocanada de aire tras otra mientras te limpias los ojos de agua salada y los abres todo lo que puedes, y te das cuenta de que todo parece más azul mientras buscas el barco y la gente y lo que te ancla a este mundo porque has estado muy cerca de olvidarlo.

Y les ves, y suspiras aliviado y un poquito resignado, porque están allí, y esa energía estaba, y ahora quieres volver a estar cerca porque ellos tampoco es que se fueran a ir muy lejos y ya veías que tú podías volver. De todas formas, empiezas a nadar hacia el barco entre el agua helada, porque ya hace frío, y subes las escaleras metálicas resbaladizas y te sientas en la borda envuelto en una toalla, con los labios morados y los ojos ligeramente rojos, respirando entrecortadamente, y observas cómo cielo y mar se funden en el horizonte, y te preguntas si en esa línea está la energía que creíste por un momento que se parecía mucho a lo que debería ser la libertad.

lunes, 10 de septiembre de 2012

Pure imagination.

Siempre he dicho que nunca tendré hijos. Mi miedo al compromiso, que es más grande de los que muchos podrán imaginar, me paraliza ante la idea de tener que encargarme de otra vida durante años, engendrándola yo misma y cuidándola mientras sea frágil y procurándole todo lo que necesite para vivir y luego volar lejos de mí. No, no, niños no, por Dios, niños no que yo no tengo paciencia ni ganas ni tiempo ni nada. Sobre todo valor y confianza en creer que podré hacerlo. No, no, para nada, quita, quita. Yo qué voy a tener niños, si soy casi una de ellos. Qué va, hombre, qué va. Yo como mucho te cuido a los tuyos, pero vuelves a por ellos luego.

Y sin embargo, pierdo la dignidad y lo que se supone que me aporta el llevar una chaqueta de piel negra y pantalones sempiternos y zapatillas que simbolizan la rebeldía urbana cuando veo a un bebé o un niño pequeño. El culo, por ejemplificarlo mejor. Veo a un niño pequeño y quiero jugar con él, cogerle, hablar con él, perseguirle para que corra delante de mí sin parar de reírse, reírme con él cuando le pille, verle dormir, acariciarle el pelo porque lo tiene muy suave, y demás tonterías que yo no hago porque soy una chica independiente y muy madura y yo no quiero niños porque qué coñazo. Pero al tema. Si yo tuviera niños... corrección si yo tuviera lo que hace falta tener para estar preparada para tener niños...

Si yo tuviera niños, a él le llamaría Alejandro, David o Daniel, y a ella, Alejandra, Adriana o Ángela. No es que los tuviera pensados desde hace años ni nada, psché, son cosas que se me han ocurrido así. No tengo tiempo yo para pensar en nombres de futuros hijos. Estoy segura de que mi embarazo sería la condena del mundo, porque si ya tengo mil caprichos hoy, imagínate 9 meses... y no hablemos de las hormonas. Por el amor de Dios, no hablemos de los cambios de humor por las hormonas y el verme gorda o con los pechos hinchados. No, no. Mec. Error. Cambio de tema. Jórror y pein.

Honestamente, malcriaría a mis hijos. Vale que me pondría de los nervios muy deprisa, ¿pero sería capaz de negarle algo a una carita sonriente con mofletitos y piel suavecita y ay Dios mío que te como? Bueno, si lo pongo desde el punto de vista de que es por su bien, quizá, pero seguramente acabe cediendo. Maldita sea, padres, qué costaba haber puesto un poco de fuerza de voluntad en mi ADN, qué costaba. Oh, y tendrían todos los juguetes, todos. Todos porque yo también querría jugar con la mitad. Y fuera de duda queda que mis hijos verían TODAS las películas de Disney y las que no son de Disney, y conocerían Pokémon y Yu-Gi-Oh! y a Goku y Star Wars y jugaríamos al Rey León como hacía con mi padre y tendrían cochecitos con los que jugaríamos como jugaba yo y yo haría como mi padre y me uniría a ellos y les compraría todos los libros de Barrio Sésamo y veríamos juntos todos los capítulos, como con mi padre... What the fuck did just happen.

¡Y por supuesto que mis hijos crecerían con una mascota! Compraríamos un gato, o un perro, dependiendo de cómo sea mi casa. O dos, o hasta tres, pero no más. Les enseñaría a acariciarle, a jugar con él, a cuidarle, a no tirarle de las patas, las orejas, los bigotes o la cola, a quererle, a respetar a los animales. Vería a mis hijos y a mi mascota jugar y no podría aguantar la sonrisa tonta mientras intento que el pensamiento de que algún día ellos me tengan que abandonar a mí no me haga ir a llorar desconsolada en una esquina.

A mis pequeños les enseñaría a escuchar música. Les pondría la música que me ponían a mí de pequeña y cantaría con ellos, y les hablaría de las anécdotas relacionadas con los artistas o las canciones, y pondría música casi a todas horas en casa, para verles bailar y cantar siempre siendo felices y unirme a ellos si hace falta. Obviamente, mis hijos bailarían tan bien y cantarían tan estupendamente como su madre, o por lo menos se lo pasarían igual de bien haciendo el tonto. No quiero que tengan sentido del ridículo, no quiero que se sientan inadecuados. Mis hijos crecerán todo lo inocentes que pueda mantenerles, enseñándoles a ignorar a la gente y sus opiniones. Mis hijos serán más puros de lo que yo una vez pude ser, porque yo me encargaré de ello.

Arroparía a mis hijos todas las noches, dándoles un último beso en la frente y enseñándoles a darme un último beso en la mejilla, para a la mañana siguiente llevarles en brazos desde su cama hasta el sofá del salón, donde les llevaría el desayuno entre semana, y a mi propia cama los fines de semana, hasta que ya no pudiera cargarles y ellos mismos, por rutina, viniesen a mi cama a dormir los últimos minutos de sueño por la mañana antes de desayunar. Entre semana serían tan gruñones como yo, y los fines de semana todos nos reiríamos en mi cama los sábados y leeríamos el periódico los domingos.

Y sin comerlo ni beberlo, habrán crecido de golpe, habrán tenido todos sus Ratoncitos Pérez y sus Reyes y sus Papás Noel y habremos tenido las charlas y los llantos de las explicaciones, y los momentos incómodos por el origen de los niños y el sexo, y tendré hijos adolescentes a los que no entienda a veces y con los que discuta porque son niños y no entienden que es lo mejor para ellos y que yo tendré miedo a que les pase algo porque ya empiezo a notar que me dejan un poquito atrás, y si eso no es miedo que alguien me explique qué lo es. Y aún así me las apañaré para intentar colarles algunos momentos como darles mimos improvisados, o reírme con ellos sobre cualquier cosa tonta, o hacerles cosquillas para despertarles, o desafiarles con charlas sobre política o los estudios o el futuro para ver cómo de mayores se han hecho. Y desde luego que no se librarán del martirio del interrogatorio de novios.

Y si mis hijos son gays, o bisexuales, o uno de ellos lo es, o no se siente a gusto en su cuerpo o sea el que sea el conflicto que tengan, me pillarán antes muerta que sorprendida. Con hijos o sin ellos, aceptar a alguien es lo principal en la vida si quieres ser aceptado tú mismo, y si un día mi hijo me dice que le gusta otro chico y que no sabe si es normal o mi hija me dice que no siente que su cuerpo sea el suyo, lo último que les va a faltar será mi apoyo, mi comprensión y todos los recursos que yo pueda poner a su alcance para ayudarles a facilitarles la vida, y plantaré cara por ellos y sus intereses, porque eso es lo que haría una madre o, como mínimo, una persona con sensibilidad e inteligencia social.

Y al final habré hecho lo mejor que haya podido para criar a nuevas personas que, como todos, tendrán que abandonar el nido para volar y vivir su vida independientemente, yéndose lejos de mí, dejando un vacío en mi casa y mi vida, obligándome sin quererlo a quedarme clavada en la puerta de casa viéndoles irse con sus cosas, su nueva vida, su futura oportunidad de formar otra familia y mi felicidad, bendición y deseo de que sean fuertes, felices y que tengan la misma suerte que tuve yo al tener la oportunidad de tener una vida llena con una familia a la que querer.

Obviemos que me pasaría días llorando y escuchando música deprimente y viendo películas dramáticas porque incluso con 50 años o más seguiré siendo una drama queen.

Por eso no voy a tener hijos ni nada parecido, porque qué coñazo, qué responsabilidad, yo no puedo afrontar un compromiso así, yo quiero vivir mi vida sin que nadie dependa de mí porque seguramente sería un desastre, que yo no quiero gastar así mi vida y, si lo hiciera, yo no quiero al final quedarme sola, o peor, ser una carga. Yo no quiero tener hijos. Es mucho para mí.