¿Habéis nadado alguna vez en el mar? No me refiero a nadar en el mar como cuando vas a la playa y llegas hasta donde tocas y no te alejas mucho de la orilla y tienes que estar pendiente de dónde está tu sombrilla para que no te arrastre la corriente demasiado lejos. Me refiero a nadar en el mar, saltar desde la borda de un barco al mar y simplemente nadar, porque no hay más que agua a tu alrededor aparte de un barco y una orilla ahí, a lo lejos, que simplemente no te apetece alcanzar. Tirarte al agua, que obviamente estará fría del demonio, y nadar, y patalear, agitar los brazos y abrir los ojos como platos cuando te asomes a la superficie. Y cuando te aseguras de que el barco está cerca, de que la gente está cerca, simplemente nadas.
¿Y nunca habéis sentido las diferencias de temperatura del cuerpo cuando nadas? ¿Sentir la coronilla más fría que el resto del cuerpo cuando te sumerges? ¿Que lo primero que se calienten sean los brazos? ¿Y que de pronto venga una corriente de agua fría y tú quieres pegar un salto y propulsarte fuera del agua porque madre mía, eso de frío era ilegal seguro? ¿Y cuando es una corriente de agua caliente, mirar a todas partes para saber de dónde ha salido y qué era exactamente porque cómo puede estar el agua tan fría y de pronto venir un chorro de agüita templada?
Oh, ¿y qué decir de la sensación que da sumergirse, cerrar los ojos y sencillamente flotar? Al principio es relajante, neutro todo, la calma y la inmovilidad que a la vez es flexible, moverte solamente porque se mueve el agua y no querer abrir los ojos porque eso es situarte, y no quieres saber nada de nada, solamente ser, estar, existir. Notar que también tus párpados están fríos, igual que la cara de tus dedos y por detrás de las rodillas. Y no es silencio, porque oyes moverse el agua, oyes los latidos de tu corazón, oyes lo que fuera no puedes oír. Y de pronto, todo es demasiado.
Todo se convierte en demasiado, porque aunque sea un sentimiento liberador, puro y neutro al mismo tiempo, de existir y ser lo más importante para ti y lo más ínfimo para el resto del mundo, llega un momento en el que es demasiado y sientes que si sigues así por más tiempo explotarás o implosionarás o pasará algo porque es todo tan intenso que te aterroriza hasta el tuétano porque nunca antes habías estado tan cerca de una energía tan pura y de pronto estar demasiado cerca quema, congela, paraliza y te hace vibrar, todo por dentro, al mismo tiempo. Y pataleas con todas tus fuerzas y mueves los brazos hasta que llegas a la superficie y tomas una enorme bocanada de aire tras otra mientras te limpias los ojos de agua salada y los abres todo lo que puedes, y te das cuenta de que todo parece más azul mientras buscas el barco y la gente y lo que te ancla a este mundo porque has estado muy cerca de olvidarlo.
Y les ves, y suspiras aliviado y un poquito resignado, porque están allí, y esa energía estaba, y ahora quieres volver a estar cerca porque ellos tampoco es que se fueran a ir muy lejos y ya veías que tú podías volver. De todas formas, empiezas a nadar hacia el barco entre el agua helada, porque ya hace frío, y subes las escaleras metálicas resbaladizas y te sientas en la borda envuelto en una toalla, con los labios morados y los ojos ligeramente rojos, respirando entrecortadamente, y observas cómo cielo y mar se funden en el horizonte, y te preguntas si en esa línea está la energía que creíste por un momento que se parecía mucho a lo que debería ser la libertad.
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