domingo, 25 de noviembre de 2012

Rafiki.

Hoy es un día cualquiera. Es un domingo en el que limpié la casa por la mañana e hice cosas en el ordenador por la tarde. Sin embargo, estoy escuchando la BSO de El Rey León, la de la escena de "Recuerda quién eres, Simba", y para qué engañarnos, sigo siendo igual de sensible a esa música como cuando tenía 5 años. Y aquí estoy, en pleno crescendo musical, porque quiero hablar de la noche en la que me sentí más viva que nunca.

Fue en Cádiz, en la playa de La Barrosa. Obviamente, mi noche ideal tenía que ser en Cádiz, en la playa de La Barrosa, en verano, porque no pensaba tenerla de otra forma. Cádiz es Cádiz, La Barrosa es La Barrosa y yo soy yo. Esa playa gaditana me ha visto crecer y yo la he visto cambiar, y nos hemos visto cada año y me he peleado con cada ola haciendo body-board, así que estaba escrito.

Estaba en La Barrosa con mi padre y mi hermana, una noche de Perseidas. Mi madre no estaba, como tantas veces desde aquello... en fin, que no estaba. Papá, Chiara y yo decidimos ir a ver las estrellas fugaces a la playa, como tantos años había suplicado yo, porque todavía no había superado esa noche en una playa en Jerez en la que estaba todo completamente a oscuras y las estrellas fugaces parecían una maratón de luciérnagas en el cielo, o aquella en la Playa de la Victoria, cuando corrí hacia la orilla, miré hacia arriba cuando ya no veía nada más delante mía y suponía que estaba al borde de la orilla y vi un cielo negro cuajado de estrellas fijas y brillantes como nunca antes lo había visto.

Total, que fuimos a ver estrellas porque yo tenía un antojo. Y fuimos a la derecha, a la parte de las rocas, porque en la playa de delante del paseo marítimo no se podía ver absolutamente nada por culpa de las luces tan fuertes. Fuimos a la zona protegida por el acantilado, desde el cual una vez casi tiro el coche familiar por un pqueño error de nada. El coche está bien a día de hoy.

Ya habiendo avanzado un trecho, papá y Chiara se pararon y se sentaron, alegando que ya estábamos muy lejos. Yo andé unos 10 metros más y me paré, sola. Quería mi noche de estrellas sola. Y con las manos temblando de excitación y la respiración agitada, saqué mi móvil y mis auriculares, los conecté, puse la música a volumen alto, me puse los cascos y miré hacia arriba.

Cielo negro como el azabache pulido. Estrellas perfectas formando constelaciones que había visto miles de veces. Algunas estrellas de colores rojizos o parpadeando. Era perfecto. Era el cielo nocturno puro, o lo más puramente visible que podía conseguir en ese momento teniendo un paseo marítimo escondido a muchos metros. Entre la música alta bloqueando el posible sonido de los otros dos hablando, de más posible gente pasando y del mar, solo estábamos el cielo y yo. No había Luna, así que las estrellas se podían ver perfectamente. Fue genial.

Y de pronto, después de haber esperado admirando el cielo y las constelaciones, un rayo de luz a la derecha de mi campo de visión. La vi terminar. Mi primera estrella fugaz de la noche, sin contar las dos del día anterior, porque esa fue como tres veces más larga. Hizo un rayo con forma de arco, y yo empecé a gritar señalando en la oscuridad como si acabase de ver pasar a la Virgen de la Macarena con la cura del SIDA en una mano y la fórmula de la Coca-Cola en la otra. Un poco humillante visto desde aquí, pero en aquel momento me pareció la reacción apropiada.

Seguí mirando el cielo escuchando música, con una sonrisa de oreja a oreja en la cara y el cuello en un ángulo imposible para no perderme nada. Pasó otra, esta vez un poco más a la izquierda, y más larga, e intenté contener mi entusiasmo, pero en cuanto la voz de mi padre gritándome que si la había visto superó el volumen de mi música, yo también le contesté a gritos.

Yo estaba eufórica. Sentía la energía y la adrenalina concentrándose en mí sin ningún tipo de vía de escape, y por ello empecé a bailar al ritmo de la música. Para cuando me quise dar cuenta me había montado mi propia discoteca en mi burbuja mental y estaba bailando como una profesional y cantando como solamente lo hago en la ducha, le jodiera a quien le jodiese en esa playa.

Y de pronto, estaba yo en plena actuación de "Take My Breath Away" cuando, de hecho, lo que vi me dejó sin aliento.

La vi empezar justo encima de mí, una estrella fugaz blanca, pulsante, con una cola larguísima, que partió el cielo justo encima de mí y desapareció poco antes de llegar al horizonte. Fue larguísima, fue brillantísima, fue preciosa, y la vi empezar y terminar. Creo que hasta se me empañaron los ojos. De lo que me acuerdo fue de que sonreí incluso más fuerte y lancé los dos puños al aire con los brazos extendidos, como si acabase de ganar algo. Me pareció la estrella fugaz más bonita del mundo. Por los gritos supuse que mi padre y mi hermana también la habían visto. Poco después, a la derecha volvió a pasar otra estrella, y esta era de color verde. Lo juro, dejó una estela verde, y lo estuve discutiendo con mi padre todo el camino de vuelta a casa porque él también lo vio. La última estrella fugaz que vi la vi de casualidad, girándome para ver si detrás de mí pasaba alguna, y pasó una cortita. Me lo tomé como un guiño antes de hacer caso a mi padre y girarme para volver a casa.

De camino al coche, gente que había paseando por la arena me miró raro, y recordé que había estado yo sola de rave a oscuras en ese punto perdido de la playa y que me habría oído todo quisqui. Poco me importó en ese momento, la verdad.

Al llegar a casa tardé poco en dormirme por el agotamiento. Pero nunca, nunca se me va a olvidar lo que sentí cuando vi tanta estrella junta, cuando vi ese rayo cruzar el cielo nocturno, cuando entre música, arena y cielo no importó nada más que ser libre.

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