Lo único que puede decir en su defensa es que nunca le vio venir. No se dio cuenta de cuándo él empezó a aparecer en su entorno de amigos, ni cuándo se volvió un habitual en las tardes y noches de aquel grupo. Fue como si una noche hubiese caído del cielo, les hubiera caído bien a los chicos de su pandilla y al momento se hubiera vuelto uno más. Recuerda que su primera conversación con él fue para preguntarle, estando ella más para allá que para acá, dónde habían guardado la bolsa de hielos, tras haber estado buscando un buen rato detrás del mismo banco en ese parque. Al día siguiente, el único pensamiento que le dedicó fue "bueno, peores primeras impresiones he hecho".
No tardó en descubrir que no era un chico como los que estaba acostumbrada a ver. Aún a día de hoy, él sigue siendo muy callado y tímido cuando quedan, y solo se suelta un poco cuando está solo con los chicos o los pocos días que decide (poco) más que dos latas de cerveza. Pero nunca le ha visto borracho. Y al verle tan introvertido, tan rápido como llamó su atención, perdió interés. Ella seguía rodeándose de sus amigos y amigas de siempre, bebiendo como siempre y siendo la chica joven que aún es, sin cambios. Aunque eso nunca quitó que siguiera ligeramente intrigada por él. Y eso solo le generaba frustración, porque si él no tenía nada de interesante, ¿por qué provocaba su curiosidad sin hacer absolutamente nada?
Su curiosidad terminó de ganar la partida cuando una tarde-noche, en un parque en el centro de la ciudad cercano a una zona de pubs, el grupo entero estaba bebiendo para empezar la noche. Ella, sorprendentemente, no había llegado tarde, y ya había empezado a beber a un ritmo relajado mientras hablaba con dos amigas. La charla era tranquila y llena de risas relajadas, un buen comienzo de noche. Y ella no podía estar más contenta hasta que en una ojeada para ver cómo iba todo el mundo llevó su mirada directa a los ojos de él. Y al ser la primera vez que le pillaba mirándola, decidió no apartar la mirada primero. Le observó pensando "¿de dónde has salido tú para aparecer aquí?", con la ligera esperanza de que él leyese ese pensamiento en sus ojos. Como él ni siquiera parpadeaba, ella decidió apartar la vista bebiendo de su vaso y volviendo a su conversación. ¿No quería reaccionar? Pues bien. Ella tenía toda una noche por delante para mirar a otra gente que al menos reaccionase ante ese gesto.
Y esa fue su mentalidad de "tú te lo pierdes" hasta una noche hace ya unos dos meses. Era sábado por la noche, al día siguiente no tenía nada que hacer, el lunes iba a tener menos trabajo del habitual y su semana no había sido mala en general. Por supuesto que estaba borracha y bailando como si la hubiese poseído una bailarina profesional. O al menos le ponía las mismas ganas, independientemente del resultado. Iba a acabar estampada en plancha sobre el suelo en algún momento, simplemente lo sabía. En un momento se dio cuenta de que tanto sudar la había deshidratado demasiado y se dio cuenta de que aún le quedaba un ticket para una consumición gratis en un bolsillo, por lo que avisó a sus amigas y fue todo lo directa que pudo hasta la barra más cercana. Casi al llegar a su meta, le vio, y fue como si el cielo se hubiera abierto sobre él. Le saludó ebria y efusivamente hasta que llegó a donde estaba él, asumió que el mejor saludo para el momento era "hace calor, ¿eh?" y pidió su bebida. Mientras esperaba a que se la sirvieran siguió bailando en su sitio, sin ser muy consciente de la situación, y con su vaso ya en la mano, se limitó a observar la pista de baile mientras bebía. Aparentemente su mente falló en recordarle la presencia de él a su lado todo el tiempo, observándola en silencio.
Pasó un tiempo hasta que vio a sus amigas acercarse hasta la barra, donde siguieron bailando como si estuvieran en el centro de la pista, a cada cuál más afectada. Ella la que más, probablemente. Sin embargo, la diversión se le hizo demasiado corta cuando sus amigas decidieron que era un buen momento para volver a casa y fueron a recoger sus abrigos y bolsos, los de ella incluidos, dejándola en la barra. Asumiendo que lo mejor sería que se dirigiese a la salida, dio dos pasos hacia la puerta de la discoteca y resbaló. Ella seguía pensando "lo sabía, sabía que iba a pasar" cuando se dio cuenta de que ya no estaba cayendo hacia el suelo. Tardó unos segundos en comprender que eran los brazos de él lo que habían impedido su caída, y su reacción fue agradecerle entre risas la ayuda mientras él les sacaba de la discoteca. Ella intentó agarrarse a él para no caerse, pero tampoco tenía la energía como para subirse sobre su espalda como un koala, así que pasarle un brazo por las espalda y agarrarse a su cadera derecha tendría que valer.
No recuerda aún muy bien cómo, pero acabaron quedándose los dos solos en la puerta de la discoteca, cerrada ya. Él la pilló totalmente por sorpresa cuando le preguntó dónde vivía, pero tras un rato pensando, lo recordó y comenzaron a andar mientras ella reflexionaba en voz alta. Siempre tendía a hablar demasiado cuando se ponía nerviosa, y con alcohol en las venas era aún más desinhibida.
El camino de vuelta a casa se le hizo larguísimo, y agradeció que su compañera de piso hubiera decidido pasar la noche en casa de su novio, porque sabía que habría estado destinada a despertarla si hubiera estado durmiendo en su cuarto, y ello habría resultado en una mañana de resaca llena de ruido innecesario, preguntas sobre él y odio hacia su persona en general. Pero la culpa le tenían sus inservibles llaves y su estúpido paragüero que se había puesto en su camino a propósito. Cuando la batalla en la entrada fue solucionada, ella le llevó a su cuarto y le dejó ayudarle para quitarse la chaqueta y los zapatos mientras ella le observaba. Le llamaba tanto la atención en ese momento, estaba siendo tan bueno con ella... se había puesto tan guapo esa noche... tardó los tres segundos en los que él la acercó a la cama en decidirse para apoyar todo el peso de su cuerpo sobre el de él y tirarle sobre el colchón, básicamente asaltándole sin ningún tipo de autocontrol. Sin embargo, de pronto había dos manos en sus caderas levantándola con firmeza pero también con suavidad, apartándola de él, y cuando ella abrió los ojos, los de él la observaban con seriedad.
Se quedó paralizada y con la mente en blanco, temiendo haberlo fastidiado todo y que él fuera a enfadarse con ella, o gritarla o insultarla. Ni siquiera se había dado cuenta de que había empezado a temblar por culpa del miedo y el arrepentimiento hasta que él suspiró, suavizó la mirada y la abrazó. Todavía estaba procesando las caricias en su espalda y su pelo y un beso en la sien cuando un "lo siento" fue susurrado directamente en su oreja. Ella se echó ligeramente hacia atrás, lo suficiente para mirarle, y preguntó "¿no?". Cuando él sacudió la cabeza de lado a lado y contestó "así no", ella entendió lo que quería decir y asintió resignada, avergonzada y triste, y le dejó arroparla bajo las sábanas, cerrando los ojos en un momento de felicidad cuando él le dio un beso en la frente. Como respuesta, ella sacó un brazo de debajo de las mantas y le acarició el rostro, asegurándose de que él era real y estaba siendo así de bueno con ella de verdad, sonriendo. Él le devolvió la sonrisa, le dio otro beso en la frente y se fue dándole las buenas noches. Ella se durmió sonriendo y pensando que al menos ese gesto se lo había devuelto.
Desde esa noche, a ella le da igual si él cayó del cielo o no o si entró en su vida gradualmente o como un camión haciéndose paso entre el tráfico. Le sirve con saber que él está ahí, que cuando se miran le sonríe, que él acepta silenciosamente cuando ella le pide mediante un abrazo que la lleve a casa todas las noches que salen, que él tampoco hace caso a los comentarios de los demás del grupo, que ya sospechan algo. Le sirven un beso en la frente y una caricia en una mejilla todas las noches que pueden, le sirve algo tan simple y tan suyo, porque por lo menos sabe que le importa. Ella sabe que llegará un día que querrá más, porque no quiere ni cree que pueda dejarle escapar pronto y ya empieza a necesitar más, pero por ahora, le sirve.
domingo, 20 de octubre de 2013
lunes, 14 de octubre de 2013
Sabbia.
Nunca creíste que tu paladar pudiera estar tan seco ni que algún día se grabaría en tu memoria el sabor del polvo. Tu visión ya estaba acostumbrada a ser limitada por tus párpados entrecerrados, y no recordabas con seguridad el auténtico color de tu piel bajo el barro seco salpicado con sangre. Tus dedos agarrotados adoptaban ya automáticamente la posición en la que sostenías los cuchillos y los escudos. Por tu mente pasaba muchas veces la posibilidad de que nunca pudieras volver a tener una expresión facial que no fuera una de frialdad y un ligero desdén hacia lo que estabas sufriendo.
Y la arena. La arena estaba en todas partes. Incluso en lugares donde no debería haber arena o donde tú habrías pensado que era imposible que la arena pudiese llegar, incluso ayudada por el viento. Cuando dormías al raso sabías que ibas a despertar bajo una montaña de arena y polvo, pero despertabas así incluso cuando conseguías hacerte con un refugio o construir una pequeña tienda con los restos de algún tipo de tela sacada de algún pueblo arrasado que te cruzabas. Odiabas la arena. Y esa es una reacción comprensible después de estar luchando en guerrillas en medio del desierto.
Llegaste a uno de los campamentos bases siendo joven. En realidad, fue hace solo dos años, o quizá menos, pero en el infierno el tiempo corre diez veces más lento y veinte más rápido a la vez. A tus 17 años, con la mentalidad de que al enemigo había que eliminarle porque sí, por ser el enemigo y punto, no veías la hora de empezar a masacrar sus ejércitos. Soñabas con abrirte paso entre toda una legión sin nadie que pudiera detenerte. Recordabas esos días con una mezcla de amargura, tristeza y algo de ternura hacia tu ingenuidad. Ojalá pudieras haber sabido que acabarías viendo cómo los días se hacía eternos ante tus ojos y cómo te sentías años más mayor tras cada batalla en la que te manchabas las manos de sangre. Ni siquiera sabías con certeza si tenías 19 años ya.
Hace tiempo que tuviste que desechar las ropas con las que llegaste al campamento. Los soldados decían que no eran apropiadas para luchar, y te dieron un uniforme de tela ligera y clara con el resto de tu equipamiento. Poco después también tendrías que desechar ese uniforme, y empezarías a tener que vestir con ropas robadas, telas de tiendas o sacadas de casas arrasadas modificadas para ser convertidas en vestimentas o botines de guerra recién expoliados de quienes poco después acabarían siendo ejecutados.
Odiabas a tu joven versión de 17 años que pensó que servir en las guerrillas sería una buena idea.
Siempre pensabas lo mismo cuando terminabas de actuar en una batalla. Lo pensabas mientras te asegurabas de que tus heridas no eran graves, de tapar las manchas de sangre de tus ropas rasgadas con arena para disimular el rojo que contrastaba contra el color del polvo que la tela había adquirido tras el tiempo, de que los supervivientes solo fueran compañeros tuyos, de que los cadáveres de tus colegas muertos fueran recogidos para un funeral digno en vez de servir de pasto para alimañas. Cuando recogías el botín de guerra (robando todo lo que pudiera tener algún tipo de valor entre los cuerpos de tus rivales muertos) preferías no pensar en nada.
Después de cada batalla siempre te ofrecías para el primer turno de vigilancia. Tus camaradas lo habían asumido después del tiempo que habían pasado contigo, y los que más tiempo llevaban en tu escuadrón se lo explicaban a los recién llegados, para que nadie te estorbase. Nadie tenía ganas de vigilar tras las batallas menos tú, lo que los demás apreciaban enormemente. Nunca te lo contó nadie, tú te percataste de ello.
En el puesto de vigilancia era cuando te permitías pensar en algo aparte de tu arrepentimiento por haberte involucrado en una causa que no era la tuya o estrategias para masacrar el próximo objetivo. Sacabas tu amuleto de un bolsillo de tus pantalones, o de tu túnica, o de los pliegues de tu turbante, y lo observabas mientras lo pasabas de mano a mano. También era la única vez del día en la que te quitabas el pañuelo que cubría toda tu cara excepto tus ojos. Necesitabas respirar para recordar, mientras jugueteabas con la piedra tallada entre tus dedos.
Recuerdas con claridad a la persona que te la dio, que la talló por ti. Era tu posesión más preciada, incluso más que tus armas en pleno fragor de choque de ejércitos. Era un recuerdo físico de un ser querido, tu ancla al mundo real, lo que a veces te retenía de lanzarte en un ataque hacia un batallón enemigo con la ira ciega como guía. Te recordaba que había alguien esperándote en alguna parte, que tenías un hogar, que alguien pensaba que eras más que un arma humana o un peón en una guerra de dioses. Que alguien te amaba antes de irte, y que con seguridad te seguiría amando cuando volvieras, incluso con la piel bajo una capa de sangre, sudor y polvo y cicatrices por todo el cuerpo y en toda el alma. Te lo había prometido, al fin y al cabo. La promesa de que te esperaría cuanto hiciera falta era de las cosas que más amabas en tus pocos momentos de silencio para pensar.
Un flash de recuerdos cruzaba tu mente tras recordarlo. Música, risas, emociones, afección, contacto físico, suavidad, tranquilidad, paz. Al menos, después de tanto tiempo, ya no era tan doloroso abrir los ojos para afrontar la realidad que vivías, en la que tu cuerpo ya no estaba libre de marcas imborrables por todas partes, tu belleza física ya no estaba intacta ante el paso del tiempo y la guerra y tu mente y alma necesitarían mucho tiempo para intentar llegar a recuperarse sin nunca poder volver a ser lo que fueron.
Las horas pasaban mientras tú dejabas atrás tu antigua vida y seguías vigilando el horizonte, aceptando y esperando el tiempo que te quedaba en una guerra que no era la tuya para volver a tu hogar, el único sitio en el que volverías a sentirte una persona real.
Y la arena. La arena estaba en todas partes. Incluso en lugares donde no debería haber arena o donde tú habrías pensado que era imposible que la arena pudiese llegar, incluso ayudada por el viento. Cuando dormías al raso sabías que ibas a despertar bajo una montaña de arena y polvo, pero despertabas así incluso cuando conseguías hacerte con un refugio o construir una pequeña tienda con los restos de algún tipo de tela sacada de algún pueblo arrasado que te cruzabas. Odiabas la arena. Y esa es una reacción comprensible después de estar luchando en guerrillas en medio del desierto.
Llegaste a uno de los campamentos bases siendo joven. En realidad, fue hace solo dos años, o quizá menos, pero en el infierno el tiempo corre diez veces más lento y veinte más rápido a la vez. A tus 17 años, con la mentalidad de que al enemigo había que eliminarle porque sí, por ser el enemigo y punto, no veías la hora de empezar a masacrar sus ejércitos. Soñabas con abrirte paso entre toda una legión sin nadie que pudiera detenerte. Recordabas esos días con una mezcla de amargura, tristeza y algo de ternura hacia tu ingenuidad. Ojalá pudieras haber sabido que acabarías viendo cómo los días se hacía eternos ante tus ojos y cómo te sentías años más mayor tras cada batalla en la que te manchabas las manos de sangre. Ni siquiera sabías con certeza si tenías 19 años ya.
Hace tiempo que tuviste que desechar las ropas con las que llegaste al campamento. Los soldados decían que no eran apropiadas para luchar, y te dieron un uniforme de tela ligera y clara con el resto de tu equipamiento. Poco después también tendrías que desechar ese uniforme, y empezarías a tener que vestir con ropas robadas, telas de tiendas o sacadas de casas arrasadas modificadas para ser convertidas en vestimentas o botines de guerra recién expoliados de quienes poco después acabarían siendo ejecutados.
Odiabas a tu joven versión de 17 años que pensó que servir en las guerrillas sería una buena idea.
Siempre pensabas lo mismo cuando terminabas de actuar en una batalla. Lo pensabas mientras te asegurabas de que tus heridas no eran graves, de tapar las manchas de sangre de tus ropas rasgadas con arena para disimular el rojo que contrastaba contra el color del polvo que la tela había adquirido tras el tiempo, de que los supervivientes solo fueran compañeros tuyos, de que los cadáveres de tus colegas muertos fueran recogidos para un funeral digno en vez de servir de pasto para alimañas. Cuando recogías el botín de guerra (robando todo lo que pudiera tener algún tipo de valor entre los cuerpos de tus rivales muertos) preferías no pensar en nada.
Después de cada batalla siempre te ofrecías para el primer turno de vigilancia. Tus camaradas lo habían asumido después del tiempo que habían pasado contigo, y los que más tiempo llevaban en tu escuadrón se lo explicaban a los recién llegados, para que nadie te estorbase. Nadie tenía ganas de vigilar tras las batallas menos tú, lo que los demás apreciaban enormemente. Nunca te lo contó nadie, tú te percataste de ello.
En el puesto de vigilancia era cuando te permitías pensar en algo aparte de tu arrepentimiento por haberte involucrado en una causa que no era la tuya o estrategias para masacrar el próximo objetivo. Sacabas tu amuleto de un bolsillo de tus pantalones, o de tu túnica, o de los pliegues de tu turbante, y lo observabas mientras lo pasabas de mano a mano. También era la única vez del día en la que te quitabas el pañuelo que cubría toda tu cara excepto tus ojos. Necesitabas respirar para recordar, mientras jugueteabas con la piedra tallada entre tus dedos.
Recuerdas con claridad a la persona que te la dio, que la talló por ti. Era tu posesión más preciada, incluso más que tus armas en pleno fragor de choque de ejércitos. Era un recuerdo físico de un ser querido, tu ancla al mundo real, lo que a veces te retenía de lanzarte en un ataque hacia un batallón enemigo con la ira ciega como guía. Te recordaba que había alguien esperándote en alguna parte, que tenías un hogar, que alguien pensaba que eras más que un arma humana o un peón en una guerra de dioses. Que alguien te amaba antes de irte, y que con seguridad te seguiría amando cuando volvieras, incluso con la piel bajo una capa de sangre, sudor y polvo y cicatrices por todo el cuerpo y en toda el alma. Te lo había prometido, al fin y al cabo. La promesa de que te esperaría cuanto hiciera falta era de las cosas que más amabas en tus pocos momentos de silencio para pensar.
Un flash de recuerdos cruzaba tu mente tras recordarlo. Música, risas, emociones, afección, contacto físico, suavidad, tranquilidad, paz. Al menos, después de tanto tiempo, ya no era tan doloroso abrir los ojos para afrontar la realidad que vivías, en la que tu cuerpo ya no estaba libre de marcas imborrables por todas partes, tu belleza física ya no estaba intacta ante el paso del tiempo y la guerra y tu mente y alma necesitarían mucho tiempo para intentar llegar a recuperarse sin nunca poder volver a ser lo que fueron.
Las horas pasaban mientras tú dejabas atrás tu antigua vida y seguías vigilando el horizonte, aceptando y esperando el tiempo que te quedaba en una guerra que no era la tuya para volver a tu hogar, el único sitio en el que volverías a sentirte una persona real.
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De mayor quiero ser escritora perturbada.
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