lunes, 14 de octubre de 2013

Sabbia.

Nunca creíste que tu paladar pudiera estar tan seco ni que algún día se grabaría en tu memoria el sabor del polvo. Tu visión ya estaba acostumbrada a ser limitada por tus párpados entrecerrados, y no recordabas con seguridad el auténtico color de tu piel bajo el barro seco salpicado con sangre. Tus dedos agarrotados adoptaban ya automáticamente la posición en la que sostenías los cuchillos y los escudos. Por tu mente pasaba muchas veces la posibilidad de que nunca pudieras volver a tener una expresión facial que no fuera una de frialdad y un ligero desdén hacia lo que estabas sufriendo.

Y la arena. La arena estaba en todas partes. Incluso en lugares donde no debería haber arena o donde tú habrías pensado que era imposible que la arena pudiese llegar, incluso ayudada por el viento. Cuando dormías al raso sabías que ibas a despertar bajo una montaña de arena y polvo, pero despertabas así incluso cuando conseguías hacerte con un refugio o construir una pequeña tienda con los restos de algún tipo de tela sacada de algún pueblo arrasado que te cruzabas. Odiabas la arena. Y esa es una reacción comprensible después de estar luchando en guerrillas en medio del desierto.

Llegaste a uno de los campamentos bases siendo joven. En realidad, fue hace solo dos años, o quizá menos, pero en el infierno el tiempo corre diez veces más lento y veinte más rápido a la vez. A tus 17 años, con la mentalidad de que al enemigo había que eliminarle porque sí, por ser el enemigo y punto, no veías la hora de empezar a masacrar sus ejércitos. Soñabas con abrirte paso entre toda una legión sin nadie que pudiera detenerte. Recordabas esos días con una mezcla de amargura, tristeza y algo de ternura hacia tu ingenuidad. Ojalá pudieras haber sabido que acabarías viendo cómo los días se hacía eternos ante tus ojos y cómo te sentías años más mayor tras cada batalla en la que te manchabas las manos de sangre. Ni siquiera sabías con certeza si tenías 19 años ya.

Hace tiempo que tuviste que desechar las ropas con las que llegaste al campamento. Los soldados decían que no eran apropiadas para luchar, y te dieron un uniforme de tela ligera y clara con el resto de tu equipamiento. Poco después también tendrías que desechar ese uniforme, y empezarías a tener que vestir con ropas robadas, telas de tiendas o sacadas de casas arrasadas modificadas para ser convertidas en vestimentas o botines de guerra recién expoliados de quienes poco después acabarían siendo ejecutados.

Odiabas a tu joven versión de 17 años que pensó que servir en las guerrillas sería una buena idea.

Siempre pensabas lo mismo cuando terminabas de actuar en una batalla. Lo pensabas mientras te asegurabas de que tus heridas no eran graves, de tapar las manchas de sangre de tus ropas rasgadas con arena para disimular el rojo que contrastaba contra el color del polvo que la tela había adquirido tras el tiempo, de que los supervivientes solo fueran compañeros tuyos, de que los cadáveres de tus colegas muertos fueran recogidos para un funeral digno en vez de servir de pasto para alimañas. Cuando recogías el botín de guerra (robando todo lo que pudiera tener algún tipo de valor entre los cuerpos de tus rivales muertos) preferías no pensar en nada.

Después de cada batalla siempre te ofrecías para el primer turno de vigilancia. Tus camaradas lo habían asumido después del tiempo que habían pasado contigo, y los que más tiempo llevaban en tu escuadrón se lo explicaban a los recién llegados, para que nadie te estorbase. Nadie tenía ganas de vigilar tras las batallas menos tú, lo que los demás apreciaban enormemente. Nunca te lo contó nadie, tú te percataste de ello.

En el puesto de vigilancia era cuando te permitías pensar en algo aparte de tu arrepentimiento por haberte involucrado en una causa que no era la tuya o estrategias para masacrar el próximo objetivo. Sacabas tu amuleto de un bolsillo de tus pantalones, o de tu túnica, o de los pliegues de tu turbante, y lo observabas mientras lo pasabas de mano a mano. También era la única vez del día en la que te quitabas el pañuelo que cubría toda tu cara excepto tus ojos. Necesitabas respirar para recordar, mientras jugueteabas con la piedra tallada entre tus dedos.

Recuerdas con claridad a la persona que te la dio, que la talló por ti. Era tu posesión más preciada, incluso más que tus armas en pleno fragor de choque de ejércitos. Era un recuerdo físico de un ser querido, tu ancla al mundo real, lo que a veces te retenía de lanzarte en un ataque hacia un batallón enemigo con la ira ciega como guía. Te recordaba que había alguien esperándote en alguna parte, que tenías un hogar, que alguien pensaba que eras más que un arma humana o un peón en una guerra de dioses. Que alguien te amaba antes de irte, y que con seguridad te seguiría amando cuando volvieras, incluso con la piel bajo una capa de sangre, sudor y polvo y cicatrices por todo el cuerpo y en toda el alma. Te lo había prometido, al fin y al cabo. La promesa de que te esperaría cuanto hiciera falta era de las cosas que más amabas en tus pocos momentos de silencio para pensar.

Un flash de recuerdos cruzaba tu mente tras recordarlo. Música, risas, emociones, afección, contacto físico, suavidad, tranquilidad, paz. Al menos, después de tanto tiempo, ya no era tan doloroso abrir los ojos para afrontar la realidad que vivías, en la que tu cuerpo ya no estaba libre de marcas imborrables por todas partes, tu belleza física ya no estaba intacta ante el paso del tiempo y la guerra y tu mente y alma necesitarían mucho tiempo para intentar llegar a recuperarse sin nunca poder volver a ser lo que fueron.

Las horas pasaban mientras tú dejabas atrás tu antigua vida y seguías vigilando el horizonte, aceptando y esperando el tiempo que te quedaba en una guerra que no era la tuya para volver a tu hogar, el único sitio en el que volverías a sentirte una persona real.

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