Se oye el sonido de los tambores, y la adrenalina te corre por las venas y arterias, inflama tus músculos, acelera tu pulso, agita tu respiración y alimenta esa ansia de salir corriendo en cualquier momento. Estás en tu cabaña, de espaldas a la entrada, porque lo último que quieres es salir de allí y afrontar la luz. De todas formas, no hay mucha luz, porque el cielo está cubierto de nubes grises, y eso ayuda a que estés casi sumido en las tinieblas. No entiendes del todo qué pasa, pero sabes que te da miedo, mucho miedo. Llevas tu vestimenta de guerra, y se te eriza la piel de los brazos por el frío. Vuelves a palpar tu armadura de barro cocido, ramitas, plumas y cuerdas para cerciorarte de que está bien puesta. Tus pies están descalzos y tus piernas también están descubiertas. Lo único que tapa tu piel son pinturas de colores. Te encanta pintarte, pero sabes que estas pinturas son para que los espíritus del Más Allá te reconozcan y te lleven con ellos. Sabes que estas pinturas significan que vas a morir. Y te da miedo. Sólo has visto florecer la montaña dieciséis veces. Los adultos lo han visto hasta treinta o más. Tú, con dieciséis, no vas a volver a verlo. Obvio que has contado las veces, te maravilla verlo. Es precioso. Y ahora mismo te arrepientes y lamentas no haber disfrutado más todo aquello.
Los tambores se mezclan con una especie de gemido ahogado y suspiros entrecortados. Tu madre está en la esquina más oscura de la cabaña. Ahí, arrinconada, encogida y presa del llanto y el miedo, parece una pelota de pieles oscuras y carne temblorosa. Apartas la mirada cuando las lágrimas te nublan la vista. No puedes acercarte a ella, o no te irás. Vuelves a revisar tu armadura. El cuchillo de piedra en el cinto, la honda, el saquito de cantos redondos, el otro cuchillo, un palo afilado... tu padre te lo ha dado todo con la vana esperanza de que sobrevivas y vuelvas, aunque sea sin las armas que tanto le ha costado conseguir y que tan bien sabe utilizar para cazar, igual que tú, aunque él es mejor.
Te levantas, y notas que el pelo se te queda pegado en las pinturas de la cara y el cuello. Te lo han cortado de forma irregular con una piedra afilada y ahora te queda por los hombros, y aunque antes lo llevabas mucho más largo, poco te importa ya. Te quitas la tierra que se ha pegado a tu cuerpo, aunque intentas no emborronar las pinturas, porque te aterra que los espíritus no te reconozcan y tu alma se pierda, vagando por la montaña. Miras a tu madre por última vez, que sufre un ataque de hipo y ha vuelto a romper en llanto histérico, y sales, porque no puedes aguantarlo más.
Fuera, bajo las nubes, que nunca son un buen augurio, están los demás hombres de tu tribu. Hay desde niños como tú a adultos con cicatrices de otras guerras. Los ancianos se quedan en el poblado, cuidando de las mujeres y los pequeños con su sabiduría, y porque no harían mucho en el campo de batalla. El chamán está murmurando cosas que nadie comprende y haciendo símbolos con sus manos sobre la piel de guerreros que hacen cola ante él, seguramente dándoles hechizos de protección. Tú quieres ponerte a la cola, pero tu padre te llama con gesto serio y hace que te acerques a un círculo de adultos, al que te diriges con la cabeza gacha y ojos llenos de miedo, pero con los hombros cuadrados.
Están tu padre, el Jefe, otros adultos y amigos tuyos. Les miras con una mezcla de dolor, tristeza y compasión, mientras notas cómo se te hace un nudo en la garganta. Ellos te miran igual. Sabéis que vais a morir, o que al menos, la mayoría lo haréis. Los adultos están muy serios, pero no se les nota el miedo, si es que lo tienen. Todos forman un círculo alrededor de unos dibujos en el suelo, que rápidamente identificas con una especie de plano de las montañas. Vais a avanzar por el paso y por los caminos ocultos que pasan sobre los desfiladeros. Desde arriba tiraréis dardos, piedras, lanzas y flechas. Desde abajo, combate cuerpo a cuerpo. Muerte, básicamente. Y de pronto tú deseas ser uno de los del desfiladero y matar enemigos a sangre fría, como a insectos, y un sentimiento tenebroso te encoge el pecho. Quieres matar, no ser matado.
Apenas oyes las instrucciones de tu padre y el Jefe, pero entiendes que vas a estar abajo. Abajo. Lucha cuerpo a cuerpo. Muerte. Muertemuertemuerte. Vas a morir. Lo sabes en un momento. Es una verdad tan simple que asimilarla te lleva segundos, pero su peso cae sobre tus hombros igual. Vas a morir. Ya nada importa. La adrenalina vuelve a correr y tú sientes ganas de reír histéricamente, de correr, de saltar, de atacar, de llorar, de huir, de gritar. Vas a morir. No pasa nada. No importa. Vete. Corre. Sal de aquí. Vamos a matar. Vuelve a casa. No. Sí. No.
Tu padre te da una palmada en el hombro, y comprendes que tienes que ir con el resto de los guerreros, que van a dirigirse al paso. Dos de tus amigos se quedan quietos, junto a otros tres adultos. Ellos irán al desfiladero. Te acercas a ellos y, sin decir nada, le das a uno la honda y el saquito de piedras y al otro el palo. Te miran sorprendidos, dolidos y con los ojos llorosos. Tu gesto es ausente. Nada te importa. Prefieres que maten con tus armas que las coja el enemigo y que resulten útiles. Te vas con otros tres chicos y el resto de los adultos, y os reunís con el resto de guerreros. Un escalofrío te recorre la espalda, como si alguien te hubiera pasado el canto de un cuchillo frío desde la nuca hasta el final de la espalda, sin llegar a cortarte. No te sobresaltas. Supones que es un espíritu avispado, que ha notado la muerte sobre ti y que ya está trabajando, preguntándose quién eres.
Llegáis al paso, y todos oís un estruendo. Los hombres se agitan, se gritan alterados, se preguntan, observan todo con los ojos abiertos. De pronto, se oyen miles de pasos y otros ruidos por donde se supone que es la entrada al paso. El enemigo se os ha adelantado. Los hombres se agitan aún más, se gritan aún más, abren los ojos aún más, corren, se sitúan, tú acabas en primera línea de batalla paralizado por el miedo. Tu padre te grita que retrocedas. No puedes. Tus piernas acaban de echar raíces en el suelo. Estás paralizado. No puedes.
Un monstruo aparece entre la niebla y las paredes de roca del paso. Es un monstruo con mucho pelo, cubierto de piel y de piedra gris brillante y muy pulida. Es extraño. ¿Es un hombre? Nunca habías visto un hombre así. Aparecen muchos más. Y más. Y más. Y montados en otras bestias. Y con armas (o lo que supones que son armas) muy extrañas. De pronto, se oyen ruidos muy fuertes y varios de los que están en primera línea, contigo, caen al suelo, heridos. ¿Cómo les han matado así? ¿Tienen hondas tan fuertes? Te agachas corriendo, y tiras piedras, pero no llegas a darles. No entiendes nada. El resto de guerreros ha empezado a correr hacia los monstruos, armas en ristre. Muchos caen, como los primeros. Tú también corres, para no quedarte atrás. No te es difícil llegar otra vez a la primera línea. Corres hacia el primer monstruo, que te apunta con algo, y sientes un dolor intensísimo en un brazo, tras un ruido de los de antes. Te miras, sangras. Te giras asustado. Lo último que ves es la cara de un hombre, rabioso, gritando, que te ataca con un gran cuchillo de esa piedra tan pulida y que te atraviesa de parte a parte. Notas que te mueres. Oyes el grito de tu padre, desgarrador. Notas la sangre. Frío. Los espíritus. Oscuridad. Nada.
No hay comentarios:
Publicar un comentario