martes, 10 de julio de 2012

Hallelujah.

El café era pequeño, y estaba situado en la acera derecha de una gran calle principal de la ciudad. A aquellas horas del día y en aquella estación del año, la calle estaba completamente iluminada por la luz solar, haciendo brillar alegremente las paredes blancas y el cemento gris claro de los edificios, impolutos e imponentes. Desde dentro del café podía mirarse hacia afuera a través de la vitrina, que estaba tan limpia que parecía inexistente a primera vista, y se podía observar a la poca gente que caminaba por la calle a esas horas. El local también estaba casi vacío, solamente unos dos o tres clientes y dos camareros. Quizá fue ese ambiente lo que le llamó la atención, ese silencio cómodo y sereno que podía percibirse desde la acera, y el refugio del calor y la luz de la calle que ofrecía el hecho de que el viejo y elegante café no tuviera más iluminación que la que recibía desde el cristal que daba al resto del mundo.

Entró en el sitio empujando la puerta con confianza y dando una zancada, disimulando su sorpresa cuando un pequeño escándalo provocado por la campanita que colgaba de la puerta señaló su entrada triunfal. Sin embargo, solo uno de los camareros levantó la vista para verla, y cuando lo hizo, siguió secando unos vasos con un trapo blanco, como si nada hubiera pasado. El resto de ocupantes del café no mostró signos de haberse dado cuenta de su llegada. Con el desconcierto pintado en la cara se quedó inmóvil delante de la puerta, observando la falta de reacciones. Segundos más tarde, al darse cuenta del ridículo que seguramente estaba haciendo, sacudió la cabeza y se sentó en una mesa pegada a la pared opuesta del café, esperando tener una vista completa del resto del local y de la calle a través del cristal.

Nada más sentarse y dejar su bandolera negra en el suelo, al lado de la mesa, el camarero que había estado secando vasos antes se acercó a pedirle nota en voz serena y ligeramente baja, como si no quisiera romper la armonía del ambiente del café. Ella contestó pidiendo un café con leche y el camarero se retiró con una sonrisa suave para atender su pedido. Vio desaparecer al camarero tras la barra y desvió la mirada hacia el cristal que daba a la calle, girándose en la silla y apoyando la espalda en la pared de madera oscura, soltando un suspiro pesado. Nunca fue fan del calor y necesitaba cafeína, su mañana en la universidad había sido aburrida hasta la desesperación y le dolía la cabeza.

Maldijo mentalmente por enésima vez en el día a su cabeza, por no haber recordado coger sus sempiternas gafas de sol. Cerró los ojos y respiró profundamente echando la cabeza hacia atrás, apoyándola en la pared. Cuando oyó al camarero dejar ante ella su café, abrió un ojo para agradecerle la bebida con una sonrisa. El camarero solo sonrió y le guiñó un ojo antes de volver al trabajo. Ella volvió a cerrar los ojos y amplió su sonrisa involuntariamente. Benditos desconocidos educados. Volvió a sentarse erguida, girándose hacia la mesa y reprimiendo un bostezo, y se concentró en vaciar dos bolsitas de azúcar en su taza y remover el café con la cucharilla para evitar quedarse dormida sobre la bebida caliente.

Levantó la taza e iba a dar su primer trago de café cuando, de pronto, la campanita de la puerta volvió a montar un pequeño estruendo, combinado con el sonido de las bisagras de la puerta crujiendo ligeramente. Imitando al resto de personas del café, ella fingió no reaccionar ante el ruido, pero no pudo evitar lanzar una mirada por el rabillo del ojo para ver a un joven con una mochila y la misma cara de susto y confusión que había puesto ella al entrar al local. Tras los mismos segundos de inmovilidad, vio los hombros del chico sacudirse en una carcajada silenciosa y sus piernas guiándole hacia una mesa a la derecha de la puerta, junto a la vitrina. Ella volvió a concentrarse en su café, frunciendo ligeramente el ceño ante el inesperado obstáculo en su vista panorámica, pero decidió no darle importancia mientras probaba su bebida. También ignoró cómo aquel líquido a la temperatura de la lava del centro de la tierra convertía su lengua en una brasa candente, limitándose a volver a respirar profundamente y a relamerse los labios con tal de intentar comprobar si aún tenía sensibilidad en la punta de la lengua. El dolor por el roce le indicó que sí.

Decidió apartar el café hasta que tuviese una temperatura apta para el consumo humano y rescató su bandolera del suelo, abriéndola y sacando de su interior un cuaderno negro con tapas de piel y una pluma del mismo color. Pasó hojas inundadas por palabras escritas en tinta azul hasta que encontró una cara en blanco, dobló el cuaderno para tener más espacio en la mesa y destapó la pluma, quedándose mirando fijamente a la hoja, de un color ligeramente amarillento. Mil posibles escenas y pensamientos corrieron por su mente, pero sencillamente ninguna idea le llamó lo suficientemente la atención. Dejó la pluma en la mesa y comenzó a golpear suave y rítmicamente los dedos de la mano derecha en la madera, intentando concentrarse. Frustrada por la falta de inspiración, se giró para observar el café.

Quizá pueda escribir sobre una escena aquí, una viñeta cualquiera... no, no me gusta, demasiado... cliché. ¿El camarero majo? ¿Una jornada de trabajo animada? No, no estoy de humor. ¿Un drama vital encubierto por la adicción al trabajo y el trato agradable con desconocidos? ¿Qué demonios...? Intentemos hacer algo lógico sin ganarnos una demanda, por favor. Veamos... el abuelito de la barra. Hombros hundidos, leyendo el periódico deportivo, expresión serena... si comienzo a escribir algo sobre él acabaré llorando y dándole un abrazo muerta de pena. No. Lo siento mucho, pero no. ¿El estirado del maletín? Traje gris, expresión seria, tecleando con la "blackberry" delante del café frío y unas hojas... que parecen igual de aburridas que él. No. Aburrimiento. No. ¡El sentido de la vida! Sí, ya, claro. Estoy yo ahora como para filosofear. Joder, cómo quemaba el café de las narices, escuece. ¿El chaval de ahí? ¿El de la cara de tonto de antes? Qué mochila más fea. ¿Por qué se ríe mirando el móvil? Parece un demente. Un estudiante demente que trama una nueva catástrofe como la de Columbine en su universidad. Sí, lo veo. Y luego de ahí a dominar el mundo. Por favor... a ver, concentración. Está hablando con su... ¿novia? ¿Mejor amigo? ¿Madre? Con el amigo, mejor. El amigo le está contando cómo le fue con su ligue de la otra noche y él se está partiendo de risa ante la situación y le ríe las bromas. En el fondo quiere arrancarle la cabeza de un guantazo porque su amigo tiene tías y se queja, y él hace tiempo que está solo. Y a partir de ahí, lo que salga de la mente del chico solitario y melancólico. ¡Es perfecto! No. Debería dejar de proyectar mi situación en los personajes, ¿verdad? Verdad. ¡Mierda, me ha visto! ¡Disimula!


El joven le sonrió animadamente y ella apartó la mirada corriendo, como si de pronto la hubieran pinchado con un alfiler en el trasero, y se giró bruscamente hacia su mesa, donde el café se había templado demasiado hasta enfriarse y la pluma y el cuaderno seguían tan abandonados como los dejó. Ella alargó el brazo hacia el café, tomó un sorbo del líquido ahora frío sin variar su expresión seria y, tras volver a dejar la taza en el platito, cogió la pluma y la apoyó en la esquina superior izquierda de la hoja, preparada para escribir, y volvió a quedarse bloqueada. Observó la hoja con gesto ausente, intentando concentrarse y apartando el vergonzoso momento anterior de su mente.

-Esa mancha de tinta es lo más bonito que he leído en mi vida.

El repentino comentario le provocó un sobresalto y un pequeño bote en la silla, apartando de golpe el brazo de la mesa y descubriendo, en efecto, cómo la pluma había dejado una mancha de tinta en el lugar donde ella había apoyado la punta para escribir. Maldijo por lo bajo su estupidez y su capricho por no querer escribir con un bolígrafo Bic de toda la vida antes de que su mente hiciera "click" y ella levantara la vista de la hoja hasta su nuevo acompañante, lanzándole una mirada espantada al chico sentado al otro lado de su pequeña mesa, que la observaba sonriendo y con una pizca de malvada diversión al ver su reacción. Ella frunció el ceño automáticamente y cerró las manos en puños, antes de cambiar su expresión a una de aburrimiento y levantando una ceja, expresando su -falsa- falta de sorpresa hacia su acompañante.

-¿Puedo ayudarte en algo?-preguntó esbozando una sonrisa fríamente cortés en un tono limitadamente educado. Si el chaval no entendía que a ella no le apetecía disfrutar de su compañía, definitivamente tendría que utilizar una técnica más directa.

-¿Antes mirándome tan descaradamente y ahora tan borde conmigo?-ella volvió a fruncir el ceño y apretó los labios en una mueca de desagrado ante el tono falsamente dolido de él. Oh, si solamente pudiera echarle el café frío por encima de la cabeza y marcharse triunfalmente... pero no, porque seguramente se metería en problemas y, qué demonios, ella había llegado antes al sitio, él era el que debía marcharse. Psché.

-¿Qué quieres?-gruñó entre dientes con voz grave. Por Dios, si su madre la viese tratando así a un desconocido... se llevaría una bronca y una charla sobre modales otra vez. Pero el chico solamente le había dicho dos frases, se estaba riendo de ella y ella ya estaba fuera de sus casillas. Tenía derecho a defenderse, ¿no?

-Quiero leer lo que vas a escribir sobre mí y asegurarme de que estructuras bien mi personaje-¿¡PERO ESTE QUIÉN SE HA CREÍDO QUE ES Y POR QUÉ SE SUPONE QUE YO IBA A ESCRIBIR SOBRE ÉL!?


-Lamento tanto destrozar tus ilusiones, pero no iba a escribir sobre ti y me temo que no vas a leer lo que vaya a escribir-ella sonrió estirando al máximo sus músculos faciales en una mueca de sonrisa teatral acompañada por el gesto de entrecerrar los ojos mientras negaba con la cabeza, burlándose del arrogante, prepotente niñato de los...

El joven arqueó una ceja sonriendo y le dirigió una mirada de arriba abajo, analizándola. Ella volvió a poner gesto serio y apretó los labios sin apartar los ojos del chico, aguantando con desafío el examen visual. Cuando los ojos de él volvieron a enfrentarse con ella, tenían una chispa de diversión y curiosidad que provocó la curiosidad de ella, aunque nunca lo admitiría. Él solamente se reclinó en su silla y golpeó suavemente la mesa con las palmas de las manos antes de devolverle una mirada triunfadora.

-Está bien, ¿cuánto pides por ello?

-¿Disculpa?

-¿Cuánto pides por lo que vas a escribir?

-No está en venta.

-Todo tiene un precio.

-Bueno, pues esto no lo tiene, y si lo tuviera, tú no podrías pagarlo jamás.

-No me conoces.

-Tú a mí tampoco y pretendes comprarme un papel con algo que he escrito. ¿Y si escribo algo atroz y tú quieres pagar por ello?

-Los escritores no sois capaces de escribir cosas que vosotros mismos denomináis atroces. Es como infidelidad a vuestra profesión.

Vale, ¿qué demonios ha sido eso? Ella permaneció en silencio, observando con la mandíbula ligeramente desencajada de la impresión al chico, que no dejaba de sonreír como si acabaran de comunicarle que había ganado un trofeo que ya sabía que conseguiría. La joven parpadeó, agitó la cabeza y frunció el ceño por enésima vez en la conversación antes de volver a observarle con un rastro de ofensa en la mirada.

-¿Pero tú quién te crees que eres para venir aquí a exigirme a mí que escriba algo sobre ti y encima pretender comprar mi trabajo?-exigió saber señalándole con un dedo en actitud acusatoria.

-Soy tu nuevo muso, supongo que algo tendrá que ver con el hecho de que quiero ver lo que escribes.

Esto es el colmo, ¡el colmo! Con los ojos como platos y resoplando escandalizada por el descaro de él, ella recogió rápidamente sus cosas, guardándolas sin cuidado en la bandolera antes de sacar un billete de uno de los bolsillos exteriores, arrugándolo en la mano debido a la fuerza que estaba ejerciendo sobre él por no hacerlo en el cuello del chaval.

-Pues creo que te vas a quedar con las ganas-siseó entre dientes lanzándole una mirada mortal al chico antes de encaminarse hacia la barra, tras la cual el camarero observaba intrigado la conversación, estampando de un golpe el billete ante las narices del sorprendido/asustado/inocente trabajador y acto seguido saliendo del café con la fuerza y la velocidad de un huracán.

"Nuevo muso", "nuevo muso" mis... Cómo se atreve, tendrá cara, querer pagarme a MÍ por escribir sobre ÉL como si fuera el no va más o diese para mucho y/o buen argumento, maldito niñato de papá ricachón con complejo de semidios causado por una infancia sin amor...Hay que tener morro, encima maleducado y fanfarrón, "nuevo muso" dice, más quisiera el imbécil este... Se va a enterar, esta noche voy a escribir mil y una versiones de su muerte... Maldito egocéntrico, ególatra, EGO es lo que le sobra... A todo esto, ¿¡cómo puñetas se llama!? ¡¡Así no hay quien escriba!!

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