jueves, 21 de junio de 2012

Everest.

El viento arrecia, y con él, la tormenta de nieve que te desequilibra por millonésima vez en esta jornada. Pero no puedes permitirte frenar, así que sin cambiar la expresión de tu cara congelada te limitas a expulsar un pesado suspiro por la nariz, que forma una espesa nube blanca que te ciega los milisegundos que dura entre el agobiante viento, y sigues adelante.

 Adelante que desde hace tiempo también significa hacia arriba, literalmente, porque lo único que recuerdas ahora mismo de las montañas, o al menos de esta, es que se forman en vertical, y para seguir adelante hay que subir. En tu estado mental no te permites pensar más cosas que cosas obvias, porque puedes distraerte de tu objetivo, puedes llegar a conclusiones amargas y el poco oxígeno que hay a estas alturas te traiciona y acabas inmerso en una fantasía onírica que simbolizaría la falta de oxígeno de tu cerebro y tu entonces posterior muerte. Por ello, mantienes la mente en blanco, ignorando todo tipo de sensaciones como el dolor general y constante, y sigues hacia arriba.

Hace jornadas que ves el mismo paisaje, gris y blanco, y por jornadas entiendes el tiempo que pasa desde que te despiertas hasta que te duermes, porque estás seguro de que esta ventisca lleva días arreciado y aún no muestra síntomas de cansancio. Pero tú sigues, a pesar de que tu mochila pesa casi tanto como tú y estás seguro de que será por la capa de nieve que se habrá acumulado encima de ella. Sigues hacia delante, o hacia arriba.

Das gracias a que tienes tus bastones, tu equipamiento y a que el terreno pueda ser todavía avanzado a pie. Solo oyes el viento y solo ves blanco. Caminas lento, casi arrastrando los pies antes de clavar los tacos metálicos de tus botas en el suelo para no resbalar. Te recuerdas a una tortuga. Mantienes la mente en blanco, pero parece que solo han pasado diez minutos hasta que encuentras una mancha oscura en tu campo de visión. Jurarías que es una cueva.

Desvías un poco tu ruta y avanzas sin parar hacia la entrada de la cueva, parcialmente cubierta de nieve. Retiras un poco con tus botas y se desmorona; es reciente. Te recuerda a tu viaje. Te quitas la mochila, que cae pesadamente sobre la nieve. Te recuerda a la razón de tu viaje. Rebuscas y sacas una linterna en forma de esfera. Te recuerda a tu meta. Lanzas la pelota dentro de la cueva y observas. La luz rebotando te recuerda a ti perdido en tus problemas. La pelota se estrella varias veces contra paredes de piedra, y te recuerda a los golpes que te llevaste a lo largo y por culpa de todos ellos. La luz pálida y blanca de la linterna revela una cueva pequeña, cerrada, sin galerías, desnuda. Te recuerda a tu propia vida, simple, sin adornos, vacía. Entras en la cueva arrastrando tu mochila y agachándote, porque el techo está casi a tu altura.

Te sitúas al fondo de la cueva, poniendo la mochila entre tu cuerpo y la boca de la gruta, y te tumbas pesadamente, agotado. La luz te permite ver el techo, gris. Todo gris. Hasta tu cara parecerá gris, piensas. Ahora no puedes tener la mente en blanco, debes estar alerta por si este es el refugio de un oso, un lobo o sabe Dios qué. Es irónico para ti pensar en Dios mientras sacas de tu mochila el kit de ayuda para hacer fuego. Sacas una bolsa de plástico que contiene un mechero de montañero y un gran ramillete de ramas de madera atado con una gran goma elástica. Quitas dos puñados de ramas, las pones en el suelo. Te levantas y recoges piedras del suelo de la cueva. Ellas evitarán que el fuego se descontrole. Nadie fue tu piedra para controlar que el fuego de la desgracia no te consumiera, y mucho menos Dios.

Vuelves a tu sitio y haces un pequeño círculo con las piedras, en el que pones las ramitas en una posición para que no se consuman demasiado rápido. Antes de encenderlas recoges el ramillete y lo metes en la bolsa de nuevo, para evitar que la humedad las estropee o se congelen, y guardas también el mechero tras utilizarlo para encender la microhoguera. Todo empezó con algo más pequeño que ese fuego.

Sacas provisiones para comer y las dejas lo suficientemente cerca del fuego como para que se templen. Desde hace tiempo odias el frío, aunque estés en una montaña helada y haya un temporal de nieve y hielo y tú no te quejes. Comes en silencio y con ganas, sin desperdiciar nada. masticando lenta y concienzudamente. Y, como siempre antes de dormir, te recuerdas el motivo de tu viaje, dentro de tu saco de dormir, al lado de la hoguera moribunda  y casi ajeno a la ventisca.

"Esto no podrá conmigo, por muy débil que me haga ver". "Tápate, que coges frío". "No tengo frío". "El doctor dice que tienes que taparte por si acaso, no puedes coger otra enfermedad". "Odio esto". "Yo también". "Cancer is a bitch". "Te quiero". "Y yo". "Siempre". "Siempre". "Y lo gritaré desde la cima de una montaña si hace falta, para que no lo olvides". "¿Por mí?". "Por ti". "Te quiero".

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