martes, 17 de septiembre de 2013

Don't you worry, child.

Supongo que nunca te das cuenta del momento exacto en el que creces. De niña, cuando era aún muy pequeña, yo pensaba que en cuanto cumplías los dieciocho te convertías en adulto en todos los sentidos, como si de la noche a la mañana madurases y de pronto fueras una persona hecha y derecha. Con el paso de los años, asumí que la gente maduraba hasta los dieciocho, y que ya con esa edad eras adulto, o que como mucho tardabas en ser un adulto hecho y derecho hasta los veinte años. Creo que realmente no comprendí cómo funcionaba todo eso hasta que lo experimenté.

Cuando cumplí quince años, yo ya me consideraba una adolescente en pleno derecho. Quería ser independiente, me veía mucho más lista y madura que los que eran un año menores que yo... creía que me podía comer el mundo. Cuando cumplí dieciséis, ya me veía mayor. Me veía completamente madura, en Bachillerato, rodeada de adultos como yo, perdiéndome en clases recordando cuando era una niña. Cuando cumplí diecisiete, estaba confusa. Era mayor que cuando tenía dieciséis, pero no me sentía tan pesada. Diecisiete era muy cercano a dieciocho, y yo ya estaba integrada en el círculo de los mayores de edad, pero no se me hacía tan pesado como con dieciséis años.Sin embargo, las cosas aún pesaban mucho y los recuerdos todavía parecían de milenios atrás.

Cuando cumplí los dieciocho, se me cayó un velo de los ojos. Con quince, dieciséis y diecisiete se me había pasado por alto una cosa: que era menor de edad. Lo irónico es que eso era parte del problema, porque yo ya quería ser mayor y desentenderme e independizarme y tener mi propia vida, pero no me di cuenta de que en aquel momento había gente que cuidaba de mí por obligación legal, que nunca me iba a quedar realmente sola. Y a lo largo de mis dieciocho años, lo que he aprendido es que vivir sola me daría mucho miedo.

No tengo una familia perfecta. Ni de lejos. Me quejo y con razón, y ellos se quejan de mí y con razón, y todos tenemos razón para quejarnos y a la vez no tanta, porque nadie facilita nada a nadie en esta guerra de supervivencia entre cuatro paredes. Es sorprendente lo que puede hacer una concatenación de hechos que nadie pretendió que ocurriese. La cosa es, que aún así, aunque en un futuro necesite salir de esta casa por mi bien mental, por ahora creo que no estoy preparada para despedirme y marcharme. Hay días que sí, que cogería una mochila y me iría lejos y no miraría atrás, pero creo que a la hora de la práctica no me resultaría tan fácil.

Ahora mismo estoy muy cerca de cumplir diecinueve años. Y he de decir que tengo una teoría. Creo que todos, cuando crecemos, no dejamos de ser niños. Seguimos teniendo generalmente los mismos gustos sobre las cosas que nos gustaban, pero puede que los camuflemos porque no aparentaríamos adultos ante el resto si lo admitiéramos. Dejamos de sorprendernos por todo porque ya lo hemos descubierto, pero hay cosas que siguen dejándonos con la cara desencajada y causándonos pensamientos como "¿lo puedo tocar?". Dejamos de hacer preguntas porque ya sabemos cómo buscar información en Internet. Dejamos de vestirnos con merchandising de nuestras cosas favoritas porque ya comprendemos el concepto de vestuario apropiado para las ocasiones. Dejamos de querer comprarlo todo ante una tienda de juguetes porque pensamos en nuestras carteras, cosa que no hacíamos sobre las de nuestros padres.

Y sin embargo, queremos ser todos tan mayores que luego pasan años sin que vayamos al cine y queramos palomitas y bebida y chuches, o que comamos un helado de los del póster azul, o que probemos cosas como los gusanitos, o que simplemente veamos una película de Disney porque nos gustan las canciones. Y yo lo pienso y es triste. Es triste porque a mí me gusta atiborrarme en el cine, y los helados con regalo o recipiente en forma de animal, y los gusanitos y los chupa-chups, y las películas de Disney y cantar con las escenas, y quiero una piruleta después del médico, y no quiero ponerme ropa incómoda para ir a pasarlo bien, y yo también quiero hacer castillos de arena con cubos. Pero voy a cumplir diecinueve años y no es que no me dejen ya hacer esas cosas, sino que están mal vistas por tanta gente que en público, en ocasiones, prefiero parecer mayor y seria a ser feliz y juzgada por gente mayor y seria.

Sin embargo, he visto las últimas películas de Disney en casa y en el cine. Y busco en Youtube vídeos de las canciones de las películas antiguas. Y si veo un chupa-chups en una tienda después de ir al médico, me compro el que me gusta, y compro las bolsas grandes de gusanitos cada viernes. Y paso corriendo por delante de los escaparates de las tiendas de juguetes porque me conozco y llevo pijamas de princesas y camisetas del Joker de Batman en casa.  Y en Madrid no tengo cubos de playa, pero yo me monto en los columpios cuando no hay gente.

No creo que haya un momento exacto en el que alguien crece y bam, adultez. Todos somos niños en cuerpos desarrollados que han vivido durante ya un tiempo y que han madurado en ciertos aspectos, pero me niego a pensar que la madurez anula todo lo bueno que aprendimos de la infancia. No voy a decir que soy madura, porque aún me queda, y tampoco que soy inmadura, porque sabe Dios que he vivido lo mío y he aprendido de ello.

Creo que soy una persona entre medias, como muchas, muchísimas otras, que está llegando a madurar y que, como muchos, muchísimos otros, moriré antes de conseguirlo. Quiero seguir teniendo pensamientos ingenuos a los sesenta, y quiero ser capaz de valerme por mí misma a los veinte. Quiero seguir cantando en bajito la banda sonora de Anastasia a los cincuenta y tres y quiero poder dar consejo a alguien sobre lo que necesite a los veintidós. Creo que me quiero quedar en medio de las dos cosas, para no tener que dejar de aprender y cambiar para bien nunca. Quiero crecer en zigzag. Quiero tardar mucho, todo lo que pueda, en madurar del todo por la edad, y si es posible, no hacerlo nunca, por si acaso. Nunca nadie quiere dejar de sentirse joven.

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