Los oídos de Raúl
Raúl aún recuerda la cara de estúpido que se le quedó cuando fue al médico, y le da por reírse. No es que le dijera algo gracioso, desde luego, también se acuerda de las caras de espanto de sus padres y de la lástima del doctor, pero ya ha pasado un tiempo y, cuando se acuerda de aquellas muecas exageradas, se tiene que reír, porque fueron extraordinarias, y porque si no se ríe, llora, y no quiere llorar más. Pero, aunque haya llorado mucho, Raúl es un chico muy optimista y positivo, porque las circunstancias le han obligado a serlo.
Todo empezó, como suelen empezar los accidentes, sin querer. Como todo adolescente enérgico y lleno de energía, a Raúl le encantaba el deporte, más concretamente el tenis. Entrenaba todas las semanas varias horas, jugaba torneos y campeonatos y sentía pasión por todos los movimientos, golpes, jugadas y tipos de equipamiento. Vivía para el tenis, y al verle jugar, más de uno juraríamos que el tenis fue inventado para él. No sólo porque se llevaba más de alguna victoria bien merecida, sino porque se le veía tan natural, tan compenetrado con la pelota y la raqueta, tan cómodo al jugar, que parecía que él mismo hubiera inventado el deporte. A sus amigos nos gustaba ver sus entrenamientos porque era, en cierto modo, incluso tranquilizante.
Sin embargo, la verdadera historia comenzó en un entrenamiento cualquiera. Raúl entrenaba con la máquina de lanzar pelotas, que nunca me explicó su nombre y si lo hizo nunca lo quise recordar. El cacharro disparaba pelotas con una fuerza que podía variar entre apenas una brisita primaveral y una potencia que ya quisiera el más potente de los huracanes. Ese día las lanzaba con fuerza moderada, ya que había cercano un torneo y no era para andarse con tonterías. Raúl estaba concentrado en aquella cosa que disparaba balas amarillas, devolviéndoselas con más fuerza aún de la que le llegaban. Siempre he dicho que vivo con el miedo de que un día me dé un capón y me mate de un descuido.
En cierto momento, Raúl decidió que no era suficiente, y me pidió sin mirarme siquiera (las pelotas eran más importantes que yo en aquel momento, al menos en el sentido de peligrosas fuera del campo visual) que aumentase la potencia de éso. Yo lo hice, a regañadientes, porque ya bastante poca confianza me inspiraba el armatoste como para darle más fuerza, pero lo hice. El bicho aquel comenzó a disparar, literalmente, las pelotas, con una fuerza que me asustaba seriamente. Le sugerí a mi amigo volver a bajarlo, pero me lo prohibió a gritos. A veces se ponía muy digno en los entrenamientos y yo quería meterle la raqueta por... las orejas. Por las orejas.
Al final yo acabé mirando a la máquina con miedo y a Raúl con odio, o al revés. Reconozco que lo pasaba yo peor que él cuando le veía forzarse demasiado. Sin embargo, ese día lo cambió todo. Cuando llevaba un buen rato devolviendo las pelotas/balas, estaba agotado, sudando, y yo hacía apuestas mentales sobre cuánto aguantarían él o su raqueta ese ritmo. Entonces, la rutina monótona de succión/pelota/raquetazo/grito/rebote se interrumpió por un sonido proveniente de la bolsa de deporte de Raúl. Ambos reconocimos el tono de llamada de su móvil y nos giramos hacia la bolsa. Ninguno vio aquella pelota.
De pronto, oí una succión, una pelota, un golpe, un alarido, otro golpe más fuerte y más gritos. Cuando me giré vi a Raúl tendido en el suelo, con su raqueta tirada también de mala manera y algo en aquella escena sobrecogedor y terrorífico. Le llamé a gritos y corrí a apagar la máquina, para que no pudiera acribillarle accidentalmente. Por suerte, las últimas dos pelotas no le alcanzaron al estar en el suelo. Tras apagar ese monstruo corrí hacia él, y vi cómo se llevaba una mano al oído derecho, que le sangraba. Me quedé atónita, y si no hubiera sido por el vigilante de las canchas de entrenamiento del polideportivo, todavía estaría él quejándose y yo mirando con cara de imbécil.
Lo siguiente lo recuerdo poco y con angustia, por el intento de mi mente de olvidar malos recuerdos. Raúl en ambulancia, Raúl en el hospital, Raúl haciéndose pruebas, Raúl con vendas en la cabeza, Raúl en el despacho del doctor, Raúl pálido junto a sus padres, Raúl llorando amargamente abrazándome como si fuese un trozo de madera en medio del océano Pacífico mientras me explicaba (o hacía el intento de tartamudear poco entre gemidos, llantos, sollozos e hipidos mientras me lo contaba) la situación, según el doctor.
El golpe le había afectado al oído. Raúl tenía el tímpano derecho perforado. Raúl no oía nada de lo que pasaba a su derecha. Raúl no volvería a ser el mismo.
Éso último lo descubrimos con el tiempo. Durante unos días se estuvo recuperando, y tardó poco en volver a casa para terminar allí su rehabilitación. Sus amigos le visitaban mucho, y quizá yo fui la que más lo hacía, por sentirme culpable al haber aumentado la potencia de aquella máquina infernal y por haber sido la que lo había vivido con él. Raúl siempre intentaba aparentar serenidad, sonreír, reír, estar tranquilo, pero empezó a mostrar unos síntomas extraños. Obviamente, ahora le costaba más oír las cosas, ya que sólo tenía un oído disponible, y eso le frustraba y le estresaba. Muchas veces se quejaba de zumbidos o pitidos que nadie más oía, sólo él, y se ponía de mal humor. Otras veces tenía migrañas intensas por el esfuerzo de intentar oír mejor. Pero lo devastador para él fue cuando empezaron los mareos.
De pronto, Raúl no podía andar mucho tiempo seguido y sin ayuda. A veces se mareaba al mínimo movimiento, otras no tenía un equilibrio normal, otras directamente no atinaba a andar cinco pasos sin caerse. Sus padres le llevaron al médico al constatar todos los síntomas con frecuencia, y el doctor tampoco les animó mucho. Les explicó que eran consecuencias de la pérdida de audición, que una pérdida de audición conductiva causada por un traumatismo solía tener esos síntomas en el paciente, y que era normal, pero eso significaba que no podría hacer mucho esfuerzo ni auditivo ni físico. No podía hacer esfuerzo físico. Raúl no podía jugar ya al tenis.
Decir que aquellas semanas fueron un infierno para él es quedarse corto. Primero no lo aceptaba, después se enfadaba y culpaba a todo el mundo por ello, después buscó mil soluciones para jugar, y finalmente se rindió y lo aceptó, con toda la pena que he podido ver en toda mi vida concentrada en los ojos de alguien. Dejó de escaparse para practicar y de volver acompañado de un amigo o de una ambulancia a casa por alguna caída o algún golpe. Dejó de insistir en escuchar por el oído derecho. Dejó de quejarse de pitidos. Dejó de luchar contra lo imposible.
Raúl canceló su suscripción al polideportivo, se retiró de las competiciones a las que se había apuntado, vendió algunas de sus raquetas, guardó su ropa de entrenamientos y de competiciones para hacer ejercicio ocasional y utilizó sus pelotas de tenis para jugar con ellas para mejorar su equilibrio o simplemente para lanzárselas a su perro, en vez de amenazarle de muerte si se acercaba a ellas. Al final, Raúl lo aceptó, sin superarlo del todo.
Ahora Raúl me cuenta todos los días las mejoras que puede haber, los aparatos que le van a comprar, los cacharritos que va a tener que llevar si se los compran para poder oír, lo que haría si pudiese oír otra vez. Y me lo cuenta con la pasión que pone siempre al enseñarme su vitrina de trofeos y explicarme la historia de todos y cada uno de ellos, que aunque me las sepa todas de memoria yo sigo prestándole la misma atención que el primer día. Pone la pasión que pone cuando coge su raqueta y hace algunos movimientos o la examina para ver si sus cuerdas están bien tensas. Se alegra tanto como cuando me enseña su colección de "pelotas de la victoria", con las que algún día ganó algún partido importante.
Raúl sigue viviendo por y para el tenis. Sigue apasionándose en los partidos, aunque los tenga que ver sentado o de pie en las gradas; sigue queriendo comprar pelotas y raquetas; sigue debatiendo sobre tenis con cualquier otro erudito del tema como si se le fuese la vida en ello. Pero yo creo que es por su pequeña frustración por no poder jugarlo más, y no por su media sordera, por lo que grita con más fuerza cuando anima o discute. Sin embargo, cuando se pasa de tono, yo le aprieto la mano, hago que me mire, y le devuelvo la sonrisa que me lanza junto a un apretón de manos que le demuestra, con claridad meridiana y a la vez imperceptiblemente, que para mí siempre será mi tenista favorito y que siempre estaré vigilando su flanco derecho, por si acaso.
viernes, 23 de diciembre de 2011
(Im)Perfectos I
Los ojos de Clara
Clara es una chica normal de catorce años. Tiene el pelo castaño, la piel clara, cara de niña y tenía los ojos marrones. Pero Clara sabe todo esto porque se lo han dicho, no por otra cosa. Clara es ciega desde antes de cumplir un año. Clara fue ese único bebé entre 35.000 recién nacidos que sufría amaurosis congénita de Leber. Clara ha escuchado mil definiciones y explicaciones técnicas sobre esa enfermedad, y más o menos, entendiendo la mitad o menos de todas esas definiciones con palabras raras, largas y conceptos intrincados, ha podido crearse un concepto mental básico sobre ello. Clara sólo sabe que tuvo mala suerte, que es una entre 35.000, que tanta gente es mucha, que ella no ve nada y que, por lo menos, durante unos meses después de nacer, pudo ver algo. Lo que pasa es que Clara no se acuerda, y no ve, ni puede imaginar imágenes, porque no sabe lo que es una imagen, no sabe ver.
Sus padres le han contado que existe un remedio, que en una ciudad (que a ella le recuerda a Drácula, el libro que una vez le leyó su madre), en la universidad, descubrieron un método para curar su enfermedad a través de un virus o sea lo que sea éso que le ayudase a recuperar la vista. El problema es el dinero, porque sus padres no tienen tanto dinero como para permitirse el viaje hacia allá, el tratamiento, la estancia y el viaje de vuelta. Clara sabe que el dinero son billetes y monedas, papeles y círculos de metal, e incluso trozos de plástico rectangulares. Sabe que el dinero lo compra todo y que por él se venden cosas o se prestan servicios, como dice su profesor de Sociales. Y Clara odia el dinero, porque sabe que sin dinero ella no va a poder ver, que por dinero hay mucha gente que muere o malvive, que por dinero se mata o se discrimina. El dinero es un problema mundial, y para Clara, es la única barrera entre ella y el resto del mundo.
Y sin embargo, no es que ella esté apartada del mundo. Clara sabe leer y escribir, porque cuando los niños leían cuadernillos con letras grandes y palabras cortas y dibujos coloridos, ella tenía cuadernillos escritos en braille, con puntitos en relieve, y sus padres y profesores le fueron enseñando el significado de esos puntitos, hasta que los conoció todos y pudo utilizar un teclado especial que le ayudaba a escribir ella misma los puntos que quería pulsando botones, mientras los demás escribían con lápiz siguiendo los puntos de otros cuadernos.
De todas formas, Clara sabe que aunque ella no vea, puede saborear, oler, palpar y oír un poquito mejor que los demás. Se enteró cuando un profesor suyo la vio decaída con once años cuando un niño se metió con ella. Él le explicó que su cuerpo se había preparado contra esa enfermedad y que, para compensarlo, había mejorado un poco el resto de sus sentidos. Así, Clara se fue dando cuenta de que oía ruiditos que los demás no podían y podía incluso reconocer a las personas por el ruido de sus pasos, que tenía mejor equilibrio que sus amigos, que podía oler un perfume un poco antes que los que la rodeaban, que podía saborear mejor un helado muy, muy frío o que podía notar mejor las texturas de cosas al tocarlas. Y eso la consoló mucho, porque aunque no viese, podía saber cómo era el mundo mediante sus otros cuatro sentidos mejorados.
Por eso, Clara es una chica sonriente que lleva unas gafas de sol y un bastón siempre, que se ha vuelto casi inmune a los comentarios incómodos o hirientes de la gente, que tiene un particular gusto por irritar a sus amigos cuando la intentan asustar o sorprender y ella les oye o huele antes, que muchas veces parece pensativa porque está concentrada en oír, oler o sentir algo, que siempre intenta ahorrar hasta el último céntimo y que adora leer, porque así se entera de otras cosas y le ayuda a ver de alguna manera.
Clara es una chica invidente, pero tiene una mente despierta y sabe que, a pesar de ello, sus amigos, familia y el resto de sus sentidos, son sus ojos.
Clara es una chica normal de catorce años. Tiene el pelo castaño, la piel clara, cara de niña y tenía los ojos marrones. Pero Clara sabe todo esto porque se lo han dicho, no por otra cosa. Clara es ciega desde antes de cumplir un año. Clara fue ese único bebé entre 35.000 recién nacidos que sufría amaurosis congénita de Leber. Clara ha escuchado mil definiciones y explicaciones técnicas sobre esa enfermedad, y más o menos, entendiendo la mitad o menos de todas esas definiciones con palabras raras, largas y conceptos intrincados, ha podido crearse un concepto mental básico sobre ello. Clara sólo sabe que tuvo mala suerte, que es una entre 35.000, que tanta gente es mucha, que ella no ve nada y que, por lo menos, durante unos meses después de nacer, pudo ver algo. Lo que pasa es que Clara no se acuerda, y no ve, ni puede imaginar imágenes, porque no sabe lo que es una imagen, no sabe ver.
Sus padres le han contado que existe un remedio, que en una ciudad (que a ella le recuerda a Drácula, el libro que una vez le leyó su madre), en la universidad, descubrieron un método para curar su enfermedad a través de un virus o sea lo que sea éso que le ayudase a recuperar la vista. El problema es el dinero, porque sus padres no tienen tanto dinero como para permitirse el viaje hacia allá, el tratamiento, la estancia y el viaje de vuelta. Clara sabe que el dinero son billetes y monedas, papeles y círculos de metal, e incluso trozos de plástico rectangulares. Sabe que el dinero lo compra todo y que por él se venden cosas o se prestan servicios, como dice su profesor de Sociales. Y Clara odia el dinero, porque sabe que sin dinero ella no va a poder ver, que por dinero hay mucha gente que muere o malvive, que por dinero se mata o se discrimina. El dinero es un problema mundial, y para Clara, es la única barrera entre ella y el resto del mundo.
Y sin embargo, no es que ella esté apartada del mundo. Clara sabe leer y escribir, porque cuando los niños leían cuadernillos con letras grandes y palabras cortas y dibujos coloridos, ella tenía cuadernillos escritos en braille, con puntitos en relieve, y sus padres y profesores le fueron enseñando el significado de esos puntitos, hasta que los conoció todos y pudo utilizar un teclado especial que le ayudaba a escribir ella misma los puntos que quería pulsando botones, mientras los demás escribían con lápiz siguiendo los puntos de otros cuadernos.
De todas formas, Clara sabe que aunque ella no vea, puede saborear, oler, palpar y oír un poquito mejor que los demás. Se enteró cuando un profesor suyo la vio decaída con once años cuando un niño se metió con ella. Él le explicó que su cuerpo se había preparado contra esa enfermedad y que, para compensarlo, había mejorado un poco el resto de sus sentidos. Así, Clara se fue dando cuenta de que oía ruiditos que los demás no podían y podía incluso reconocer a las personas por el ruido de sus pasos, que tenía mejor equilibrio que sus amigos, que podía oler un perfume un poco antes que los que la rodeaban, que podía saborear mejor un helado muy, muy frío o que podía notar mejor las texturas de cosas al tocarlas. Y eso la consoló mucho, porque aunque no viese, podía saber cómo era el mundo mediante sus otros cuatro sentidos mejorados.
Por eso, Clara es una chica sonriente que lleva unas gafas de sol y un bastón siempre, que se ha vuelto casi inmune a los comentarios incómodos o hirientes de la gente, que tiene un particular gusto por irritar a sus amigos cuando la intentan asustar o sorprender y ella les oye o huele antes, que muchas veces parece pensativa porque está concentrada en oír, oler o sentir algo, que siempre intenta ahorrar hasta el último céntimo y que adora leer, porque así se entera de otras cosas y le ayuda a ver de alguna manera.
Clara es una chica invidente, pero tiene una mente despierta y sabe que, a pesar de ello, sus amigos, familia y el resto de sus sentidos, son sus ojos.
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De mayor quiero ser escritora perturbada.
sábado, 17 de diciembre de 2011
Límites.
Piensa en esa persona. Sí, en ésa. En la que piensas todas las noches, todos los días y a todas horas, en el fondo. Con la que tienes algo importante. A la que quieres, vamos, llanamente hablando. ¿Tienes el concepto? ¿Lo tienes? Bien. Céntrate en eso. Piensa en todo lo que habéis pasado, todo lo que os habéis querido, todo lo bonito. ¿Lo tienes? Vale. Ahora, piensa en lo malo. Las peleas, los celos, los enfados, todo lo malo a lo largo de la relación. Duro, ¿eh? Pero bueno, seguisteis adelante incluso con eso, ¿no? Vuelve a pensar en lo bueno, sin olvidar lo malo. Es un sentimiento raro, lo sé, cuesta equilibrarlo, pero espera a tenerlo. ¿Ya? Bueno, eso es el resumen de toda la relación, de todo lo que te inspira esa persona. Imaginemos que es bueno, que te gusta, que te alegra. Imaginemos que le quieres.
No dejemos de imaginar.
Imagina una traición. Una gran discusión. Un conflicto. Algo malo. Algo grande, que conlleve una ruptura. ¿Qué sentirías? ¿Dolería? ¿Te entristecerías, te enfadarías, te resultaría indiferente? ¿Qué? Como sea, imagina algo malo. Céntrate en eso. ¿Cuánto tolerarías a partir de ahí? ¿Cuánto más podrías aguantar?
¿Podrías aguantar el hecho en sí? Quiero decir, el mal momento, las malas sensaciones, el daño, ¿lo aguantarías? No te mientas, dilo de verdad. Piénsalo y reflexiona sobre ello. ¿Aguantarías? ¿Se lo consentirías a esa persona? ¿Lo merecería? ¿Lo merecerías tú?
Y después de eso... ¿habría más? Imaginemos que sí. Total, desde pequeños nos enseñan a perdonar, ¿no? Pues perdonemos, venga, perdonemos. Nueva oportunidad. Sí, no hace falta que me digas que es fácil decirlo, pero un esfuerzo.
Con todo, imagina que sigue habiendo problemas, que no es como antes, que algo se ha roto. ¿Seguirías intentándolo? Y si la otra persona no pone de su parte... ¿qué? ¿Tú contra el mundo? ¿Tú contra esa persona para estar con esa persona? ¿En serio? O que quienes no ponen de su parte son quienes más cerca de ti están, tus amigos o tu familia. ¿Aguantarías las presiones, las malas miradas, los consejos, los intentos para quitarte esa venda de los ojos que insisten que tienes y que tú no ves?
¿Hasta dónde llegan tus límites? ¿Cuánta paciencia tienes? ¿Cuánto aguantarías?
Y ahora dime...
¿Cuánto aguantarás?
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Shit Claudia says.
viernes, 9 de diciembre de 2011
Aaay, Cupido, Cupido...
Cuando era pequeña, recuerdo que me hablaban
del amor. Llegué a escuchar miles de cientas de definiciones sobre el amor
durante toda mi vida. El amor es cosa de mayores, me decían mis tíos y mis
abuelos. El amor es un asco, oía murmurar amargamente a los que por aquel
entonces eran adolescentes despechados. El amor no existe, me decían algunos no
mucho mayores que me miraban con tal mezcla de odio, dolor y rencor cuando
hablaban del amor que me asustaban. El amor es maravilloso, me enseñaban los cuentos
y repetían algunas de mis amigas, como si ellas mismas supieran de qué estaban
hablando. El amor tiene que ser genial, suspiraban el resto de mis amigas. El
amor es algo muy importante y muy bonito, me dijo mi madre. El amor es algo
serio y fuerte, me enseñó mi padre con voz seria. Fuera lo que fuera el amor,
yo aprendí una lección común a partir de todo eso: el amor, sea como sea,
siempre llega.
A partir de entonces, aunque
fuera negándolo o haciéndolo muy disimuladamente, esperé siempre a que me llegara
a mí, como quien se planta en medio de un campo de prácticas de tenis y espera
a que le acribillen a pelotazos. Con miedo, con resignación, con ganas de que
se acabara el suplicio de esperar al acecho. A mí me importaba un demonio lo
que contaran las películas de las princesas Disney, si la gente lloraba y
sufría por amor, yo no quería enamorarme. Ah no, no señor, pensaba una vez
mientras veía La Bella Durmiente, me
niego a dormir los años que sean esperando a que uno cualquiera se le ocurra
venir a darme un beso. Pero qué clase de patraña es ésa, como si yo fuera a
aguantar mucho tiempo dormida, si los sábados me levanto a las ocho, o como si
yo fuera a permitir al primero que pase darme un beso, no, no…
Al final, después de mucho
pensar, escuchar, leer, discutir y, por supuesto, ver incontables telenovelas y
comedias románticas en la televisión y en el cine, decidí desistir en definir
un concepto del amor que me valiese para catalogar todos los tipos de amor de
una sola estocada. Me di cuenta de que hay infinitos tipos de amor, y no
solamente uno por cada persona, si no cientos por cada una de ellas. Son de
todo tipo, condición y fuerza, pero es amor, al fin y al cabo.
Por lo tanto, si a mí alguna vez
me preguntan qué es el amor (y yo tuviera el tiempo y las ganas de ponerme a
filosofear de esta manera), yo contestaría: El amor es lo que sientes desde pequeño
hasta anciano, es tu perdición o tu salvación, puedes creerlo o confundirlo con
otra cosa, es un cuento de hadas o una tortura psicológica, es un sueño o una
realidad, es bonito o horrible, es divertido o severo, es fuerte como una roca
o frágil como un diente de león. Pero, sea lo que sea, es, y está ahí, siempre,
da igual cómo o cuánto.
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Shit Claudia says.
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