Cuando era pequeña, recuerdo que me hablaban
del amor. Llegué a escuchar miles de cientas de definiciones sobre el amor
durante toda mi vida. El amor es cosa de mayores, me decían mis tíos y mis
abuelos. El amor es un asco, oía murmurar amargamente a los que por aquel
entonces eran adolescentes despechados. El amor no existe, me decían algunos no
mucho mayores que me miraban con tal mezcla de odio, dolor y rencor cuando
hablaban del amor que me asustaban. El amor es maravilloso, me enseñaban los cuentos
y repetían algunas de mis amigas, como si ellas mismas supieran de qué estaban
hablando. El amor tiene que ser genial, suspiraban el resto de mis amigas. El
amor es algo muy importante y muy bonito, me dijo mi madre. El amor es algo
serio y fuerte, me enseñó mi padre con voz seria. Fuera lo que fuera el amor,
yo aprendí una lección común a partir de todo eso: el amor, sea como sea,
siempre llega.
A partir de entonces, aunque
fuera negándolo o haciéndolo muy disimuladamente, esperé siempre a que me llegara
a mí, como quien se planta en medio de un campo de prácticas de tenis y espera
a que le acribillen a pelotazos. Con miedo, con resignación, con ganas de que
se acabara el suplicio de esperar al acecho. A mí me importaba un demonio lo
que contaran las películas de las princesas Disney, si la gente lloraba y
sufría por amor, yo no quería enamorarme. Ah no, no señor, pensaba una vez
mientras veía La Bella Durmiente, me
niego a dormir los años que sean esperando a que uno cualquiera se le ocurra
venir a darme un beso. Pero qué clase de patraña es ésa, como si yo fuera a
aguantar mucho tiempo dormida, si los sábados me levanto a las ocho, o como si
yo fuera a permitir al primero que pase darme un beso, no, no…
Al final, después de mucho
pensar, escuchar, leer, discutir y, por supuesto, ver incontables telenovelas y
comedias románticas en la televisión y en el cine, decidí desistir en definir
un concepto del amor que me valiese para catalogar todos los tipos de amor de
una sola estocada. Me di cuenta de que hay infinitos tipos de amor, y no
solamente uno por cada persona, si no cientos por cada una de ellas. Son de
todo tipo, condición y fuerza, pero es amor, al fin y al cabo.
Por lo tanto, si a mí alguna vez
me preguntan qué es el amor (y yo tuviera el tiempo y las ganas de ponerme a
filosofear de esta manera), yo contestaría: El amor es lo que sientes desde pequeño
hasta anciano, es tu perdición o tu salvación, puedes creerlo o confundirlo con
otra cosa, es un cuento de hadas o una tortura psicológica, es un sueño o una
realidad, es bonito o horrible, es divertido o severo, es fuerte como una roca
o frágil como un diente de león. Pero, sea lo que sea, es, y está ahí, siempre,
da igual cómo o cuánto.
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