viernes, 9 de diciembre de 2011

Aaay, Cupido, Cupido...

Cuando era pequeña, recuerdo que me hablaban del amor. Llegué a escuchar miles de cientas de definiciones sobre el amor durante toda mi vida. El amor es cosa de mayores, me decían mis tíos y mis abuelos. El amor es un asco, oía murmurar amargamente a los que por aquel entonces eran adolescentes despechados. El amor no existe, me decían algunos no mucho mayores que me miraban con tal mezcla de odio, dolor y rencor cuando hablaban del amor que me asustaban. El amor es maravilloso, me enseñaban los cuentos y repetían algunas de mis amigas, como si ellas mismas supieran de qué estaban hablando. El amor tiene que ser genial, suspiraban el resto de mis amigas. El amor es algo muy importante y muy bonito, me dijo mi madre. El amor es algo serio y fuerte, me enseñó mi padre con voz seria. Fuera lo que fuera el amor, yo aprendí una lección común a partir de todo eso: el amor, sea como sea, siempre llega.

A partir de entonces, aunque fuera negándolo o haciéndolo muy disimuladamente, esperé siempre a que me llegara a mí, como quien se planta en medio de un campo de prácticas de tenis y espera a que le acribillen a pelotazos. Con miedo, con resignación, con ganas de que se acabara el suplicio de esperar al acecho. A mí me importaba un demonio lo que contaran las películas de las princesas Disney, si la gente lloraba y sufría por amor, yo no quería enamorarme. Ah no, no señor, pensaba una vez mientras veía La Bella Durmiente, me niego a dormir los años que sean esperando a que uno cualquiera se le ocurra venir a darme un beso. Pero qué clase de patraña es ésa, como si yo fuera a aguantar mucho tiempo dormida, si los sábados me levanto a las ocho, o como si yo fuera a permitir al primero que pase darme un beso, no, no…

Al final, después de mucho pensar, escuchar, leer, discutir y, por supuesto, ver incontables telenovelas y comedias románticas en la televisión y en el cine, decidí desistir en definir un concepto del amor que me valiese para catalogar todos los tipos de amor de una sola estocada. Me di cuenta de que hay infinitos tipos de amor, y no solamente uno por cada persona, si no cientos por cada una de ellas. Son de todo tipo, condición y fuerza, pero es amor, al fin y al cabo.

Por lo tanto, si a mí alguna vez me preguntan qué es el amor (y yo tuviera el tiempo y las ganas de ponerme a filosofear de esta manera), yo contestaría: El amor es lo que sientes desde pequeño hasta anciano, es tu perdición o tu salvación, puedes creerlo o confundirlo con otra cosa, es un cuento de hadas o una tortura psicológica, es un sueño o una realidad, es bonito o horrible, es divertido o severo, es fuerte como una roca o frágil como un diente de león. Pero, sea lo que sea, es, y está ahí, siempre, da igual cómo o cuánto. 

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