viernes, 23 de diciembre de 2011

(Im)Perfectos I

Los ojos de Clara


Clara es una chica normal de catorce años. Tiene el pelo castaño, la piel clara, cara de niña y tenía los ojos marrones. Pero Clara sabe todo esto porque se lo han dicho, no por otra cosa. Clara es ciega desde antes de cumplir un año. Clara fue ese único bebé entre 35.000 recién nacidos que sufría amaurosis congénita de Leber. Clara ha escuchado mil definiciones y explicaciones técnicas sobre esa enfermedad, y más o menos, entendiendo la mitad o menos de todas esas definiciones con palabras raras, largas y conceptos intrincados, ha podido crearse un concepto mental básico sobre ello. Clara sólo sabe que tuvo mala suerte, que es una entre 35.000, que tanta gente es mucha, que ella no ve nada y que, por lo menos, durante unos meses después de nacer, pudo ver algo. Lo que pasa es que Clara no se acuerda, y no ve, ni puede imaginar imágenes, porque no sabe lo que es una imagen, no sabe ver. 


Sus padres le han contado que existe un remedio, que en una ciudad (que a ella le recuerda a Drácula, el libro que una vez le leyó su madre), en la universidad, descubrieron un método para curar su enfermedad a través de un virus o sea lo que sea éso que le ayudase a recuperar la vista. El problema es el dinero, porque sus padres no tienen tanto dinero como para permitirse el viaje hacia allá, el tratamiento, la estancia y el viaje de vuelta. Clara sabe que el dinero son billetes y monedas, papeles y círculos de metal, e incluso trozos de plástico rectangulares. Sabe que el dinero lo compra todo y que por él se venden cosas o se prestan servicios, como dice su profesor de Sociales. Y Clara odia el dinero, porque sabe que sin dinero ella no va a poder ver, que por dinero hay mucha gente que muere o malvive, que por dinero se mata o se discrimina. El dinero es un problema mundial, y para Clara, es la única barrera entre ella y el resto del mundo.

Y sin embargo, no es que ella esté apartada del mundo. Clara sabe leer y escribir, porque cuando los niños leían cuadernillos con letras grandes y palabras cortas y dibujos coloridos, ella tenía cuadernillos escritos en braille, con puntitos en relieve, y sus padres y profesores le fueron enseñando el significado de esos puntitos, hasta que los conoció todos y pudo utilizar un teclado especial que le ayudaba a escribir ella misma los puntos que quería pulsando botones, mientras los demás escribían con lápiz siguiendo los puntos de otros cuadernos.

De todas formas, Clara sabe que aunque ella no vea, puede saborear, oler, palpar y oír un poquito mejor que los demás. Se enteró cuando un profesor suyo la vio decaída con once años cuando un niño se metió con ella. Él le explicó que su cuerpo se había preparado contra esa enfermedad y que, para compensarlo, había mejorado un poco el resto de sus sentidos. Así, Clara se fue dando cuenta de que oía ruiditos que los demás no podían y podía incluso reconocer a las personas por el ruido de sus pasos, que tenía mejor equilibrio que sus amigos, que podía oler un perfume un poco antes que los que la rodeaban, que podía saborear mejor un helado muy, muy frío o que podía notar mejor las texturas de cosas al tocarlas. Y eso la consoló mucho, porque aunque no viese, podía saber cómo era el mundo mediante sus otros cuatro sentidos mejorados.

Por eso, Clara es una chica sonriente que lleva unas gafas de sol y un bastón siempre, que se ha vuelto casi inmune a los comentarios incómodos o hirientes de la gente, que tiene un particular gusto por irritar a sus amigos cuando la intentan asustar o sorprender y ella les oye o huele antes, que muchas veces parece pensativa porque está concentrada en oír, oler o sentir algo, que siempre intenta ahorrar hasta el último céntimo y que adora leer, porque así se entera de otras cosas y le ayuda a ver de alguna manera.

Clara es una chica invidente, pero tiene una mente despierta y sabe que, a pesar de ello, sus amigos, familia y el resto de sus sentidos, son sus ojos.

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