Perdona que te mande esta carta sin avisar y sin ninguna razón en especial. Es producto de una idea de un momento que surgió en mi mente hace unos pocos minutos, y a mi edad ya es mejor hacer todo lo que te diga tu cabeza antes de empezar a perderla.
Hoy es día de visitas en la residencia, y mi nieta, la de diecinueve, ha venido sola a verme. Diecinueve años tiene ya la muchacha, está hecha toda una señorita. Da gloria verla. Bueno, lo que quería decir es que mi nieta hoy ha venido a verme sola, sin traer a nadie más, y te lo digo porque es un detalle importante, porque nunca vienen mis nietos solos a verme. Pero hoy ha venido sola y tenías que ver lo triste que parecía. Mis sospechas de que algo iba mal se confirmaron cuando me preguntó si yo había tenido que dejar ir algún amor alguna vez. Ay, el amor joven, qué complicado es y qué poco lo apreciamos en su momento.
De todas formas, la idea de escribirte me la dio precisamente esa pregunta, como habrás supuesto. Siempre has sido muy perspicaz. Pero bueno, te estaba contando lo de mi nieta. Le respondí contándole todo lo que pude recordar sobre Ti.
La pregunta me hizo recordar todas las mañanas en las que nos despertábamos en la casa de campo de tus padres, con la luz entrando entre las cortinas amarillentas tiñendo la habitación de dorado, haciendo que lo primero que viésemos al despertarnos fuera piel ajena con un brillo precioso por la luz. No sé si tú te acuerdas, pero yo recuerdo perfectamente cuántos besos te di en los hombros esperando a que te despertaras porque ese brillo hacía que parecieses perfecta.
Recuerdo mañanas enteras pasadas en la cama, mirando al techo, riendo más que hablando y perdiendo un tiempo que no sabíamos que echaríamos de menos en algún momento. Aún así no cambiaría nada de eso ahora, porque eran mis mañanas favoritas. Siempre estaban entre mis noches favoritas y mis días preferidos.
¿Te acuerdas de las noches en el campo? Siempre intentábamos contar las estrellas que se podían ver y nunca lo conseguíamos porque nos distraíamos o porque perdíamos la cuenta, había tantas... y recuerdo que cuando nos aburríamos o nos cansábamos encendíamos la radio de la camioneta de tu padre y bailábamos como si supiéramos lo que hacíamos. La parte que más me gustaba era verte bailar sobre el capó, porque tu silueta se recortaba en el manto de estrellas desde donde yo te veía. La Luna hacía que estuvieras tan guapa... En la ciudad no hay tantas estrellas, pero eso no quita que no piense en Ti cada vez que salen.
Sin embargo, el hecho de que no haya tantas estrellas me parece extrañamente adecuado a la situación. Sin Ti no hay tantas estrellas. Es como si el cielo se apagara porque nos faltas a ambos. Y claro, sin estrellas, yo no me sé guiar bien, y no sé dónde andas, y no puedo ir a donde estés para siempre, y es todo un círculo vicioso horrible.
También puede ser que sea porque estoy en la ciudad y no en la casa de campo de tus padres que haya menos estrellas. Ni siquiera estoy en nuestra ciudad, si no que me tuve que ir más lejos. Y ahora, a mi edad, ni mi cuerpo ni mis hijos me dejan hacer mucho ya. Aunque me encantaría volver, por supuesto, eso no lo dudes. Pero a veces olvido cosas, o me cuesta hacer cosas muy normales y todo eso que pasa cuando te dicen que te haces mayor y te meten en una casa de viejos. Aún así, tampoco es como si en mi juventud no se me escapasen las palabras cuando intentaba hablar de Ti, así que tampoco es para tanto, digo yo.
Me temo que me estoy empezando a apagar poco a poco, y quería saber si podía dejar mi conciencia tranquila antes de perderme del todo. Si no puedo pasar este tiempo que me queda contigo, preferiría al menos dejarlo por escrito, por si acaso, para que quede claro, por si marca alguna diferencia.
Oh, cómo me acuerdo del último día que nos vimos. Habíamos cambiado tanto... yo me tenía que ir, tú también, íbamos a viajar, pero no de la mano, sino en direcciones diferentes. Teníamos vidas que vivir por separado, y eso llevaba meses preparándonos para la despedida. Yo seguía a mis padres a otro país y tú te ibas por tu cuenta, a vivir y a conocer mundo, a ser feliz... estabas tan enfadada conmigo por no dejarte llevarme contigo... tu frialdad y desprecio por mis decisiones me dolía a mí y mi debilidad y conformismo te dolía a Ti, y eso pareció construir un muro de treinta metros separándonos. Ya no podíamos ni mirarnos a la cara sin que doliera. Que si me acuerdo, digo...
Recuerdo nuestra última noche como un desastre, pero con cariño. Nunca me habían mirado como me mirabas tú y nunca había mirado a nadie como te miré a Ti. Los silencios de esa noche son los peores que he vivido, y todavía me estremezco cuando pienso en ello y en la agresividad con la que nos tratamos aquella noche.
Me dijiste que nunca lo olvidaría, porque me atormentaría, y qué razón tenías, maldita. Qué razón tenías. ¿Lo recuerdas tú?
Le he contado a mi nieta todo lo que te he dicho y más, todo lo que recuerdo sobre Ti. Le he contado cómo supe de Ti años después de decirte adiós, cómo me enteré de que nunca te casaste y que triunfaste como directora de cine. Le he contado cómo seguí tu carrera lo mejor que pude mientras me casaba y tenía hijos, teniendo cuidado de que nadie supiera nada de Ti. Le he contado que todavía tengo las grullas de papel que tú me hiciste. Le he contado que la única vez que las saqué de la cajita en la que me las diste después de todos estos años fue el día en el que me enteré de tu accidente. Le he contado que quiero que me entierren con esa cajita.
Le he contado más cosas sobre Ti de las que le he contado a nadie, a Ti incluida. Espero que me perdones el chismorreo, supongo que lo de contar batallitas viene con la edad.
Pero te gustará saber que cuando conseguí que la niña dejara de llorar, le expliqué que el hecho de que haya una persona que te marque más que ninguna otra y que esa persona se vaya, no significa que nunca volverás a ser feliz. Yo me casé muy feliz, y tuve hijos muy feliz, y tuve nietos muy feliz, y viví muy feliz. Me costó horrores superar lo nuestro, y aún no sé si lo hice, pero eso no significa que mi familia no me haga feliz ni que me arrepienta de muchas cosas que he hecho en mi vida. Un poquito más feliz sí que habría podido ser, pero he vivido con la suficiente felicidad para Mí. Creo que la chiquilla me entendió cuando se lo dije, porque dejó de llorar y me abrazó por mucho rato. De todas formas, aún tiene diecinueve, y estos niños de hoy en día... no son como tú y como yo. Ya aprenderán solos.
Pero bueno, querida, ya tengo que dejar de escribirte, porque se ha hecho tarde y tengo que bajar a la sala común, porque esta noche echan mi programa favorito y no voy a permitir que los demás viejos me impidan ver la tele.
No te olvido aunque ya no estés.
Te mando todos los besos que no te pude dar, como todas las noches.
Hasta pronto,
Mí.
No hay comentarios:
Publicar un comentario