lunes, 7 de julio de 2014

Still.

A veces sientes cómo toda la ironía de la situación te empapa de pies a cabeza e impide a los poros de tu piel respirar, ahogándote un poco y haciendo que tu cuerpo se sienta básicamente incómodo.

A ella le faltó tiempo para protestar e increpar a cualquiera que se atreviese siquiera a poner una expresión de confusión al saber que ibais a participar en el concurso de baile como pareja, pero Dios no quiera que reaccionase con la misma seguridad en sí misma y la misma pasión cuando le pediste que, por favor, por ti, porque no podías más así, te quisiera más allá de puertas cerradas y a medio gas.

Tampoco es como si fueras a guardar esa espinita de rencor y rabia hacia ese hecho para siempre, pero tampoco parece que vaya a desaparecer en algún futuro próximo.

De todas formas, y aún así, tragando todo el drama de la situación, tu reacción fue asentir y continuar con el plan (absurdo) de ser pareja en una competición teniendo una relación de amistad extraña, como mínimo, fuera del gimnasio o de la sala del conservatorio que reservabais para ensayar. Sabes que la culpa de que vuestra amistad se haya deteriorado es totalmente tuya, porque puedes verla intentando llegar a ti, intentando hacerte reír o engancharte en conversaciones, pero eres tú la que continúa siendo cortante, cerrada y fría, limitándose a bailar y a bailar. A veces, cuando intenta llegar a lo más hondo de ti implorándote, susurrando tu nombre en el silencio de las enormes salas en las que entrenáis, se te olvida por medio segundo que te está pidiendo algo que ya no puedes darle sin darle el resto de lo que le puedes ofrecer.

Es tu venganza, la más infantil e irracional que te puede salir, pero estás vengando lo que estás segura de que sería algo mucho mejor que vuestra amistad.

Te estás dando cuenta de que cuando baila sus trozos de coreografía independiente, frecuentemente te encuentras a ti misma observándola con anhelo, como si estuviera a mil metros de ti con los brazos extendidos, en vez de a tres, fluyendo con la música y perfeccionando su técnica a cada paso. También te cazas a ti misma intentando comparar sus expresiones de concentración, pasión y satisfacción cuando ejecuta una rutina bien a las que ponía cuando le acariciabas una mejilla en la semioscuridad, o cuando trazaba las líneas entre tus lunares, intentando encontrar las constelaciones que le parecieran más bonitas.

Has aprendido en muy poco tiempo a ignorar deliberadamente aquella voz en lo más profundo de tu cabeza que se pregunta si, aún después de todo, habríais acabado siguiendo con eso si tan solo tú no te hubieras salido de aquel camino tan cómodo.

Sin embargo, sabes perfectamente que todas tus reflexiones salen volando por la ventana en cuanto empezáis a bailar, empezando por rondaros la una a la otra como depredadores, hasta que tenéis que danzar en círculos, con vuestras manos levantadas entre vosotras, muy, muy juntas, casi encajando con la otra, pero jamás tocándoos. Siempre hay espacio entre vuestras manos, incluso cuando un simple movimiento las uniría perfectamente.

En esos momentos, los más duros, porque la coreografía requiere contacto visual constante y entre eso y la cercanía física y la tensión del baile a veces sientes que te falta literalmente el aliento, es cuando eres consciente de que no, de que aún no podéis ser amigas, porque tú aún quieres más, mucho más, y nada va a cambiar a menos que eso cambie primero.

Sabes que tampoco es justo por tu parte culparla del todo por sus decisiones, porque si no fuera por el ambiente en el que vivís y las represalias a las que todo el mundo teme dentro del armario, sabes (o eso quieres pensar) que las cosas podrían ser diferentes. Aún así, da rabia pensar que ni siquiera pudisteis luchar para intentar ganaros un puesto en el respeto social. Todo el esfuerzo por esconderos, los planes secretos, las indirectas, todo lo que hicisteis entre sombras y bajo protecciones... todo limitado ahora a una relación dañada y a unos contactos visuales demasiado intensos, y una coreografía que evoca demasiadas sensaciones.

Desde que vuestras conversaciones se volvieron frías, te preguntas en qué piensa ella ahora. Qué es lo que pasa por su mente cuando cree que no puedes ver su cara en el reflejo de los espejos de la sala de baile y una sombra de tristeza pasa por sus ojos. Qué es exactamente lo que está pensando cuando intenta que la entiendas con una sola mirada de desesperación. A veces te gustaría preguntar qué necesita para estar tranquila, para estar bien. Pero parece que solo hay una cosa que pudiera hacer eso, y por ahora no has encontrado ningún sucedáneo.

Este es uno de vuestros últimos ensayos. Los nervios están a flor de piel, las emociones, por encima incluso, el silencio podría electrocutar a un mosquito que pasara entre vosotras por la tensión con la que está cargado, y la coreografía está tan pulida que no sabes exactamente por qué seguís intentándolo. Pero seguís intentándolo.

El paso de baile más complicado aparece dos veces en la coreografía. Después de rondaros y hacer coreografías ligeramente independientes la una de la otra, cuando os acercáis, literalmente aguantas la respiración para no causar ningún tipo de perturbación, y podrías jurar que sois dos. El contacto visual es demasiado fuerte, y aguantas el parpadear todo lo que puedes, ignorando cómo vuestras respiraciones están agitadas y cómo la adrenalina hace que vuestras pupilas estén dilatadas y vuestras mejillas rojas.

Pero algo va mal. Hay trozos de la coreografía en la que ella no debería de estar mirándote, y la ves haciéndolo. Y hay momentos en los que tú ni siquiera deberías de estar girada en su dirección, pero estás cambiando los pasos para que siempre esté en tu campo de visión. La música, la adrenalina, estos cambios, las ganas, todo está haciendo que de pronto te sientas como una botella de champán que alguien está agitando con demasiadas ganas, y por un momento temes con toda tu alma lo que pueda pasar.

Está llegando la repetición del paso que más odias de la maldita coreografía y notas cómo el calor asciende por tu espalda. Tu estómago está haciendo cosas que deberían de ser anatómicamente imposibles y te tiemblan hasta las orejas. Odias cómo puedes sentir que tu nuca arde cuando os acercáis. Te descoloca demasiado cómo ves que las puntas de sus orejas se vuelven rojas, rojísimas, casi tanto como sus mejillas, cuando se acerca. Vuestras respiraciones son jadeos y vuestras manos están muy cerca, y vuestros cuerpos también. No recuerdas más pasos de la jodida coreografía y jurarías que la canción sigue sonando de fondo, pero por algún motivo nadie sigue bailando y entras en ochenta niveles de pánico distintos porque no sabes qué significa esto.

Crees que jamás te han mirado a los ojos con semejante fuerza expresiva. Estás segura de que nunca te habías sentido tan cerca de un desmayo. Jurarías por tu vida que el gesto de humedecerte los labios con la lengua ha sido totalmente involuntario.

Te morirás afirmando que oíste un hilo de algo extremadamente tenso romperse cuando ella lanzó una mirada rápida a tu boca, antes de volver a tus ojos.

Sabes que la quieres porque fue ella la que se empeñó en tener un par de colchonetas tiradas por el suelo para estirar a gusto.

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