miércoles, 9 de enero de 2013

How come?

¿Cuántos tipos de gente hay según su forma de enamorarse? Yo soy de las que piensa que cada uno se enamora de una manera diferente cada vez que lo hace, pero también creo que depende del tipo de persona que uno sea. He conocido a mucha gente enamorada, y ello solo ha hecho que reforzase mi teoría. De los que más he visto son de unos tipos concretos.

Hay enamorados que lo dan todo por ese amor porque temen lo que haya sin él. Esos me dan un poco de pena, porque tanto entiendo el miedo que tienen como creo que no es una buena manera de querer. No puedes querer pretendiendo protegerte del otro. El amor no se trata de eso, o al menos eso me han enseñado. Cuando amas bien, amas con confianza, sin miedo, con brillo en los ojos y sonrisa. El miedo es fuerte, pero no debería eclipsar cosas como esa. No vale la pena, al final.

Luego están los enamorados fríos, que quieren por dentro, aunque no lo aparenten por fuera. Yo he sido una enamorada fría, y en nuestra defensa diré que sí, que a ojos ajenos podemos no dar las suficientes muestras de cariño a la otra persona y parecer muy pensativos y encerrados en nosotros mismos, pero un enamorado frío te querrá más fuerte y de manera más limpia mientras camina contigo hablando de cosas importantes para ambos sin tan siquiera cogerte de la mano que aquel que abraza a dos personas de la misma manera mientras habla de las mismas tonterías.

También están los enamorados dobles, que dejan de ver al resto del mundo para poder mirar a su pareja. Son los que yo menos aguanto, porque ocupan aceras y bancos, aparecen cuando más sola y deprimida me siento y, si estoy con alguna pareja así, me acabo sintiendo bastante discriminada por parte de todo el amor en general.

Unos de mis favoritos son los enamorados silenciosos, que pueden estar o juntos o a una o varias mesas de distancia, pero siempre con uno de sus sentidos pendiente de la otra persona. Si no se miran, se escuchan o se sienten. Pero todo lo hacen siempre en silencio, o en bajito, sin hacer mucho ruido, para no interrumpir esas miradas que lo dicen todo o esa atención sagrada que se prestan. Me encanta presenciar los momentos de esas parejas, y cuando yo me convierto en una de ellos, os juro que es mágico, que esas miradas hablan, que esas caricias sin prisa o ansiosas pero lentas y calculadas o completamente inconscientes son mágicas.

Y, por último, quiero hablar de los enamorados con derecho.

Reconoces a esa gente en cuanto hablas con ellos. Son gente poco corriente, en general, porque suelen tener una energía fuerte, un carácter sólido, una forma de hablar cuando se ponen serios que te da ganas de callar para escuchar y tener conversaciones de horas sobre temas importantes con ellos. Resaltan de alguna manera y les identificas. Y todos, todos, tienen buen corazón en el fondo, a pesar de su historia o sus intenciones, independientemente del momento que sea. En algún momento lo dejan claro. Esas personas pueden no estar enamoradas de alguien en concreto, y ahí les verás enamorados de los días, de la vida, de la rutina, de la calma, de la felicidad, de algo que les proporcione alegría.

Lo mejor es cuando se enamoran. Muchos tienen recelo al principio, porque temen que duela, y otros no. Los hay que necesitan tanto querer que saben de golpe a quién querer nada más verle. Y cuando se enamoran, crecen y se transforman. Toman energía pensando en esa persona, sonríen viendo a esa persona, se excitan escuchando a esa persona, se calman sintiendo cerca a esa persona. Y es bonito verlo.

Hay gente con madera de ser un amor de una vida, y eso se nota, porque cuando se enamoran, inspiran. Yo creo que esas personas son los ángeles que nos quedan, los que saben querer bien, a pesar de poder errar por ser humanos alguna vez. Lo único que espero es que todos los ángeles sean queridos bien en algún momento y que les dure mucho, mucho, para siempre, y que todos seamos, en algún momento, todos los tipos de enamorados, porque así aprenderemos a querer bien.

martes, 4 de diciembre de 2012

Su-su-su-su-su, su-su-su-su-su-suspenso.

La última vez que actualicé esto, fue para escribir sobre la noche más bonita de mi vida. Algún día escribiré sobre la más triste, o sobre la peor, pero en fin, la última vez que hablé aquí de una noche fue de la noche de la lluvia de estrellas. De todas formas, en todas las noches de mi vida hay una cosa en común, cosa que no he dicho a mucha gente aunque sean obvias, y nunca me han faltado. Siempre he tenido estrellas, todas las noches.

En mi vida he tenido dos grandes obsesiones: los ángeles y las estrellas. Los ángeles, más por curiosidad sobre la leyenda y por fascinación, y las estrellas directamente son objeto de admiración total, desde siempre lo han sido para mí.

¿Os habéis fijado en que casi siempre hay estrellas? ¿Qué es una vida, una noche sin estrellas? ¿No es triste mirar al cielo nocturno y no ver estrellas por culpa de la contaminación lumínica o una simple noche nublada? Y cuando hay estrellas, ¿no es precioso? ¿No sentís como una reafirmación de que todo sigue en su sitio, por muy bien o mal que estén las cosas?

Prefiero las noches de estrellas sin Luna. Muchas veces me he sentido como un personaje secundario en mi propia vida, como una estrella muy lejana detrás de la Luna, que la eclipsa. Prefiero a las estrellas. Las hay más pequeñas, más grandes, más o menos vivas, más o menos cercanas, pero desde aquí, todas las que podemos ver ocupan el cielo de la misma manera siendo cada una distinta de la otra, sin tener que taparse las unas a las otras.

Recuerdo ir al Planetario mucho con mi padre y mi hermana. Veíamos todo tipo de sesiones, desde las de niños hasta las de constelaciones y cambios de estaciones, y luego nos recorríamos todas las salas. Recuerdo la sala de experimentación entre las diferencias de las atmósferas de los planetas y la de la luz negra. Siempre quería llevar algo blanco para que brillase en esa sala. Me fascinaba aprender cosas del Sistema Solar, de las estrellas, los planetas, las constelaciones, todo.

Recuerdo luego las noches de verano en el jardín de mis tíos, mirando estrellas, rememorando constelaciones, ubicando más o menos acertadamente planetas. Recuerdo buscar Escorpio, la Osa Menor, la Osa Mayor, Venus... me hacía mucha gracia cuando la gente confundía planetas con estrellas, cuando para mí era tan obvia la diferencia desde ahí.

Lo que más me gusta de las estrellas es que no estaban fijas, pero siempre había. Ya podía ser invierno o verano, podían ser momentos distintos de los ciclos, pero siempre había estrellas cuando las necesitaba. Miraba a las estrellas cuando todo iba mal, cuando necesitaba un respiro, cuando no me encontraba bien, cuando necesitaba un punto de apoyo en medio del caos. Y daba igual que estuviera discutiendo con alguien, que alguien me hubiera hecho daño, que simplemente estuviese triste o enfadada; siempre había estrellas. ¿Y cómo vas a estar triste o enfadada con una estrella? Tan lejanas, tan brillantes, tan bonitas, que te dabas cuenta de que ellas no tenían la culpa y de que todo volvería a estar tan perfecto como ellas parecían.

Y son perfectas porque estaban antes de que tú llegaras y lo estarán después, porque mueren y nacen día tras día y no notas la ausencia apenas, porque son casi lo único seguro al llegar la noche, que alzarás la vista al cielo y habrá estrellas, y sabrás que sigues vivo y que la vida sigue adelante porque ayer, hoy y mañana hubo, hay y habrá estrellas.

Y el día que no haya estrellas, habrá que esperar al día siguiente a esperarlas, o a vivir el resto del tiempo esperando a que vuelvan.

domingo, 25 de noviembre de 2012

Rafiki.

Hoy es un día cualquiera. Es un domingo en el que limpié la casa por la mañana e hice cosas en el ordenador por la tarde. Sin embargo, estoy escuchando la BSO de El Rey León, la de la escena de "Recuerda quién eres, Simba", y para qué engañarnos, sigo siendo igual de sensible a esa música como cuando tenía 5 años. Y aquí estoy, en pleno crescendo musical, porque quiero hablar de la noche en la que me sentí más viva que nunca.

Fue en Cádiz, en la playa de La Barrosa. Obviamente, mi noche ideal tenía que ser en Cádiz, en la playa de La Barrosa, en verano, porque no pensaba tenerla de otra forma. Cádiz es Cádiz, La Barrosa es La Barrosa y yo soy yo. Esa playa gaditana me ha visto crecer y yo la he visto cambiar, y nos hemos visto cada año y me he peleado con cada ola haciendo body-board, así que estaba escrito.

Estaba en La Barrosa con mi padre y mi hermana, una noche de Perseidas. Mi madre no estaba, como tantas veces desde aquello... en fin, que no estaba. Papá, Chiara y yo decidimos ir a ver las estrellas fugaces a la playa, como tantos años había suplicado yo, porque todavía no había superado esa noche en una playa en Jerez en la que estaba todo completamente a oscuras y las estrellas fugaces parecían una maratón de luciérnagas en el cielo, o aquella en la Playa de la Victoria, cuando corrí hacia la orilla, miré hacia arriba cuando ya no veía nada más delante mía y suponía que estaba al borde de la orilla y vi un cielo negro cuajado de estrellas fijas y brillantes como nunca antes lo había visto.

Total, que fuimos a ver estrellas porque yo tenía un antojo. Y fuimos a la derecha, a la parte de las rocas, porque en la playa de delante del paseo marítimo no se podía ver absolutamente nada por culpa de las luces tan fuertes. Fuimos a la zona protegida por el acantilado, desde el cual una vez casi tiro el coche familiar por un pqueño error de nada. El coche está bien a día de hoy.

Ya habiendo avanzado un trecho, papá y Chiara se pararon y se sentaron, alegando que ya estábamos muy lejos. Yo andé unos 10 metros más y me paré, sola. Quería mi noche de estrellas sola. Y con las manos temblando de excitación y la respiración agitada, saqué mi móvil y mis auriculares, los conecté, puse la música a volumen alto, me puse los cascos y miré hacia arriba.

Cielo negro como el azabache pulido. Estrellas perfectas formando constelaciones que había visto miles de veces. Algunas estrellas de colores rojizos o parpadeando. Era perfecto. Era el cielo nocturno puro, o lo más puramente visible que podía conseguir en ese momento teniendo un paseo marítimo escondido a muchos metros. Entre la música alta bloqueando el posible sonido de los otros dos hablando, de más posible gente pasando y del mar, solo estábamos el cielo y yo. No había Luna, así que las estrellas se podían ver perfectamente. Fue genial.

Y de pronto, después de haber esperado admirando el cielo y las constelaciones, un rayo de luz a la derecha de mi campo de visión. La vi terminar. Mi primera estrella fugaz de la noche, sin contar las dos del día anterior, porque esa fue como tres veces más larga. Hizo un rayo con forma de arco, y yo empecé a gritar señalando en la oscuridad como si acabase de ver pasar a la Virgen de la Macarena con la cura del SIDA en una mano y la fórmula de la Coca-Cola en la otra. Un poco humillante visto desde aquí, pero en aquel momento me pareció la reacción apropiada.

Seguí mirando el cielo escuchando música, con una sonrisa de oreja a oreja en la cara y el cuello en un ángulo imposible para no perderme nada. Pasó otra, esta vez un poco más a la izquierda, y más larga, e intenté contener mi entusiasmo, pero en cuanto la voz de mi padre gritándome que si la había visto superó el volumen de mi música, yo también le contesté a gritos.

Yo estaba eufórica. Sentía la energía y la adrenalina concentrándose en mí sin ningún tipo de vía de escape, y por ello empecé a bailar al ritmo de la música. Para cuando me quise dar cuenta me había montado mi propia discoteca en mi burbuja mental y estaba bailando como una profesional y cantando como solamente lo hago en la ducha, le jodiera a quien le jodiese en esa playa.

Y de pronto, estaba yo en plena actuación de "Take My Breath Away" cuando, de hecho, lo que vi me dejó sin aliento.

La vi empezar justo encima de mí, una estrella fugaz blanca, pulsante, con una cola larguísima, que partió el cielo justo encima de mí y desapareció poco antes de llegar al horizonte. Fue larguísima, fue brillantísima, fue preciosa, y la vi empezar y terminar. Creo que hasta se me empañaron los ojos. De lo que me acuerdo fue de que sonreí incluso más fuerte y lancé los dos puños al aire con los brazos extendidos, como si acabase de ganar algo. Me pareció la estrella fugaz más bonita del mundo. Por los gritos supuse que mi padre y mi hermana también la habían visto. Poco después, a la derecha volvió a pasar otra estrella, y esta era de color verde. Lo juro, dejó una estela verde, y lo estuve discutiendo con mi padre todo el camino de vuelta a casa porque él también lo vio. La última estrella fugaz que vi la vi de casualidad, girándome para ver si detrás de mí pasaba alguna, y pasó una cortita. Me lo tomé como un guiño antes de hacer caso a mi padre y girarme para volver a casa.

De camino al coche, gente que había paseando por la arena me miró raro, y recordé que había estado yo sola de rave a oscuras en ese punto perdido de la playa y que me habría oído todo quisqui. Poco me importó en ese momento, la verdad.

Al llegar a casa tardé poco en dormirme por el agotamiento. Pero nunca, nunca se me va a olvidar lo que sentí cuando vi tanta estrella junta, cuando vi ese rayo cruzar el cielo nocturno, cuando entre música, arena y cielo no importó nada más que ser libre.

jueves, 18 de octubre de 2012

Apologies.

Lo siento. Lo siento mucho. Lo siento tanto. Siento todo lo que no hice, lo que no hago, lo que no he hecho y lo que no haré. Te lo mereces todo tanto, y ni siquiera te conozco del todo. Pero no puedo, porque brillas. Brillas tanto que temo quemarme si me acerco, que ya estoy chamuscada por los bordes, o eclipsarte y que dejes de brillar tan fuerte, tan bonito, tan de poema. Eres una estrella de Neruda y de Cummings. Sus estrellas ni siquiera brillan tan bonito como tú. Y parezco obsesionada, ¿eh? Desde aquí lo parezco. Pero no sé explicártelo, ni siquiera me lo explico yo misma, pero es así. No te tengo y estás lejos, y aún así te veo brillar cuando apareces por alguna parte e intento aprovechar todo eso y al mismo tiempo resistir las ganas de acercarme más para ver mejor.

Esto no tiene sentido. Te pido disculpas y luego te digo que brillas. En fin, poco me conoces pero sabrás que es típico de mí no tener sentido. Te estoy pidiendo perdón por ni siquiera haberte dicho que te mereces todo lo bueno que te pueden dar, y que me habría encantado y me encantaría dártelo yo, pero que no estoy lista. Aún no. Si te doy algo alguna vez, quiero que sea más de lo que te daría ahora mismo. No serías feliz con esto, y yo tampoco. Siento saber que no soy suficiente y ni siquiera dejarte opinar al respecto, pero es mejor así. Estoy quemada por los bordes, ¿recuerdas? Larga historia. No te mereces las cenizas. Tú debes tener frases de poemas dedicadas, gestos sencillos y significantes, libertad, espacio, sin cadenas, sin nada que te tape esa luz, sino que la potencie.

Aquí tienes mis frases de poemas, porque estás muy lejos y los gestos no te llegarían, y no puedo darte más libertad y espacio cuando me he encerrado a mí misma con tal de no encerrarte a ti.

Eres mi Sol, mi Luna y todas mis estrellas.

Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo. 

...I'm sorry.

lunes, 17 de septiembre de 2012

Right to the top.

¿Habéis nadado alguna vez en el mar? No me refiero a nadar en el mar como cuando vas a la playa y llegas hasta donde tocas y no te alejas mucho de la orilla y tienes que estar pendiente de dónde está tu sombrilla para que no te arrastre la corriente demasiado lejos. Me refiero a nadar en el mar, saltar desde la borda de un barco al mar y simplemente nadar, porque no hay más que agua a tu alrededor aparte de un barco y una orilla ahí, a lo lejos, que simplemente no te apetece alcanzar. Tirarte al agua, que obviamente estará fría del demonio, y nadar, y patalear, agitar los brazos y abrir los ojos como platos cuando te asomes a la superficie. Y cuando te aseguras de que el barco está cerca, de que la gente está cerca, simplemente nadas.

¿Y nunca habéis sentido las diferencias de temperatura del cuerpo cuando nadas? ¿Sentir la coronilla más fría que el resto del cuerpo cuando te sumerges? ¿Que lo primero que se calienten sean los brazos? ¿Y que de pronto venga una corriente de agua fría y tú quieres pegar un salto y propulsarte fuera del agua porque madre mía, eso de frío era ilegal seguro? ¿Y cuando es una corriente de agua caliente, mirar a todas partes para saber de dónde ha salido y qué era exactamente porque cómo puede estar el agua tan fría y de pronto venir un chorro de agüita templada?

Oh, ¿y qué decir de la sensación que da sumergirse, cerrar los ojos y sencillamente flotar? Al principio es relajante, neutro todo, la calma y la inmovilidad que a la vez es flexible, moverte solamente porque se mueve el agua y no querer abrir los ojos porque eso es situarte, y no quieres saber nada de nada, solamente ser, estar, existir. Notar que también tus párpados están fríos, igual que la cara de tus dedos y por detrás de las rodillas. Y no es silencio, porque oyes moverse el agua, oyes los latidos de tu corazón, oyes lo que fuera no puedes oír. Y de pronto, todo es demasiado.

Todo se convierte en demasiado, porque aunque sea un sentimiento liberador, puro y neutro al mismo tiempo, de existir y ser lo más importante para ti y lo más ínfimo para el resto del mundo, llega un momento en el que es demasiado y sientes que si sigues así por más tiempo explotarás o implosionarás o pasará algo porque es todo tan intenso que te aterroriza hasta el tuétano porque nunca antes habías estado tan cerca de una energía tan pura y de pronto estar demasiado cerca quema, congela, paraliza y te hace vibrar, todo por dentro, al mismo tiempo. Y pataleas con todas tus fuerzas y mueves los brazos hasta que llegas a la superficie y tomas una enorme bocanada de aire tras otra mientras te limpias los ojos de agua salada y los abres todo lo que puedes, y te das cuenta de que todo parece más azul mientras buscas el barco y la gente y lo que te ancla a este mundo porque has estado muy cerca de olvidarlo.

Y les ves, y suspiras aliviado y un poquito resignado, porque están allí, y esa energía estaba, y ahora quieres volver a estar cerca porque ellos tampoco es que se fueran a ir muy lejos y ya veías que tú podías volver. De todas formas, empiezas a nadar hacia el barco entre el agua helada, porque ya hace frío, y subes las escaleras metálicas resbaladizas y te sientas en la borda envuelto en una toalla, con los labios morados y los ojos ligeramente rojos, respirando entrecortadamente, y observas cómo cielo y mar se funden en el horizonte, y te preguntas si en esa línea está la energía que creíste por un momento que se parecía mucho a lo que debería ser la libertad.

lunes, 10 de septiembre de 2012

Pure imagination.

Siempre he dicho que nunca tendré hijos. Mi miedo al compromiso, que es más grande de los que muchos podrán imaginar, me paraliza ante la idea de tener que encargarme de otra vida durante años, engendrándola yo misma y cuidándola mientras sea frágil y procurándole todo lo que necesite para vivir y luego volar lejos de mí. No, no, niños no, por Dios, niños no que yo no tengo paciencia ni ganas ni tiempo ni nada. Sobre todo valor y confianza en creer que podré hacerlo. No, no, para nada, quita, quita. Yo qué voy a tener niños, si soy casi una de ellos. Qué va, hombre, qué va. Yo como mucho te cuido a los tuyos, pero vuelves a por ellos luego.

Y sin embargo, pierdo la dignidad y lo que se supone que me aporta el llevar una chaqueta de piel negra y pantalones sempiternos y zapatillas que simbolizan la rebeldía urbana cuando veo a un bebé o un niño pequeño. El culo, por ejemplificarlo mejor. Veo a un niño pequeño y quiero jugar con él, cogerle, hablar con él, perseguirle para que corra delante de mí sin parar de reírse, reírme con él cuando le pille, verle dormir, acariciarle el pelo porque lo tiene muy suave, y demás tonterías que yo no hago porque soy una chica independiente y muy madura y yo no quiero niños porque qué coñazo. Pero al tema. Si yo tuviera niños... corrección si yo tuviera lo que hace falta tener para estar preparada para tener niños...

Si yo tuviera niños, a él le llamaría Alejandro, David o Daniel, y a ella, Alejandra, Adriana o Ángela. No es que los tuviera pensados desde hace años ni nada, psché, son cosas que se me han ocurrido así. No tengo tiempo yo para pensar en nombres de futuros hijos. Estoy segura de que mi embarazo sería la condena del mundo, porque si ya tengo mil caprichos hoy, imagínate 9 meses... y no hablemos de las hormonas. Por el amor de Dios, no hablemos de los cambios de humor por las hormonas y el verme gorda o con los pechos hinchados. No, no. Mec. Error. Cambio de tema. Jórror y pein.

Honestamente, malcriaría a mis hijos. Vale que me pondría de los nervios muy deprisa, ¿pero sería capaz de negarle algo a una carita sonriente con mofletitos y piel suavecita y ay Dios mío que te como? Bueno, si lo pongo desde el punto de vista de que es por su bien, quizá, pero seguramente acabe cediendo. Maldita sea, padres, qué costaba haber puesto un poco de fuerza de voluntad en mi ADN, qué costaba. Oh, y tendrían todos los juguetes, todos. Todos porque yo también querría jugar con la mitad. Y fuera de duda queda que mis hijos verían TODAS las películas de Disney y las que no son de Disney, y conocerían Pokémon y Yu-Gi-Oh! y a Goku y Star Wars y jugaríamos al Rey León como hacía con mi padre y tendrían cochecitos con los que jugaríamos como jugaba yo y yo haría como mi padre y me uniría a ellos y les compraría todos los libros de Barrio Sésamo y veríamos juntos todos los capítulos, como con mi padre... What the fuck did just happen.

¡Y por supuesto que mis hijos crecerían con una mascota! Compraríamos un gato, o un perro, dependiendo de cómo sea mi casa. O dos, o hasta tres, pero no más. Les enseñaría a acariciarle, a jugar con él, a cuidarle, a no tirarle de las patas, las orejas, los bigotes o la cola, a quererle, a respetar a los animales. Vería a mis hijos y a mi mascota jugar y no podría aguantar la sonrisa tonta mientras intento que el pensamiento de que algún día ellos me tengan que abandonar a mí no me haga ir a llorar desconsolada en una esquina.

A mis pequeños les enseñaría a escuchar música. Les pondría la música que me ponían a mí de pequeña y cantaría con ellos, y les hablaría de las anécdotas relacionadas con los artistas o las canciones, y pondría música casi a todas horas en casa, para verles bailar y cantar siempre siendo felices y unirme a ellos si hace falta. Obviamente, mis hijos bailarían tan bien y cantarían tan estupendamente como su madre, o por lo menos se lo pasarían igual de bien haciendo el tonto. No quiero que tengan sentido del ridículo, no quiero que se sientan inadecuados. Mis hijos crecerán todo lo inocentes que pueda mantenerles, enseñándoles a ignorar a la gente y sus opiniones. Mis hijos serán más puros de lo que yo una vez pude ser, porque yo me encargaré de ello.

Arroparía a mis hijos todas las noches, dándoles un último beso en la frente y enseñándoles a darme un último beso en la mejilla, para a la mañana siguiente llevarles en brazos desde su cama hasta el sofá del salón, donde les llevaría el desayuno entre semana, y a mi propia cama los fines de semana, hasta que ya no pudiera cargarles y ellos mismos, por rutina, viniesen a mi cama a dormir los últimos minutos de sueño por la mañana antes de desayunar. Entre semana serían tan gruñones como yo, y los fines de semana todos nos reiríamos en mi cama los sábados y leeríamos el periódico los domingos.

Y sin comerlo ni beberlo, habrán crecido de golpe, habrán tenido todos sus Ratoncitos Pérez y sus Reyes y sus Papás Noel y habremos tenido las charlas y los llantos de las explicaciones, y los momentos incómodos por el origen de los niños y el sexo, y tendré hijos adolescentes a los que no entienda a veces y con los que discuta porque son niños y no entienden que es lo mejor para ellos y que yo tendré miedo a que les pase algo porque ya empiezo a notar que me dejan un poquito atrás, y si eso no es miedo que alguien me explique qué lo es. Y aún así me las apañaré para intentar colarles algunos momentos como darles mimos improvisados, o reírme con ellos sobre cualquier cosa tonta, o hacerles cosquillas para despertarles, o desafiarles con charlas sobre política o los estudios o el futuro para ver cómo de mayores se han hecho. Y desde luego que no se librarán del martirio del interrogatorio de novios.

Y si mis hijos son gays, o bisexuales, o uno de ellos lo es, o no se siente a gusto en su cuerpo o sea el que sea el conflicto que tengan, me pillarán antes muerta que sorprendida. Con hijos o sin ellos, aceptar a alguien es lo principal en la vida si quieres ser aceptado tú mismo, y si un día mi hijo me dice que le gusta otro chico y que no sabe si es normal o mi hija me dice que no siente que su cuerpo sea el suyo, lo último que les va a faltar será mi apoyo, mi comprensión y todos los recursos que yo pueda poner a su alcance para ayudarles a facilitarles la vida, y plantaré cara por ellos y sus intereses, porque eso es lo que haría una madre o, como mínimo, una persona con sensibilidad e inteligencia social.

Y al final habré hecho lo mejor que haya podido para criar a nuevas personas que, como todos, tendrán que abandonar el nido para volar y vivir su vida independientemente, yéndose lejos de mí, dejando un vacío en mi casa y mi vida, obligándome sin quererlo a quedarme clavada en la puerta de casa viéndoles irse con sus cosas, su nueva vida, su futura oportunidad de formar otra familia y mi felicidad, bendición y deseo de que sean fuertes, felices y que tengan la misma suerte que tuve yo al tener la oportunidad de tener una vida llena con una familia a la que querer.

Obviemos que me pasaría días llorando y escuchando música deprimente y viendo películas dramáticas porque incluso con 50 años o más seguiré siendo una drama queen.

Por eso no voy a tener hijos ni nada parecido, porque qué coñazo, qué responsabilidad, yo no puedo afrontar un compromiso así, yo quiero vivir mi vida sin que nadie dependa de mí porque seguramente sería un desastre, que yo no quiero gastar así mi vida y, si lo hiciera, yo no quiero al final quedarme sola, o peor, ser una carga. Yo no quiero tener hijos. Es mucho para mí.

lunes, 20 de agosto de 2012

"Es que eso es obligarte a crecer de golpe, vamos".

A quien pregunte, obviamente le voy a contestar que mis vacaciones en Chiclana fueron bien, que mucha familia, playa, comida, sueño, risas, etcétera, porque eso es lo que se espera como respuesta cuando alguien te pregunta por tus vacaciones, no otro tipo de respuesta que fuese a obligar a estar un cuarto de hora escuchándote monologuizar (¿me acabo de inventar una palabra?) sobre tu drama personal. Que habrá personas a las que no les importaría escucharme, que sé que se preocupan, pero sinceramente, no es por ellos, es por mí. La explicación de esto se basa en que ya todos tenemos establecido que soy una persona orgullosa, demasiado incluso (mi abuela lo define como "tener muchos cojones"), pero es algo que no puedo evitar. Y es ese orgullo, ese mecanismo de autoprotección para no parecer débil a ojos ajenos, lo que se convierte en una vocecita en mi mente que, cuando me preguntan por ello, siempre me susurra al oído "vamos, no seas plasta, ya le has contado el drama, se va a cansar de ti y la verdad que la cosa no ha cambiado mucho, además, nunca saben qué contestarte y tampoco va a ayudar mucho el seguir lamentándote ante los demás por lo mismo y quedar como una niñata, venga, no seas pesada y cállate, que estamos todos hartos de lo mismo, tú la primera, y no hay necesidad de revolcarse aún más en el barro, es cuento viejo y no tiene remedio, pasa". Adorable, ¿verdad? Pues está en mi cabeza las 24 horas del día y siempre presente ante cada mínimo "¿qué tal?". Y ya puede venir quien quiera a decirme que no tiene razón que va a dar igual, que no se va a ir y que va a seguir ahí. He apreciado todos los intentos anteriores, pero no se va, y yo estoy harta de tanta prueba-error.

¿Y realmente no es mejor tomárselo todo con sarcasmo e ironía? ¿Qué es mejor, eso o tomárselo en serio, poner el dedo en la llaga, sentir todas esas cosas horribles que parece que te cortan y te queman y te ahogan por dentro y estar totalmente indefensa y vulnerable e impotente al sentir las lágrimas venir, los gritos ahogados, los músculos tensos con las ganas de golpear algo y liberar algo de todo ello? ¿Eso es mejor? Mostrarse débil nunca es mejor. Aún rota por dentro, no puedo, no debo parecer débil. Porque si lo parezco, ¿qué? ¿Qué hace alguien débil en tierra de nadie, en medio del fuego cruzado, con todas las miradas pendientes a ver qué se puede reclutar para qué bando, atentas a por dónde se cojea para tirar de la pierna y arrastrarte a un sitio donde te atarán de manos y piernas y te obligarán a mirar con la boca tapada, como han hecho por 17 años? ¿Qué hace alguien débil, qué hace una niña ahí?

Por eso, todo empezó yendo mal cuando me bajé del coche delante de la casa de mis abuelos. Porque no me bajaba del asiento trasero izquierdo, como una niña, sino del delantero derecho, como hacía mi madre. Y al ver cómo me miraba mi abuela al bajar del coche, sentí como si alguien me hubiera tirado el condenado coche sobre los hombros, se me bloqueaban las rodillas y yo tenía que aguantar ahí, de pie, y andar, porque no pensaba ser débil ante mi abuela, porque sabía que tras ella estaba mi abuelo, y me cazarán muerta antes de débil ante mi abuelo. Y el coche pesaba más a cada comentario de cuánto había crecido, de qué guapa me había puesto, de que cada año cambiaba (no voy a comentar sobre lo de que estoy más gorda porque, sinceramente, Lela, eso NO hacía falta). Y como entré, me fui a mi casa, con el peso del coche sobre los hombros, un nudo en la garganta y las piernas en automático, ofreciéndole a mi abuela mi brazo para que se apoyara en mí al andar, asintiendo y sonriendo a todo lo que me contaba hasta que, antes de meterme en el coche, me miró con pena, perdón y vergüenza y me preguntó por el tema, y me advirtió de mi abuelo sutilmente. Y el oxígeno desapareció de la calle Zarzamora y el nudo en mi garganta se apretó tanto que mi cabeza daba vueltas y, cuando me despedí de ella al fin y me metí en el coche, no pude evitar un gemido de pánico. De pronto, el valor y la ira acumulados como futuros recursos para hablar con mi abuelo sobre ello no estaban, y yo estaba vulnerable ante él, incluso lejos de él. El ataque de pánico duró segundos, lo que tardé en ponerme las gafas de sol, tensar la mandíbula y sacar el brazo por la ventanilla para sentir el viento.

Obviamente, la conversación con mi abuelo fue un desastre. Pero desastre en el sentido de tragedia, caos, masacre, emboscada, y todos mis intentos de defensa o ataque eran bloqueados o mandados al real carajo porque estábamos teniendo una conversación normal y no hacía falta echar cojones o levantar la voz y porque no hacía falta que se enteraran los vecinos, porque luego hablaban (que qué me importará a mí que hablen los condenados vecinos, que les veo una vez al año y no hablo con ellos, que me la sudan realmente, que si hace falta les voy a preguntar si tienen algún problema con mi familia derrumbándose, que lo solucionamos pronto). Todo esto bien regadito de un machismo de la época de mi abuelo y más mierda que yo no sabía sobre el antes de mi madre, que nunca está de más. Sobre todo el machismo, que es algo que yo tolero bien. Y lo toleré tan bien que me levanté empujando la silla de plástico blanca y salí de la casa a marchas forzadas, con mi abuela llamándome detrás desde el patio y yo alegando que necesitaba un momento antes de huir calle arriba, casi ignorando las parcelas de campo y las paredes gruesas y blancas de las casas, hasta llegar a un recodo casi escondido y comenzar a caminar en círculos hasta que casi me mareo y le arreo una patada a la pared, frenando justo antes de hacerlo porque no iba a quedar bien volver de casa de mis abuelos con algo roto.

Tras respirar varias veces profundamente (quien dijo que eso funcionaba para calmarse y yo tenemos que hablar) y echar todo el aire de mis pulmones por la boca, sintiendo como el nudo de la garganta se tensaba más y dolía peor antes de aflojarse un poco, como si el veneno se hubiera escapado con mi aliento, volví a caminar calle abajo con pasos pequeños, cogiendo hojas alargadas de los hierbajos del borde del camino y haciendo nudos con ellos (eso SÍ que funciona) hasta llegar a la mitad de la calle recta, donde vi a mi abuela esperándome en la esquina que da con el callejón de su casa. Mi abuela estaba esperándome allí, mirándome fijamente mientras yo bajaba la calle mirando a mi filamento de hierba con nudos y al suelo, incapaz de mirar al frente mientras ella estuviera ahí. Cuando llegué, tiré el hierbajo, la miré a los ojos el mínimo tiempo que pude y le ofrecí mi brazo para caminar. Ella me agarró la cara y, al borde de las lágrimas, me contó que mi abuelo también la hacía pasarlo mal a ella y que no le echara cuentas, que él es así y que no me preocupara. Yo asentí, volví a caminar en automático, dejé a mi abuela en el patio de la casa, vi a mi abuelo ignorarme como si ni siquiera hubiera entrado por la puerta y subí a la azotea de la casa saltando escalones de dos en dos, abriendo la puerta del cuarto de la infancia de mi madre corriendo y entrando despacio, cerrando la puerta con cuidado y sentándome en su cama lentamente. Todo me fue derribando a la misma velocidad que yo puse mis codos sobre mis rodillas y me llevé las manos a la cara, llorando encima de la cama en la que ya antes lo hizo mi madre, las dos por el daño que puede causar mi abuelo creyendo que hace lo mejor. Tras unos segundos de autocompasión, me levanté y observé el cuarto, ya con la cara seca y volviendo a enterrarlo todo dentro. Mi abuela me llamó justo cuando miré en el espejo del tocador y me vi hecha un completo... fracaso. Salí del cuarto con toda la calma que pude fingir y con las gafas de sol puestas a últimas horas de la tarde, cuando el sol ya casi no iluminaba. Mi abuelo no se despidió de mí y mi abuela me obligó sutilmente a darle un beso en la mejilla que no tuvo ningún tipo de respuesta. Me despedí de mi abuela, las dos al borde del llanto otra puta vez, y me fui con mi padre y mi hermana en el coche. Cuando terminé de gritarle a mi padre todo lo que había pasado, él se rió y me comentó si mi vocación era ser monologuista. A partir de ahí, me dejé la máscara puesta durante las dos semanas.