Nunca creíste que tu paladar pudiera estar tan seco ni que algún día se grabaría en tu memoria el sabor del polvo. Tu visión ya estaba acostumbrada a ser limitada por tus párpados entrecerrados, y no recordabas con seguridad el auténtico color de tu piel bajo el barro seco salpicado con sangre. Tus dedos agarrotados adoptaban ya automáticamente la posición en la que sostenías los cuchillos y los escudos. Por tu mente pasaba muchas veces la posibilidad de que nunca pudieras volver a tener una expresión facial que no fuera una de frialdad y un ligero desdén hacia lo que estabas sufriendo.
Y la arena. La arena estaba en todas partes. Incluso en lugares donde no debería haber arena o donde tú habrías pensado que era imposible que la arena pudiese llegar, incluso ayudada por el viento. Cuando dormías al raso sabías que ibas a despertar bajo una montaña de arena y polvo, pero despertabas así incluso cuando conseguías hacerte con un refugio o construir una pequeña tienda con los restos de algún tipo de tela sacada de algún pueblo arrasado que te cruzabas. Odiabas la arena. Y esa es una reacción comprensible después de estar luchando en guerrillas en medio del desierto.
Llegaste a uno de los campamentos bases siendo joven. En realidad, fue hace solo dos años, o quizá menos, pero en el infierno el tiempo corre diez veces más lento y veinte más rápido a la vez. A tus 17 años, con la mentalidad de que al enemigo había que eliminarle porque sí, por ser el enemigo y punto, no veías la hora de empezar a masacrar sus ejércitos. Soñabas con abrirte paso entre toda una legión sin nadie que pudiera detenerte. Recordabas esos días con una mezcla de amargura, tristeza y algo de ternura hacia tu ingenuidad. Ojalá pudieras haber sabido que acabarías viendo cómo los días se hacía eternos ante tus ojos y cómo te sentías años más mayor tras cada batalla en la que te manchabas las manos de sangre. Ni siquiera sabías con certeza si tenías 19 años ya.
Hace tiempo que tuviste que desechar las ropas con las que llegaste al campamento. Los soldados decían que no eran apropiadas para luchar, y te dieron un uniforme de tela ligera y clara con el resto de tu equipamiento. Poco después también tendrías que desechar ese uniforme, y empezarías a tener que vestir con ropas robadas, telas de tiendas o sacadas de casas arrasadas modificadas para ser convertidas en vestimentas o botines de guerra recién expoliados de quienes poco después acabarían siendo ejecutados.
Odiabas a tu joven versión de 17 años que pensó que servir en las guerrillas sería una buena idea.
Siempre pensabas lo mismo cuando terminabas de actuar en una batalla. Lo pensabas mientras te asegurabas de que tus heridas no eran graves, de tapar las manchas de sangre de tus ropas rasgadas con arena para disimular el rojo que contrastaba contra el color del polvo que la tela había adquirido tras el tiempo, de que los supervivientes solo fueran compañeros tuyos, de que los cadáveres de tus colegas muertos fueran recogidos para un funeral digno en vez de servir de pasto para alimañas. Cuando recogías el botín de guerra (robando todo lo que pudiera tener algún tipo de valor entre los cuerpos de tus rivales muertos) preferías no pensar en nada.
Después de cada batalla siempre te ofrecías para el primer turno de vigilancia. Tus camaradas lo habían asumido después del tiempo que habían pasado contigo, y los que más tiempo llevaban en tu escuadrón se lo explicaban a los recién llegados, para que nadie te estorbase. Nadie tenía ganas de vigilar tras las batallas menos tú, lo que los demás apreciaban enormemente. Nunca te lo contó nadie, tú te percataste de ello.
En el puesto de vigilancia era cuando te permitías pensar en algo aparte de tu arrepentimiento por haberte involucrado en una causa que no era la tuya o estrategias para masacrar el próximo objetivo. Sacabas tu amuleto de un bolsillo de tus pantalones, o de tu túnica, o de los pliegues de tu turbante, y lo observabas mientras lo pasabas de mano a mano. También era la única vez del día en la que te quitabas el pañuelo que cubría toda tu cara excepto tus ojos. Necesitabas respirar para recordar, mientras jugueteabas con la piedra tallada entre tus dedos.
Recuerdas con claridad a la persona que te la dio, que la talló por ti. Era tu posesión más preciada, incluso más que tus armas en pleno fragor de choque de ejércitos. Era un recuerdo físico de un ser querido, tu ancla al mundo real, lo que a veces te retenía de lanzarte en un ataque hacia un batallón enemigo con la ira ciega como guía. Te recordaba que había alguien esperándote en alguna parte, que tenías un hogar, que alguien pensaba que eras más que un arma humana o un peón en una guerra de dioses. Que alguien te amaba antes de irte, y que con seguridad te seguiría amando cuando volvieras, incluso con la piel bajo una capa de sangre, sudor y polvo y cicatrices por todo el cuerpo y en toda el alma. Te lo había prometido, al fin y al cabo. La promesa de que te esperaría cuanto hiciera falta era de las cosas que más amabas en tus pocos momentos de silencio para pensar.
Un flash de recuerdos cruzaba tu mente tras recordarlo. Música, risas, emociones, afección, contacto físico, suavidad, tranquilidad, paz. Al menos, después de tanto tiempo, ya no era tan doloroso abrir los ojos para afrontar la realidad que vivías, en la que tu cuerpo ya no estaba libre de marcas imborrables por todas partes, tu belleza física ya no estaba intacta ante el paso del tiempo y la guerra y tu mente y alma necesitarían mucho tiempo para intentar llegar a recuperarse sin nunca poder volver a ser lo que fueron.
Las horas pasaban mientras tú dejabas atrás tu antigua vida y seguías vigilando el horizonte, aceptando y esperando el tiempo que te quedaba en una guerra que no era la tuya para volver a tu hogar, el único sitio en el que volverías a sentirte una persona real.
lunes, 14 de octubre de 2013
martes, 17 de septiembre de 2013
Don't you worry, child.
Supongo que nunca te das cuenta del momento exacto en el que creces. De niña, cuando era aún muy pequeña, yo pensaba que en cuanto cumplías los dieciocho te convertías en adulto en todos los sentidos, como si de la noche a la mañana madurases y de pronto fueras una persona hecha y derecha. Con el paso de los años, asumí que la gente maduraba hasta los dieciocho, y que ya con esa edad eras adulto, o que como mucho tardabas en ser un adulto hecho y derecho hasta los veinte años. Creo que realmente no comprendí cómo funcionaba todo eso hasta que lo experimenté.
Cuando cumplí quince años, yo ya me consideraba una adolescente en pleno derecho. Quería ser independiente, me veía mucho más lista y madura que los que eran un año menores que yo... creía que me podía comer el mundo. Cuando cumplí dieciséis, ya me veía mayor. Me veía completamente madura, en Bachillerato, rodeada de adultos como yo, perdiéndome en clases recordando cuando era una niña. Cuando cumplí diecisiete, estaba confusa. Era mayor que cuando tenía dieciséis, pero no me sentía tan pesada. Diecisiete era muy cercano a dieciocho, y yo ya estaba integrada en el círculo de los mayores de edad, pero no se me hacía tan pesado como con dieciséis años.Sin embargo, las cosas aún pesaban mucho y los recuerdos todavía parecían de milenios atrás.
Cuando cumplí los dieciocho, se me cayó un velo de los ojos. Con quince, dieciséis y diecisiete se me había pasado por alto una cosa: que era menor de edad. Lo irónico es que eso era parte del problema, porque yo ya quería ser mayor y desentenderme e independizarme y tener mi propia vida, pero no me di cuenta de que en aquel momento había gente que cuidaba de mí por obligación legal, que nunca me iba a quedar realmente sola. Y a lo largo de mis dieciocho años, lo que he aprendido es que vivir sola me daría mucho miedo.
No tengo una familia perfecta. Ni de lejos. Me quejo y con razón, y ellos se quejan de mí y con razón, y todos tenemos razón para quejarnos y a la vez no tanta, porque nadie facilita nada a nadie en esta guerra de supervivencia entre cuatro paredes. Es sorprendente lo que puede hacer una concatenación de hechos que nadie pretendió que ocurriese. La cosa es, que aún así, aunque en un futuro necesite salir de esta casa por mi bien mental, por ahora creo que no estoy preparada para despedirme y marcharme. Hay días que sí, que cogería una mochila y me iría lejos y no miraría atrás, pero creo que a la hora de la práctica no me resultaría tan fácil.
Ahora mismo estoy muy cerca de cumplir diecinueve años. Y he de decir que tengo una teoría. Creo que todos, cuando crecemos, no dejamos de ser niños. Seguimos teniendo generalmente los mismos gustos sobre las cosas que nos gustaban, pero puede que los camuflemos porque no aparentaríamos adultos ante el resto si lo admitiéramos. Dejamos de sorprendernos por todo porque ya lo hemos descubierto, pero hay cosas que siguen dejándonos con la cara desencajada y causándonos pensamientos como "¿lo puedo tocar?". Dejamos de hacer preguntas porque ya sabemos cómo buscar información en Internet. Dejamos de vestirnos con merchandising de nuestras cosas favoritas porque ya comprendemos el concepto de vestuario apropiado para las ocasiones. Dejamos de querer comprarlo todo ante una tienda de juguetes porque pensamos en nuestras carteras, cosa que no hacíamos sobre las de nuestros padres.
Y sin embargo, queremos ser todos tan mayores que luego pasan años sin que vayamos al cine y queramos palomitas y bebida y chuches, o que comamos un helado de los del póster azul, o que probemos cosas como los gusanitos, o que simplemente veamos una película de Disney porque nos gustan las canciones. Y yo lo pienso y es triste. Es triste porque a mí me gusta atiborrarme en el cine, y los helados con regalo o recipiente en forma de animal, y los gusanitos y los chupa-chups, y las películas de Disney y cantar con las escenas, y quiero una piruleta después del médico, y no quiero ponerme ropa incómoda para ir a pasarlo bien, y yo también quiero hacer castillos de arena con cubos. Pero voy a cumplir diecinueve años y no es que no me dejen ya hacer esas cosas, sino que están mal vistas por tanta gente que en público, en ocasiones, prefiero parecer mayor y seria a ser feliz y juzgada por gente mayor y seria.
Sin embargo, he visto las últimas películas de Disney en casa y en el cine. Y busco en Youtube vídeos de las canciones de las películas antiguas. Y si veo un chupa-chups en una tienda después de ir al médico, me compro el que me gusta, y compro las bolsas grandes de gusanitos cada viernes. Y paso corriendo por delante de los escaparates de las tiendas de juguetes porque me conozco y llevo pijamas de princesas y camisetas del Joker de Batman en casa. Y en Madrid no tengo cubos de playa, pero yo me monto en los columpios cuando no hay gente.
No creo que haya un momento exacto en el que alguien crece y bam, adultez. Todos somos niños en cuerpos desarrollados que han vivido durante ya un tiempo y que han madurado en ciertos aspectos, pero me niego a pensar que la madurez anula todo lo bueno que aprendimos de la infancia. No voy a decir que soy madura, porque aún me queda, y tampoco que soy inmadura, porque sabe Dios que he vivido lo mío y he aprendido de ello.
Creo que soy una persona entre medias, como muchas, muchísimas otras, que está llegando a madurar y que, como muchos, muchísimos otros, moriré antes de conseguirlo. Quiero seguir teniendo pensamientos ingenuos a los sesenta, y quiero ser capaz de valerme por mí misma a los veinte. Quiero seguir cantando en bajito la banda sonora de Anastasia a los cincuenta y tres y quiero poder dar consejo a alguien sobre lo que necesite a los veintidós. Creo que me quiero quedar en medio de las dos cosas, para no tener que dejar de aprender y cambiar para bien nunca. Quiero crecer en zigzag. Quiero tardar mucho, todo lo que pueda, en madurar del todo por la edad, y si es posible, no hacerlo nunca, por si acaso. Nunca nadie quiere dejar de sentirse joven.
Cuando cumplí quince años, yo ya me consideraba una adolescente en pleno derecho. Quería ser independiente, me veía mucho más lista y madura que los que eran un año menores que yo... creía que me podía comer el mundo. Cuando cumplí dieciséis, ya me veía mayor. Me veía completamente madura, en Bachillerato, rodeada de adultos como yo, perdiéndome en clases recordando cuando era una niña. Cuando cumplí diecisiete, estaba confusa. Era mayor que cuando tenía dieciséis, pero no me sentía tan pesada. Diecisiete era muy cercano a dieciocho, y yo ya estaba integrada en el círculo de los mayores de edad, pero no se me hacía tan pesado como con dieciséis años.Sin embargo, las cosas aún pesaban mucho y los recuerdos todavía parecían de milenios atrás.
Cuando cumplí los dieciocho, se me cayó un velo de los ojos. Con quince, dieciséis y diecisiete se me había pasado por alto una cosa: que era menor de edad. Lo irónico es que eso era parte del problema, porque yo ya quería ser mayor y desentenderme e independizarme y tener mi propia vida, pero no me di cuenta de que en aquel momento había gente que cuidaba de mí por obligación legal, que nunca me iba a quedar realmente sola. Y a lo largo de mis dieciocho años, lo que he aprendido es que vivir sola me daría mucho miedo.
No tengo una familia perfecta. Ni de lejos. Me quejo y con razón, y ellos se quejan de mí y con razón, y todos tenemos razón para quejarnos y a la vez no tanta, porque nadie facilita nada a nadie en esta guerra de supervivencia entre cuatro paredes. Es sorprendente lo que puede hacer una concatenación de hechos que nadie pretendió que ocurriese. La cosa es, que aún así, aunque en un futuro necesite salir de esta casa por mi bien mental, por ahora creo que no estoy preparada para despedirme y marcharme. Hay días que sí, que cogería una mochila y me iría lejos y no miraría atrás, pero creo que a la hora de la práctica no me resultaría tan fácil.
Ahora mismo estoy muy cerca de cumplir diecinueve años. Y he de decir que tengo una teoría. Creo que todos, cuando crecemos, no dejamos de ser niños. Seguimos teniendo generalmente los mismos gustos sobre las cosas que nos gustaban, pero puede que los camuflemos porque no aparentaríamos adultos ante el resto si lo admitiéramos. Dejamos de sorprendernos por todo porque ya lo hemos descubierto, pero hay cosas que siguen dejándonos con la cara desencajada y causándonos pensamientos como "¿lo puedo tocar?". Dejamos de hacer preguntas porque ya sabemos cómo buscar información en Internet. Dejamos de vestirnos con merchandising de nuestras cosas favoritas porque ya comprendemos el concepto de vestuario apropiado para las ocasiones. Dejamos de querer comprarlo todo ante una tienda de juguetes porque pensamos en nuestras carteras, cosa que no hacíamos sobre las de nuestros padres.
Y sin embargo, queremos ser todos tan mayores que luego pasan años sin que vayamos al cine y queramos palomitas y bebida y chuches, o que comamos un helado de los del póster azul, o que probemos cosas como los gusanitos, o que simplemente veamos una película de Disney porque nos gustan las canciones. Y yo lo pienso y es triste. Es triste porque a mí me gusta atiborrarme en el cine, y los helados con regalo o recipiente en forma de animal, y los gusanitos y los chupa-chups, y las películas de Disney y cantar con las escenas, y quiero una piruleta después del médico, y no quiero ponerme ropa incómoda para ir a pasarlo bien, y yo también quiero hacer castillos de arena con cubos. Pero voy a cumplir diecinueve años y no es que no me dejen ya hacer esas cosas, sino que están mal vistas por tanta gente que en público, en ocasiones, prefiero parecer mayor y seria a ser feliz y juzgada por gente mayor y seria.
Sin embargo, he visto las últimas películas de Disney en casa y en el cine. Y busco en Youtube vídeos de las canciones de las películas antiguas. Y si veo un chupa-chups en una tienda después de ir al médico, me compro el que me gusta, y compro las bolsas grandes de gusanitos cada viernes. Y paso corriendo por delante de los escaparates de las tiendas de juguetes porque me conozco y llevo pijamas de princesas y camisetas del Joker de Batman en casa. Y en Madrid no tengo cubos de playa, pero yo me monto en los columpios cuando no hay gente.
No creo que haya un momento exacto en el que alguien crece y bam, adultez. Todos somos niños en cuerpos desarrollados que han vivido durante ya un tiempo y que han madurado en ciertos aspectos, pero me niego a pensar que la madurez anula todo lo bueno que aprendimos de la infancia. No voy a decir que soy madura, porque aún me queda, y tampoco que soy inmadura, porque sabe Dios que he vivido lo mío y he aprendido de ello.
Creo que soy una persona entre medias, como muchas, muchísimas otras, que está llegando a madurar y que, como muchos, muchísimos otros, moriré antes de conseguirlo. Quiero seguir teniendo pensamientos ingenuos a los sesenta, y quiero ser capaz de valerme por mí misma a los veinte. Quiero seguir cantando en bajito la banda sonora de Anastasia a los cincuenta y tres y quiero poder dar consejo a alguien sobre lo que necesite a los veintidós. Creo que me quiero quedar en medio de las dos cosas, para no tener que dejar de aprender y cambiar para bien nunca. Quiero crecer en zigzag. Quiero tardar mucho, todo lo que pueda, en madurar del todo por la edad, y si es posible, no hacerlo nunca, por si acaso. Nunca nadie quiere dejar de sentirse joven.
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Shit Claudia says.
viernes, 21 de junio de 2013
Crescendo.
Estaba harta. Estaba harta de esa estúpida y tóxica rutina. Estaba demasiado cansada como para volver a seguir los pasos del mismo baile que siempre acababa con ella tirada en el suelo, malherida y arrepentida de haberse dejado engañar otra vez, para tener que levantarse luego y caer en la misma tradición una y otra vez. Y sinceramente, para ella ya no era lo mismo. Ya no se sentía apegada a él, ya no sentía como si estuvieran hechos el uno para el otro, ya no sentía nada. No, nada no. Ya no sentía nada bueno. Estaba empezando a sentir rencor, resentimiento y rabia hacia él, y eso era lo que estaba haciéndole cada vez más difícil volver a empezar el teatro que era su relación, basada en el inicio, la caída del telón y la vuelta a empezar.
Se estaba haciendo independiente. Hacía semanas que habían tenido una de las grandes discusiones, de las de "¡pues me voy! ¡Pues no vuelvas!", y ella no había ni siquiera pensado en contactar con él para arreglarlo. Se había limitado a seguir con su vida, haciendo sus tareas, trabajando, ocupándose de todos los aspectos de su vida que no eran él. Hasta que él mandó un mensaje que contenía otra variación de la misma confesión de amor de todas las veces, y ella se quedó mirando la pantalla del teléfono con una mezcla de indignación, sorpresa y confusión, antes de lanzar el móvil hacia el sofá, poniendo los ojos en blanco y soltando un bufido exasperado.
"¿Pero quién se ha creído que es, haciendo todo lo que le da la real gana cuando quiere sin pensar en nada ni nadie más? ¡Es la enésima vez que me hace esto, la enésima! ¡Y la última! ¡La última, te digo! Fíjate cómo va por la vida, sin importarle un bledo si a alguien le molestan sus caprichos de señorito. ¡Pues así no, eh, no! ¡Nadie te va a querer con un bloque de hielo en el pecho! ¡A ver si coges una pulmonía o algo! ¡Imbécil! ¡No me vuelvas a dirigir la palabra nunca más, fantoche!"
Hay que admitir que a su gato no pareció afectarle el discurso, o simplemente el animal sabía que no le estaban hablando a él. O su dueña había, por fin, perdido la cabeza. Meh. Quién sabía.
Días después, su compañera de trabajo dejó caer casualmente en una conversación que el otro día él había entrado en la tienda, preguntando por ella. Sus manos se detuvieron un momento y quedaron sus pendidas en el aire, agarrando fuertemente un libro, a un palmo de distancia del estante al que pertenecía. Colocando el ejemplar con movimientos rígidos y lentos, intentando controlar su carácter y no derribar entera la estantería a golpes entre gritos, preguntó con voz y sonrisa forzadas cómo había ido la visita. Su compañera, fingiendo indiferencia, comentó que le había dicho que básicamente no sabía nada y que le había despachado en pocos instantes, largándole con viento fresco. Un suspiro de alivio, una sonrisa sincera y una cabeza gacha fueron suficiente para que su compañera preguntase, con un tono de voz entre amable y preocupado, si debía haberle dicho dónde encontrarla. Ella negó con la cabeza, sin mirarla, mientras se incorporaba y colocaba un mechón de pelo tras su oreja.
Porque, al fin y al cabo, había aprendido a vivir sin lo que ella antes había creído que era su mitad, y después de todo lo que le costó acostumbrarse a ello tras mil y una decepciones con el mismo sabor a derrota, él seguía buscándola para una prueba-y-error más, para otro experimento fallido.
Pero ella se negaba a reconocerle como la persona que ella había creído que era, la persona que había ido desapareciendo a medida que avanzaba su relación y que ella volvía a casa con el corazón un poquito más roto, la sonrisa ligeramente más triste, las ganas una pizca menos vivas. Y ella no era ilusa, sabía que él simplemente no era una persona de sentimientos y de hablar con el corazón en la mano, pero se había cansado de intentar contrarrestar el frío que irradiaba cada vez que intentaba acercarse a él. Solo esperaba que el frío no fuera todo lo que pudiera ofrecerle, pero ella se rindió al fin. Decidió alejarse de su frío y de él, y no volver a dejarle acercarse.
Y pasaron más días, y más semanas, y más meses, ignorando mensajes y llamadas, tirando las flores que llegaban a su puerta, regalándole los bombones a su jefa para que se los diera a sus hijos, y aprendiendo a dejar de escuchar baladas sobre el desamor en su tiempo libre, gastándose un dineral en vodka, chocolate y helado para ahogar las penas. Sustituyendo "Titanic" y "El Diario de Bridget Jones" por "Los Ángeles de Charlie" y cualquier tipo de película que no estuviera centrada en el tema amoroso y que tuviera algún punto de comedia relajante o histérica. Visitando a sus padres utilizando unos días libres que su jefa le había permitido e incluso aconsejado vigorosamente, alegando que no se había tomado un descanso en mucho tiempo. Dedicándole más tiempo a su gato, que ya solamente parecía pensar en ella como un dispensador de alimento. Paseando, escribiendo, cocinando, leyendo, cumpliendo con todas las cosas que le gustaban para volver a sentirse bien y entera.
Sin embargo, los días que llegaba algún mensaje más, se permitía tumbarse en la cama en la penumbra de su habitación, con las luces apagadas, rememorándolo todo, y deseando cosas como no haberle conocido nunca, no haberle dejado besarla en aquella primera cita, no haberle llevado a su apartamento, no haber aceptado su primera proposición, no haber tenido nada con él. A veces, incluso se decía a sí misma que no debería haberle creído, que debería haber sabido que él le prometía demasiadas cosas como para ser todas ciertas, que había sido una ilusa, que todo había sido demasiado bonito como para ser cierto. Pero acabó aprendiendo a levantarse de la cama, reafirmándose en que no iba a volver, que no iba a dejarse arrastrar otra vez, que había terminado con esa relación y con él, y que si después de tantas veces intentándolo tenían que seguir haciéndolo, que quizá no valía la pena intentarlo ya. Y con eso, volvía a intentar aprender a sonreír sola otra vez.
Hasta que una vez, no fue un sonido procedente de su teléfono, sino un golpeteo en su puerta. Y al abrir, le encontró frente a ella, con una sonrisa nerviosa y las manos en los bolsillos, pidiendo hablar y explicarse.
"Mira, verás, sé que hace tiempo que no contestas cuando intento hablar contigo, así que pensé que necesitabas un tiempo para pensar y eso, y creo que ya he esperado lo suficiente, así que venía para saber si... ya sabes..."
"¿Pero quién te crees que eres para pensar que en todo este tiempo estaba pensando en ti?"
"Mujer, pues yo..."
"No, no, tú nada. Después de haberme pasado por encima tantas veces, no tienes derecho a nada. Tú solo te preocupas por mí cuando te aburres, solo quieres asegurarte unos brazos en los que dormir y alguien que te espera cuando vuelves a casa, y no te preocupas por nada más mientras eso siga ahí. Pues estoy harta, no soy tu almohada ni tu mascota."
"Oye, creo que estas exagerando, sabes que..."
"¡No! No estoy exagerando. ¿Ves? No escuchas lo que te digo. Nunca lo haces, siempre crees que todo va bien cuando ni siquiera te molestas en averiguarlo. Siempre he sido yo la que te he escuchado y a la que tú no has preguntado nunca nada para preocuparte por mí. Sé que no eres una persona cálida, pero estoy harta de tu comportamiento de suficiencia hacia todo, así que por favor, déjame. Vete."
"Cariño, en serio, tranquilízate, he venido a hablar y a hacerte recapacitar para que vuelvas..."
"¿Recapacitar? ¿Pero te estás oyendo? ¿Me has oído a mí, siquiera? ¡Que no quiero volver, que estoy harta de que estés dejando daños colaterales a diestro y siniestro mientras haces lo que quieres y yo me dejo hacer! ¡Que no voy a volver a dejar que me pases por encima para conseguir lo que quieres! ¡Que no quiero más besos fríos ni conversaciones de monólogos ni días pasando sin pena ni gloria! ¡No voy a volver, no quiero que vuelvas!"
Y con eso, le cerró la puerta en las narices, murmurando "¿quién se creerá que es?" para sí misma, sin pensar en el escándalo que seguramente habría sido oído por todos sus vecinos, alejándose de la entrada indignada para ir a acariciar a su mascota, mientras seguía pensando "en serio, ¿pero quién se ha creído para presentarse aquí así, de la nada, diciendo esas cosas, como si hubiéramos hablado de arreglarlo ayer? ¿Pero tendrá cara?", rascando bajo la barbilla del gato.
Su mascota cerró los ojos y ronroneó hasta que ella se calmó y sonrió ligeramente, dándole unas ligeras y cariñosas palmaditas al animal sobre la cabeza.
"¿Y a quién le importaba ya?"
Se estaba haciendo independiente. Hacía semanas que habían tenido una de las grandes discusiones, de las de "¡pues me voy! ¡Pues no vuelvas!", y ella no había ni siquiera pensado en contactar con él para arreglarlo. Se había limitado a seguir con su vida, haciendo sus tareas, trabajando, ocupándose de todos los aspectos de su vida que no eran él. Hasta que él mandó un mensaje que contenía otra variación de la misma confesión de amor de todas las veces, y ella se quedó mirando la pantalla del teléfono con una mezcla de indignación, sorpresa y confusión, antes de lanzar el móvil hacia el sofá, poniendo los ojos en blanco y soltando un bufido exasperado.
"¿Pero quién se ha creído que es, haciendo todo lo que le da la real gana cuando quiere sin pensar en nada ni nadie más? ¡Es la enésima vez que me hace esto, la enésima! ¡Y la última! ¡La última, te digo! Fíjate cómo va por la vida, sin importarle un bledo si a alguien le molestan sus caprichos de señorito. ¡Pues así no, eh, no! ¡Nadie te va a querer con un bloque de hielo en el pecho! ¡A ver si coges una pulmonía o algo! ¡Imbécil! ¡No me vuelvas a dirigir la palabra nunca más, fantoche!"
Hay que admitir que a su gato no pareció afectarle el discurso, o simplemente el animal sabía que no le estaban hablando a él. O su dueña había, por fin, perdido la cabeza. Meh. Quién sabía.
Días después, su compañera de trabajo dejó caer casualmente en una conversación que el otro día él había entrado en la tienda, preguntando por ella. Sus manos se detuvieron un momento y quedaron sus pendidas en el aire, agarrando fuertemente un libro, a un palmo de distancia del estante al que pertenecía. Colocando el ejemplar con movimientos rígidos y lentos, intentando controlar su carácter y no derribar entera la estantería a golpes entre gritos, preguntó con voz y sonrisa forzadas cómo había ido la visita. Su compañera, fingiendo indiferencia, comentó que le había dicho que básicamente no sabía nada y que le había despachado en pocos instantes, largándole con viento fresco. Un suspiro de alivio, una sonrisa sincera y una cabeza gacha fueron suficiente para que su compañera preguntase, con un tono de voz entre amable y preocupado, si debía haberle dicho dónde encontrarla. Ella negó con la cabeza, sin mirarla, mientras se incorporaba y colocaba un mechón de pelo tras su oreja.
Porque, al fin y al cabo, había aprendido a vivir sin lo que ella antes había creído que era su mitad, y después de todo lo que le costó acostumbrarse a ello tras mil y una decepciones con el mismo sabor a derrota, él seguía buscándola para una prueba-y-error más, para otro experimento fallido.
Pero ella se negaba a reconocerle como la persona que ella había creído que era, la persona que había ido desapareciendo a medida que avanzaba su relación y que ella volvía a casa con el corazón un poquito más roto, la sonrisa ligeramente más triste, las ganas una pizca menos vivas. Y ella no era ilusa, sabía que él simplemente no era una persona de sentimientos y de hablar con el corazón en la mano, pero se había cansado de intentar contrarrestar el frío que irradiaba cada vez que intentaba acercarse a él. Solo esperaba que el frío no fuera todo lo que pudiera ofrecerle, pero ella se rindió al fin. Decidió alejarse de su frío y de él, y no volver a dejarle acercarse.
Y pasaron más días, y más semanas, y más meses, ignorando mensajes y llamadas, tirando las flores que llegaban a su puerta, regalándole los bombones a su jefa para que se los diera a sus hijos, y aprendiendo a dejar de escuchar baladas sobre el desamor en su tiempo libre, gastándose un dineral en vodka, chocolate y helado para ahogar las penas. Sustituyendo "Titanic" y "El Diario de Bridget Jones" por "Los Ángeles de Charlie" y cualquier tipo de película que no estuviera centrada en el tema amoroso y que tuviera algún punto de comedia relajante o histérica. Visitando a sus padres utilizando unos días libres que su jefa le había permitido e incluso aconsejado vigorosamente, alegando que no se había tomado un descanso en mucho tiempo. Dedicándole más tiempo a su gato, que ya solamente parecía pensar en ella como un dispensador de alimento. Paseando, escribiendo, cocinando, leyendo, cumpliendo con todas las cosas que le gustaban para volver a sentirse bien y entera.
Sin embargo, los días que llegaba algún mensaje más, se permitía tumbarse en la cama en la penumbra de su habitación, con las luces apagadas, rememorándolo todo, y deseando cosas como no haberle conocido nunca, no haberle dejado besarla en aquella primera cita, no haberle llevado a su apartamento, no haber aceptado su primera proposición, no haber tenido nada con él. A veces, incluso se decía a sí misma que no debería haberle creído, que debería haber sabido que él le prometía demasiadas cosas como para ser todas ciertas, que había sido una ilusa, que todo había sido demasiado bonito como para ser cierto. Pero acabó aprendiendo a levantarse de la cama, reafirmándose en que no iba a volver, que no iba a dejarse arrastrar otra vez, que había terminado con esa relación y con él, y que si después de tantas veces intentándolo tenían que seguir haciéndolo, que quizá no valía la pena intentarlo ya. Y con eso, volvía a intentar aprender a sonreír sola otra vez.
Hasta que una vez, no fue un sonido procedente de su teléfono, sino un golpeteo en su puerta. Y al abrir, le encontró frente a ella, con una sonrisa nerviosa y las manos en los bolsillos, pidiendo hablar y explicarse.
"Mira, verás, sé que hace tiempo que no contestas cuando intento hablar contigo, así que pensé que necesitabas un tiempo para pensar y eso, y creo que ya he esperado lo suficiente, así que venía para saber si... ya sabes..."
"¿Pero quién te crees que eres para pensar que en todo este tiempo estaba pensando en ti?"
"Mujer, pues yo..."
"No, no, tú nada. Después de haberme pasado por encima tantas veces, no tienes derecho a nada. Tú solo te preocupas por mí cuando te aburres, solo quieres asegurarte unos brazos en los que dormir y alguien que te espera cuando vuelves a casa, y no te preocupas por nada más mientras eso siga ahí. Pues estoy harta, no soy tu almohada ni tu mascota."
"Oye, creo que estas exagerando, sabes que..."
"¡No! No estoy exagerando. ¿Ves? No escuchas lo que te digo. Nunca lo haces, siempre crees que todo va bien cuando ni siquiera te molestas en averiguarlo. Siempre he sido yo la que te he escuchado y a la que tú no has preguntado nunca nada para preocuparte por mí. Sé que no eres una persona cálida, pero estoy harta de tu comportamiento de suficiencia hacia todo, así que por favor, déjame. Vete."
"Cariño, en serio, tranquilízate, he venido a hablar y a hacerte recapacitar para que vuelvas..."
"¿Recapacitar? ¿Pero te estás oyendo? ¿Me has oído a mí, siquiera? ¡Que no quiero volver, que estoy harta de que estés dejando daños colaterales a diestro y siniestro mientras haces lo que quieres y yo me dejo hacer! ¡Que no voy a volver a dejar que me pases por encima para conseguir lo que quieres! ¡Que no quiero más besos fríos ni conversaciones de monólogos ni días pasando sin pena ni gloria! ¡No voy a volver, no quiero que vuelvas!"
Y con eso, le cerró la puerta en las narices, murmurando "¿quién se creerá que es?" para sí misma, sin pensar en el escándalo que seguramente habría sido oído por todos sus vecinos, alejándose de la entrada indignada para ir a acariciar a su mascota, mientras seguía pensando "en serio, ¿pero quién se ha creído para presentarse aquí así, de la nada, diciendo esas cosas, como si hubiéramos hablado de arreglarlo ayer? ¿Pero tendrá cara?", rascando bajo la barbilla del gato.
Su mascota cerró los ojos y ronroneó hasta que ella se calmó y sonrió ligeramente, dándole unas ligeras y cariñosas palmaditas al animal sobre la cabeza.
"¿Y a quién le importaba ya?"
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De mayor quiero ser escritora perturbada.
lunes, 18 de marzo de 2013
Ven.
Ven, que te quiero querer. Te voy a querer como quiero yo, como quieras tú, como queramos. Te voy a querer despacio, con delicadeza, arrastrando las yemas de mis dedos bajando desde tu cuello hasta tu ombligo, observando todas tus reacciones, mirándote a los ojos, haciéndote pensar nada más que en mí. Otras veces te querré rápido, fuerte, de forma agresiva, ansiosa, necesitándote, consumiéndome, clavándote las uñas y arrastrándolas para dejar marca, mordiéndote el cuerpo, convirtiéndolo todo en una guerra de poder por poder.
Te querré sin nada más, sin alteraciones, tú y solo tú y yo y solo yo, para poder hacer luego recuento de todo en mi mente y no perderme ningún detalle de nada. Y a veces te querré con alcohol, con drogas, con sentimientos encontrados, perdiéndome en ti, en el espacio, sin saber dónde estamos ni qué hacemos, dejándome llevar y que me lleves, cuerpos y palabras fluyendo como las sustancias en mis venas y causando los mismos desastres y consecuencias.
Te querré nada más abrir los ojos, preguntándome si tú ya habrás despertado, desayunando mientras pienso en qué habrás hecho tú hasta ese momento del día, preparándome mientras pienso en qué te habrás puesto hoy para quitarme el aliento, haré mi rutina diaria esperando verte cuando no te vea y, si te veo, esperando que no te vayas y que a la vez lo hagas porque, como dijo alguien alguna vez, odio ver cómo te vas pero me encanta mirar cómo te marchas.
Te querré con sueño, en mi cama, en el sofá, bajo una manta, echando de menos tu calor sin ser el mío suficiente, sustituyendo tu cuerpo con cojines y almohadas, imaginando tu olor como si me hubiese refugiado en tu cuello, tu tacto como el de tu abdomen para abrazarte, tu espalda para pegarme a ti, tu pelo haciéndome cosquillas en la frente, tus piernas para entrelazarlas con las mías, tu presencia para calmar el cansancio de todo el día y alejar las pesadillas que puedan tratar sobre que estés lejos de mí.
Te querré fuera, en la calle, a la luz del Sol o de las farolas, ignorando a la gran mayoría del resto de la gente, llevándote a sitios bonitos para que te alegres y comprándote cosas para que te enfades o te dé vergüenza y me regañes diciendo que te voy a malcriar y que es injusto, y que a la próxima pagas tú. Te querré mientras miras paisajes, mientras observas a la gente, mientras me cuentas cosas en el Metro haciendo que se entere todo el vagón, mientras hacemos que todos se den cuenta de que te quiero. Y a refugio, en casa, tuya, mía o ajena, te querré en privado, de forma casera, conmigo en el sofá o tú mirando mientras cocino y abrazándome por detrás y viceversa, haciéndotelo yo a ti.
Me costará quererte en voz alta, decirte cosas como esta para que tú me oigas, porque mi mente y el resto de mí necesitan tiempo y paz para ponerse de acuerdo en qué decir, el peso que ello vaya a tener, cómo decirlo y cómo hacer para no tartamudear ni hacerse un lío y que me entiendas a la primera. Sin embargo, por eso te quiero por escrito, porque así lo podrás guardar para por si algún día necesitas recordarlo, o lo podrás leer sin interrupciones o silencios raros o mi manía de no ser capaz de abrirme completamente a la hora de hablar de cosas tan fuertes. Podrás llevarlo contigo, memorizarlo, hacer con ello lo que quieras, pero no se lo podrá llevar el viento ni podrá perderse entre sábanas.
Te querré de todas las formas si vienes. Y si no vienes, te querré de lejos, esperando. Pero te querré igual mientras sepa que tú también me quieres.
Te querré sin nada más, sin alteraciones, tú y solo tú y yo y solo yo, para poder hacer luego recuento de todo en mi mente y no perderme ningún detalle de nada. Y a veces te querré con alcohol, con drogas, con sentimientos encontrados, perdiéndome en ti, en el espacio, sin saber dónde estamos ni qué hacemos, dejándome llevar y que me lleves, cuerpos y palabras fluyendo como las sustancias en mis venas y causando los mismos desastres y consecuencias.
Te querré nada más abrir los ojos, preguntándome si tú ya habrás despertado, desayunando mientras pienso en qué habrás hecho tú hasta ese momento del día, preparándome mientras pienso en qué te habrás puesto hoy para quitarme el aliento, haré mi rutina diaria esperando verte cuando no te vea y, si te veo, esperando que no te vayas y que a la vez lo hagas porque, como dijo alguien alguna vez, odio ver cómo te vas pero me encanta mirar cómo te marchas.
Te querré con sueño, en mi cama, en el sofá, bajo una manta, echando de menos tu calor sin ser el mío suficiente, sustituyendo tu cuerpo con cojines y almohadas, imaginando tu olor como si me hubiese refugiado en tu cuello, tu tacto como el de tu abdomen para abrazarte, tu espalda para pegarme a ti, tu pelo haciéndome cosquillas en la frente, tus piernas para entrelazarlas con las mías, tu presencia para calmar el cansancio de todo el día y alejar las pesadillas que puedan tratar sobre que estés lejos de mí.
Te querré fuera, en la calle, a la luz del Sol o de las farolas, ignorando a la gran mayoría del resto de la gente, llevándote a sitios bonitos para que te alegres y comprándote cosas para que te enfades o te dé vergüenza y me regañes diciendo que te voy a malcriar y que es injusto, y que a la próxima pagas tú. Te querré mientras miras paisajes, mientras observas a la gente, mientras me cuentas cosas en el Metro haciendo que se entere todo el vagón, mientras hacemos que todos se den cuenta de que te quiero. Y a refugio, en casa, tuya, mía o ajena, te querré en privado, de forma casera, conmigo en el sofá o tú mirando mientras cocino y abrazándome por detrás y viceversa, haciéndotelo yo a ti.
Me costará quererte en voz alta, decirte cosas como esta para que tú me oigas, porque mi mente y el resto de mí necesitan tiempo y paz para ponerse de acuerdo en qué decir, el peso que ello vaya a tener, cómo decirlo y cómo hacer para no tartamudear ni hacerse un lío y que me entiendas a la primera. Sin embargo, por eso te quiero por escrito, porque así lo podrás guardar para por si algún día necesitas recordarlo, o lo podrás leer sin interrupciones o silencios raros o mi manía de no ser capaz de abrirme completamente a la hora de hablar de cosas tan fuertes. Podrás llevarlo contigo, memorizarlo, hacer con ello lo que quieras, pero no se lo podrá llevar el viento ni podrá perderse entre sábanas.
Te querré de todas las formas si vienes. Y si no vienes, te querré de lejos, esperando. Pero te querré igual mientras sepa que tú también me quieres.
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Shit Claudia says.
martes, 26 de febrero de 2013
Light.
Nunca he entendido algunas manías de la gente, como la de hacerse fotos ocultando toda su cara excepto los ojos, o recortar las fotos para que solo se vean sus ojos. Sí, cierto es que yo he hecho ambas cosas alguna vez, pero no es algo que me guste. Los ojos me parecen una parte muy importante de la personalidad de una persona. Mirando a alguien a los ojos puedes saber si miente, si no, si está triste, si está contento, si está bien o enfermo, si está vivo o no. Mirar a alguien a los ojos también es establecer una comunicación con esa persona, y creo que es un tipo de comunicación más especial que la que se hace con palabras o gestos.
Soy bastante impertinente en ese tema. Me gusta mirar a la gente directamente a los ojos cuando necesito entenderles bien o que me entiendan, y por ello nunca entenderé por qué algunos lo consideran como una falta de respeto o una muestra de mala educación. Si hablo con alguien a quien no estoy mirando a los ojos, siento como si no le estuviera prestando atención y como si realmente le estuviera faltando el respeto a esa persona. Necesito mirar a los ojos al hablar para saber que estoy hablando y que no estoy hablándole al viento, y para dar a entender que yo también estoy escuchando.
Tampoco me hace falta estar conversando con alguien para tener que mirarle a los ojos. Necesito mirarle a los ojos para saber si está bien, si me oculta algo, si está molesto, enfadado, triste, solo, contento, feliz, orgulloso, destrozado, eufórico, tranquilo, cualquier cosa. Puedo estar tranquilamente dejando pasar el tiempo mirando a los ojos de alguien, memorizando detalles de los iris, leyendo expresiones, intentando desentrañar lo que ocultan sus ojos, leerlos, saber en qué están pensando. No ser capaz de mirar a los ojos a una persona cuando está delante de mí puede ser el mayor insulto o desprecio que soy capaz de hacer, o la mayor muestra de vulnerabilidad.
En ocasiones, yo oculto mis ojos. Recorto mis fotos de nariz hacia abajo, camino con los ojos cerrados, llevo gafas de sol, miro de reojo, evito la mirada, camino mirando al suelo, agacho la cabeza, miro al cielo o a cualquier otra parte, etcétera. Cuando no estoy bien, no me gusta que me miren a los ojos. Cuando me encuentro débil o no me siento fuerte, rehuyo la mirada. Cuando no tengo fuerzas o estoy cansada, cierro los ojos la mayoría del tiempo. Cuando no quiero hablar, agacho la cabeza y escondo la cara. Cuando tengo que aparentar que no lo estoy, tengo que usar gafas de sol o concentrarme demasiado en mirar a un punto fijo. No me gusta llorar, porque es la expresión física a través de los ojos, y es demasiado íntimo. Mis ojos son demasiado privados, a veces.
Y a veces, cuando el día me desgasta, solo quiero cerrar los ojos y esconderme. Que me acaricien el pelo. Que me arropen con una manta. Escuchar música de piano. Que me canten lento y bajo. Que otros miren por mí. Que me dejen no ver nada. Que me dejen guardarme. Que me guarden. Que me permitan cerrar los ojos. Y dormir.
Soy bastante impertinente en ese tema. Me gusta mirar a la gente directamente a los ojos cuando necesito entenderles bien o que me entiendan, y por ello nunca entenderé por qué algunos lo consideran como una falta de respeto o una muestra de mala educación. Si hablo con alguien a quien no estoy mirando a los ojos, siento como si no le estuviera prestando atención y como si realmente le estuviera faltando el respeto a esa persona. Necesito mirar a los ojos al hablar para saber que estoy hablando y que no estoy hablándole al viento, y para dar a entender que yo también estoy escuchando.
Tampoco me hace falta estar conversando con alguien para tener que mirarle a los ojos. Necesito mirarle a los ojos para saber si está bien, si me oculta algo, si está molesto, enfadado, triste, solo, contento, feliz, orgulloso, destrozado, eufórico, tranquilo, cualquier cosa. Puedo estar tranquilamente dejando pasar el tiempo mirando a los ojos de alguien, memorizando detalles de los iris, leyendo expresiones, intentando desentrañar lo que ocultan sus ojos, leerlos, saber en qué están pensando. No ser capaz de mirar a los ojos a una persona cuando está delante de mí puede ser el mayor insulto o desprecio que soy capaz de hacer, o la mayor muestra de vulnerabilidad.
En ocasiones, yo oculto mis ojos. Recorto mis fotos de nariz hacia abajo, camino con los ojos cerrados, llevo gafas de sol, miro de reojo, evito la mirada, camino mirando al suelo, agacho la cabeza, miro al cielo o a cualquier otra parte, etcétera. Cuando no estoy bien, no me gusta que me miren a los ojos. Cuando me encuentro débil o no me siento fuerte, rehuyo la mirada. Cuando no tengo fuerzas o estoy cansada, cierro los ojos la mayoría del tiempo. Cuando no quiero hablar, agacho la cabeza y escondo la cara. Cuando tengo que aparentar que no lo estoy, tengo que usar gafas de sol o concentrarme demasiado en mirar a un punto fijo. No me gusta llorar, porque es la expresión física a través de los ojos, y es demasiado íntimo. Mis ojos son demasiado privados, a veces.
Y a veces, cuando el día me desgasta, solo quiero cerrar los ojos y esconderme. Que me acaricien el pelo. Que me arropen con una manta. Escuchar música de piano. Que me canten lento y bajo. Que otros miren por mí. Que me dejen no ver nada. Que me dejen guardarme. Que me guarden. Que me permitan cerrar los ojos. Y dormir.
miércoles, 9 de enero de 2013
How come?
¿Cuántos tipos de gente hay según su forma de enamorarse? Yo soy de las que piensa que cada uno se enamora de una manera diferente cada vez que lo hace, pero también creo que depende del tipo de persona que uno sea. He conocido a mucha gente enamorada, y ello solo ha hecho que reforzase mi teoría. De los que más he visto son de unos tipos concretos.
Hay enamorados que lo dan todo por ese amor porque temen lo que haya sin él. Esos me dan un poco de pena, porque tanto entiendo el miedo que tienen como creo que no es una buena manera de querer. No puedes querer pretendiendo protegerte del otro. El amor no se trata de eso, o al menos eso me han enseñado. Cuando amas bien, amas con confianza, sin miedo, con brillo en los ojos y sonrisa. El miedo es fuerte, pero no debería eclipsar cosas como esa. No vale la pena, al final.
Luego están los enamorados fríos, que quieren por dentro, aunque no lo aparenten por fuera. Yo he sido una enamorada fría, y en nuestra defensa diré que sí, que a ojos ajenos podemos no dar las suficientes muestras de cariño a la otra persona y parecer muy pensativos y encerrados en nosotros mismos, pero un enamorado frío te querrá más fuerte y de manera más limpia mientras camina contigo hablando de cosas importantes para ambos sin tan siquiera cogerte de la mano que aquel que abraza a dos personas de la misma manera mientras habla de las mismas tonterías.
También están los enamorados dobles, que dejan de ver al resto del mundo para poder mirar a su pareja. Son los que yo menos aguanto, porque ocupan aceras y bancos, aparecen cuando más sola y deprimida me siento y, si estoy con alguna pareja así, me acabo sintiendo bastante discriminada por parte de todo el amor en general.
Unos de mis favoritos son los enamorados silenciosos, que pueden estar o juntos o a una o varias mesas de distancia, pero siempre con uno de sus sentidos pendiente de la otra persona. Si no se miran, se escuchan o se sienten. Pero todo lo hacen siempre en silencio, o en bajito, sin hacer mucho ruido, para no interrumpir esas miradas que lo dicen todo o esa atención sagrada que se prestan. Me encanta presenciar los momentos de esas parejas, y cuando yo me convierto en una de ellos, os juro que es mágico, que esas miradas hablan, que esas caricias sin prisa o ansiosas pero lentas y calculadas o completamente inconscientes son mágicas.
Y, por último, quiero hablar de los enamorados con derecho.
Reconoces a esa gente en cuanto hablas con ellos. Son gente poco corriente, en general, porque suelen tener una energía fuerte, un carácter sólido, una forma de hablar cuando se ponen serios que te da ganas de callar para escuchar y tener conversaciones de horas sobre temas importantes con ellos. Resaltan de alguna manera y les identificas. Y todos, todos, tienen buen corazón en el fondo, a pesar de su historia o sus intenciones, independientemente del momento que sea. En algún momento lo dejan claro. Esas personas pueden no estar enamoradas de alguien en concreto, y ahí les verás enamorados de los días, de la vida, de la rutina, de la calma, de la felicidad, de algo que les proporcione alegría.
Lo mejor es cuando se enamoran. Muchos tienen recelo al principio, porque temen que duela, y otros no. Los hay que necesitan tanto querer que saben de golpe a quién querer nada más verle. Y cuando se enamoran, crecen y se transforman. Toman energía pensando en esa persona, sonríen viendo a esa persona, se excitan escuchando a esa persona, se calman sintiendo cerca a esa persona. Y es bonito verlo.
Hay gente con madera de ser un amor de una vida, y eso se nota, porque cuando se enamoran, inspiran. Yo creo que esas personas son los ángeles que nos quedan, los que saben querer bien, a pesar de poder errar por ser humanos alguna vez. Lo único que espero es que todos los ángeles sean queridos bien en algún momento y que les dure mucho, mucho, para siempre, y que todos seamos, en algún momento, todos los tipos de enamorados, porque así aprenderemos a querer bien.
Hay enamorados que lo dan todo por ese amor porque temen lo que haya sin él. Esos me dan un poco de pena, porque tanto entiendo el miedo que tienen como creo que no es una buena manera de querer. No puedes querer pretendiendo protegerte del otro. El amor no se trata de eso, o al menos eso me han enseñado. Cuando amas bien, amas con confianza, sin miedo, con brillo en los ojos y sonrisa. El miedo es fuerte, pero no debería eclipsar cosas como esa. No vale la pena, al final.
Luego están los enamorados fríos, que quieren por dentro, aunque no lo aparenten por fuera. Yo he sido una enamorada fría, y en nuestra defensa diré que sí, que a ojos ajenos podemos no dar las suficientes muestras de cariño a la otra persona y parecer muy pensativos y encerrados en nosotros mismos, pero un enamorado frío te querrá más fuerte y de manera más limpia mientras camina contigo hablando de cosas importantes para ambos sin tan siquiera cogerte de la mano que aquel que abraza a dos personas de la misma manera mientras habla de las mismas tonterías.
También están los enamorados dobles, que dejan de ver al resto del mundo para poder mirar a su pareja. Son los que yo menos aguanto, porque ocupan aceras y bancos, aparecen cuando más sola y deprimida me siento y, si estoy con alguna pareja así, me acabo sintiendo bastante discriminada por parte de todo el amor en general.
Unos de mis favoritos son los enamorados silenciosos, que pueden estar o juntos o a una o varias mesas de distancia, pero siempre con uno de sus sentidos pendiente de la otra persona. Si no se miran, se escuchan o se sienten. Pero todo lo hacen siempre en silencio, o en bajito, sin hacer mucho ruido, para no interrumpir esas miradas que lo dicen todo o esa atención sagrada que se prestan. Me encanta presenciar los momentos de esas parejas, y cuando yo me convierto en una de ellos, os juro que es mágico, que esas miradas hablan, que esas caricias sin prisa o ansiosas pero lentas y calculadas o completamente inconscientes son mágicas.
Y, por último, quiero hablar de los enamorados con derecho.
Reconoces a esa gente en cuanto hablas con ellos. Son gente poco corriente, en general, porque suelen tener una energía fuerte, un carácter sólido, una forma de hablar cuando se ponen serios que te da ganas de callar para escuchar y tener conversaciones de horas sobre temas importantes con ellos. Resaltan de alguna manera y les identificas. Y todos, todos, tienen buen corazón en el fondo, a pesar de su historia o sus intenciones, independientemente del momento que sea. En algún momento lo dejan claro. Esas personas pueden no estar enamoradas de alguien en concreto, y ahí les verás enamorados de los días, de la vida, de la rutina, de la calma, de la felicidad, de algo que les proporcione alegría.
Lo mejor es cuando se enamoran. Muchos tienen recelo al principio, porque temen que duela, y otros no. Los hay que necesitan tanto querer que saben de golpe a quién querer nada más verle. Y cuando se enamoran, crecen y se transforman. Toman energía pensando en esa persona, sonríen viendo a esa persona, se excitan escuchando a esa persona, se calman sintiendo cerca a esa persona. Y es bonito verlo.
Hay gente con madera de ser un amor de una vida, y eso se nota, porque cuando se enamoran, inspiran. Yo creo que esas personas son los ángeles que nos quedan, los que saben querer bien, a pesar de poder errar por ser humanos alguna vez. Lo único que espero es que todos los ángeles sean queridos bien en algún momento y que les dure mucho, mucho, para siempre, y que todos seamos, en algún momento, todos los tipos de enamorados, porque así aprenderemos a querer bien.
martes, 4 de diciembre de 2012
Su-su-su-su-su, su-su-su-su-su-suspenso.
La última vez que actualicé esto, fue para escribir sobre la noche más bonita de mi vida. Algún día escribiré sobre la más triste, o sobre la peor, pero en fin, la última vez que hablé aquí de una noche fue de la noche de la lluvia de estrellas. De todas formas, en todas las noches de mi vida hay una cosa en común, cosa que no he dicho a mucha gente aunque sean obvias, y nunca me han faltado. Siempre he tenido estrellas, todas las noches.
En mi vida he tenido dos grandes obsesiones: los ángeles y las estrellas. Los ángeles, más por curiosidad sobre la leyenda y por fascinación, y las estrellas directamente son objeto de admiración total, desde siempre lo han sido para mí.
¿Os habéis fijado en que casi siempre hay estrellas? ¿Qué es una vida, una noche sin estrellas? ¿No es triste mirar al cielo nocturno y no ver estrellas por culpa de la contaminación lumínica o una simple noche nublada? Y cuando hay estrellas, ¿no es precioso? ¿No sentís como una reafirmación de que todo sigue en su sitio, por muy bien o mal que estén las cosas?
Prefiero las noches de estrellas sin Luna. Muchas veces me he sentido como un personaje secundario en mi propia vida, como una estrella muy lejana detrás de la Luna, que la eclipsa. Prefiero a las estrellas. Las hay más pequeñas, más grandes, más o menos vivas, más o menos cercanas, pero desde aquí, todas las que podemos ver ocupan el cielo de la misma manera siendo cada una distinta de la otra, sin tener que taparse las unas a las otras.
Recuerdo ir al Planetario mucho con mi padre y mi hermana. Veíamos todo tipo de sesiones, desde las de niños hasta las de constelaciones y cambios de estaciones, y luego nos recorríamos todas las salas. Recuerdo la sala de experimentación entre las diferencias de las atmósferas de los planetas y la de la luz negra. Siempre quería llevar algo blanco para que brillase en esa sala. Me fascinaba aprender cosas del Sistema Solar, de las estrellas, los planetas, las constelaciones, todo.
Recuerdo luego las noches de verano en el jardín de mis tíos, mirando estrellas, rememorando constelaciones, ubicando más o menos acertadamente planetas. Recuerdo buscar Escorpio, la Osa Menor, la Osa Mayor, Venus... me hacía mucha gracia cuando la gente confundía planetas con estrellas, cuando para mí era tan obvia la diferencia desde ahí.
Lo que más me gusta de las estrellas es que no estaban fijas, pero siempre había. Ya podía ser invierno o verano, podían ser momentos distintos de los ciclos, pero siempre había estrellas cuando las necesitaba. Miraba a las estrellas cuando todo iba mal, cuando necesitaba un respiro, cuando no me encontraba bien, cuando necesitaba un punto de apoyo en medio del caos. Y daba igual que estuviera discutiendo con alguien, que alguien me hubiera hecho daño, que simplemente estuviese triste o enfadada; siempre había estrellas. ¿Y cómo vas a estar triste o enfadada con una estrella? Tan lejanas, tan brillantes, tan bonitas, que te dabas cuenta de que ellas no tenían la culpa y de que todo volvería a estar tan perfecto como ellas parecían.
Y son perfectas porque estaban antes de que tú llegaras y lo estarán después, porque mueren y nacen día tras día y no notas la ausencia apenas, porque son casi lo único seguro al llegar la noche, que alzarás la vista al cielo y habrá estrellas, y sabrás que sigues vivo y que la vida sigue adelante porque ayer, hoy y mañana hubo, hay y habrá estrellas.
Y el día que no haya estrellas, habrá que esperar al día siguiente a esperarlas, o a vivir el resto del tiempo esperando a que vuelvan.
En mi vida he tenido dos grandes obsesiones: los ángeles y las estrellas. Los ángeles, más por curiosidad sobre la leyenda y por fascinación, y las estrellas directamente son objeto de admiración total, desde siempre lo han sido para mí.
¿Os habéis fijado en que casi siempre hay estrellas? ¿Qué es una vida, una noche sin estrellas? ¿No es triste mirar al cielo nocturno y no ver estrellas por culpa de la contaminación lumínica o una simple noche nublada? Y cuando hay estrellas, ¿no es precioso? ¿No sentís como una reafirmación de que todo sigue en su sitio, por muy bien o mal que estén las cosas?
Prefiero las noches de estrellas sin Luna. Muchas veces me he sentido como un personaje secundario en mi propia vida, como una estrella muy lejana detrás de la Luna, que la eclipsa. Prefiero a las estrellas. Las hay más pequeñas, más grandes, más o menos vivas, más o menos cercanas, pero desde aquí, todas las que podemos ver ocupan el cielo de la misma manera siendo cada una distinta de la otra, sin tener que taparse las unas a las otras.
Recuerdo ir al Planetario mucho con mi padre y mi hermana. Veíamos todo tipo de sesiones, desde las de niños hasta las de constelaciones y cambios de estaciones, y luego nos recorríamos todas las salas. Recuerdo la sala de experimentación entre las diferencias de las atmósferas de los planetas y la de la luz negra. Siempre quería llevar algo blanco para que brillase en esa sala. Me fascinaba aprender cosas del Sistema Solar, de las estrellas, los planetas, las constelaciones, todo.
Recuerdo luego las noches de verano en el jardín de mis tíos, mirando estrellas, rememorando constelaciones, ubicando más o menos acertadamente planetas. Recuerdo buscar Escorpio, la Osa Menor, la Osa Mayor, Venus... me hacía mucha gracia cuando la gente confundía planetas con estrellas, cuando para mí era tan obvia la diferencia desde ahí.
Lo que más me gusta de las estrellas es que no estaban fijas, pero siempre había. Ya podía ser invierno o verano, podían ser momentos distintos de los ciclos, pero siempre había estrellas cuando las necesitaba. Miraba a las estrellas cuando todo iba mal, cuando necesitaba un respiro, cuando no me encontraba bien, cuando necesitaba un punto de apoyo en medio del caos. Y daba igual que estuviera discutiendo con alguien, que alguien me hubiera hecho daño, que simplemente estuviese triste o enfadada; siempre había estrellas. ¿Y cómo vas a estar triste o enfadada con una estrella? Tan lejanas, tan brillantes, tan bonitas, que te dabas cuenta de que ellas no tenían la culpa y de que todo volvería a estar tan perfecto como ellas parecían.
Y son perfectas porque estaban antes de que tú llegaras y lo estarán después, porque mueren y nacen día tras día y no notas la ausencia apenas, porque son casi lo único seguro al llegar la noche, que alzarás la vista al cielo y habrá estrellas, y sabrás que sigues vivo y que la vida sigue adelante porque ayer, hoy y mañana hubo, hay y habrá estrellas.
Y el día que no haya estrellas, habrá que esperar al día siguiente a esperarlas, o a vivir el resto del tiempo esperando a que vuelvan.
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