lunes, 18 de marzo de 2013

Ven.

Ven, que te quiero querer. Te voy a querer como quiero yo, como quieras tú, como queramos. Te voy a querer despacio, con delicadeza, arrastrando las yemas de mis dedos bajando desde tu cuello hasta tu ombligo, observando todas tus reacciones, mirándote a los ojos, haciéndote pensar nada más que en mí. Otras veces te querré rápido, fuerte, de forma agresiva, ansiosa, necesitándote, consumiéndome, clavándote las uñas y arrastrándolas para dejar marca, mordiéndote el cuerpo, convirtiéndolo todo en una guerra de poder por poder.

 Te querré sin nada más, sin alteraciones, tú y solo tú y yo y solo yo, para poder hacer luego recuento de todo en mi mente y no perderme ningún detalle de nada. Y a veces te querré con alcohol, con drogas, con sentimientos encontrados, perdiéndome en ti, en el espacio, sin saber dónde estamos ni qué hacemos, dejándome llevar y que me lleves, cuerpos y palabras fluyendo como las sustancias en mis venas y causando los mismos desastres y consecuencias.

Te querré nada más abrir los ojos, preguntándome si tú ya habrás despertado, desayunando mientras pienso en qué habrás hecho tú hasta ese momento del día, preparándome mientras pienso en qué te habrás puesto hoy para quitarme el aliento, haré mi rutina diaria esperando verte cuando no te vea y, si te veo, esperando que no te vayas y que a la vez lo hagas porque, como dijo alguien alguna vez, odio ver cómo te vas pero me encanta mirar cómo te marchas.

Te querré con sueño, en mi cama, en el sofá, bajo una manta, echando de menos tu calor sin ser el mío suficiente, sustituyendo tu cuerpo con cojines y almohadas, imaginando tu olor como si me hubiese refugiado en tu cuello, tu tacto como el de tu abdomen para abrazarte, tu espalda para pegarme a ti, tu pelo haciéndome cosquillas en la frente, tus piernas para entrelazarlas con las mías, tu presencia para calmar el cansancio de todo el día y alejar las pesadillas que puedan tratar sobre que estés lejos de mí.

Te querré fuera, en la calle, a la luz del Sol o de las farolas, ignorando a la gran mayoría del resto de la gente, llevándote a sitios bonitos para que te alegres y comprándote cosas para que te enfades o te dé vergüenza y me regañes diciendo que te voy a malcriar y que es injusto, y que a la próxima pagas tú. Te querré mientras miras paisajes, mientras observas a la gente, mientras me cuentas cosas en el Metro haciendo que se entere todo el vagón, mientras hacemos que todos se den cuenta de que te quiero. Y a refugio, en casa, tuya, mía o ajena, te querré en privado, de forma casera, conmigo en el sofá o tú mirando mientras cocino y abrazándome por detrás y viceversa, haciéndotelo yo a ti.

Me costará quererte en voz alta, decirte cosas como esta para que tú me oigas, porque mi mente y el resto de mí necesitan tiempo y paz para ponerse de acuerdo en qué decir, el peso que ello vaya a tener, cómo decirlo y cómo hacer para no tartamudear ni hacerse un lío y que me entiendas a la primera. Sin embargo, por eso te quiero por escrito, porque así lo podrás guardar para por si algún día necesitas recordarlo, o lo podrás leer sin interrupciones o silencios raros o mi manía de no ser capaz de abrirme completamente a la hora de hablar de cosas tan fuertes. Podrás llevarlo contigo, memorizarlo, hacer con ello lo que quieras, pero no se lo podrá llevar el viento ni podrá perderse entre sábanas.

Te querré de todas las formas si vienes. Y si no vienes, te querré de lejos, esperando. Pero te querré igual mientras sepa que tú también me quieres.

martes, 26 de febrero de 2013

Light.

Nunca he entendido algunas manías de la gente, como la de hacerse fotos ocultando toda su cara excepto los ojos, o recortar las fotos para que solo se vean sus ojos. Sí, cierto es que yo he hecho ambas cosas alguna vez, pero no es algo que me guste. Los ojos me parecen una parte muy importante de la personalidad de una persona. Mirando a alguien a los ojos puedes saber si miente, si no, si está triste, si está contento, si está bien o enfermo, si está vivo o no. Mirar a alguien a los ojos también es establecer una comunicación con esa persona, y creo que es un tipo de comunicación más especial que la que se hace con palabras o gestos.

Soy bastante impertinente en ese tema. Me gusta mirar a la gente directamente a los ojos cuando necesito entenderles bien o que me entiendan, y por ello nunca entenderé por qué algunos lo consideran como una falta de respeto o una muestra de mala educación. Si hablo con alguien a quien no estoy mirando a los ojos, siento como si no le estuviera prestando atención y como si realmente le estuviera faltando el respeto a esa persona. Necesito mirar a los ojos al hablar para saber que estoy hablando y que no estoy hablándole al viento, y para dar a entender que yo también estoy escuchando.

Tampoco me hace falta estar conversando con alguien para tener que mirarle a los ojos. Necesito mirarle a los ojos para saber si está bien, si me oculta algo, si está molesto, enfadado, triste, solo, contento, feliz, orgulloso, destrozado, eufórico, tranquilo, cualquier cosa. Puedo estar tranquilamente dejando pasar el tiempo mirando a los ojos de alguien, memorizando detalles de los iris, leyendo expresiones, intentando desentrañar lo que ocultan sus ojos, leerlos, saber en qué están pensando. No ser capaz de mirar a los ojos a una persona cuando está delante de mí puede ser el mayor insulto o desprecio que soy capaz de hacer, o la mayor muestra de vulnerabilidad.

En ocasiones, yo oculto mis ojos. Recorto mis fotos de nariz hacia abajo, camino con los ojos cerrados, llevo gafas de sol, miro de reojo, evito la mirada, camino mirando al suelo, agacho la cabeza, miro al cielo o a cualquier otra parte, etcétera. Cuando no estoy bien, no me gusta que me miren a los ojos. Cuando me encuentro débil o no me siento fuerte, rehuyo la mirada. Cuando no tengo fuerzas o estoy cansada, cierro los ojos la mayoría del tiempo. Cuando no quiero hablar, agacho la cabeza y escondo la cara. Cuando tengo que aparentar que no lo estoy, tengo que usar gafas de sol o concentrarme demasiado en mirar a un punto fijo. No me gusta llorar, porque es la expresión física a través de los ojos, y es demasiado íntimo. Mis ojos son demasiado privados, a veces.

Y a veces, cuando el día me desgasta, solo quiero cerrar los ojos y esconderme. Que me acaricien el pelo. Que me arropen con una manta. Escuchar música de piano. Que me canten lento y bajo. Que otros miren por mí. Que me dejen no ver nada. Que me dejen guardarme. Que me guarden. Que me permitan cerrar los ojos. Y dormir.

miércoles, 9 de enero de 2013

How come?

¿Cuántos tipos de gente hay según su forma de enamorarse? Yo soy de las que piensa que cada uno se enamora de una manera diferente cada vez que lo hace, pero también creo que depende del tipo de persona que uno sea. He conocido a mucha gente enamorada, y ello solo ha hecho que reforzase mi teoría. De los que más he visto son de unos tipos concretos.

Hay enamorados que lo dan todo por ese amor porque temen lo que haya sin él. Esos me dan un poco de pena, porque tanto entiendo el miedo que tienen como creo que no es una buena manera de querer. No puedes querer pretendiendo protegerte del otro. El amor no se trata de eso, o al menos eso me han enseñado. Cuando amas bien, amas con confianza, sin miedo, con brillo en los ojos y sonrisa. El miedo es fuerte, pero no debería eclipsar cosas como esa. No vale la pena, al final.

Luego están los enamorados fríos, que quieren por dentro, aunque no lo aparenten por fuera. Yo he sido una enamorada fría, y en nuestra defensa diré que sí, que a ojos ajenos podemos no dar las suficientes muestras de cariño a la otra persona y parecer muy pensativos y encerrados en nosotros mismos, pero un enamorado frío te querrá más fuerte y de manera más limpia mientras camina contigo hablando de cosas importantes para ambos sin tan siquiera cogerte de la mano que aquel que abraza a dos personas de la misma manera mientras habla de las mismas tonterías.

También están los enamorados dobles, que dejan de ver al resto del mundo para poder mirar a su pareja. Son los que yo menos aguanto, porque ocupan aceras y bancos, aparecen cuando más sola y deprimida me siento y, si estoy con alguna pareja así, me acabo sintiendo bastante discriminada por parte de todo el amor en general.

Unos de mis favoritos son los enamorados silenciosos, que pueden estar o juntos o a una o varias mesas de distancia, pero siempre con uno de sus sentidos pendiente de la otra persona. Si no se miran, se escuchan o se sienten. Pero todo lo hacen siempre en silencio, o en bajito, sin hacer mucho ruido, para no interrumpir esas miradas que lo dicen todo o esa atención sagrada que se prestan. Me encanta presenciar los momentos de esas parejas, y cuando yo me convierto en una de ellos, os juro que es mágico, que esas miradas hablan, que esas caricias sin prisa o ansiosas pero lentas y calculadas o completamente inconscientes son mágicas.

Y, por último, quiero hablar de los enamorados con derecho.

Reconoces a esa gente en cuanto hablas con ellos. Son gente poco corriente, en general, porque suelen tener una energía fuerte, un carácter sólido, una forma de hablar cuando se ponen serios que te da ganas de callar para escuchar y tener conversaciones de horas sobre temas importantes con ellos. Resaltan de alguna manera y les identificas. Y todos, todos, tienen buen corazón en el fondo, a pesar de su historia o sus intenciones, independientemente del momento que sea. En algún momento lo dejan claro. Esas personas pueden no estar enamoradas de alguien en concreto, y ahí les verás enamorados de los días, de la vida, de la rutina, de la calma, de la felicidad, de algo que les proporcione alegría.

Lo mejor es cuando se enamoran. Muchos tienen recelo al principio, porque temen que duela, y otros no. Los hay que necesitan tanto querer que saben de golpe a quién querer nada más verle. Y cuando se enamoran, crecen y se transforman. Toman energía pensando en esa persona, sonríen viendo a esa persona, se excitan escuchando a esa persona, se calman sintiendo cerca a esa persona. Y es bonito verlo.

Hay gente con madera de ser un amor de una vida, y eso se nota, porque cuando se enamoran, inspiran. Yo creo que esas personas son los ángeles que nos quedan, los que saben querer bien, a pesar de poder errar por ser humanos alguna vez. Lo único que espero es que todos los ángeles sean queridos bien en algún momento y que les dure mucho, mucho, para siempre, y que todos seamos, en algún momento, todos los tipos de enamorados, porque así aprenderemos a querer bien.

martes, 4 de diciembre de 2012

Su-su-su-su-su, su-su-su-su-su-suspenso.

La última vez que actualicé esto, fue para escribir sobre la noche más bonita de mi vida. Algún día escribiré sobre la más triste, o sobre la peor, pero en fin, la última vez que hablé aquí de una noche fue de la noche de la lluvia de estrellas. De todas formas, en todas las noches de mi vida hay una cosa en común, cosa que no he dicho a mucha gente aunque sean obvias, y nunca me han faltado. Siempre he tenido estrellas, todas las noches.

En mi vida he tenido dos grandes obsesiones: los ángeles y las estrellas. Los ángeles, más por curiosidad sobre la leyenda y por fascinación, y las estrellas directamente son objeto de admiración total, desde siempre lo han sido para mí.

¿Os habéis fijado en que casi siempre hay estrellas? ¿Qué es una vida, una noche sin estrellas? ¿No es triste mirar al cielo nocturno y no ver estrellas por culpa de la contaminación lumínica o una simple noche nublada? Y cuando hay estrellas, ¿no es precioso? ¿No sentís como una reafirmación de que todo sigue en su sitio, por muy bien o mal que estén las cosas?

Prefiero las noches de estrellas sin Luna. Muchas veces me he sentido como un personaje secundario en mi propia vida, como una estrella muy lejana detrás de la Luna, que la eclipsa. Prefiero a las estrellas. Las hay más pequeñas, más grandes, más o menos vivas, más o menos cercanas, pero desde aquí, todas las que podemos ver ocupan el cielo de la misma manera siendo cada una distinta de la otra, sin tener que taparse las unas a las otras.

Recuerdo ir al Planetario mucho con mi padre y mi hermana. Veíamos todo tipo de sesiones, desde las de niños hasta las de constelaciones y cambios de estaciones, y luego nos recorríamos todas las salas. Recuerdo la sala de experimentación entre las diferencias de las atmósferas de los planetas y la de la luz negra. Siempre quería llevar algo blanco para que brillase en esa sala. Me fascinaba aprender cosas del Sistema Solar, de las estrellas, los planetas, las constelaciones, todo.

Recuerdo luego las noches de verano en el jardín de mis tíos, mirando estrellas, rememorando constelaciones, ubicando más o menos acertadamente planetas. Recuerdo buscar Escorpio, la Osa Menor, la Osa Mayor, Venus... me hacía mucha gracia cuando la gente confundía planetas con estrellas, cuando para mí era tan obvia la diferencia desde ahí.

Lo que más me gusta de las estrellas es que no estaban fijas, pero siempre había. Ya podía ser invierno o verano, podían ser momentos distintos de los ciclos, pero siempre había estrellas cuando las necesitaba. Miraba a las estrellas cuando todo iba mal, cuando necesitaba un respiro, cuando no me encontraba bien, cuando necesitaba un punto de apoyo en medio del caos. Y daba igual que estuviera discutiendo con alguien, que alguien me hubiera hecho daño, que simplemente estuviese triste o enfadada; siempre había estrellas. ¿Y cómo vas a estar triste o enfadada con una estrella? Tan lejanas, tan brillantes, tan bonitas, que te dabas cuenta de que ellas no tenían la culpa y de que todo volvería a estar tan perfecto como ellas parecían.

Y son perfectas porque estaban antes de que tú llegaras y lo estarán después, porque mueren y nacen día tras día y no notas la ausencia apenas, porque son casi lo único seguro al llegar la noche, que alzarás la vista al cielo y habrá estrellas, y sabrás que sigues vivo y que la vida sigue adelante porque ayer, hoy y mañana hubo, hay y habrá estrellas.

Y el día que no haya estrellas, habrá que esperar al día siguiente a esperarlas, o a vivir el resto del tiempo esperando a que vuelvan.

domingo, 25 de noviembre de 2012

Rafiki.

Hoy es un día cualquiera. Es un domingo en el que limpié la casa por la mañana e hice cosas en el ordenador por la tarde. Sin embargo, estoy escuchando la BSO de El Rey León, la de la escena de "Recuerda quién eres, Simba", y para qué engañarnos, sigo siendo igual de sensible a esa música como cuando tenía 5 años. Y aquí estoy, en pleno crescendo musical, porque quiero hablar de la noche en la que me sentí más viva que nunca.

Fue en Cádiz, en la playa de La Barrosa. Obviamente, mi noche ideal tenía que ser en Cádiz, en la playa de La Barrosa, en verano, porque no pensaba tenerla de otra forma. Cádiz es Cádiz, La Barrosa es La Barrosa y yo soy yo. Esa playa gaditana me ha visto crecer y yo la he visto cambiar, y nos hemos visto cada año y me he peleado con cada ola haciendo body-board, así que estaba escrito.

Estaba en La Barrosa con mi padre y mi hermana, una noche de Perseidas. Mi madre no estaba, como tantas veces desde aquello... en fin, que no estaba. Papá, Chiara y yo decidimos ir a ver las estrellas fugaces a la playa, como tantos años había suplicado yo, porque todavía no había superado esa noche en una playa en Jerez en la que estaba todo completamente a oscuras y las estrellas fugaces parecían una maratón de luciérnagas en el cielo, o aquella en la Playa de la Victoria, cuando corrí hacia la orilla, miré hacia arriba cuando ya no veía nada más delante mía y suponía que estaba al borde de la orilla y vi un cielo negro cuajado de estrellas fijas y brillantes como nunca antes lo había visto.

Total, que fuimos a ver estrellas porque yo tenía un antojo. Y fuimos a la derecha, a la parte de las rocas, porque en la playa de delante del paseo marítimo no se podía ver absolutamente nada por culpa de las luces tan fuertes. Fuimos a la zona protegida por el acantilado, desde el cual una vez casi tiro el coche familiar por un pqueño error de nada. El coche está bien a día de hoy.

Ya habiendo avanzado un trecho, papá y Chiara se pararon y se sentaron, alegando que ya estábamos muy lejos. Yo andé unos 10 metros más y me paré, sola. Quería mi noche de estrellas sola. Y con las manos temblando de excitación y la respiración agitada, saqué mi móvil y mis auriculares, los conecté, puse la música a volumen alto, me puse los cascos y miré hacia arriba.

Cielo negro como el azabache pulido. Estrellas perfectas formando constelaciones que había visto miles de veces. Algunas estrellas de colores rojizos o parpadeando. Era perfecto. Era el cielo nocturno puro, o lo más puramente visible que podía conseguir en ese momento teniendo un paseo marítimo escondido a muchos metros. Entre la música alta bloqueando el posible sonido de los otros dos hablando, de más posible gente pasando y del mar, solo estábamos el cielo y yo. No había Luna, así que las estrellas se podían ver perfectamente. Fue genial.

Y de pronto, después de haber esperado admirando el cielo y las constelaciones, un rayo de luz a la derecha de mi campo de visión. La vi terminar. Mi primera estrella fugaz de la noche, sin contar las dos del día anterior, porque esa fue como tres veces más larga. Hizo un rayo con forma de arco, y yo empecé a gritar señalando en la oscuridad como si acabase de ver pasar a la Virgen de la Macarena con la cura del SIDA en una mano y la fórmula de la Coca-Cola en la otra. Un poco humillante visto desde aquí, pero en aquel momento me pareció la reacción apropiada.

Seguí mirando el cielo escuchando música, con una sonrisa de oreja a oreja en la cara y el cuello en un ángulo imposible para no perderme nada. Pasó otra, esta vez un poco más a la izquierda, y más larga, e intenté contener mi entusiasmo, pero en cuanto la voz de mi padre gritándome que si la había visto superó el volumen de mi música, yo también le contesté a gritos.

Yo estaba eufórica. Sentía la energía y la adrenalina concentrándose en mí sin ningún tipo de vía de escape, y por ello empecé a bailar al ritmo de la música. Para cuando me quise dar cuenta me había montado mi propia discoteca en mi burbuja mental y estaba bailando como una profesional y cantando como solamente lo hago en la ducha, le jodiera a quien le jodiese en esa playa.

Y de pronto, estaba yo en plena actuación de "Take My Breath Away" cuando, de hecho, lo que vi me dejó sin aliento.

La vi empezar justo encima de mí, una estrella fugaz blanca, pulsante, con una cola larguísima, que partió el cielo justo encima de mí y desapareció poco antes de llegar al horizonte. Fue larguísima, fue brillantísima, fue preciosa, y la vi empezar y terminar. Creo que hasta se me empañaron los ojos. De lo que me acuerdo fue de que sonreí incluso más fuerte y lancé los dos puños al aire con los brazos extendidos, como si acabase de ganar algo. Me pareció la estrella fugaz más bonita del mundo. Por los gritos supuse que mi padre y mi hermana también la habían visto. Poco después, a la derecha volvió a pasar otra estrella, y esta era de color verde. Lo juro, dejó una estela verde, y lo estuve discutiendo con mi padre todo el camino de vuelta a casa porque él también lo vio. La última estrella fugaz que vi la vi de casualidad, girándome para ver si detrás de mí pasaba alguna, y pasó una cortita. Me lo tomé como un guiño antes de hacer caso a mi padre y girarme para volver a casa.

De camino al coche, gente que había paseando por la arena me miró raro, y recordé que había estado yo sola de rave a oscuras en ese punto perdido de la playa y que me habría oído todo quisqui. Poco me importó en ese momento, la verdad.

Al llegar a casa tardé poco en dormirme por el agotamiento. Pero nunca, nunca se me va a olvidar lo que sentí cuando vi tanta estrella junta, cuando vi ese rayo cruzar el cielo nocturno, cuando entre música, arena y cielo no importó nada más que ser libre.

jueves, 18 de octubre de 2012

Apologies.

Lo siento. Lo siento mucho. Lo siento tanto. Siento todo lo que no hice, lo que no hago, lo que no he hecho y lo que no haré. Te lo mereces todo tanto, y ni siquiera te conozco del todo. Pero no puedo, porque brillas. Brillas tanto que temo quemarme si me acerco, que ya estoy chamuscada por los bordes, o eclipsarte y que dejes de brillar tan fuerte, tan bonito, tan de poema. Eres una estrella de Neruda y de Cummings. Sus estrellas ni siquiera brillan tan bonito como tú. Y parezco obsesionada, ¿eh? Desde aquí lo parezco. Pero no sé explicártelo, ni siquiera me lo explico yo misma, pero es así. No te tengo y estás lejos, y aún así te veo brillar cuando apareces por alguna parte e intento aprovechar todo eso y al mismo tiempo resistir las ganas de acercarme más para ver mejor.

Esto no tiene sentido. Te pido disculpas y luego te digo que brillas. En fin, poco me conoces pero sabrás que es típico de mí no tener sentido. Te estoy pidiendo perdón por ni siquiera haberte dicho que te mereces todo lo bueno que te pueden dar, y que me habría encantado y me encantaría dártelo yo, pero que no estoy lista. Aún no. Si te doy algo alguna vez, quiero que sea más de lo que te daría ahora mismo. No serías feliz con esto, y yo tampoco. Siento saber que no soy suficiente y ni siquiera dejarte opinar al respecto, pero es mejor así. Estoy quemada por los bordes, ¿recuerdas? Larga historia. No te mereces las cenizas. Tú debes tener frases de poemas dedicadas, gestos sencillos y significantes, libertad, espacio, sin cadenas, sin nada que te tape esa luz, sino que la potencie.

Aquí tienes mis frases de poemas, porque estás muy lejos y los gestos no te llegarían, y no puedo darte más libertad y espacio cuando me he encerrado a mí misma con tal de no encerrarte a ti.

Eres mi Sol, mi Luna y todas mis estrellas.

Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo. 

...I'm sorry.

lunes, 17 de septiembre de 2012

Right to the top.

¿Habéis nadado alguna vez en el mar? No me refiero a nadar en el mar como cuando vas a la playa y llegas hasta donde tocas y no te alejas mucho de la orilla y tienes que estar pendiente de dónde está tu sombrilla para que no te arrastre la corriente demasiado lejos. Me refiero a nadar en el mar, saltar desde la borda de un barco al mar y simplemente nadar, porque no hay más que agua a tu alrededor aparte de un barco y una orilla ahí, a lo lejos, que simplemente no te apetece alcanzar. Tirarte al agua, que obviamente estará fría del demonio, y nadar, y patalear, agitar los brazos y abrir los ojos como platos cuando te asomes a la superficie. Y cuando te aseguras de que el barco está cerca, de que la gente está cerca, simplemente nadas.

¿Y nunca habéis sentido las diferencias de temperatura del cuerpo cuando nadas? ¿Sentir la coronilla más fría que el resto del cuerpo cuando te sumerges? ¿Que lo primero que se calienten sean los brazos? ¿Y que de pronto venga una corriente de agua fría y tú quieres pegar un salto y propulsarte fuera del agua porque madre mía, eso de frío era ilegal seguro? ¿Y cuando es una corriente de agua caliente, mirar a todas partes para saber de dónde ha salido y qué era exactamente porque cómo puede estar el agua tan fría y de pronto venir un chorro de agüita templada?

Oh, ¿y qué decir de la sensación que da sumergirse, cerrar los ojos y sencillamente flotar? Al principio es relajante, neutro todo, la calma y la inmovilidad que a la vez es flexible, moverte solamente porque se mueve el agua y no querer abrir los ojos porque eso es situarte, y no quieres saber nada de nada, solamente ser, estar, existir. Notar que también tus párpados están fríos, igual que la cara de tus dedos y por detrás de las rodillas. Y no es silencio, porque oyes moverse el agua, oyes los latidos de tu corazón, oyes lo que fuera no puedes oír. Y de pronto, todo es demasiado.

Todo se convierte en demasiado, porque aunque sea un sentimiento liberador, puro y neutro al mismo tiempo, de existir y ser lo más importante para ti y lo más ínfimo para el resto del mundo, llega un momento en el que es demasiado y sientes que si sigues así por más tiempo explotarás o implosionarás o pasará algo porque es todo tan intenso que te aterroriza hasta el tuétano porque nunca antes habías estado tan cerca de una energía tan pura y de pronto estar demasiado cerca quema, congela, paraliza y te hace vibrar, todo por dentro, al mismo tiempo. Y pataleas con todas tus fuerzas y mueves los brazos hasta que llegas a la superficie y tomas una enorme bocanada de aire tras otra mientras te limpias los ojos de agua salada y los abres todo lo que puedes, y te das cuenta de que todo parece más azul mientras buscas el barco y la gente y lo que te ancla a este mundo porque has estado muy cerca de olvidarlo.

Y les ves, y suspiras aliviado y un poquito resignado, porque están allí, y esa energía estaba, y ahora quieres volver a estar cerca porque ellos tampoco es que se fueran a ir muy lejos y ya veías que tú podías volver. De todas formas, empiezas a nadar hacia el barco entre el agua helada, porque ya hace frío, y subes las escaleras metálicas resbaladizas y te sientas en la borda envuelto en una toalla, con los labios morados y los ojos ligeramente rojos, respirando entrecortadamente, y observas cómo cielo y mar se funden en el horizonte, y te preguntas si en esa línea está la energía que creíste por un momento que se parecía mucho a lo que debería ser la libertad.