Supongo que nunca te das cuenta del momento exacto en el que creces. De niña, cuando era aún muy pequeña, yo pensaba que en cuanto cumplías los dieciocho te convertías en adulto en todos los sentidos, como si de la noche a la mañana madurases y de pronto fueras una persona hecha y derecha. Con el paso de los años, asumí que la gente maduraba hasta los dieciocho, y que ya con esa edad eras adulto, o que como mucho tardabas en ser un adulto hecho y derecho hasta los veinte años. Creo que realmente no comprendí cómo funcionaba todo eso hasta que lo experimenté.
Cuando cumplí quince años, yo ya me consideraba una adolescente en pleno derecho. Quería ser independiente, me veía mucho más lista y madura que los que eran un año menores que yo... creía que me podía comer el mundo. Cuando cumplí dieciséis, ya me veía mayor. Me veía completamente madura, en Bachillerato, rodeada de adultos como yo, perdiéndome en clases recordando cuando era una niña. Cuando cumplí diecisiete, estaba confusa. Era mayor que cuando tenía dieciséis, pero no me sentía tan pesada. Diecisiete era muy cercano a dieciocho, y yo ya estaba integrada en el círculo de los mayores de edad, pero no se me hacía tan pesado como con dieciséis años.Sin embargo, las cosas aún pesaban mucho y los recuerdos todavía parecían de milenios atrás.
Cuando cumplí los dieciocho, se me cayó un velo de los ojos. Con quince, dieciséis y diecisiete se me había pasado por alto una cosa: que era menor de edad. Lo irónico es que eso era parte del problema, porque yo ya quería ser mayor y desentenderme e independizarme y tener mi propia vida, pero no me di cuenta de que en aquel momento había gente que cuidaba de mí por obligación legal, que nunca me iba a quedar realmente sola. Y a lo largo de mis dieciocho años, lo que he aprendido es que vivir sola me daría mucho miedo.
No tengo una familia perfecta. Ni de lejos. Me quejo y con razón, y ellos se quejan de mí y con razón, y todos tenemos razón para quejarnos y a la vez no tanta, porque nadie facilita nada a nadie en esta guerra de supervivencia entre cuatro paredes. Es sorprendente lo que puede hacer una concatenación de hechos que nadie pretendió que ocurriese. La cosa es, que aún así, aunque en un futuro necesite salir de esta casa por mi bien mental, por ahora creo que no estoy preparada para despedirme y marcharme. Hay días que sí, que cogería una mochila y me iría lejos y no miraría atrás, pero creo que a la hora de la práctica no me resultaría tan fácil.
Ahora mismo estoy muy cerca de cumplir diecinueve años. Y he de decir que tengo una teoría. Creo que todos, cuando crecemos, no dejamos de ser niños. Seguimos teniendo generalmente los mismos gustos sobre las cosas que nos gustaban, pero puede que los camuflemos porque no aparentaríamos adultos ante el resto si lo admitiéramos. Dejamos de sorprendernos por todo porque ya lo hemos descubierto, pero hay cosas que siguen dejándonos con la cara desencajada y causándonos pensamientos como "¿lo puedo tocar?". Dejamos de hacer preguntas porque ya sabemos cómo buscar información en Internet. Dejamos de vestirnos con merchandising de nuestras cosas favoritas porque ya comprendemos el concepto de vestuario apropiado para las ocasiones. Dejamos de querer comprarlo todo ante una tienda de juguetes porque pensamos en nuestras carteras, cosa que no hacíamos sobre las de nuestros padres.
Y sin embargo, queremos ser todos tan mayores que luego pasan años sin que vayamos al cine y queramos palomitas y bebida y chuches, o que comamos un helado de los del póster azul, o que probemos cosas como los gusanitos, o que simplemente veamos una película de Disney porque nos gustan las canciones. Y yo lo pienso y es triste. Es triste porque a mí me gusta atiborrarme en el cine, y los helados con regalo o recipiente en forma de animal, y los gusanitos y los chupa-chups, y las películas de Disney y cantar con las escenas, y quiero una piruleta después del médico, y no quiero ponerme ropa incómoda para ir a pasarlo bien, y yo también quiero hacer castillos de arena con cubos. Pero voy a cumplir diecinueve años y no es que no me dejen ya hacer esas cosas, sino que están mal vistas por tanta gente que en público, en ocasiones, prefiero parecer mayor y seria a ser feliz y juzgada por gente mayor y seria.
Sin embargo, he visto las últimas películas de Disney en casa y en el cine. Y busco en Youtube vídeos de las canciones de las películas antiguas. Y si veo un chupa-chups en una tienda después de ir al médico, me compro el que me gusta, y compro las bolsas grandes de gusanitos cada viernes. Y paso corriendo por delante de los escaparates de las tiendas de juguetes porque me conozco y llevo pijamas de princesas y camisetas del Joker de Batman en casa. Y en Madrid no tengo cubos de playa, pero yo me monto en los columpios cuando no hay gente.
No creo que haya un momento exacto en el que alguien crece y bam, adultez. Todos somos niños en cuerpos desarrollados que han vivido durante ya un tiempo y que han madurado en ciertos aspectos, pero me niego a pensar que la madurez anula todo lo bueno que aprendimos de la infancia. No voy a decir que soy madura, porque aún me queda, y tampoco que soy inmadura, porque sabe Dios que he vivido lo mío y he aprendido de ello.
Creo que soy una persona entre medias, como muchas, muchísimas otras, que está llegando a madurar y que, como muchos, muchísimos otros, moriré antes de conseguirlo. Quiero seguir teniendo pensamientos ingenuos a los sesenta, y quiero ser capaz de valerme por mí misma a los veinte. Quiero seguir cantando en bajito la banda sonora de Anastasia a los cincuenta y tres y quiero poder dar consejo a alguien sobre lo que necesite a los veintidós. Creo que me quiero quedar en medio de las dos cosas, para no tener que dejar de aprender y cambiar para bien nunca. Quiero crecer en zigzag. Quiero tardar mucho, todo lo que pueda, en madurar del todo por la edad, y si es posible, no hacerlo nunca, por si acaso. Nunca nadie quiere dejar de sentirse joven.
martes, 17 de septiembre de 2013
viernes, 21 de junio de 2013
Crescendo.
Estaba harta. Estaba harta de esa estúpida y tóxica rutina. Estaba demasiado cansada como para volver a seguir los pasos del mismo baile que siempre acababa con ella tirada en el suelo, malherida y arrepentida de haberse dejado engañar otra vez, para tener que levantarse luego y caer en la misma tradición una y otra vez. Y sinceramente, para ella ya no era lo mismo. Ya no se sentía apegada a él, ya no sentía como si estuvieran hechos el uno para el otro, ya no sentía nada. No, nada no. Ya no sentía nada bueno. Estaba empezando a sentir rencor, resentimiento y rabia hacia él, y eso era lo que estaba haciéndole cada vez más difícil volver a empezar el teatro que era su relación, basada en el inicio, la caída del telón y la vuelta a empezar.
Se estaba haciendo independiente. Hacía semanas que habían tenido una de las grandes discusiones, de las de "¡pues me voy! ¡Pues no vuelvas!", y ella no había ni siquiera pensado en contactar con él para arreglarlo. Se había limitado a seguir con su vida, haciendo sus tareas, trabajando, ocupándose de todos los aspectos de su vida que no eran él. Hasta que él mandó un mensaje que contenía otra variación de la misma confesión de amor de todas las veces, y ella se quedó mirando la pantalla del teléfono con una mezcla de indignación, sorpresa y confusión, antes de lanzar el móvil hacia el sofá, poniendo los ojos en blanco y soltando un bufido exasperado.
"¿Pero quién se ha creído que es, haciendo todo lo que le da la real gana cuando quiere sin pensar en nada ni nadie más? ¡Es la enésima vez que me hace esto, la enésima! ¡Y la última! ¡La última, te digo! Fíjate cómo va por la vida, sin importarle un bledo si a alguien le molestan sus caprichos de señorito. ¡Pues así no, eh, no! ¡Nadie te va a querer con un bloque de hielo en el pecho! ¡A ver si coges una pulmonía o algo! ¡Imbécil! ¡No me vuelvas a dirigir la palabra nunca más, fantoche!"
Hay que admitir que a su gato no pareció afectarle el discurso, o simplemente el animal sabía que no le estaban hablando a él. O su dueña había, por fin, perdido la cabeza. Meh. Quién sabía.
Días después, su compañera de trabajo dejó caer casualmente en una conversación que el otro día él había entrado en la tienda, preguntando por ella. Sus manos se detuvieron un momento y quedaron sus pendidas en el aire, agarrando fuertemente un libro, a un palmo de distancia del estante al que pertenecía. Colocando el ejemplar con movimientos rígidos y lentos, intentando controlar su carácter y no derribar entera la estantería a golpes entre gritos, preguntó con voz y sonrisa forzadas cómo había ido la visita. Su compañera, fingiendo indiferencia, comentó que le había dicho que básicamente no sabía nada y que le había despachado en pocos instantes, largándole con viento fresco. Un suspiro de alivio, una sonrisa sincera y una cabeza gacha fueron suficiente para que su compañera preguntase, con un tono de voz entre amable y preocupado, si debía haberle dicho dónde encontrarla. Ella negó con la cabeza, sin mirarla, mientras se incorporaba y colocaba un mechón de pelo tras su oreja.
Porque, al fin y al cabo, había aprendido a vivir sin lo que ella antes había creído que era su mitad, y después de todo lo que le costó acostumbrarse a ello tras mil y una decepciones con el mismo sabor a derrota, él seguía buscándola para una prueba-y-error más, para otro experimento fallido.
Pero ella se negaba a reconocerle como la persona que ella había creído que era, la persona que había ido desapareciendo a medida que avanzaba su relación y que ella volvía a casa con el corazón un poquito más roto, la sonrisa ligeramente más triste, las ganas una pizca menos vivas. Y ella no era ilusa, sabía que él simplemente no era una persona de sentimientos y de hablar con el corazón en la mano, pero se había cansado de intentar contrarrestar el frío que irradiaba cada vez que intentaba acercarse a él. Solo esperaba que el frío no fuera todo lo que pudiera ofrecerle, pero ella se rindió al fin. Decidió alejarse de su frío y de él, y no volver a dejarle acercarse.
Y pasaron más días, y más semanas, y más meses, ignorando mensajes y llamadas, tirando las flores que llegaban a su puerta, regalándole los bombones a su jefa para que se los diera a sus hijos, y aprendiendo a dejar de escuchar baladas sobre el desamor en su tiempo libre, gastándose un dineral en vodka, chocolate y helado para ahogar las penas. Sustituyendo "Titanic" y "El Diario de Bridget Jones" por "Los Ángeles de Charlie" y cualquier tipo de película que no estuviera centrada en el tema amoroso y que tuviera algún punto de comedia relajante o histérica. Visitando a sus padres utilizando unos días libres que su jefa le había permitido e incluso aconsejado vigorosamente, alegando que no se había tomado un descanso en mucho tiempo. Dedicándole más tiempo a su gato, que ya solamente parecía pensar en ella como un dispensador de alimento. Paseando, escribiendo, cocinando, leyendo, cumpliendo con todas las cosas que le gustaban para volver a sentirse bien y entera.
Sin embargo, los días que llegaba algún mensaje más, se permitía tumbarse en la cama en la penumbra de su habitación, con las luces apagadas, rememorándolo todo, y deseando cosas como no haberle conocido nunca, no haberle dejado besarla en aquella primera cita, no haberle llevado a su apartamento, no haber aceptado su primera proposición, no haber tenido nada con él. A veces, incluso se decía a sí misma que no debería haberle creído, que debería haber sabido que él le prometía demasiadas cosas como para ser todas ciertas, que había sido una ilusa, que todo había sido demasiado bonito como para ser cierto. Pero acabó aprendiendo a levantarse de la cama, reafirmándose en que no iba a volver, que no iba a dejarse arrastrar otra vez, que había terminado con esa relación y con él, y que si después de tantas veces intentándolo tenían que seguir haciéndolo, que quizá no valía la pena intentarlo ya. Y con eso, volvía a intentar aprender a sonreír sola otra vez.
Hasta que una vez, no fue un sonido procedente de su teléfono, sino un golpeteo en su puerta. Y al abrir, le encontró frente a ella, con una sonrisa nerviosa y las manos en los bolsillos, pidiendo hablar y explicarse.
"Mira, verás, sé que hace tiempo que no contestas cuando intento hablar contigo, así que pensé que necesitabas un tiempo para pensar y eso, y creo que ya he esperado lo suficiente, así que venía para saber si... ya sabes..."
"¿Pero quién te crees que eres para pensar que en todo este tiempo estaba pensando en ti?"
"Mujer, pues yo..."
"No, no, tú nada. Después de haberme pasado por encima tantas veces, no tienes derecho a nada. Tú solo te preocupas por mí cuando te aburres, solo quieres asegurarte unos brazos en los que dormir y alguien que te espera cuando vuelves a casa, y no te preocupas por nada más mientras eso siga ahí. Pues estoy harta, no soy tu almohada ni tu mascota."
"Oye, creo que estas exagerando, sabes que..."
"¡No! No estoy exagerando. ¿Ves? No escuchas lo que te digo. Nunca lo haces, siempre crees que todo va bien cuando ni siquiera te molestas en averiguarlo. Siempre he sido yo la que te he escuchado y a la que tú no has preguntado nunca nada para preocuparte por mí. Sé que no eres una persona cálida, pero estoy harta de tu comportamiento de suficiencia hacia todo, así que por favor, déjame. Vete."
"Cariño, en serio, tranquilízate, he venido a hablar y a hacerte recapacitar para que vuelvas..."
"¿Recapacitar? ¿Pero te estás oyendo? ¿Me has oído a mí, siquiera? ¡Que no quiero volver, que estoy harta de que estés dejando daños colaterales a diestro y siniestro mientras haces lo que quieres y yo me dejo hacer! ¡Que no voy a volver a dejar que me pases por encima para conseguir lo que quieres! ¡Que no quiero más besos fríos ni conversaciones de monólogos ni días pasando sin pena ni gloria! ¡No voy a volver, no quiero que vuelvas!"
Y con eso, le cerró la puerta en las narices, murmurando "¿quién se creerá que es?" para sí misma, sin pensar en el escándalo que seguramente habría sido oído por todos sus vecinos, alejándose de la entrada indignada para ir a acariciar a su mascota, mientras seguía pensando "en serio, ¿pero quién se ha creído para presentarse aquí así, de la nada, diciendo esas cosas, como si hubiéramos hablado de arreglarlo ayer? ¿Pero tendrá cara?", rascando bajo la barbilla del gato.
Su mascota cerró los ojos y ronroneó hasta que ella se calmó y sonrió ligeramente, dándole unas ligeras y cariñosas palmaditas al animal sobre la cabeza.
"¿Y a quién le importaba ya?"
Se estaba haciendo independiente. Hacía semanas que habían tenido una de las grandes discusiones, de las de "¡pues me voy! ¡Pues no vuelvas!", y ella no había ni siquiera pensado en contactar con él para arreglarlo. Se había limitado a seguir con su vida, haciendo sus tareas, trabajando, ocupándose de todos los aspectos de su vida que no eran él. Hasta que él mandó un mensaje que contenía otra variación de la misma confesión de amor de todas las veces, y ella se quedó mirando la pantalla del teléfono con una mezcla de indignación, sorpresa y confusión, antes de lanzar el móvil hacia el sofá, poniendo los ojos en blanco y soltando un bufido exasperado.
"¿Pero quién se ha creído que es, haciendo todo lo que le da la real gana cuando quiere sin pensar en nada ni nadie más? ¡Es la enésima vez que me hace esto, la enésima! ¡Y la última! ¡La última, te digo! Fíjate cómo va por la vida, sin importarle un bledo si a alguien le molestan sus caprichos de señorito. ¡Pues así no, eh, no! ¡Nadie te va a querer con un bloque de hielo en el pecho! ¡A ver si coges una pulmonía o algo! ¡Imbécil! ¡No me vuelvas a dirigir la palabra nunca más, fantoche!"
Hay que admitir que a su gato no pareció afectarle el discurso, o simplemente el animal sabía que no le estaban hablando a él. O su dueña había, por fin, perdido la cabeza. Meh. Quién sabía.
Días después, su compañera de trabajo dejó caer casualmente en una conversación que el otro día él había entrado en la tienda, preguntando por ella. Sus manos se detuvieron un momento y quedaron sus pendidas en el aire, agarrando fuertemente un libro, a un palmo de distancia del estante al que pertenecía. Colocando el ejemplar con movimientos rígidos y lentos, intentando controlar su carácter y no derribar entera la estantería a golpes entre gritos, preguntó con voz y sonrisa forzadas cómo había ido la visita. Su compañera, fingiendo indiferencia, comentó que le había dicho que básicamente no sabía nada y que le había despachado en pocos instantes, largándole con viento fresco. Un suspiro de alivio, una sonrisa sincera y una cabeza gacha fueron suficiente para que su compañera preguntase, con un tono de voz entre amable y preocupado, si debía haberle dicho dónde encontrarla. Ella negó con la cabeza, sin mirarla, mientras se incorporaba y colocaba un mechón de pelo tras su oreja.
Porque, al fin y al cabo, había aprendido a vivir sin lo que ella antes había creído que era su mitad, y después de todo lo que le costó acostumbrarse a ello tras mil y una decepciones con el mismo sabor a derrota, él seguía buscándola para una prueba-y-error más, para otro experimento fallido.
Pero ella se negaba a reconocerle como la persona que ella había creído que era, la persona que había ido desapareciendo a medida que avanzaba su relación y que ella volvía a casa con el corazón un poquito más roto, la sonrisa ligeramente más triste, las ganas una pizca menos vivas. Y ella no era ilusa, sabía que él simplemente no era una persona de sentimientos y de hablar con el corazón en la mano, pero se había cansado de intentar contrarrestar el frío que irradiaba cada vez que intentaba acercarse a él. Solo esperaba que el frío no fuera todo lo que pudiera ofrecerle, pero ella se rindió al fin. Decidió alejarse de su frío y de él, y no volver a dejarle acercarse.
Y pasaron más días, y más semanas, y más meses, ignorando mensajes y llamadas, tirando las flores que llegaban a su puerta, regalándole los bombones a su jefa para que se los diera a sus hijos, y aprendiendo a dejar de escuchar baladas sobre el desamor en su tiempo libre, gastándose un dineral en vodka, chocolate y helado para ahogar las penas. Sustituyendo "Titanic" y "El Diario de Bridget Jones" por "Los Ángeles de Charlie" y cualquier tipo de película que no estuviera centrada en el tema amoroso y que tuviera algún punto de comedia relajante o histérica. Visitando a sus padres utilizando unos días libres que su jefa le había permitido e incluso aconsejado vigorosamente, alegando que no se había tomado un descanso en mucho tiempo. Dedicándole más tiempo a su gato, que ya solamente parecía pensar en ella como un dispensador de alimento. Paseando, escribiendo, cocinando, leyendo, cumpliendo con todas las cosas que le gustaban para volver a sentirse bien y entera.
Sin embargo, los días que llegaba algún mensaje más, se permitía tumbarse en la cama en la penumbra de su habitación, con las luces apagadas, rememorándolo todo, y deseando cosas como no haberle conocido nunca, no haberle dejado besarla en aquella primera cita, no haberle llevado a su apartamento, no haber aceptado su primera proposición, no haber tenido nada con él. A veces, incluso se decía a sí misma que no debería haberle creído, que debería haber sabido que él le prometía demasiadas cosas como para ser todas ciertas, que había sido una ilusa, que todo había sido demasiado bonito como para ser cierto. Pero acabó aprendiendo a levantarse de la cama, reafirmándose en que no iba a volver, que no iba a dejarse arrastrar otra vez, que había terminado con esa relación y con él, y que si después de tantas veces intentándolo tenían que seguir haciéndolo, que quizá no valía la pena intentarlo ya. Y con eso, volvía a intentar aprender a sonreír sola otra vez.
Hasta que una vez, no fue un sonido procedente de su teléfono, sino un golpeteo en su puerta. Y al abrir, le encontró frente a ella, con una sonrisa nerviosa y las manos en los bolsillos, pidiendo hablar y explicarse.
"Mira, verás, sé que hace tiempo que no contestas cuando intento hablar contigo, así que pensé que necesitabas un tiempo para pensar y eso, y creo que ya he esperado lo suficiente, así que venía para saber si... ya sabes..."
"¿Pero quién te crees que eres para pensar que en todo este tiempo estaba pensando en ti?"
"Mujer, pues yo..."
"No, no, tú nada. Después de haberme pasado por encima tantas veces, no tienes derecho a nada. Tú solo te preocupas por mí cuando te aburres, solo quieres asegurarte unos brazos en los que dormir y alguien que te espera cuando vuelves a casa, y no te preocupas por nada más mientras eso siga ahí. Pues estoy harta, no soy tu almohada ni tu mascota."
"Oye, creo que estas exagerando, sabes que..."
"¡No! No estoy exagerando. ¿Ves? No escuchas lo que te digo. Nunca lo haces, siempre crees que todo va bien cuando ni siquiera te molestas en averiguarlo. Siempre he sido yo la que te he escuchado y a la que tú no has preguntado nunca nada para preocuparte por mí. Sé que no eres una persona cálida, pero estoy harta de tu comportamiento de suficiencia hacia todo, así que por favor, déjame. Vete."
"Cariño, en serio, tranquilízate, he venido a hablar y a hacerte recapacitar para que vuelvas..."
"¿Recapacitar? ¿Pero te estás oyendo? ¿Me has oído a mí, siquiera? ¡Que no quiero volver, que estoy harta de que estés dejando daños colaterales a diestro y siniestro mientras haces lo que quieres y yo me dejo hacer! ¡Que no voy a volver a dejar que me pases por encima para conseguir lo que quieres! ¡Que no quiero más besos fríos ni conversaciones de monólogos ni días pasando sin pena ni gloria! ¡No voy a volver, no quiero que vuelvas!"
Y con eso, le cerró la puerta en las narices, murmurando "¿quién se creerá que es?" para sí misma, sin pensar en el escándalo que seguramente habría sido oído por todos sus vecinos, alejándose de la entrada indignada para ir a acariciar a su mascota, mientras seguía pensando "en serio, ¿pero quién se ha creído para presentarse aquí así, de la nada, diciendo esas cosas, como si hubiéramos hablado de arreglarlo ayer? ¿Pero tendrá cara?", rascando bajo la barbilla del gato.
Su mascota cerró los ojos y ronroneó hasta que ella se calmó y sonrió ligeramente, dándole unas ligeras y cariñosas palmaditas al animal sobre la cabeza.
"¿Y a quién le importaba ya?"
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De mayor quiero ser escritora perturbada.
lunes, 18 de marzo de 2013
Ven.
Ven, que te quiero querer. Te voy a querer como quiero yo, como quieras tú, como queramos. Te voy a querer despacio, con delicadeza, arrastrando las yemas de mis dedos bajando desde tu cuello hasta tu ombligo, observando todas tus reacciones, mirándote a los ojos, haciéndote pensar nada más que en mí. Otras veces te querré rápido, fuerte, de forma agresiva, ansiosa, necesitándote, consumiéndome, clavándote las uñas y arrastrándolas para dejar marca, mordiéndote el cuerpo, convirtiéndolo todo en una guerra de poder por poder.
Te querré sin nada más, sin alteraciones, tú y solo tú y yo y solo yo, para poder hacer luego recuento de todo en mi mente y no perderme ningún detalle de nada. Y a veces te querré con alcohol, con drogas, con sentimientos encontrados, perdiéndome en ti, en el espacio, sin saber dónde estamos ni qué hacemos, dejándome llevar y que me lleves, cuerpos y palabras fluyendo como las sustancias en mis venas y causando los mismos desastres y consecuencias.
Te querré nada más abrir los ojos, preguntándome si tú ya habrás despertado, desayunando mientras pienso en qué habrás hecho tú hasta ese momento del día, preparándome mientras pienso en qué te habrás puesto hoy para quitarme el aliento, haré mi rutina diaria esperando verte cuando no te vea y, si te veo, esperando que no te vayas y que a la vez lo hagas porque, como dijo alguien alguna vez, odio ver cómo te vas pero me encanta mirar cómo te marchas.
Te querré con sueño, en mi cama, en el sofá, bajo una manta, echando de menos tu calor sin ser el mío suficiente, sustituyendo tu cuerpo con cojines y almohadas, imaginando tu olor como si me hubiese refugiado en tu cuello, tu tacto como el de tu abdomen para abrazarte, tu espalda para pegarme a ti, tu pelo haciéndome cosquillas en la frente, tus piernas para entrelazarlas con las mías, tu presencia para calmar el cansancio de todo el día y alejar las pesadillas que puedan tratar sobre que estés lejos de mí.
Te querré fuera, en la calle, a la luz del Sol o de las farolas, ignorando a la gran mayoría del resto de la gente, llevándote a sitios bonitos para que te alegres y comprándote cosas para que te enfades o te dé vergüenza y me regañes diciendo que te voy a malcriar y que es injusto, y que a la próxima pagas tú. Te querré mientras miras paisajes, mientras observas a la gente, mientras me cuentas cosas en el Metro haciendo que se entere todo el vagón, mientras hacemos que todos se den cuenta de que te quiero. Y a refugio, en casa, tuya, mía o ajena, te querré en privado, de forma casera, conmigo en el sofá o tú mirando mientras cocino y abrazándome por detrás y viceversa, haciéndotelo yo a ti.
Me costará quererte en voz alta, decirte cosas como esta para que tú me oigas, porque mi mente y el resto de mí necesitan tiempo y paz para ponerse de acuerdo en qué decir, el peso que ello vaya a tener, cómo decirlo y cómo hacer para no tartamudear ni hacerse un lío y que me entiendas a la primera. Sin embargo, por eso te quiero por escrito, porque así lo podrás guardar para por si algún día necesitas recordarlo, o lo podrás leer sin interrupciones o silencios raros o mi manía de no ser capaz de abrirme completamente a la hora de hablar de cosas tan fuertes. Podrás llevarlo contigo, memorizarlo, hacer con ello lo que quieras, pero no se lo podrá llevar el viento ni podrá perderse entre sábanas.
Te querré de todas las formas si vienes. Y si no vienes, te querré de lejos, esperando. Pero te querré igual mientras sepa que tú también me quieres.
Te querré sin nada más, sin alteraciones, tú y solo tú y yo y solo yo, para poder hacer luego recuento de todo en mi mente y no perderme ningún detalle de nada. Y a veces te querré con alcohol, con drogas, con sentimientos encontrados, perdiéndome en ti, en el espacio, sin saber dónde estamos ni qué hacemos, dejándome llevar y que me lleves, cuerpos y palabras fluyendo como las sustancias en mis venas y causando los mismos desastres y consecuencias.
Te querré nada más abrir los ojos, preguntándome si tú ya habrás despertado, desayunando mientras pienso en qué habrás hecho tú hasta ese momento del día, preparándome mientras pienso en qué te habrás puesto hoy para quitarme el aliento, haré mi rutina diaria esperando verte cuando no te vea y, si te veo, esperando que no te vayas y que a la vez lo hagas porque, como dijo alguien alguna vez, odio ver cómo te vas pero me encanta mirar cómo te marchas.
Te querré con sueño, en mi cama, en el sofá, bajo una manta, echando de menos tu calor sin ser el mío suficiente, sustituyendo tu cuerpo con cojines y almohadas, imaginando tu olor como si me hubiese refugiado en tu cuello, tu tacto como el de tu abdomen para abrazarte, tu espalda para pegarme a ti, tu pelo haciéndome cosquillas en la frente, tus piernas para entrelazarlas con las mías, tu presencia para calmar el cansancio de todo el día y alejar las pesadillas que puedan tratar sobre que estés lejos de mí.
Te querré fuera, en la calle, a la luz del Sol o de las farolas, ignorando a la gran mayoría del resto de la gente, llevándote a sitios bonitos para que te alegres y comprándote cosas para que te enfades o te dé vergüenza y me regañes diciendo que te voy a malcriar y que es injusto, y que a la próxima pagas tú. Te querré mientras miras paisajes, mientras observas a la gente, mientras me cuentas cosas en el Metro haciendo que se entere todo el vagón, mientras hacemos que todos se den cuenta de que te quiero. Y a refugio, en casa, tuya, mía o ajena, te querré en privado, de forma casera, conmigo en el sofá o tú mirando mientras cocino y abrazándome por detrás y viceversa, haciéndotelo yo a ti.
Me costará quererte en voz alta, decirte cosas como esta para que tú me oigas, porque mi mente y el resto de mí necesitan tiempo y paz para ponerse de acuerdo en qué decir, el peso que ello vaya a tener, cómo decirlo y cómo hacer para no tartamudear ni hacerse un lío y que me entiendas a la primera. Sin embargo, por eso te quiero por escrito, porque así lo podrás guardar para por si algún día necesitas recordarlo, o lo podrás leer sin interrupciones o silencios raros o mi manía de no ser capaz de abrirme completamente a la hora de hablar de cosas tan fuertes. Podrás llevarlo contigo, memorizarlo, hacer con ello lo que quieras, pero no se lo podrá llevar el viento ni podrá perderse entre sábanas.
Te querré de todas las formas si vienes. Y si no vienes, te querré de lejos, esperando. Pero te querré igual mientras sepa que tú también me quieres.
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Shit Claudia says.
martes, 26 de febrero de 2013
Light.
Nunca he entendido algunas manías de la gente, como la de hacerse fotos ocultando toda su cara excepto los ojos, o recortar las fotos para que solo se vean sus ojos. Sí, cierto es que yo he hecho ambas cosas alguna vez, pero no es algo que me guste. Los ojos me parecen una parte muy importante de la personalidad de una persona. Mirando a alguien a los ojos puedes saber si miente, si no, si está triste, si está contento, si está bien o enfermo, si está vivo o no. Mirar a alguien a los ojos también es establecer una comunicación con esa persona, y creo que es un tipo de comunicación más especial que la que se hace con palabras o gestos.
Soy bastante impertinente en ese tema. Me gusta mirar a la gente directamente a los ojos cuando necesito entenderles bien o que me entiendan, y por ello nunca entenderé por qué algunos lo consideran como una falta de respeto o una muestra de mala educación. Si hablo con alguien a quien no estoy mirando a los ojos, siento como si no le estuviera prestando atención y como si realmente le estuviera faltando el respeto a esa persona. Necesito mirar a los ojos al hablar para saber que estoy hablando y que no estoy hablándole al viento, y para dar a entender que yo también estoy escuchando.
Tampoco me hace falta estar conversando con alguien para tener que mirarle a los ojos. Necesito mirarle a los ojos para saber si está bien, si me oculta algo, si está molesto, enfadado, triste, solo, contento, feliz, orgulloso, destrozado, eufórico, tranquilo, cualquier cosa. Puedo estar tranquilamente dejando pasar el tiempo mirando a los ojos de alguien, memorizando detalles de los iris, leyendo expresiones, intentando desentrañar lo que ocultan sus ojos, leerlos, saber en qué están pensando. No ser capaz de mirar a los ojos a una persona cuando está delante de mí puede ser el mayor insulto o desprecio que soy capaz de hacer, o la mayor muestra de vulnerabilidad.
En ocasiones, yo oculto mis ojos. Recorto mis fotos de nariz hacia abajo, camino con los ojos cerrados, llevo gafas de sol, miro de reojo, evito la mirada, camino mirando al suelo, agacho la cabeza, miro al cielo o a cualquier otra parte, etcétera. Cuando no estoy bien, no me gusta que me miren a los ojos. Cuando me encuentro débil o no me siento fuerte, rehuyo la mirada. Cuando no tengo fuerzas o estoy cansada, cierro los ojos la mayoría del tiempo. Cuando no quiero hablar, agacho la cabeza y escondo la cara. Cuando tengo que aparentar que no lo estoy, tengo que usar gafas de sol o concentrarme demasiado en mirar a un punto fijo. No me gusta llorar, porque es la expresión física a través de los ojos, y es demasiado íntimo. Mis ojos son demasiado privados, a veces.
Y a veces, cuando el día me desgasta, solo quiero cerrar los ojos y esconderme. Que me acaricien el pelo. Que me arropen con una manta. Escuchar música de piano. Que me canten lento y bajo. Que otros miren por mí. Que me dejen no ver nada. Que me dejen guardarme. Que me guarden. Que me permitan cerrar los ojos. Y dormir.
Soy bastante impertinente en ese tema. Me gusta mirar a la gente directamente a los ojos cuando necesito entenderles bien o que me entiendan, y por ello nunca entenderé por qué algunos lo consideran como una falta de respeto o una muestra de mala educación. Si hablo con alguien a quien no estoy mirando a los ojos, siento como si no le estuviera prestando atención y como si realmente le estuviera faltando el respeto a esa persona. Necesito mirar a los ojos al hablar para saber que estoy hablando y que no estoy hablándole al viento, y para dar a entender que yo también estoy escuchando.
Tampoco me hace falta estar conversando con alguien para tener que mirarle a los ojos. Necesito mirarle a los ojos para saber si está bien, si me oculta algo, si está molesto, enfadado, triste, solo, contento, feliz, orgulloso, destrozado, eufórico, tranquilo, cualquier cosa. Puedo estar tranquilamente dejando pasar el tiempo mirando a los ojos de alguien, memorizando detalles de los iris, leyendo expresiones, intentando desentrañar lo que ocultan sus ojos, leerlos, saber en qué están pensando. No ser capaz de mirar a los ojos a una persona cuando está delante de mí puede ser el mayor insulto o desprecio que soy capaz de hacer, o la mayor muestra de vulnerabilidad.
En ocasiones, yo oculto mis ojos. Recorto mis fotos de nariz hacia abajo, camino con los ojos cerrados, llevo gafas de sol, miro de reojo, evito la mirada, camino mirando al suelo, agacho la cabeza, miro al cielo o a cualquier otra parte, etcétera. Cuando no estoy bien, no me gusta que me miren a los ojos. Cuando me encuentro débil o no me siento fuerte, rehuyo la mirada. Cuando no tengo fuerzas o estoy cansada, cierro los ojos la mayoría del tiempo. Cuando no quiero hablar, agacho la cabeza y escondo la cara. Cuando tengo que aparentar que no lo estoy, tengo que usar gafas de sol o concentrarme demasiado en mirar a un punto fijo. No me gusta llorar, porque es la expresión física a través de los ojos, y es demasiado íntimo. Mis ojos son demasiado privados, a veces.
Y a veces, cuando el día me desgasta, solo quiero cerrar los ojos y esconderme. Que me acaricien el pelo. Que me arropen con una manta. Escuchar música de piano. Que me canten lento y bajo. Que otros miren por mí. Que me dejen no ver nada. Que me dejen guardarme. Que me guarden. Que me permitan cerrar los ojos. Y dormir.
miércoles, 9 de enero de 2013
How come?
¿Cuántos tipos de gente hay según su forma de enamorarse? Yo soy de las que piensa que cada uno se enamora de una manera diferente cada vez que lo hace, pero también creo que depende del tipo de persona que uno sea. He conocido a mucha gente enamorada, y ello solo ha hecho que reforzase mi teoría. De los que más he visto son de unos tipos concretos.
Hay enamorados que lo dan todo por ese amor porque temen lo que haya sin él. Esos me dan un poco de pena, porque tanto entiendo el miedo que tienen como creo que no es una buena manera de querer. No puedes querer pretendiendo protegerte del otro. El amor no se trata de eso, o al menos eso me han enseñado. Cuando amas bien, amas con confianza, sin miedo, con brillo en los ojos y sonrisa. El miedo es fuerte, pero no debería eclipsar cosas como esa. No vale la pena, al final.
Luego están los enamorados fríos, que quieren por dentro, aunque no lo aparenten por fuera. Yo he sido una enamorada fría, y en nuestra defensa diré que sí, que a ojos ajenos podemos no dar las suficientes muestras de cariño a la otra persona y parecer muy pensativos y encerrados en nosotros mismos, pero un enamorado frío te querrá más fuerte y de manera más limpia mientras camina contigo hablando de cosas importantes para ambos sin tan siquiera cogerte de la mano que aquel que abraza a dos personas de la misma manera mientras habla de las mismas tonterías.
También están los enamorados dobles, que dejan de ver al resto del mundo para poder mirar a su pareja. Son los que yo menos aguanto, porque ocupan aceras y bancos, aparecen cuando más sola y deprimida me siento y, si estoy con alguna pareja así, me acabo sintiendo bastante discriminada por parte de todo el amor en general.
Unos de mis favoritos son los enamorados silenciosos, que pueden estar o juntos o a una o varias mesas de distancia, pero siempre con uno de sus sentidos pendiente de la otra persona. Si no se miran, se escuchan o se sienten. Pero todo lo hacen siempre en silencio, o en bajito, sin hacer mucho ruido, para no interrumpir esas miradas que lo dicen todo o esa atención sagrada que se prestan. Me encanta presenciar los momentos de esas parejas, y cuando yo me convierto en una de ellos, os juro que es mágico, que esas miradas hablan, que esas caricias sin prisa o ansiosas pero lentas y calculadas o completamente inconscientes son mágicas.
Y, por último, quiero hablar de los enamorados con derecho.
Reconoces a esa gente en cuanto hablas con ellos. Son gente poco corriente, en general, porque suelen tener una energía fuerte, un carácter sólido, una forma de hablar cuando se ponen serios que te da ganas de callar para escuchar y tener conversaciones de horas sobre temas importantes con ellos. Resaltan de alguna manera y les identificas. Y todos, todos, tienen buen corazón en el fondo, a pesar de su historia o sus intenciones, independientemente del momento que sea. En algún momento lo dejan claro. Esas personas pueden no estar enamoradas de alguien en concreto, y ahí les verás enamorados de los días, de la vida, de la rutina, de la calma, de la felicidad, de algo que les proporcione alegría.
Lo mejor es cuando se enamoran. Muchos tienen recelo al principio, porque temen que duela, y otros no. Los hay que necesitan tanto querer que saben de golpe a quién querer nada más verle. Y cuando se enamoran, crecen y se transforman. Toman energía pensando en esa persona, sonríen viendo a esa persona, se excitan escuchando a esa persona, se calman sintiendo cerca a esa persona. Y es bonito verlo.
Hay gente con madera de ser un amor de una vida, y eso se nota, porque cuando se enamoran, inspiran. Yo creo que esas personas son los ángeles que nos quedan, los que saben querer bien, a pesar de poder errar por ser humanos alguna vez. Lo único que espero es que todos los ángeles sean queridos bien en algún momento y que les dure mucho, mucho, para siempre, y que todos seamos, en algún momento, todos los tipos de enamorados, porque así aprenderemos a querer bien.
Hay enamorados que lo dan todo por ese amor porque temen lo que haya sin él. Esos me dan un poco de pena, porque tanto entiendo el miedo que tienen como creo que no es una buena manera de querer. No puedes querer pretendiendo protegerte del otro. El amor no se trata de eso, o al menos eso me han enseñado. Cuando amas bien, amas con confianza, sin miedo, con brillo en los ojos y sonrisa. El miedo es fuerte, pero no debería eclipsar cosas como esa. No vale la pena, al final.
Luego están los enamorados fríos, que quieren por dentro, aunque no lo aparenten por fuera. Yo he sido una enamorada fría, y en nuestra defensa diré que sí, que a ojos ajenos podemos no dar las suficientes muestras de cariño a la otra persona y parecer muy pensativos y encerrados en nosotros mismos, pero un enamorado frío te querrá más fuerte y de manera más limpia mientras camina contigo hablando de cosas importantes para ambos sin tan siquiera cogerte de la mano que aquel que abraza a dos personas de la misma manera mientras habla de las mismas tonterías.
También están los enamorados dobles, que dejan de ver al resto del mundo para poder mirar a su pareja. Son los que yo menos aguanto, porque ocupan aceras y bancos, aparecen cuando más sola y deprimida me siento y, si estoy con alguna pareja así, me acabo sintiendo bastante discriminada por parte de todo el amor en general.
Unos de mis favoritos son los enamorados silenciosos, que pueden estar o juntos o a una o varias mesas de distancia, pero siempre con uno de sus sentidos pendiente de la otra persona. Si no se miran, se escuchan o se sienten. Pero todo lo hacen siempre en silencio, o en bajito, sin hacer mucho ruido, para no interrumpir esas miradas que lo dicen todo o esa atención sagrada que se prestan. Me encanta presenciar los momentos de esas parejas, y cuando yo me convierto en una de ellos, os juro que es mágico, que esas miradas hablan, que esas caricias sin prisa o ansiosas pero lentas y calculadas o completamente inconscientes son mágicas.
Y, por último, quiero hablar de los enamorados con derecho.
Reconoces a esa gente en cuanto hablas con ellos. Son gente poco corriente, en general, porque suelen tener una energía fuerte, un carácter sólido, una forma de hablar cuando se ponen serios que te da ganas de callar para escuchar y tener conversaciones de horas sobre temas importantes con ellos. Resaltan de alguna manera y les identificas. Y todos, todos, tienen buen corazón en el fondo, a pesar de su historia o sus intenciones, independientemente del momento que sea. En algún momento lo dejan claro. Esas personas pueden no estar enamoradas de alguien en concreto, y ahí les verás enamorados de los días, de la vida, de la rutina, de la calma, de la felicidad, de algo que les proporcione alegría.
Lo mejor es cuando se enamoran. Muchos tienen recelo al principio, porque temen que duela, y otros no. Los hay que necesitan tanto querer que saben de golpe a quién querer nada más verle. Y cuando se enamoran, crecen y se transforman. Toman energía pensando en esa persona, sonríen viendo a esa persona, se excitan escuchando a esa persona, se calman sintiendo cerca a esa persona. Y es bonito verlo.
Hay gente con madera de ser un amor de una vida, y eso se nota, porque cuando se enamoran, inspiran. Yo creo que esas personas son los ángeles que nos quedan, los que saben querer bien, a pesar de poder errar por ser humanos alguna vez. Lo único que espero es que todos los ángeles sean queridos bien en algún momento y que les dure mucho, mucho, para siempre, y que todos seamos, en algún momento, todos los tipos de enamorados, porque así aprenderemos a querer bien.
martes, 4 de diciembre de 2012
Su-su-su-su-su, su-su-su-su-su-suspenso.
La última vez que actualicé esto, fue para escribir sobre la noche más bonita de mi vida. Algún día escribiré sobre la más triste, o sobre la peor, pero en fin, la última vez que hablé aquí de una noche fue de la noche de la lluvia de estrellas. De todas formas, en todas las noches de mi vida hay una cosa en común, cosa que no he dicho a mucha gente aunque sean obvias, y nunca me han faltado. Siempre he tenido estrellas, todas las noches.
En mi vida he tenido dos grandes obsesiones: los ángeles y las estrellas. Los ángeles, más por curiosidad sobre la leyenda y por fascinación, y las estrellas directamente son objeto de admiración total, desde siempre lo han sido para mí.
¿Os habéis fijado en que casi siempre hay estrellas? ¿Qué es una vida, una noche sin estrellas? ¿No es triste mirar al cielo nocturno y no ver estrellas por culpa de la contaminación lumínica o una simple noche nublada? Y cuando hay estrellas, ¿no es precioso? ¿No sentís como una reafirmación de que todo sigue en su sitio, por muy bien o mal que estén las cosas?
Prefiero las noches de estrellas sin Luna. Muchas veces me he sentido como un personaje secundario en mi propia vida, como una estrella muy lejana detrás de la Luna, que la eclipsa. Prefiero a las estrellas. Las hay más pequeñas, más grandes, más o menos vivas, más o menos cercanas, pero desde aquí, todas las que podemos ver ocupan el cielo de la misma manera siendo cada una distinta de la otra, sin tener que taparse las unas a las otras.
Recuerdo ir al Planetario mucho con mi padre y mi hermana. Veíamos todo tipo de sesiones, desde las de niños hasta las de constelaciones y cambios de estaciones, y luego nos recorríamos todas las salas. Recuerdo la sala de experimentación entre las diferencias de las atmósferas de los planetas y la de la luz negra. Siempre quería llevar algo blanco para que brillase en esa sala. Me fascinaba aprender cosas del Sistema Solar, de las estrellas, los planetas, las constelaciones, todo.
Recuerdo luego las noches de verano en el jardín de mis tíos, mirando estrellas, rememorando constelaciones, ubicando más o menos acertadamente planetas. Recuerdo buscar Escorpio, la Osa Menor, la Osa Mayor, Venus... me hacía mucha gracia cuando la gente confundía planetas con estrellas, cuando para mí era tan obvia la diferencia desde ahí.
Lo que más me gusta de las estrellas es que no estaban fijas, pero siempre había. Ya podía ser invierno o verano, podían ser momentos distintos de los ciclos, pero siempre había estrellas cuando las necesitaba. Miraba a las estrellas cuando todo iba mal, cuando necesitaba un respiro, cuando no me encontraba bien, cuando necesitaba un punto de apoyo en medio del caos. Y daba igual que estuviera discutiendo con alguien, que alguien me hubiera hecho daño, que simplemente estuviese triste o enfadada; siempre había estrellas. ¿Y cómo vas a estar triste o enfadada con una estrella? Tan lejanas, tan brillantes, tan bonitas, que te dabas cuenta de que ellas no tenían la culpa y de que todo volvería a estar tan perfecto como ellas parecían.
Y son perfectas porque estaban antes de que tú llegaras y lo estarán después, porque mueren y nacen día tras día y no notas la ausencia apenas, porque son casi lo único seguro al llegar la noche, que alzarás la vista al cielo y habrá estrellas, y sabrás que sigues vivo y que la vida sigue adelante porque ayer, hoy y mañana hubo, hay y habrá estrellas.
Y el día que no haya estrellas, habrá que esperar al día siguiente a esperarlas, o a vivir el resto del tiempo esperando a que vuelvan.
En mi vida he tenido dos grandes obsesiones: los ángeles y las estrellas. Los ángeles, más por curiosidad sobre la leyenda y por fascinación, y las estrellas directamente son objeto de admiración total, desde siempre lo han sido para mí.
¿Os habéis fijado en que casi siempre hay estrellas? ¿Qué es una vida, una noche sin estrellas? ¿No es triste mirar al cielo nocturno y no ver estrellas por culpa de la contaminación lumínica o una simple noche nublada? Y cuando hay estrellas, ¿no es precioso? ¿No sentís como una reafirmación de que todo sigue en su sitio, por muy bien o mal que estén las cosas?
Prefiero las noches de estrellas sin Luna. Muchas veces me he sentido como un personaje secundario en mi propia vida, como una estrella muy lejana detrás de la Luna, que la eclipsa. Prefiero a las estrellas. Las hay más pequeñas, más grandes, más o menos vivas, más o menos cercanas, pero desde aquí, todas las que podemos ver ocupan el cielo de la misma manera siendo cada una distinta de la otra, sin tener que taparse las unas a las otras.
Recuerdo ir al Planetario mucho con mi padre y mi hermana. Veíamos todo tipo de sesiones, desde las de niños hasta las de constelaciones y cambios de estaciones, y luego nos recorríamos todas las salas. Recuerdo la sala de experimentación entre las diferencias de las atmósferas de los planetas y la de la luz negra. Siempre quería llevar algo blanco para que brillase en esa sala. Me fascinaba aprender cosas del Sistema Solar, de las estrellas, los planetas, las constelaciones, todo.
Recuerdo luego las noches de verano en el jardín de mis tíos, mirando estrellas, rememorando constelaciones, ubicando más o menos acertadamente planetas. Recuerdo buscar Escorpio, la Osa Menor, la Osa Mayor, Venus... me hacía mucha gracia cuando la gente confundía planetas con estrellas, cuando para mí era tan obvia la diferencia desde ahí.
Lo que más me gusta de las estrellas es que no estaban fijas, pero siempre había. Ya podía ser invierno o verano, podían ser momentos distintos de los ciclos, pero siempre había estrellas cuando las necesitaba. Miraba a las estrellas cuando todo iba mal, cuando necesitaba un respiro, cuando no me encontraba bien, cuando necesitaba un punto de apoyo en medio del caos. Y daba igual que estuviera discutiendo con alguien, que alguien me hubiera hecho daño, que simplemente estuviese triste o enfadada; siempre había estrellas. ¿Y cómo vas a estar triste o enfadada con una estrella? Tan lejanas, tan brillantes, tan bonitas, que te dabas cuenta de que ellas no tenían la culpa y de que todo volvería a estar tan perfecto como ellas parecían.
Y son perfectas porque estaban antes de que tú llegaras y lo estarán después, porque mueren y nacen día tras día y no notas la ausencia apenas, porque son casi lo único seguro al llegar la noche, que alzarás la vista al cielo y habrá estrellas, y sabrás que sigues vivo y que la vida sigue adelante porque ayer, hoy y mañana hubo, hay y habrá estrellas.
Y el día que no haya estrellas, habrá que esperar al día siguiente a esperarlas, o a vivir el resto del tiempo esperando a que vuelvan.
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domingo, 25 de noviembre de 2012
Rafiki.
Hoy es un día cualquiera. Es un domingo en el que limpié la casa por la mañana e hice cosas en el ordenador por la tarde. Sin embargo, estoy escuchando la BSO de El Rey León, la de la escena de "Recuerda quién eres, Simba", y para qué engañarnos, sigo siendo igual de sensible a esa música como cuando tenía 5 años. Y aquí estoy, en pleno crescendo musical, porque quiero hablar de la noche en la que me sentí más viva que nunca.
Fue en Cádiz, en la playa de La Barrosa. Obviamente, mi noche ideal tenía que ser en Cádiz, en la playa de La Barrosa, en verano, porque no pensaba tenerla de otra forma. Cádiz es Cádiz, La Barrosa es La Barrosa y yo soy yo. Esa playa gaditana me ha visto crecer y yo la he visto cambiar, y nos hemos visto cada año y me he peleado con cada ola haciendo body-board, así que estaba escrito.
Estaba en La Barrosa con mi padre y mi hermana, una noche de Perseidas. Mi madre no estaba, como tantas veces desde aquello... en fin, que no estaba. Papá, Chiara y yo decidimos ir a ver las estrellas fugaces a la playa, como tantos años había suplicado yo, porque todavía no había superado esa noche en una playa en Jerez en la que estaba todo completamente a oscuras y las estrellas fugaces parecían una maratón de luciérnagas en el cielo, o aquella en la Playa de la Victoria, cuando corrí hacia la orilla, miré hacia arriba cuando ya no veía nada más delante mía y suponía que estaba al borde de la orilla y vi un cielo negro cuajado de estrellas fijas y brillantes como nunca antes lo había visto.
Total, que fuimos a ver estrellas porque yo tenía un antojo. Y fuimos a la derecha, a la parte de las rocas, porque en la playa de delante del paseo marítimo no se podía ver absolutamente nada por culpa de las luces tan fuertes. Fuimos a la zona protegida por el acantilado, desde el cual una vez casi tiro el coche familiar por un pqueño error de nada. El coche está bien a día de hoy.
Ya habiendo avanzado un trecho, papá y Chiara se pararon y se sentaron, alegando que ya estábamos muy lejos. Yo andé unos 10 metros más y me paré, sola. Quería mi noche de estrellas sola. Y con las manos temblando de excitación y la respiración agitada, saqué mi móvil y mis auriculares, los conecté, puse la música a volumen alto, me puse los cascos y miré hacia arriba.
Cielo negro como el azabache pulido. Estrellas perfectas formando constelaciones que había visto miles de veces. Algunas estrellas de colores rojizos o parpadeando. Era perfecto. Era el cielo nocturno puro, o lo más puramente visible que podía conseguir en ese momento teniendo un paseo marítimo escondido a muchos metros. Entre la música alta bloqueando el posible sonido de los otros dos hablando, de más posible gente pasando y del mar, solo estábamos el cielo y yo. No había Luna, así que las estrellas se podían ver perfectamente. Fue genial.
Y de pronto, después de haber esperado admirando el cielo y las constelaciones, un rayo de luz a la derecha de mi campo de visión. La vi terminar. Mi primera estrella fugaz de la noche, sin contar las dos del día anterior, porque esa fue como tres veces más larga. Hizo un rayo con forma de arco, y yo empecé a gritar señalando en la oscuridad como si acabase de ver pasar a la Virgen de la Macarena con la cura del SIDA en una mano y la fórmula de la Coca-Cola en la otra. Un poco humillante visto desde aquí, pero en aquel momento me pareció la reacción apropiada.
Seguí mirando el cielo escuchando música, con una sonrisa de oreja a oreja en la cara y el cuello en un ángulo imposible para no perderme nada. Pasó otra, esta vez un poco más a la izquierda, y más larga, e intenté contener mi entusiasmo, pero en cuanto la voz de mi padre gritándome que si la había visto superó el volumen de mi música, yo también le contesté a gritos.
Yo estaba eufórica. Sentía la energía y la adrenalina concentrándose en mí sin ningún tipo de vía de escape, y por ello empecé a bailar al ritmo de la música. Para cuando me quise dar cuenta me había montado mi propia discoteca en mi burbuja mental y estaba bailando como una profesional y cantando como solamente lo hago en la ducha, le jodiera a quien le jodiese en esa playa.
Y de pronto, estaba yo en plena actuación de "Take My Breath Away" cuando, de hecho, lo que vi me dejó sin aliento.
La vi empezar justo encima de mí, una estrella fugaz blanca, pulsante, con una cola larguísima, que partió el cielo justo encima de mí y desapareció poco antes de llegar al horizonte. Fue larguísima, fue brillantísima, fue preciosa, y la vi empezar y terminar. Creo que hasta se me empañaron los ojos. De lo que me acuerdo fue de que sonreí incluso más fuerte y lancé los dos puños al aire con los brazos extendidos, como si acabase de ganar algo. Me pareció la estrella fugaz más bonita del mundo. Por los gritos supuse que mi padre y mi hermana también la habían visto. Poco después, a la derecha volvió a pasar otra estrella, y esta era de color verde. Lo juro, dejó una estela verde, y lo estuve discutiendo con mi padre todo el camino de vuelta a casa porque él también lo vio. La última estrella fugaz que vi la vi de casualidad, girándome para ver si detrás de mí pasaba alguna, y pasó una cortita. Me lo tomé como un guiño antes de hacer caso a mi padre y girarme para volver a casa.
De camino al coche, gente que había paseando por la arena me miró raro, y recordé que había estado yo sola de rave a oscuras en ese punto perdido de la playa y que me habría oído todo quisqui. Poco me importó en ese momento, la verdad.
Al llegar a casa tardé poco en dormirme por el agotamiento. Pero nunca, nunca se me va a olvidar lo que sentí cuando vi tanta estrella junta, cuando vi ese rayo cruzar el cielo nocturno, cuando entre música, arena y cielo no importó nada más que ser libre.
Fue en Cádiz, en la playa de La Barrosa. Obviamente, mi noche ideal tenía que ser en Cádiz, en la playa de La Barrosa, en verano, porque no pensaba tenerla de otra forma. Cádiz es Cádiz, La Barrosa es La Barrosa y yo soy yo. Esa playa gaditana me ha visto crecer y yo la he visto cambiar, y nos hemos visto cada año y me he peleado con cada ola haciendo body-board, así que estaba escrito.
Estaba en La Barrosa con mi padre y mi hermana, una noche de Perseidas. Mi madre no estaba, como tantas veces desde aquello... en fin, que no estaba. Papá, Chiara y yo decidimos ir a ver las estrellas fugaces a la playa, como tantos años había suplicado yo, porque todavía no había superado esa noche en una playa en Jerez en la que estaba todo completamente a oscuras y las estrellas fugaces parecían una maratón de luciérnagas en el cielo, o aquella en la Playa de la Victoria, cuando corrí hacia la orilla, miré hacia arriba cuando ya no veía nada más delante mía y suponía que estaba al borde de la orilla y vi un cielo negro cuajado de estrellas fijas y brillantes como nunca antes lo había visto.
Total, que fuimos a ver estrellas porque yo tenía un antojo. Y fuimos a la derecha, a la parte de las rocas, porque en la playa de delante del paseo marítimo no se podía ver absolutamente nada por culpa de las luces tan fuertes. Fuimos a la zona protegida por el acantilado, desde el cual una vez casi tiro el coche familiar por un pqueño error de nada. El coche está bien a día de hoy.
Ya habiendo avanzado un trecho, papá y Chiara se pararon y se sentaron, alegando que ya estábamos muy lejos. Yo andé unos 10 metros más y me paré, sola. Quería mi noche de estrellas sola. Y con las manos temblando de excitación y la respiración agitada, saqué mi móvil y mis auriculares, los conecté, puse la música a volumen alto, me puse los cascos y miré hacia arriba.
Cielo negro como el azabache pulido. Estrellas perfectas formando constelaciones que había visto miles de veces. Algunas estrellas de colores rojizos o parpadeando. Era perfecto. Era el cielo nocturno puro, o lo más puramente visible que podía conseguir en ese momento teniendo un paseo marítimo escondido a muchos metros. Entre la música alta bloqueando el posible sonido de los otros dos hablando, de más posible gente pasando y del mar, solo estábamos el cielo y yo. No había Luna, así que las estrellas se podían ver perfectamente. Fue genial.
Y de pronto, después de haber esperado admirando el cielo y las constelaciones, un rayo de luz a la derecha de mi campo de visión. La vi terminar. Mi primera estrella fugaz de la noche, sin contar las dos del día anterior, porque esa fue como tres veces más larga. Hizo un rayo con forma de arco, y yo empecé a gritar señalando en la oscuridad como si acabase de ver pasar a la Virgen de la Macarena con la cura del SIDA en una mano y la fórmula de la Coca-Cola en la otra. Un poco humillante visto desde aquí, pero en aquel momento me pareció la reacción apropiada.
Seguí mirando el cielo escuchando música, con una sonrisa de oreja a oreja en la cara y el cuello en un ángulo imposible para no perderme nada. Pasó otra, esta vez un poco más a la izquierda, y más larga, e intenté contener mi entusiasmo, pero en cuanto la voz de mi padre gritándome que si la había visto superó el volumen de mi música, yo también le contesté a gritos.
Yo estaba eufórica. Sentía la energía y la adrenalina concentrándose en mí sin ningún tipo de vía de escape, y por ello empecé a bailar al ritmo de la música. Para cuando me quise dar cuenta me había montado mi propia discoteca en mi burbuja mental y estaba bailando como una profesional y cantando como solamente lo hago en la ducha, le jodiera a quien le jodiese en esa playa.
Y de pronto, estaba yo en plena actuación de "Take My Breath Away" cuando, de hecho, lo que vi me dejó sin aliento.
La vi empezar justo encima de mí, una estrella fugaz blanca, pulsante, con una cola larguísima, que partió el cielo justo encima de mí y desapareció poco antes de llegar al horizonte. Fue larguísima, fue brillantísima, fue preciosa, y la vi empezar y terminar. Creo que hasta se me empañaron los ojos. De lo que me acuerdo fue de que sonreí incluso más fuerte y lancé los dos puños al aire con los brazos extendidos, como si acabase de ganar algo. Me pareció la estrella fugaz más bonita del mundo. Por los gritos supuse que mi padre y mi hermana también la habían visto. Poco después, a la derecha volvió a pasar otra estrella, y esta era de color verde. Lo juro, dejó una estela verde, y lo estuve discutiendo con mi padre todo el camino de vuelta a casa porque él también lo vio. La última estrella fugaz que vi la vi de casualidad, girándome para ver si detrás de mí pasaba alguna, y pasó una cortita. Me lo tomé como un guiño antes de hacer caso a mi padre y girarme para volver a casa.
De camino al coche, gente que había paseando por la arena me miró raro, y recordé que había estado yo sola de rave a oscuras en ese punto perdido de la playa y que me habría oído todo quisqui. Poco me importó en ese momento, la verdad.
Al llegar a casa tardé poco en dormirme por el agotamiento. Pero nunca, nunca se me va a olvidar lo que sentí cuando vi tanta estrella junta, cuando vi ese rayo cruzar el cielo nocturno, cuando entre música, arena y cielo no importó nada más que ser libre.
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