Uno de los logros más grandes que puede hacer una persona es el de controlar sus propias emociones. Yo no soy quién para hablar de esto, porque a la mínima me dan ganas de reír, de llorar, de gritar, de hacer aspavientos, etcétera. Soy bastante impulsiva respecto a eso, y puedo asegurar que no soy la única, pero hay momentos en los que aprendemos a controlarnos. Bien por miedo, bien por vergüenza, bien por orgullo. El ser humano es extraordinario: puede explotar al mínimo movimiento, o puede esbozar una sonrisa tranquila y permanecer sereno mientras oye y siente perfectamente cómo su corazón y sus sentimientos se rompen y se convierten en añicos. Y es esa capacidad, la de aprender a manejar nuestras expresiones y gestos paralelamente de nuestros pensamientos, la que desarrollamos como autodefensa en nuestra vida.
Y cuando las dos capacidades se aúnan, cuando te das cuenta de que tienes un problema, un gran problema, que te espera una lucha y que estás solo ante ello y no puedes pedir ayuda, y encima tienes los santos cojones como dos ruedas de camión el valor y la fuerza de estar sereno, confiado, saber lo que te viene y no temblar ni un momento, es cuando yo personalmente me quitaría el sombrero si tuviera uno puesto o te haría una reverencia mínimo, porque para mí habrás alcanzado el estado máximo de ser humano, habrás llegado al punto álgido de tu valor, y podrás decir delante de mí sin miedo a que te rechiste siquiera que eres una persona, una gran persona, da igual lo que hayas hecho, hagas, digas o pienses. Y bueno, lo consigas o no, con el simple intento, me doy por satisfecha, porque muestras que te atreves, que tienes fuerzas para intentarlo, y que algún día lo conseguirás. Por lo pronto, déjame sentarme a ver el espectáculo, que todavía tengo el polvo y la sangre pegados a la piel después de mis propias guerras.
Sea como sea, mi apoyo siempre lo tendrás.
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