sábado, 5 de noviembre de 2011

Sueños de plástico.

Como ya dije una vez antes y llevo diciendo un tiempo, estoy volviendo a plantearme la idea de escribir un libro. Cada día se me ocurren como cincuenta argumentos, tres mil personajes, millones de tramas y lugares. Imagino escenas enteras, historias que empiezo y dejo inconclusas, modelo mentalmente personajes que siempre dejo a medias. Nunca los termino. Es por eso por lo que fracaso estrepitosamente cuando intento escribir algo que no sean viñetas, cosas cortas o simplemente que no sean acerca de mis pensamientos. 

Lo intenté dos veces antes. Ni que decir que ambas veces fueron sendos fracasos. Además, yo tengo el problema de que cuando empiezo a escribir algo y lo desarrollo, siempre acabo por salirme del argumento como quiero y no me gusta cómo lo he empezado, y entonces lo tengo que cambiar todo y en fin, esfuerzo para nada. Lo dejo incompleto porque la mayoría de las veces no sé ya ni cómo seguirlo. Y me da rabia, la verdad. Me frustra mucho no poder escribir una historia con principio, nudo y desenlace, porque digo yo, ¿qué escritora no es capaz de terminar una obra? Si quiero llegar a serlo, tendré que escribir alguna entera, ¿no? Digo yo. Pero en fin.

Por eso quiero empezar con el tercer intento. Dicen que a la tercera va la vencida, y además, cuento con los fallos de los anteriores que corregí en mi estilo. Al menos ya no tiro de self-insert, ya es algo. Al principio lo hacía por diversión, porque me quería sentir más involucrada, pero al final cansa. Y tengo mil quinientos argumentos para la historia, a cada cual más diverso, y muchos personajes, y cientos de paisajes o circunstancias en las que se desarrollaría. Podría ser una novela histórica de caballeros de la Edad Media. Podría ser una historia futurista. Podría ser un libro contemporáneo, como estos que causan sensación entre los adolescentes de hoy. No lo sé, la verdad es que he pensado de todo. Y personajes, buf, de todo tipo los hay. Y ya lugares o tramas o contextos ni hablamos, ¿cierto?

Aunque bueno, por ahora es sólo una idea, un deseo. Últimamente me estoy centrando mucho en mis estudios, la verdad, y no me quiero distraer. Es el último año antes de la Universidad, y estoy realmente acojonada. No hay tarde que no tenga un libro delante, e incluso me estoy temiendo que voy a tener que ir a devolver el que pedí en la biblioteca porque no me lo voy a poder leer en casa, y me niego a llevarlo en la mochila por miedo a que se estropee en el instituto o en los trayectos. Pero de todas formas tendré siempre ahí la ilusión del tercer libro. Es mi sueño de plástico. 

Lo llamo así porque es la definición que más me gusta. No es una realidad ni una apetencia cualquiera, es un sueño: tener un libro mío, escrito por mí, publicado, en hojas de papel con una ilustración en la portada. Lo que haría por tener un libro publicado... en fin. Y es de plástico, pero no de plástico policromado o blanco como el PVC, sino del plástico transparente y duro. No quiero sueños de cristal, que se rompen de un golpe en mil pedazos, y tampoco sueños de hierro, que al final te acaban pesando y los cumples sólo por deshacerte de ellos. Es mi sueño de plástico, porque es transparente como el cristal y ligero, y porque lleva tantos golpes que todavía no se rompe. Yo tengo un sueño de plástico que me va a durar años y años. Y me doy por satisfecha con tenerlo, hasta que lo pueda cumplir. Ya entonces me buscaré otro. Pero de plástico, por supuesto. 

jueves, 13 de octubre de 2011

¿Te has fijado?

Nunca tenemos todo lo que queremos. Sin embargo, hay veces que parece que sí, que a grandes rasgos lo tienes, que no puedes pedir más, que todo está bien y de acuerdo con tus necesidades y deseos, y no lo sientes así por mucho que tu lado racional te diga lo contrario. Es contradictorio, valga la redundancia, porque a ojos de los demás estás satisfecha, a tus propios ojos lo deberías estar, pero no. Porque si no es por a, es por b. Porque si tú tienes novio y es moreno, tú lo querías castaño. Porque si tienes una pulsera roja, tú la querías azul. Porque si para cenar hay pescado, tú querías carne.

Y sí, sabes que son unas gilipolleces, que puedes pasar perfectamente por alguien caprichoso, que deberías cerrar el pico sólo por el mero hecho de tener todo eso sin preocuparte de los detalles, pero hay veces que una está tan centrada en la perfección que un simple detalle que no llega a ser imperfecto del todo le exaspera. Porque, joder, ¡qué más te darán los colores o la cena, si sabes que también te gusta así! Pero no, hay días que te pones tonta, y te pones tonta. Y que haces un berrinche y lo aguantas todo estoicamente como si te estuvieran pidiendo un favor del tamaño de sostener el cielo sobre el mundo. Y cuando te vas a acostar ese día, haces lista de todo lo que has hecho, y sólo piensas: "...En el fondo todo está bien. Soy idiota." ¡Y tienes razón! ¡Tienes toda la jodida razón! Porque todo es perfecto, y eres tú la que está afeando esa perfección. Los imperfectos algunas veces también hacen las cosas más perfectas. Pero te das cuenta tarde.

Pero hay otras veces que no. Que no hay quien te haga dejar de ser feliz ese día. Que no, que por tus huevos que no. Por mucho que te tengas que cambiar mil veces para verte guapa. Aunque se te manchen los pantalones mientras desayunas y tengas que volver a cambiarte. A pesar de que te despistes y hagas la mochila para un lunes y sea jueves. No importa te tires dos horas en clase sin libros. No pasa nada por que te llegue un sms diciendo que has agotado el bono de alta velocidad en Internet en tu móvil. Da igual que tu móvil casi se quede sin batería antes de llegar a casa. Tú has dicho que por tus santos ovarios que hoy no te amargaba nada, y no te va a amargar nada. Ni siquiera el hecho de que tres chicos que rechazaste en su día te estén volviendo a dar (demasiadas) señales de vida. Que no, que no, que hoy no te amarga ni Dios.

Y aunque no tengas lo que quieres, con o sin imperfecciones, eres feliz, porque tu vida es así y te gusta tal y como es. Peor sería si fuera aburrida y siempre te pasara lo mismo, ¿no?

sábado, 24 de septiembre de 2011

Serpientes.

Personalmente, yo no necesito bebidas energéticas para estar dispuesta a todo. Sólo necesito unos auriculares, una buena canción y una razón. Cuando subo el volumen al máximo, desaparece todo. Sólo está la pantalla y la música. Sólo existen las palabras de la canción, la historia que me cuenta, y la relación que pueda tener con algún capítulo de mi vida, y el resto sale solo. Odio que me interrumpan cuando hago esto, porque es como un momento de meditación para mí. Algunos prefieren el silencio, yo soy más de batería, guitarras y frases con sentido gritadas en mis oídos. Y sin embargo, siempre hay una razón para que lo haga, un argumento para evadirme de esta manera. Lo hago, mayormente, cuando me fallan las fuerzas, cuando no tengo ganas, cuando el miedo se convierte en pánico y sólo quiero salir corriendo en otra dirección. El miedo que tengo a los payasos, o a las arañas, o a la oscuridad o a las pesadillas en las que estoy sola y no hay nadie a mi alrededor es grande, pero no tanto como el miedo a perder el control.

Admito que a veces lo pierdo a propósito, porque hay veces que las cosas me rebasan y sólo quiero dejarme llevar y que otros me digan que todo está bien y que se hagan cargo ellos, pero la mayoría de las veces no. Quiero hacerme cargo de mí misma, quiero ser independiente, quiero hacer las cosas bien sin tener los ojos de alguien clavados en la nuca constantemente. Quiero poder controlar al mínimo detalle todo lo que tenga relación conmigo, es casi obsesivo.

Por eso, es ver que algo escapa a mi comprensión o a mi vigilancia, y saltar todas las alarmas. Y ponerme histérica. Y montar en cólera. Y ponerme paranoica. Y muy, muy mal.

martes, 6 de septiembre de 2011

Un monstruo. El mío. Yo.

 Alegría momentánea. Excitación pasajera. Risa nerviosa. Y ahora, a las 00:56, vuelves en ti. Sigues contenta, no lo niegas, pero has cambiado de tema por un momento. Esa canción tiene algo que ver. Cierras los ojos.
_________________________________________________________________________________

Estoy en una habitación de un hospital abandonado. Me levanto, no sé dónde estoy, ¿cómo demonios he acabado aquí? Me duele la cabeza. ¿Qué...?

¡BRRRRRRROOOOOOOOOOOOOM!


-¿¡QUÉ HA SIDO ESO!? ¡¿QUÉ COÑO HA SIDO ESO?! ¡DIOS, CORRE, POR TU VIDA, CORRE! ¡CORRE, CLAUDIA, CORRE!

-¿Quién ha hablado? ¿Qué dem...? ¡¿?! ¡Joder, seas quien seas, suéltame el brazo o te lo llevarás a él solo! ¡Duele! ¡Ah! ¡Aaaaaaaaah! ¡Suéltame!

-¡¡QUE CORRAS!!


¡SBAAAAAAAAAAAAAAAAAM! ¡BROOOOOOM! ¡PFSHHHHHHHHHHHHHH!


Creo que mejor corro. Dios, cómo corre ese... esa... aquel... ella... ese ser. Cómo corre ese ser. Uf, lo que me está costando alcanzarle, ¿por qué corremos? ¿Qué son esos golpes y explosiones? ¿Eh? ¿¡DÓNDE SE HA METIDO!?

-¡¡Ven aquí!!

-¿¡DÓNDE ES AQUÍ!?-si fuera en otro momento me reiría, pero creo que más que nada tengo miedo, ganas de llorar y adrenalina en el cuerpo.

Un brazo me lanza dentro de una salita de espera. Está destrozada. Las paredes están desconchadas y la pintura se cae a trozos, el suelo está lleno de escombros y la única ventana que hay está rota, dando a un cielo gris pálido y a un bosque tupido, de un verde demasiado oscuro. Tengo que apoyar mis brazos en la pared de la ventana, porque me iba a estrellar contra ella por el impulso. Tanto mi compañer@ de carrera como yo estamos exhaustos, respiramos con violencia y tenemos la piel de gallina.

Me giro hacia él/ella. Y no podía haberme sorprendido más. No es nadie, y son todos. Es una persona, y al segundo otra, y otra, y otra más. Una especie de ser que se transforma sin parar en gente que conozco. Es mi padre. Es mi profesor. Es esa chica del instituto. Es mi abuela. Es mi exnovio. Es mi amiga. Es un ex compañero. Es todos, y ninguno ya. Se ha dado cuenta de que le estoy mirando raro. Obvio, mi cara de flipe es evidente.

-Tu alma. Encantada- me han dicho mi peor enemiga y la ex directora de mi antiguo colegio. Nada, lo normal.

-...Yo. Igualmente.-¿Qué le vas a decir a tu alma? ¿"Hola, soy el cartero"?- ¿Dónde estamos...exactamente?

-En ti-creo que mi cara de susto/impresión/meestásvacilando le ayudó a entender que no había comprendido-. Este hospital eres tú. Esta habitación-dijo el novio de mi mejor amiga-es tus sentimientos.

-Ah... ya.

Mi prima mayor me miró alzando una ceja y el padrino de mi hermana le dio un puñetazo a una pared. Todo el edificio se estremeció, y se oyó cómo se rompían cientos de cristales. Un amigo de mi padre me miró con las cejas alzadas, como preguntándome si necesitaba más pruebas.

-Tus sentimientos están en ti. Son una parte de ti, pequeña, pero importante. Ahora están destrozados. Y cualquier golpe en ellos, reverbera en ti con más fuerza-me explicaron el hermano de un amigo y la prima de una amiga.


-¿Y se puede saber qué hacemos aquí? Porque no me interesa que me demuestren que estoy hecha una mierda, muchas gracias. Lo estoy intentando arreglar.

Mi vecino de seis años soltó una carcajada irónica. Maldito crío.

-No lo estás intentando arreglar. No debes intentar arreglarlo. Éstos no son todos tus sentimientos, son unos en particular. Ésos que quieres evitar. Pero aquí siguen. ¿No deberías destruirlos?-maldita compañera de trabajo de mi madre. Miro a mi profesor de Educación Física completamente perdida. Mi compañera de intercambio me señala una pared con seriedad. Entiendo el mensaje.

Me acerco lentamente a aquella pared, tanto que la rozo con la nariz. Me he pegado a ella. No me gusta esa pared. Me hace recordar cosas malas. Me da escalofríos. Te quiero mucho mucho mucho. Siempre escucho música con el móvil. Eres lo peor que me he echado a la cara. Lo he escuchado perfectamente. La pared lo ha dicho. Con mi voz. La pared lo ha dicho con mi voz. Y las imágenes han venido a mi cabeza como una catarata. Y ya no hay dudas.


Me alejo de la pared mortalmente seria, miro de reojo a mi madre y cargo contra la pared con todas mis fuerzas con un placaje nada delicado.


¡SSBRRROOOOOOOOOOOOOOMM! 

Patada. Patada. Puntapié. Pisotón. Rodillazo. Codazo. Puñetazo. Puñetazo. Puñetazo. Manotazo. Manotazo. Sólo oigo un estruendo ensordecedor y una canción que suena a un volumen que me hace daño en los oídos. Y sigo oyendo las voces. No quiero oírlas. Patada. Puñetazo. Puñetazo. Puñetazo. Cabezazo.

Lo sorprendente es que no me duelen los golpes. Que no me hace daño hartarme a patear esa pared. Que no me duele la cabeza al clavarla en la pared con todas mis fuerzas. Que mi cuello no se resiente. Que sigo entera y sin una magulladura. Me giro a ver a la hermana de mi amiga, que observa con suspicacia la puerta de la habitación. Se puede ver una nube de polvo en el pasillo y una luz rojiza que juraría que eran llamas. Entonces todo se calla, y mi tío se gira para mirarme con el ceño fruncido y me dice:

-Sigue.

Prefiero obedecer. Las voces han vuelto. Que si, pesado. Mañana en la parada de metro. No me lo puedo creer. ¿Dónde vamos? Sí, deberías esperar para vender la moto. No, no, que te dejo. Deberías comer algo. 


He perdido la cordura. Duele. Joder, duele demasiado. No puedo. No puedo... Empiezo a apalizar la pared como si no hubiera mañana. Ya me he cargado completamente la capa de pintura y la de yeso. Ahora es cemento. Lo más duro.

-Estás rota de dolor. Lo sé. Has enloquecido de indignación, de odio, de orgullo, de dolor, de desesperación. Grita. ¡Grita!

Grito con todas mis fuerzas mientras vuelvo a dar un derechazo a la pared con todo el impulso que puedo coger. Sin comerlo ni beberlo, acabo de atravesar una pared de cemento. De un puñetazo. Se ha quedado el contorno de mi brazo y puedo ver otra habitación desde el agujero. Está impoluta, a pesar de los escombros que acabo de tirar dentro.

Miro a mi hermana completamente confundida. Yo me devuelvo la sonrisa, mientras yo sigo hecha un lío y me asusto cada vez más.

-Es un buen comienzo.

domingo, 28 de agosto de 2011

Planes de pasado y problemas del futuro.

Una vez, hace mucho tiempo, o no tanto, quién sabe, una persona me dijo algo que se me quedó marcado muy hondo, algo que me vino dando dolores de cabeza un tiempo y que olvidé hasta hace más bien poco. Esa persona, mi inigualable madre, me dijo una tarde: "Claudia, yo sólo pido una cosa para ti. Sólo quiero que te pase una cosa en la vida, y te lo digo ahora por si en algún momento no estoy. Quiero que te enamores, porque es lo más bonito que te puede pasar en la vida, el tener un amor como el mío.".

Yo, que no había tenido mucha experiencia en eso y todavía sigo más o menos igual, recuerdo que la miré confusa y medio dudando asentí. Pero, ¿cómo decirle a mi madre que yo no soy capaz de enamorarme? ¿Cómo le explico que mi miedo a comprometerme es más fuerte que yo? Tampoco sería capaz de admitir que no sé lo que es enamorarse, que no lo he sentido nunca o que si alguna vez lo he hecho, no quisiera repetir. Y aunque lo sabe, aunque se lo he confesado tras las lágrimas, no creo que entienda por qué es tan grande el miedo a sufrir daños otra vez. Y eso nos lleva a otro punto.

Hace poco tiempo, un amigo me recordó cuando yo creía en el "nunca digas nunca". Y tiene razón, creía en ello como la que más. Tengo una mesa de instituto y un archivador que lo demuestran. NSN está escrito por todas partes. Never say never. Hace tiempo de eso. Meses ya, no recuerdo cuántos. Y sin embargo, ya no creo en ello, porque descubrí que el adjetivo "eterno" se lo puedes poner a muy, muy pocas cosas. Porque no siempre puedes aguantar. No siempre puedes tener lo que quieres. No siempre lo conseguirás. Y a pesar de tus triunfos, que serán muchos, fracasarás. Fracasarás estrepitosamente. Te humillarán, te ridiculizarán por tus derrotas. Te golpearán y se reirán de ti. No estoy hablando de la gente, estoy hablando de las circunstancias, de la vida, de las consecuencias de nuestros actos. Sin embargo, todavía creo en un nunca. En ninguno más, porque hay que admitir cuando uno ya no puede más, pero siempre, siempre habrá un nunca que no me podrán quitar. "Nunca, jamás en mi vida, me derribarán y me quedaré tendida en el suelo sin levantarme una vez más".

Aclarado ese punto, es hora de volver a la cuestión principal, el deseo de mi madre por que encuentre el amor y mi miedo y rechazo a hacerlo. En el fondo, quiero cumplir ese deseo suyo. Quiero enamorarme, sentirme querida, querer a alguien más que a mi propia vida, tener un compañero para el fin de mis días, despertarme y sentir el calor de alguien más conmigo. Sin embargo, no ahora, no dentro de un año, no dentro de dos. Dentro de un año seguiré siendo una adolescente confundida y con poca experiencia amorosa. Dentro de dos, seré igual, quién sabe si con más ex novios o no. En el fondo, no importa. Quiero enamorarme tarde, lo más tarde posible. Tarde y despacio. Tarde, para aprender todo lo que pueda antes de enfrentarme a ello y vivir miles de cosas antes de vivir lo más ansiado por todo el mundo. Y despacio, porque las buenas cosas se hacen despacito, sin prisa, paso a paso, con buena letra y disfrutando de cada detalle. ¿De qué me serviría enamorarme deprisa y no vivirlo con tranquilidad para asimilarlo? Tarde y despacio. Lentamente. Que no dé tiempo a que se rompa. Que no se fuerce.

Es obvio que no tendré miedo toda mi vida. Sé que en algún momento me plantaré y diré un "sí, quiero", o aceptaré con los brazos abiertos algún tipo de compromiso. En algún momento podré decir que me he enamorado y sabré reconocerlo. Cuando toque, seré capaz de dejarme el miedo a acabar herida debajo de la cama y vivir tranquila, asumiendo las consecuencias de querer vivir una experiencia así. Y si salgo mal parada, si no resulta, si se rompe, si no llega, no pasa nada. Espero que no sea algo con lo que necesite vivir. Mi madre lo mismo se decepciona, pero personalmente no veo algo imprescindible enamorarse. Quizá lo haga, quizá no. Pero tampoco me hace falta eso para aprender a amar. Amar es algo que se hace día a día, no cuando conoces a cierta persona determinada. Amas ver amanecer, amas acariciar a tu mascota, amas reírte a carcajadas, amas comer algo rico después de un día duro, amas ver o como mínimo hablar con tus amigos de verdad. Lo amas, porque lo esperas todos los días, porque te sientes extraño cuando no lo haces, porque cuando quieres y no puedes hacerlo te enfadas y ya no te quitas ese malestar hasta que puedes hacerlo de nuevo. Eso es amar para mí.

Sin embargo, si en algún momento tengo que variar esta descripción, lo haré. Pero por ahora, no estoy enamorada de nadie, estoy enamorada de todas esas cosas, y no tengo la más mínima intención de cambiarlo por dedicarme a una sola persona, por ahora. Y si algún día lo pienso, creo que esa persona, si se enamorase de mí, tendría que convivir con el resto de mis amantes.


sábado, 6 de agosto de 2011

Ta dah!

El teatro está expectante. Las butacas están llenas, los palcos rebosan, todos cuchichean bajito para escucharse entre todos, nadie quiere perderse un comentario, todos quieren enterarse de todo. La sala está a oscuras, unos focos tenues colocados estratégicamente alumbran el telón tenuemente, dejando el resto de la sala en penumbras. Hay gente de todas las clases, para todos los gustos, de todas las formas. Todos ansían contemplar el mismo espectáculo. Todos quieren ser entretenidos.

Los focos se encienden con un gran chasquido, el telón se ilumina con fuerza, los susurros terminan de golpe, alguien se ha asustado por el repentino comienzo. El telón rojo parece una cascada de terciopelo. De pronto, el telón se separa por la mitad y aparece una figura alta. Se vuelven a oír algunos comentarios en voz baja hasta que aquel hombre golpea con su bastón el escenario.

-¡Bienvenidos, damas y caballeros, al espectáculo que jamás podrán olvidar, a la obra maestra de la comedia, a la joya del tesoro que es la tragedia, a la flor y la nata de lo absurdo, a la cumbre de la magnificencia de toda lógica!-anuncia aquel hombre enfundado en un frac, con bastón negro de extremos de metal, voz potente, sonrisa macabra y capa negra y roja. Su pelo negro peinado hacia atrás brilla por la gomina y la luz. Su sonrisa encandila a mujeres, sorprende a hombres y asusta a niños-. El show que van a contemplar ahora mismo es único, invariable, inigualable. Les aseguro risas, les aseguro lágrimas. Les aseguro puro y sano entretenimiento. Les advierto que algunas partes pueden resultar desagradables, obscenas, traumáticas o de mal gusto. Invito amablemente a quienes tengan conciencia pura o pureza de alma que salgan de la sala.

Nadie ha movido un dedo. El silencio es denso y ni siquiera los niños más pequeños han pestañeado para dejar de mirar al presentador. Sus padres no parecen más preocupados.

-Lo suponía-continuó el presentador más para sí mismo que para el resto, ampliando su sonrisa, convirtiéndola en una mueca de pura malicia-. Entonces, ¡dispónganse a contemplar este espectáculo digno de admirar, sumérjanse en su historia, aprendan de sus moralejas! Porque créanme, queridos espectadores, esto es más real de lo que ustedes mismos creen... es la historia de la vida, ¡el espectáculo de la existencia! ¡La obra maestra de la humanidad!

El presentador coge un costado de su capa, y ondeándola con dramatismo, vuelve a atravesar el telón para meterse entre bambalinas. El público espera hasta que desaparece para romper a aplaudir con fuerza y entusiasmo. Segundos después vuelve a haber un silencio tenso, a la espera de que empiece la función. Se oye movimiento detrás del escenario, todo el público está atento al telón rojo, observándolo como si quisieran ver a través del terciopelo.

De pronto, el telón se levanta. El escenario está vacío a excepción de una muchacha vestida de forma humilde con una camisa y una falda larga, ambos de tonos marrones. Una luz intensa rojiza ilumina el escenario, como si todo estuviera empapado de sangre.

domingo, 10 de abril de 2011

De sueños y sensaciones.

Hoy, soñé algo raro. Recuerdo sólo fragmentos que se repiten en mi cabeza como fragmentos de película. No tienen sentido ni relación, pero el intento de unirlos y de encontrar su razón hace que los vea bonitos. Primero había un bosque. Lo veía desde arriba, como si viajara en helicóptero dando vueltas sobre él. Luego, una gran y espesa masa de niebla lo cubría. Estaba entre montañas. Era sorprendente cómo aquella enorme masa de color grisáceo ocultaba la enorme mancha verde oscura. Era un bosque espeso, y no hacía sol, así que daba un aspecto un poco tétrico. Pero sentí tristeza cuando lo vi desaparecer. Era bello. Cuando la niebla tapó todo el bosque y sólo se veían las copas de los árboles más grandes como cabezas de alfiler, todo se fue a negro.

Recuerdo luego el interior de un edificio. Era blanco, todo de paneles blancos translúcidos que estaban iluminados. Era un pasillo blanco, ancho y largo. Casi futurista. Sólo recuerdo eso y la sensación de no estar vestida lo suficientemente decente como para estar en ese lugar. Creo que estaba descalza. Raro. Después todo volvió a desaparecer.

Luego recuerdo una playa de noche. La mar estaba bastante retirada, por lo que en la orilla se apreciaba la fuerte iluminación del paseo marítimo pero no llegaba a ese lugar, es decir, veías el paseo casi ardiendo de luz, pero tú estabas casi en tinieblas. Sólo se veían las siluetas recortadas contra la fuerte luz y las crestas de las olas iluminadas. Había gente, pero yo estaba sólo con alguien más. Era una chica rubia con el pelo largo y una sonrisa permanente. Daba la sensación de que era una vieja amiga. El mar estaba revuelto. Estábamos haciendo bodyboard sin tabla. Nos lanzábamos nadando hacia la orilla cuando venían las olas, y llegábamos a la arena sin dificultad. La sensación de no ver nada, de nadar con todas tus fuerzas para llegar antes, de gritar dentro del agua, de oír el estruendo de las olas y nada más, era maravillosa y aterradora. Liberadora e intimidante.

Recuerdo gritar para que mi compañera me escuchase. Me gritó que salía del agua. Dejamos de reírnos a carcajadas, y mientras salía del agua ella, yo me quedé dentro confundida. Sin embargo, tardé poco en volver a jugar con las olas. Estaba esperando otra ola cuando la vi llegar, empapada todavía, pero con una sudadera gris seca encima. Sonrió cuando me vio. Yo reí y llegó la ola que esperaba, que me llevó a la orilla mientras luchaba por ser más veloz que el mar y reía a carcajadas como si me hubiera entregado a la locura. Cuando llegué a la orilla no tenía fuerzas para nada más que para acercarme a mi amiga gateando y sonriendo. Ella se rió por mi aspecto empapado, cansado y lleno de arena y me abrazó. Yo le devolví el abrazo sin dejar de reír. Cuando me soltó, se quitó la sudadera, la dejó en la arena y volvió al agua. Todavía tenía la impresión de estar siendo sacudida por la fuerza de las olas cuando desperté.