viernes, 25 de noviembre de 2011

Dirección General de la Vida: No podemos sonreír por ti.

Una de las primeras cosas de las que te das cuenta en la vida es que no siempre tienes ayuda para superar las cosas. Aunque haya gente a tu alrededor, aunque te ofrezcan ayuda, hay veces que la batalla la libras solo porque es tu batalla, es tu asunto, eres tú contra ello. No puedes pedirle a mamá o a papá que se hagan cargo y te distraigan con cualquier tontería mientras para que cuando te des cuenta, todo esté solucionado. No puedes permitir que tus amigos se hagan cargo de la situación, porque a ver, ellos tienen sus problemas y tú ya eres mayocito para cargar con los tuyos. Y es tu vida, no la de nadie más. Tus problemas, tu responsabilidad. Te das cuenta desde pequeño, y hay quien lo aprende en ese momento, quien tarda en asimilarlo como quien remolonea en la cama por cinco minutos más de sueño y quien, simplemente, es incapaz de asimilarlo y necesita siempre a alguien a su lado, porque no puede cargar con ello solo. 

Uno de los logros más grandes que puede hacer una persona es el de controlar sus propias emociones. Yo no soy quién para hablar de esto, porque a la mínima me dan ganas de reír, de llorar, de gritar, de hacer aspavientos, etcétera. Soy bastante impulsiva respecto a eso, y puedo asegurar que no soy la única, pero hay momentos en los que aprendemos a controlarnos. Bien por miedo, bien por vergüenza, bien por orgullo. El ser humano es extraordinario: puede explotar al mínimo movimiento, o puede esbozar una sonrisa tranquila y permanecer sereno mientras oye y siente perfectamente cómo su corazón y sus sentimientos se rompen y se convierten en añicos. Y es esa capacidad, la de aprender a manejar nuestras expresiones y gestos paralelamente de nuestros pensamientos, la que desarrollamos como autodefensa en nuestra vida. 

Y cuando las dos capacidades se aúnan, cuando te das cuenta de que tienes un problema, un gran problema, que te espera una lucha y que estás solo ante ello y no puedes pedir ayuda, y encima tienes los santos cojones como dos ruedas de camión el valor y la fuerza de estar sereno, confiado, saber lo que te viene y no temblar ni un momento, es cuando yo personalmente me quitaría el sombrero si tuviera uno puesto o te haría una reverencia mínimo, porque para mí habrás alcanzado el estado máximo de ser humano, habrás llegado al punto álgido de tu valor, y podrás decir delante de mí sin miedo a que te rechiste siquiera que eres una persona, una gran persona, da igual lo que hayas hecho, hagas, digas o pienses. Y bueno, lo consigas o no, con el simple intento, me doy por satisfecha, porque muestras que te atreves, que tienes fuerzas para intentarlo, y que algún día lo conseguirás. Por lo pronto, déjame sentarme a ver el espectáculo, que todavía tengo el polvo y la sangre pegados a la piel después de mis propias guerras.

Sea como sea, mi apoyo siempre lo tendrás.

jueves, 17 de noviembre de 2011

Nobody's home.

A veces, pasa que escuchas una canción, ves el videoclip y te metes en la historia. Es divertido y relajante, hasta que todo parece un flashback de tu propia vida.
_____________________________________________________________________________________________

Yo la observo. No hago más que observarla. Es raro, hasta cierto punto fascinante, y a la vez tiene un toque que asusta y dan ganas de huir y de darle un abrazo a la vez. Inspira sentimientos encontrados. Pero yo sé que los se encuentran dentro de ella tienen batallas mucho más encarnizadas que los míos. Y eso es lo que asusta, lo que me hace querer correr para salvarme de esa batalla y lo que hace que me piquen los brazos de querer abrazarla para protegerla de sí misma.

No podría contarte por qué se siente así, por qué está así todos los días, por qué son esos sentimientos y no otros, por qué son tan dañinos y no la dejan vivir tranquila. Tampoco podría ayudarla yo, porque quién soy yo para meterme en esa guerra consigo misma, qué pinto yo ahí, si nada de eso es por ni para mí y, créeme, tampoco me haría mucha gracia. Yo sólo puedo contarte que la observo, que estoy con ella ahí, que la veo equivocarse e ilusionarse, aguantar y rendirse, vivir y desvivirse.

¿Que qué está mal con ella? Pf, pues tantas cosas y a la vez tan pocas... No hay nada malo, sabes, ella está bien, yo sé que está bien. Está bien si hablamos de aspectos superficiales, de estabilidad de cualquier tipo fuera de la sentimental y de salud, está bien, está perfectamente. Y aún así se siente como si no estuviera en donde debe estar, como si algo faltara, no se siente como en casa en su propia habitación.

Y créeme, yo sé que quiere sentir ese algo, que quiere estar bien, que quiere volver a ser como antes, que quiere estar cómoda ya y descansar. Pero ahí la ves, como alma en pena, como un muñeco de trapo al que un marionetista cruel le ha cortado los hilos. Tampoco es que sepa lo que hacer, ya te lo digo yo, está tan hecha un lío por todo que no sabe qué hacer, qué decir ni a dónde ir ahora mismo. Hace lo que puede... pero es evidente que no es suficiente, ¿no? Así que se limita a llorar ahí, donde la ves, hecha pedazos, sin siquiera poder esconderse.

Si pudiera escucharme, yo le diría: "Abre los ojos. Levántate, piensa con la cabeza fría, deja de llorar, analiza, intenta comprenderlo, entiende por qué estás así y busca soluciones, así encontrarás lo que has perdido, lo que te han quitado, lo que echo yo de menos".

Pero no. Tiene que ser fuerte sola, ¿verdad? ¿A que tú también lo piensas? ¿Ves? Tiene que ser fuerte, aguantar, porque en estos momentos se demuestra lo que se vale, a pesar de los problemas, que sean uno, diez, cien, mil, ¡tiene que ser fuerte! Y tiene que encontrar su sitio después de estar tanto tiempo dando vueltas.

Y así siempre, ella en su casa sin sentirse cómoda, intentando esconderse para llorar, queriendo estar sola cuando realmente necesita un hombro donde llorar, tirándose en la cama a ver la vida pasar y sus lágrimas caer...

Esconde sus sentimientos, ha dado por perdidos sus sueños e ilusiones, está perdiendo la cabeza, se está volviendo loca, está perdiéndose a sí misma, está cayendo, se está hundiendo, no encuentra su sitio, se siente en tierra de nadie, está perdiendo la fe y la esperanza de vivir, está cayendo en desgracia, está en todos sitios y a la vez en ninguna parte.

Y hasta ahora y lo que nos queda, tú y yo la observaremos hacerlo, esconderse, buscar inconsciente y desesperadamente un atisbo de calidez a lo que aferrarse, caminar ausente, llorar con la mirada perdida, perder la razón, perderse a sí misma, perderse, perder.
_________________________________________________________________________________

Diría algo, pero ahora mismo estoy en shock por lo que he escrito. 

sábado, 12 de noviembre de 2011

Mías.

Esta entrada está escrita en un cuaderno y de mi puño y letra, pero no podía resistir la tentación de escribirla aquí también. Para mí, vale la pena.

Son pasadas las doce de la noche, pero tenía que escribir. No podía aguantar las ganas de estrenar mi pluma y mi cuaderno. Que ahora que me fijo no es una pluma en todo el sentido estricto de la palabra... pero es mía, me la han regalado ellas y es igual de importante sea como sea. Estoy escribiendo esto con las lentillas, la ropa de calle y los zapatos puestos todavía, pero bueno, eso no importa. Necesitaba hacerlo.

He querido empezar así mi cuaderno, inmediatamente, tal y como he vivido esta tarde, tal y como os merecéis: lo primero, con ganas, con nervios, con la más grande de las sensaciones de felicidad que puedo experimentar en mi vida. Dios... es difícil que no pueda encontrar una palabra para definirlo, y lo sabéis, porque soy la de las palabras raras y las ocurrencias, pero no puedo. No puedo definiros esto. Es... es perfecto, ¿sabéis? Es saber que se quieren cuatro personas, que tú eres una de ellas, y las otras tres son de las personas más importantes de tu vida, por no decir las más, que son tres personas maravillosas, únicas, perfectas, inolvidables, geniales, fantásticas, increíbles... en fin, que sois vosotras.

Yo... os juro que lo intento, pero limitar su valor con un adjetivo existente me parece hasta una mentira. ¿Qué adjetivo iba a usar para englobar todo esto? ¿Perfecto? ¿Total? ¿Genial? ¿Único? ¡No! ¡No hay algo escrito que lo pueda expresar! Y lo siento, lo prometo, siento no poder ponerle nombre, pero os prometo que no hay palabras. No tengo palabras para eso. Es que sois tan grandes, tan importantes, tan... vosotras. Y sólo puedo nombraros de una forma: mías. Llamadme posesiva, o loca, o yo qué sé, pero mías. Mis amigas, mis niñas, mis alegrías, mis sonrisas y risas, mis ayudas, mis apoyos, mis penas y lágrimas, mis desahogos, mías, como queráis llamarlo. 

Y en fin, os quiero, ya lo habréis supuesto. Por eso empiezo el cuaderno así, con una declaración de principios que, aunque espero tengáis ya claros, nunca está de más recordaros. Por eso, y porque este cuaderno es en parte vuestro, os dedico la primera página de las que, espero, sean muchas escritas, y os aseguro, mis chicas, que ésta no será la única en la que os diré todas estas cosas, en la que os nombre, o en la que decida haceros un espacio como un pequeño homenaje, aunque os merezcáis que escriba todo este cuaderno sobre vosotras y como mínimo, veinte iguales. Bueno, corto ya, que me muero de sueño y tengo miedo de quedarme dormida con el boli en la mano y rayar el cuaderno, con lo bonito que es y lo que me gusta. Buenas noches, mías. Hasta mañana y cuando queráis. Os quiero. 

A mi Alba, mi Jessi y mi Bea, mis razones de vivir, mis ganas de seguir, mis niñas, mi felicidad, mi razón de ser. Mis mías. 

sábado, 5 de noviembre de 2011

Todo es saber mirar.

Hoy, cuando me he despertado, me he planteado una cuestión muy seria (no, la verdad es que lo primero ha sido encender el ordenador y desayunar, ya luego me lo he planteado). Me he acordado de una amiga mía, y a partir de ahí he empezado a hilar imágenes y momentos, hasta que he hecho una teoría que me ha dejado tema para pensar para meses. He de admitir que no es un tema del que me guste hablar, porque en voz alta no soy capaz de hablar de ello, sabe Dios si por vergüenza o por qué. Pero en fin, que he decidido hacer una tabla de comparaciones a partir de ello. Sí, las comparaciones son odiosas (qué me vas a contar a mí...), pero si no lo pongo por escrito nunca podré entenderlo.

Tengo una amiga enamorada. Y tengo otra igual. Y en fin, tengo decenas de amigos enamorados y les odio a todos es impresionante la cantidad de detalles que pueden variar entre cada enamoramiento, las diferentes características que puede tener cada uno, las tan contrarias sensaciones que puede generar el mismo y a la vez tan diferente sentimiento que sienten todos ellos. Y, obviamente, yo no siento las mismas cosas cuando oigo a una hablando de ello, y oigo a cualquier otra persona hablando de lo que supuestamente sería lo mismo. Y os juro por lo más sagrado que no lo es.

A mí me gusta oír hablar a mi amiga. Me gusta verla. Me gusta darme cuenta de lo que siente, porque es tan evidente que casi podrías tocarlo y jugar a hacerle cosquillas. Se le nota en todas partes. Cuando sonríe, cuando habla, cuando se ríe, cuando simplemente camina. Cuando me mira a los ojos, lo veo. Aunque se esté riendo por algo que haya dicho o hecho, aunque esté hablándome de algún problema, aunque esté regañándome enfadada, lo veo. Y tengo que hacer mucho esfuerzo para no empezar a sonreír y decirle: ¿sabes que te brillan los ojos? (más que nada, porque si lo hiciera mientras me regaña, cobraría). Aunque bueno, tampoco es tan evidente, pero cuando pasas años mirando a los ojos a alguien, puedes saber lo que siente al mirarle. Y yo lo veo, es como un puntito de luz que está ahí, sonriendo continuamente, riéndose siempre, dando pequeños saltitos de felicidad. Y yo me alegro, y me gusta verlo, porque es como si ese puntito me gritara "¡está bien, no ocurre nada, todo está bien, todo está bien!". Y después de tanto tiempo, saber que sigue ahí, me tranquiliza mucho, porque todo está bien, porque me asegura que está bien.

Y en cambio, hay veces que ese puntito no es feliz, no sonríe ni da saltitos. En otras personas, ver ese puntito de luz no me tranquiliza en absoluto, porque me recuerda al brillo febril de los ojos de cuando alguien está malo, que está ahí, pero que es del tipo que te indica que precisamente, algo no va bien. Y el resto de "síntomas" es distinto, pero se nota en lo mismo. Cuando el amor no es del tipo que te alegra la vida, te la cambia de todas formas. También se nota en todas partes, hasta en el más mínimo movimiento de manos. Y llamadme exagerada, pero sé de lo que hablo por experiencia y porque lo veo a menudo. Y no soporto verlo. Odio ver que esa luz, que debería significar alegría, no expresar más que dolor, confusión, desesperación, tristeza. No me asegura que está bien, si no todo lo contrario. Le oigo decir "¡sácame de aquí, ayúdame, páralo, quítamelo!", mientras me mira con la cara distorsionada. Y eso hace que, en el fondo, se abra mi cajón de las cosas ocultas y me den ganas de salir corriendo, de huir, de no permitir que eso vuelva a afectarme. Pero aguanto, porque si no aguanta él, alguien tendrá que hacerlo hasta que recobre fuerzas para salir de ahí solo.

Y a veces me da rabia, me enfado, me dan ganas de agarrar a esa persona de los hombros y zarandearla diciéndole "¡REACCIONA, POR EL AMOR DE DIOS, REACCIONA!". Y luego me siento culpable, porque yo también estuve así, porque sé que si por querer fuera, no estaría así, porque tampoco soy yo nadie para gritarle a nadie lo que tiene que hacer en temas que no me incumben. Y por eso, cuando sus ojos, por un momento, dejan de expresar dolor para encenderse un poquito, sólo un poquito, y murmuran "quizá así... quizá hoy... quizá con esto...", por mucho que me pueda fastidiar la idea de pensar que puede volver a estar mal, que puede ir a peor, que no debería haber más quizás y que debería dejar de pensar en ello de una recondenada vez por todas, en parte, me muerdo la lengua y vuelvo a tender la mano, por si pudiera ayudar, por si fuera necesario para conseguirlo. Y sigo haciéndolo cuando la luz se apaga, esperando a que se vuelva a encender para no ver más esa expresión, hasta que haya otra manera de no verla.

Al fin y al cabo, eso lo aprendes cuando llevas mucho tiempo mirando a los mismos ojos. A tus amigos, a tu familia, a tus parejas... pero también hay gente capaz de verlo nada más cruzarse con un desconocido. Empatía, lo llaman algunos. Yo lo llamo saber demasiado sobre ello. El caso es que todo es saber mirar e interpretar lo que ves, te guste o no.

Sueños de plástico.

Como ya dije una vez antes y llevo diciendo un tiempo, estoy volviendo a plantearme la idea de escribir un libro. Cada día se me ocurren como cincuenta argumentos, tres mil personajes, millones de tramas y lugares. Imagino escenas enteras, historias que empiezo y dejo inconclusas, modelo mentalmente personajes que siempre dejo a medias. Nunca los termino. Es por eso por lo que fracaso estrepitosamente cuando intento escribir algo que no sean viñetas, cosas cortas o simplemente que no sean acerca de mis pensamientos. 

Lo intenté dos veces antes. Ni que decir que ambas veces fueron sendos fracasos. Además, yo tengo el problema de que cuando empiezo a escribir algo y lo desarrollo, siempre acabo por salirme del argumento como quiero y no me gusta cómo lo he empezado, y entonces lo tengo que cambiar todo y en fin, esfuerzo para nada. Lo dejo incompleto porque la mayoría de las veces no sé ya ni cómo seguirlo. Y me da rabia, la verdad. Me frustra mucho no poder escribir una historia con principio, nudo y desenlace, porque digo yo, ¿qué escritora no es capaz de terminar una obra? Si quiero llegar a serlo, tendré que escribir alguna entera, ¿no? Digo yo. Pero en fin.

Por eso quiero empezar con el tercer intento. Dicen que a la tercera va la vencida, y además, cuento con los fallos de los anteriores que corregí en mi estilo. Al menos ya no tiro de self-insert, ya es algo. Al principio lo hacía por diversión, porque me quería sentir más involucrada, pero al final cansa. Y tengo mil quinientos argumentos para la historia, a cada cual más diverso, y muchos personajes, y cientos de paisajes o circunstancias en las que se desarrollaría. Podría ser una novela histórica de caballeros de la Edad Media. Podría ser una historia futurista. Podría ser un libro contemporáneo, como estos que causan sensación entre los adolescentes de hoy. No lo sé, la verdad es que he pensado de todo. Y personajes, buf, de todo tipo los hay. Y ya lugares o tramas o contextos ni hablamos, ¿cierto?

Aunque bueno, por ahora es sólo una idea, un deseo. Últimamente me estoy centrando mucho en mis estudios, la verdad, y no me quiero distraer. Es el último año antes de la Universidad, y estoy realmente acojonada. No hay tarde que no tenga un libro delante, e incluso me estoy temiendo que voy a tener que ir a devolver el que pedí en la biblioteca porque no me lo voy a poder leer en casa, y me niego a llevarlo en la mochila por miedo a que se estropee en el instituto o en los trayectos. Pero de todas formas tendré siempre ahí la ilusión del tercer libro. Es mi sueño de plástico. 

Lo llamo así porque es la definición que más me gusta. No es una realidad ni una apetencia cualquiera, es un sueño: tener un libro mío, escrito por mí, publicado, en hojas de papel con una ilustración en la portada. Lo que haría por tener un libro publicado... en fin. Y es de plástico, pero no de plástico policromado o blanco como el PVC, sino del plástico transparente y duro. No quiero sueños de cristal, que se rompen de un golpe en mil pedazos, y tampoco sueños de hierro, que al final te acaban pesando y los cumples sólo por deshacerte de ellos. Es mi sueño de plástico, porque es transparente como el cristal y ligero, y porque lleva tantos golpes que todavía no se rompe. Yo tengo un sueño de plástico que me va a durar años y años. Y me doy por satisfecha con tenerlo, hasta que lo pueda cumplir. Ya entonces me buscaré otro. Pero de plástico, por supuesto.