Tengo una amiga enamorada. Y tengo otra igual. Y en fin, tengo decenas de amigos enamorados y
A mí me gusta oír hablar a mi amiga. Me gusta verla. Me gusta darme cuenta de lo que siente, porque es tan evidente que casi podrías tocarlo y jugar a hacerle cosquillas. Se le nota en todas partes. Cuando sonríe, cuando habla, cuando se ríe, cuando simplemente camina. Cuando me mira a los ojos, lo veo. Aunque se esté riendo por algo que haya dicho o hecho, aunque esté hablándome de algún problema, aunque esté regañándome enfadada, lo veo. Y tengo que hacer mucho esfuerzo para no empezar a sonreír y decirle: ¿sabes que te brillan los ojos? (más que nada, porque si lo hiciera mientras me regaña, cobraría). Aunque bueno, tampoco es tan evidente, pero cuando pasas años mirando a los ojos a alguien, puedes saber lo que siente al mirarle. Y yo lo veo, es como un puntito de luz que está ahí, sonriendo continuamente, riéndose siempre, dando pequeños saltitos de felicidad. Y yo me alegro, y me gusta verlo, porque es como si ese puntito me gritara "¡está bien, no ocurre nada, todo está bien, todo está bien!". Y después de tanto tiempo, saber que sigue ahí, me tranquiliza mucho, porque todo está bien, porque me asegura que está bien.
Y en cambio, hay veces que ese puntito no es feliz, no sonríe ni da saltitos. En otras personas, ver ese puntito de luz no me tranquiliza en absoluto, porque me recuerda al brillo febril de los ojos de cuando alguien está malo, que está ahí, pero que es del tipo que te indica que precisamente, algo no va bien. Y el resto de "síntomas" es distinto, pero se nota en lo mismo. Cuando el amor no es del tipo que te alegra la vida, te la cambia de todas formas. También se nota en todas partes, hasta en el más mínimo movimiento de manos. Y llamadme exagerada, pero sé de lo que hablo por experiencia y porque lo veo a menudo. Y no soporto verlo. Odio ver que esa luz, que debería significar alegría, no expresar más que dolor, confusión, desesperación, tristeza. No me asegura que está bien, si no todo lo contrario. Le oigo decir "¡sácame de aquí, ayúdame, páralo, quítamelo!", mientras me mira con la cara distorsionada. Y eso hace que, en el fondo, se abra mi cajón de las cosas ocultas y me den ganas de salir corriendo, de huir, de no permitir que eso vuelva a afectarme. Pero aguanto, porque si no aguanta él, alguien tendrá que hacerlo hasta que recobre fuerzas para salir de ahí solo.
Y a veces me da rabia, me enfado, me dan ganas de agarrar a esa persona de los hombros y zarandearla diciéndole "¡REACCIONA, POR EL AMOR DE DIOS, REACCIONA!". Y luego me siento culpable, porque yo también estuve así, porque sé que si por querer fuera, no estaría así, porque tampoco soy yo nadie para gritarle a nadie lo que tiene que hacer en temas que no me incumben. Y por eso, cuando sus ojos, por un momento, dejan de expresar dolor para encenderse un poquito, sólo un poquito, y murmuran "quizá así... quizá hoy... quizá con esto...", por mucho que me pueda fastidiar la idea de pensar que puede volver a estar mal, que puede ir a peor, que no debería haber más quizás y que debería dejar de pensar en ello de una recondenada vez por todas, en parte, me muerdo la lengua y vuelvo a tender la mano, por si pudiera ayudar, por si fuera necesario para conseguirlo. Y sigo haciéndolo cuando la luz se apaga, esperando a que se vuelva a encender para no ver más esa expresión, hasta que haya otra manera de no verla.
Al fin y al cabo, eso lo aprendes cuando llevas mucho tiempo mirando a los mismos ojos. A tus amigos, a tu familia, a tus parejas... pero también hay gente capaz de verlo nada más cruzarse con un desconocido. Empatía, lo llaman algunos. Yo lo llamo saber demasiado sobre ello. El caso es que todo es saber mirar e interpretar lo que ves, te guste o no.
No hay comentarios:
Publicar un comentario