lunes, 17 de septiembre de 2012

Right to the top.

¿Habéis nadado alguna vez en el mar? No me refiero a nadar en el mar como cuando vas a la playa y llegas hasta donde tocas y no te alejas mucho de la orilla y tienes que estar pendiente de dónde está tu sombrilla para que no te arrastre la corriente demasiado lejos. Me refiero a nadar en el mar, saltar desde la borda de un barco al mar y simplemente nadar, porque no hay más que agua a tu alrededor aparte de un barco y una orilla ahí, a lo lejos, que simplemente no te apetece alcanzar. Tirarte al agua, que obviamente estará fría del demonio, y nadar, y patalear, agitar los brazos y abrir los ojos como platos cuando te asomes a la superficie. Y cuando te aseguras de que el barco está cerca, de que la gente está cerca, simplemente nadas.

¿Y nunca habéis sentido las diferencias de temperatura del cuerpo cuando nadas? ¿Sentir la coronilla más fría que el resto del cuerpo cuando te sumerges? ¿Que lo primero que se calienten sean los brazos? ¿Y que de pronto venga una corriente de agua fría y tú quieres pegar un salto y propulsarte fuera del agua porque madre mía, eso de frío era ilegal seguro? ¿Y cuando es una corriente de agua caliente, mirar a todas partes para saber de dónde ha salido y qué era exactamente porque cómo puede estar el agua tan fría y de pronto venir un chorro de agüita templada?

Oh, ¿y qué decir de la sensación que da sumergirse, cerrar los ojos y sencillamente flotar? Al principio es relajante, neutro todo, la calma y la inmovilidad que a la vez es flexible, moverte solamente porque se mueve el agua y no querer abrir los ojos porque eso es situarte, y no quieres saber nada de nada, solamente ser, estar, existir. Notar que también tus párpados están fríos, igual que la cara de tus dedos y por detrás de las rodillas. Y no es silencio, porque oyes moverse el agua, oyes los latidos de tu corazón, oyes lo que fuera no puedes oír. Y de pronto, todo es demasiado.

Todo se convierte en demasiado, porque aunque sea un sentimiento liberador, puro y neutro al mismo tiempo, de existir y ser lo más importante para ti y lo más ínfimo para el resto del mundo, llega un momento en el que es demasiado y sientes que si sigues así por más tiempo explotarás o implosionarás o pasará algo porque es todo tan intenso que te aterroriza hasta el tuétano porque nunca antes habías estado tan cerca de una energía tan pura y de pronto estar demasiado cerca quema, congela, paraliza y te hace vibrar, todo por dentro, al mismo tiempo. Y pataleas con todas tus fuerzas y mueves los brazos hasta que llegas a la superficie y tomas una enorme bocanada de aire tras otra mientras te limpias los ojos de agua salada y los abres todo lo que puedes, y te das cuenta de que todo parece más azul mientras buscas el barco y la gente y lo que te ancla a este mundo porque has estado muy cerca de olvidarlo.

Y les ves, y suspiras aliviado y un poquito resignado, porque están allí, y esa energía estaba, y ahora quieres volver a estar cerca porque ellos tampoco es que se fueran a ir muy lejos y ya veías que tú podías volver. De todas formas, empiezas a nadar hacia el barco entre el agua helada, porque ya hace frío, y subes las escaleras metálicas resbaladizas y te sientas en la borda envuelto en una toalla, con los labios morados y los ojos ligeramente rojos, respirando entrecortadamente, y observas cómo cielo y mar se funden en el horizonte, y te preguntas si en esa línea está la energía que creíste por un momento que se parecía mucho a lo que debería ser la libertad.

lunes, 10 de septiembre de 2012

Pure imagination.

Siempre he dicho que nunca tendré hijos. Mi miedo al compromiso, que es más grande de los que muchos podrán imaginar, me paraliza ante la idea de tener que encargarme de otra vida durante años, engendrándola yo misma y cuidándola mientras sea frágil y procurándole todo lo que necesite para vivir y luego volar lejos de mí. No, no, niños no, por Dios, niños no que yo no tengo paciencia ni ganas ni tiempo ni nada. Sobre todo valor y confianza en creer que podré hacerlo. No, no, para nada, quita, quita. Yo qué voy a tener niños, si soy casi una de ellos. Qué va, hombre, qué va. Yo como mucho te cuido a los tuyos, pero vuelves a por ellos luego.

Y sin embargo, pierdo la dignidad y lo que se supone que me aporta el llevar una chaqueta de piel negra y pantalones sempiternos y zapatillas que simbolizan la rebeldía urbana cuando veo a un bebé o un niño pequeño. El culo, por ejemplificarlo mejor. Veo a un niño pequeño y quiero jugar con él, cogerle, hablar con él, perseguirle para que corra delante de mí sin parar de reírse, reírme con él cuando le pille, verle dormir, acariciarle el pelo porque lo tiene muy suave, y demás tonterías que yo no hago porque soy una chica independiente y muy madura y yo no quiero niños porque qué coñazo. Pero al tema. Si yo tuviera niños... corrección si yo tuviera lo que hace falta tener para estar preparada para tener niños...

Si yo tuviera niños, a él le llamaría Alejandro, David o Daniel, y a ella, Alejandra, Adriana o Ángela. No es que los tuviera pensados desde hace años ni nada, psché, son cosas que se me han ocurrido así. No tengo tiempo yo para pensar en nombres de futuros hijos. Estoy segura de que mi embarazo sería la condena del mundo, porque si ya tengo mil caprichos hoy, imagínate 9 meses... y no hablemos de las hormonas. Por el amor de Dios, no hablemos de los cambios de humor por las hormonas y el verme gorda o con los pechos hinchados. No, no. Mec. Error. Cambio de tema. Jórror y pein.

Honestamente, malcriaría a mis hijos. Vale que me pondría de los nervios muy deprisa, ¿pero sería capaz de negarle algo a una carita sonriente con mofletitos y piel suavecita y ay Dios mío que te como? Bueno, si lo pongo desde el punto de vista de que es por su bien, quizá, pero seguramente acabe cediendo. Maldita sea, padres, qué costaba haber puesto un poco de fuerza de voluntad en mi ADN, qué costaba. Oh, y tendrían todos los juguetes, todos. Todos porque yo también querría jugar con la mitad. Y fuera de duda queda que mis hijos verían TODAS las películas de Disney y las que no son de Disney, y conocerían Pokémon y Yu-Gi-Oh! y a Goku y Star Wars y jugaríamos al Rey León como hacía con mi padre y tendrían cochecitos con los que jugaríamos como jugaba yo y yo haría como mi padre y me uniría a ellos y les compraría todos los libros de Barrio Sésamo y veríamos juntos todos los capítulos, como con mi padre... What the fuck did just happen.

¡Y por supuesto que mis hijos crecerían con una mascota! Compraríamos un gato, o un perro, dependiendo de cómo sea mi casa. O dos, o hasta tres, pero no más. Les enseñaría a acariciarle, a jugar con él, a cuidarle, a no tirarle de las patas, las orejas, los bigotes o la cola, a quererle, a respetar a los animales. Vería a mis hijos y a mi mascota jugar y no podría aguantar la sonrisa tonta mientras intento que el pensamiento de que algún día ellos me tengan que abandonar a mí no me haga ir a llorar desconsolada en una esquina.

A mis pequeños les enseñaría a escuchar música. Les pondría la música que me ponían a mí de pequeña y cantaría con ellos, y les hablaría de las anécdotas relacionadas con los artistas o las canciones, y pondría música casi a todas horas en casa, para verles bailar y cantar siempre siendo felices y unirme a ellos si hace falta. Obviamente, mis hijos bailarían tan bien y cantarían tan estupendamente como su madre, o por lo menos se lo pasarían igual de bien haciendo el tonto. No quiero que tengan sentido del ridículo, no quiero que se sientan inadecuados. Mis hijos crecerán todo lo inocentes que pueda mantenerles, enseñándoles a ignorar a la gente y sus opiniones. Mis hijos serán más puros de lo que yo una vez pude ser, porque yo me encargaré de ello.

Arroparía a mis hijos todas las noches, dándoles un último beso en la frente y enseñándoles a darme un último beso en la mejilla, para a la mañana siguiente llevarles en brazos desde su cama hasta el sofá del salón, donde les llevaría el desayuno entre semana, y a mi propia cama los fines de semana, hasta que ya no pudiera cargarles y ellos mismos, por rutina, viniesen a mi cama a dormir los últimos minutos de sueño por la mañana antes de desayunar. Entre semana serían tan gruñones como yo, y los fines de semana todos nos reiríamos en mi cama los sábados y leeríamos el periódico los domingos.

Y sin comerlo ni beberlo, habrán crecido de golpe, habrán tenido todos sus Ratoncitos Pérez y sus Reyes y sus Papás Noel y habremos tenido las charlas y los llantos de las explicaciones, y los momentos incómodos por el origen de los niños y el sexo, y tendré hijos adolescentes a los que no entienda a veces y con los que discuta porque son niños y no entienden que es lo mejor para ellos y que yo tendré miedo a que les pase algo porque ya empiezo a notar que me dejan un poquito atrás, y si eso no es miedo que alguien me explique qué lo es. Y aún así me las apañaré para intentar colarles algunos momentos como darles mimos improvisados, o reírme con ellos sobre cualquier cosa tonta, o hacerles cosquillas para despertarles, o desafiarles con charlas sobre política o los estudios o el futuro para ver cómo de mayores se han hecho. Y desde luego que no se librarán del martirio del interrogatorio de novios.

Y si mis hijos son gays, o bisexuales, o uno de ellos lo es, o no se siente a gusto en su cuerpo o sea el que sea el conflicto que tengan, me pillarán antes muerta que sorprendida. Con hijos o sin ellos, aceptar a alguien es lo principal en la vida si quieres ser aceptado tú mismo, y si un día mi hijo me dice que le gusta otro chico y que no sabe si es normal o mi hija me dice que no siente que su cuerpo sea el suyo, lo último que les va a faltar será mi apoyo, mi comprensión y todos los recursos que yo pueda poner a su alcance para ayudarles a facilitarles la vida, y plantaré cara por ellos y sus intereses, porque eso es lo que haría una madre o, como mínimo, una persona con sensibilidad e inteligencia social.

Y al final habré hecho lo mejor que haya podido para criar a nuevas personas que, como todos, tendrán que abandonar el nido para volar y vivir su vida independientemente, yéndose lejos de mí, dejando un vacío en mi casa y mi vida, obligándome sin quererlo a quedarme clavada en la puerta de casa viéndoles irse con sus cosas, su nueva vida, su futura oportunidad de formar otra familia y mi felicidad, bendición y deseo de que sean fuertes, felices y que tengan la misma suerte que tuve yo al tener la oportunidad de tener una vida llena con una familia a la que querer.

Obviemos que me pasaría días llorando y escuchando música deprimente y viendo películas dramáticas porque incluso con 50 años o más seguiré siendo una drama queen.

Por eso no voy a tener hijos ni nada parecido, porque qué coñazo, qué responsabilidad, yo no puedo afrontar un compromiso así, yo quiero vivir mi vida sin que nadie dependa de mí porque seguramente sería un desastre, que yo no quiero gastar así mi vida y, si lo hiciera, yo no quiero al final quedarme sola, o peor, ser una carga. Yo no quiero tener hijos. Es mucho para mí.

lunes, 20 de agosto de 2012

"Es que eso es obligarte a crecer de golpe, vamos".

A quien pregunte, obviamente le voy a contestar que mis vacaciones en Chiclana fueron bien, que mucha familia, playa, comida, sueño, risas, etcétera, porque eso es lo que se espera como respuesta cuando alguien te pregunta por tus vacaciones, no otro tipo de respuesta que fuese a obligar a estar un cuarto de hora escuchándote monologuizar (¿me acabo de inventar una palabra?) sobre tu drama personal. Que habrá personas a las que no les importaría escucharme, que sé que se preocupan, pero sinceramente, no es por ellos, es por mí. La explicación de esto se basa en que ya todos tenemos establecido que soy una persona orgullosa, demasiado incluso (mi abuela lo define como "tener muchos cojones"), pero es algo que no puedo evitar. Y es ese orgullo, ese mecanismo de autoprotección para no parecer débil a ojos ajenos, lo que se convierte en una vocecita en mi mente que, cuando me preguntan por ello, siempre me susurra al oído "vamos, no seas plasta, ya le has contado el drama, se va a cansar de ti y la verdad que la cosa no ha cambiado mucho, además, nunca saben qué contestarte y tampoco va a ayudar mucho el seguir lamentándote ante los demás por lo mismo y quedar como una niñata, venga, no seas pesada y cállate, que estamos todos hartos de lo mismo, tú la primera, y no hay necesidad de revolcarse aún más en el barro, es cuento viejo y no tiene remedio, pasa". Adorable, ¿verdad? Pues está en mi cabeza las 24 horas del día y siempre presente ante cada mínimo "¿qué tal?". Y ya puede venir quien quiera a decirme que no tiene razón que va a dar igual, que no se va a ir y que va a seguir ahí. He apreciado todos los intentos anteriores, pero no se va, y yo estoy harta de tanta prueba-error.

¿Y realmente no es mejor tomárselo todo con sarcasmo e ironía? ¿Qué es mejor, eso o tomárselo en serio, poner el dedo en la llaga, sentir todas esas cosas horribles que parece que te cortan y te queman y te ahogan por dentro y estar totalmente indefensa y vulnerable e impotente al sentir las lágrimas venir, los gritos ahogados, los músculos tensos con las ganas de golpear algo y liberar algo de todo ello? ¿Eso es mejor? Mostrarse débil nunca es mejor. Aún rota por dentro, no puedo, no debo parecer débil. Porque si lo parezco, ¿qué? ¿Qué hace alguien débil en tierra de nadie, en medio del fuego cruzado, con todas las miradas pendientes a ver qué se puede reclutar para qué bando, atentas a por dónde se cojea para tirar de la pierna y arrastrarte a un sitio donde te atarán de manos y piernas y te obligarán a mirar con la boca tapada, como han hecho por 17 años? ¿Qué hace alguien débil, qué hace una niña ahí?

Por eso, todo empezó yendo mal cuando me bajé del coche delante de la casa de mis abuelos. Porque no me bajaba del asiento trasero izquierdo, como una niña, sino del delantero derecho, como hacía mi madre. Y al ver cómo me miraba mi abuela al bajar del coche, sentí como si alguien me hubiera tirado el condenado coche sobre los hombros, se me bloqueaban las rodillas y yo tenía que aguantar ahí, de pie, y andar, porque no pensaba ser débil ante mi abuela, porque sabía que tras ella estaba mi abuelo, y me cazarán muerta antes de débil ante mi abuelo. Y el coche pesaba más a cada comentario de cuánto había crecido, de qué guapa me había puesto, de que cada año cambiaba (no voy a comentar sobre lo de que estoy más gorda porque, sinceramente, Lela, eso NO hacía falta). Y como entré, me fui a mi casa, con el peso del coche sobre los hombros, un nudo en la garganta y las piernas en automático, ofreciéndole a mi abuela mi brazo para que se apoyara en mí al andar, asintiendo y sonriendo a todo lo que me contaba hasta que, antes de meterme en el coche, me miró con pena, perdón y vergüenza y me preguntó por el tema, y me advirtió de mi abuelo sutilmente. Y el oxígeno desapareció de la calle Zarzamora y el nudo en mi garganta se apretó tanto que mi cabeza daba vueltas y, cuando me despedí de ella al fin y me metí en el coche, no pude evitar un gemido de pánico. De pronto, el valor y la ira acumulados como futuros recursos para hablar con mi abuelo sobre ello no estaban, y yo estaba vulnerable ante él, incluso lejos de él. El ataque de pánico duró segundos, lo que tardé en ponerme las gafas de sol, tensar la mandíbula y sacar el brazo por la ventanilla para sentir el viento.

Obviamente, la conversación con mi abuelo fue un desastre. Pero desastre en el sentido de tragedia, caos, masacre, emboscada, y todos mis intentos de defensa o ataque eran bloqueados o mandados al real carajo porque estábamos teniendo una conversación normal y no hacía falta echar cojones o levantar la voz y porque no hacía falta que se enteraran los vecinos, porque luego hablaban (que qué me importará a mí que hablen los condenados vecinos, que les veo una vez al año y no hablo con ellos, que me la sudan realmente, que si hace falta les voy a preguntar si tienen algún problema con mi familia derrumbándose, que lo solucionamos pronto). Todo esto bien regadito de un machismo de la época de mi abuelo y más mierda que yo no sabía sobre el antes de mi madre, que nunca está de más. Sobre todo el machismo, que es algo que yo tolero bien. Y lo toleré tan bien que me levanté empujando la silla de plástico blanca y salí de la casa a marchas forzadas, con mi abuela llamándome detrás desde el patio y yo alegando que necesitaba un momento antes de huir calle arriba, casi ignorando las parcelas de campo y las paredes gruesas y blancas de las casas, hasta llegar a un recodo casi escondido y comenzar a caminar en círculos hasta que casi me mareo y le arreo una patada a la pared, frenando justo antes de hacerlo porque no iba a quedar bien volver de casa de mis abuelos con algo roto.

Tras respirar varias veces profundamente (quien dijo que eso funcionaba para calmarse y yo tenemos que hablar) y echar todo el aire de mis pulmones por la boca, sintiendo como el nudo de la garganta se tensaba más y dolía peor antes de aflojarse un poco, como si el veneno se hubiera escapado con mi aliento, volví a caminar calle abajo con pasos pequeños, cogiendo hojas alargadas de los hierbajos del borde del camino y haciendo nudos con ellos (eso SÍ que funciona) hasta llegar a la mitad de la calle recta, donde vi a mi abuela esperándome en la esquina que da con el callejón de su casa. Mi abuela estaba esperándome allí, mirándome fijamente mientras yo bajaba la calle mirando a mi filamento de hierba con nudos y al suelo, incapaz de mirar al frente mientras ella estuviera ahí. Cuando llegué, tiré el hierbajo, la miré a los ojos el mínimo tiempo que pude y le ofrecí mi brazo para caminar. Ella me agarró la cara y, al borde de las lágrimas, me contó que mi abuelo también la hacía pasarlo mal a ella y que no le echara cuentas, que él es así y que no me preocupara. Yo asentí, volví a caminar en automático, dejé a mi abuela en el patio de la casa, vi a mi abuelo ignorarme como si ni siquiera hubiera entrado por la puerta y subí a la azotea de la casa saltando escalones de dos en dos, abriendo la puerta del cuarto de la infancia de mi madre corriendo y entrando despacio, cerrando la puerta con cuidado y sentándome en su cama lentamente. Todo me fue derribando a la misma velocidad que yo puse mis codos sobre mis rodillas y me llevé las manos a la cara, llorando encima de la cama en la que ya antes lo hizo mi madre, las dos por el daño que puede causar mi abuelo creyendo que hace lo mejor. Tras unos segundos de autocompasión, me levanté y observé el cuarto, ya con la cara seca y volviendo a enterrarlo todo dentro. Mi abuela me llamó justo cuando miré en el espejo del tocador y me vi hecha un completo... fracaso. Salí del cuarto con toda la calma que pude fingir y con las gafas de sol puestas a últimas horas de la tarde, cuando el sol ya casi no iluminaba. Mi abuelo no se despidió de mí y mi abuela me obligó sutilmente a darle un beso en la mejilla que no tuvo ningún tipo de respuesta. Me despedí de mi abuela, las dos al borde del llanto otra puta vez, y me fui con mi padre y mi hermana en el coche. Cuando terminé de gritarle a mi padre todo lo que había pasado, él se rió y me comentó si mi vocación era ser monologuista. A partir de ahí, me dejé la máscara puesta durante las dos semanas.

martes, 10 de julio de 2012

Hallelujah.

El café era pequeño, y estaba situado en la acera derecha de una gran calle principal de la ciudad. A aquellas horas del día y en aquella estación del año, la calle estaba completamente iluminada por la luz solar, haciendo brillar alegremente las paredes blancas y el cemento gris claro de los edificios, impolutos e imponentes. Desde dentro del café podía mirarse hacia afuera a través de la vitrina, que estaba tan limpia que parecía inexistente a primera vista, y se podía observar a la poca gente que caminaba por la calle a esas horas. El local también estaba casi vacío, solamente unos dos o tres clientes y dos camareros. Quizá fue ese ambiente lo que le llamó la atención, ese silencio cómodo y sereno que podía percibirse desde la acera, y el refugio del calor y la luz de la calle que ofrecía el hecho de que el viejo y elegante café no tuviera más iluminación que la que recibía desde el cristal que daba al resto del mundo.

Entró en el sitio empujando la puerta con confianza y dando una zancada, disimulando su sorpresa cuando un pequeño escándalo provocado por la campanita que colgaba de la puerta señaló su entrada triunfal. Sin embargo, solo uno de los camareros levantó la vista para verla, y cuando lo hizo, siguió secando unos vasos con un trapo blanco, como si nada hubiera pasado. El resto de ocupantes del café no mostró signos de haberse dado cuenta de su llegada. Con el desconcierto pintado en la cara se quedó inmóvil delante de la puerta, observando la falta de reacciones. Segundos más tarde, al darse cuenta del ridículo que seguramente estaba haciendo, sacudió la cabeza y se sentó en una mesa pegada a la pared opuesta del café, esperando tener una vista completa del resto del local y de la calle a través del cristal.

Nada más sentarse y dejar su bandolera negra en el suelo, al lado de la mesa, el camarero que había estado secando vasos antes se acercó a pedirle nota en voz serena y ligeramente baja, como si no quisiera romper la armonía del ambiente del café. Ella contestó pidiendo un café con leche y el camarero se retiró con una sonrisa suave para atender su pedido. Vio desaparecer al camarero tras la barra y desvió la mirada hacia el cristal que daba a la calle, girándose en la silla y apoyando la espalda en la pared de madera oscura, soltando un suspiro pesado. Nunca fue fan del calor y necesitaba cafeína, su mañana en la universidad había sido aburrida hasta la desesperación y le dolía la cabeza.

Maldijo mentalmente por enésima vez en el día a su cabeza, por no haber recordado coger sus sempiternas gafas de sol. Cerró los ojos y respiró profundamente echando la cabeza hacia atrás, apoyándola en la pared. Cuando oyó al camarero dejar ante ella su café, abrió un ojo para agradecerle la bebida con una sonrisa. El camarero solo sonrió y le guiñó un ojo antes de volver al trabajo. Ella volvió a cerrar los ojos y amplió su sonrisa involuntariamente. Benditos desconocidos educados. Volvió a sentarse erguida, girándose hacia la mesa y reprimiendo un bostezo, y se concentró en vaciar dos bolsitas de azúcar en su taza y remover el café con la cucharilla para evitar quedarse dormida sobre la bebida caliente.

Levantó la taza e iba a dar su primer trago de café cuando, de pronto, la campanita de la puerta volvió a montar un pequeño estruendo, combinado con el sonido de las bisagras de la puerta crujiendo ligeramente. Imitando al resto de personas del café, ella fingió no reaccionar ante el ruido, pero no pudo evitar lanzar una mirada por el rabillo del ojo para ver a un joven con una mochila y la misma cara de susto y confusión que había puesto ella al entrar al local. Tras los mismos segundos de inmovilidad, vio los hombros del chico sacudirse en una carcajada silenciosa y sus piernas guiándole hacia una mesa a la derecha de la puerta, junto a la vitrina. Ella volvió a concentrarse en su café, frunciendo ligeramente el ceño ante el inesperado obstáculo en su vista panorámica, pero decidió no darle importancia mientras probaba su bebida. También ignoró cómo aquel líquido a la temperatura de la lava del centro de la tierra convertía su lengua en una brasa candente, limitándose a volver a respirar profundamente y a relamerse los labios con tal de intentar comprobar si aún tenía sensibilidad en la punta de la lengua. El dolor por el roce le indicó que sí.

Decidió apartar el café hasta que tuviese una temperatura apta para el consumo humano y rescató su bandolera del suelo, abriéndola y sacando de su interior un cuaderno negro con tapas de piel y una pluma del mismo color. Pasó hojas inundadas por palabras escritas en tinta azul hasta que encontró una cara en blanco, dobló el cuaderno para tener más espacio en la mesa y destapó la pluma, quedándose mirando fijamente a la hoja, de un color ligeramente amarillento. Mil posibles escenas y pensamientos corrieron por su mente, pero sencillamente ninguna idea le llamó lo suficientemente la atención. Dejó la pluma en la mesa y comenzó a golpear suave y rítmicamente los dedos de la mano derecha en la madera, intentando concentrarse. Frustrada por la falta de inspiración, se giró para observar el café.

Quizá pueda escribir sobre una escena aquí, una viñeta cualquiera... no, no me gusta, demasiado... cliché. ¿El camarero majo? ¿Una jornada de trabajo animada? No, no estoy de humor. ¿Un drama vital encubierto por la adicción al trabajo y el trato agradable con desconocidos? ¿Qué demonios...? Intentemos hacer algo lógico sin ganarnos una demanda, por favor. Veamos... el abuelito de la barra. Hombros hundidos, leyendo el periódico deportivo, expresión serena... si comienzo a escribir algo sobre él acabaré llorando y dándole un abrazo muerta de pena. No. Lo siento mucho, pero no. ¿El estirado del maletín? Traje gris, expresión seria, tecleando con la "blackberry" delante del café frío y unas hojas... que parecen igual de aburridas que él. No. Aburrimiento. No. ¡El sentido de la vida! Sí, ya, claro. Estoy yo ahora como para filosofear. Joder, cómo quemaba el café de las narices, escuece. ¿El chaval de ahí? ¿El de la cara de tonto de antes? Qué mochila más fea. ¿Por qué se ríe mirando el móvil? Parece un demente. Un estudiante demente que trama una nueva catástrofe como la de Columbine en su universidad. Sí, lo veo. Y luego de ahí a dominar el mundo. Por favor... a ver, concentración. Está hablando con su... ¿novia? ¿Mejor amigo? ¿Madre? Con el amigo, mejor. El amigo le está contando cómo le fue con su ligue de la otra noche y él se está partiendo de risa ante la situación y le ríe las bromas. En el fondo quiere arrancarle la cabeza de un guantazo porque su amigo tiene tías y se queja, y él hace tiempo que está solo. Y a partir de ahí, lo que salga de la mente del chico solitario y melancólico. ¡Es perfecto! No. Debería dejar de proyectar mi situación en los personajes, ¿verdad? Verdad. ¡Mierda, me ha visto! ¡Disimula!


El joven le sonrió animadamente y ella apartó la mirada corriendo, como si de pronto la hubieran pinchado con un alfiler en el trasero, y se giró bruscamente hacia su mesa, donde el café se había templado demasiado hasta enfriarse y la pluma y el cuaderno seguían tan abandonados como los dejó. Ella alargó el brazo hacia el café, tomó un sorbo del líquido ahora frío sin variar su expresión seria y, tras volver a dejar la taza en el platito, cogió la pluma y la apoyó en la esquina superior izquierda de la hoja, preparada para escribir, y volvió a quedarse bloqueada. Observó la hoja con gesto ausente, intentando concentrarse y apartando el vergonzoso momento anterior de su mente.

-Esa mancha de tinta es lo más bonito que he leído en mi vida.

El repentino comentario le provocó un sobresalto y un pequeño bote en la silla, apartando de golpe el brazo de la mesa y descubriendo, en efecto, cómo la pluma había dejado una mancha de tinta en el lugar donde ella había apoyado la punta para escribir. Maldijo por lo bajo su estupidez y su capricho por no querer escribir con un bolígrafo Bic de toda la vida antes de que su mente hiciera "click" y ella levantara la vista de la hoja hasta su nuevo acompañante, lanzándole una mirada espantada al chico sentado al otro lado de su pequeña mesa, que la observaba sonriendo y con una pizca de malvada diversión al ver su reacción. Ella frunció el ceño automáticamente y cerró las manos en puños, antes de cambiar su expresión a una de aburrimiento y levantando una ceja, expresando su -falsa- falta de sorpresa hacia su acompañante.

-¿Puedo ayudarte en algo?-preguntó esbozando una sonrisa fríamente cortés en un tono limitadamente educado. Si el chaval no entendía que a ella no le apetecía disfrutar de su compañía, definitivamente tendría que utilizar una técnica más directa.

-¿Antes mirándome tan descaradamente y ahora tan borde conmigo?-ella volvió a fruncir el ceño y apretó los labios en una mueca de desagrado ante el tono falsamente dolido de él. Oh, si solamente pudiera echarle el café frío por encima de la cabeza y marcharse triunfalmente... pero no, porque seguramente se metería en problemas y, qué demonios, ella había llegado antes al sitio, él era el que debía marcharse. Psché.

-¿Qué quieres?-gruñó entre dientes con voz grave. Por Dios, si su madre la viese tratando así a un desconocido... se llevaría una bronca y una charla sobre modales otra vez. Pero el chico solamente le había dicho dos frases, se estaba riendo de ella y ella ya estaba fuera de sus casillas. Tenía derecho a defenderse, ¿no?

-Quiero leer lo que vas a escribir sobre mí y asegurarme de que estructuras bien mi personaje-¿¡PERO ESTE QUIÉN SE HA CREÍDO QUE ES Y POR QUÉ SE SUPONE QUE YO IBA A ESCRIBIR SOBRE ÉL!?


-Lamento tanto destrozar tus ilusiones, pero no iba a escribir sobre ti y me temo que no vas a leer lo que vaya a escribir-ella sonrió estirando al máximo sus músculos faciales en una mueca de sonrisa teatral acompañada por el gesto de entrecerrar los ojos mientras negaba con la cabeza, burlándose del arrogante, prepotente niñato de los...

El joven arqueó una ceja sonriendo y le dirigió una mirada de arriba abajo, analizándola. Ella volvió a poner gesto serio y apretó los labios sin apartar los ojos del chico, aguantando con desafío el examen visual. Cuando los ojos de él volvieron a enfrentarse con ella, tenían una chispa de diversión y curiosidad que provocó la curiosidad de ella, aunque nunca lo admitiría. Él solamente se reclinó en su silla y golpeó suavemente la mesa con las palmas de las manos antes de devolverle una mirada triunfadora.

-Está bien, ¿cuánto pides por ello?

-¿Disculpa?

-¿Cuánto pides por lo que vas a escribir?

-No está en venta.

-Todo tiene un precio.

-Bueno, pues esto no lo tiene, y si lo tuviera, tú no podrías pagarlo jamás.

-No me conoces.

-Tú a mí tampoco y pretendes comprarme un papel con algo que he escrito. ¿Y si escribo algo atroz y tú quieres pagar por ello?

-Los escritores no sois capaces de escribir cosas que vosotros mismos denomináis atroces. Es como infidelidad a vuestra profesión.

Vale, ¿qué demonios ha sido eso? Ella permaneció en silencio, observando con la mandíbula ligeramente desencajada de la impresión al chico, que no dejaba de sonreír como si acabaran de comunicarle que había ganado un trofeo que ya sabía que conseguiría. La joven parpadeó, agitó la cabeza y frunció el ceño por enésima vez en la conversación antes de volver a observarle con un rastro de ofensa en la mirada.

-¿Pero tú quién te crees que eres para venir aquí a exigirme a mí que escriba algo sobre ti y encima pretender comprar mi trabajo?-exigió saber señalándole con un dedo en actitud acusatoria.

-Soy tu nuevo muso, supongo que algo tendrá que ver con el hecho de que quiero ver lo que escribes.

Esto es el colmo, ¡el colmo! Con los ojos como platos y resoplando escandalizada por el descaro de él, ella recogió rápidamente sus cosas, guardándolas sin cuidado en la bandolera antes de sacar un billete de uno de los bolsillos exteriores, arrugándolo en la mano debido a la fuerza que estaba ejerciendo sobre él por no hacerlo en el cuello del chaval.

-Pues creo que te vas a quedar con las ganas-siseó entre dientes lanzándole una mirada mortal al chico antes de encaminarse hacia la barra, tras la cual el camarero observaba intrigado la conversación, estampando de un golpe el billete ante las narices del sorprendido/asustado/inocente trabajador y acto seguido saliendo del café con la fuerza y la velocidad de un huracán.

"Nuevo muso", "nuevo muso" mis... Cómo se atreve, tendrá cara, querer pagarme a MÍ por escribir sobre ÉL como si fuera el no va más o diese para mucho y/o buen argumento, maldito niñato de papá ricachón con complejo de semidios causado por una infancia sin amor...Hay que tener morro, encima maleducado y fanfarrón, "nuevo muso" dice, más quisiera el imbécil este... Se va a enterar, esta noche voy a escribir mil y una versiones de su muerte... Maldito egocéntrico, ególatra, EGO es lo que le sobra... A todo esto, ¿¡cómo puñetas se llama!? ¡¡Así no hay quien escriba!!

jueves, 21 de junio de 2012

Everest.

El viento arrecia, y con él, la tormenta de nieve que te desequilibra por millonésima vez en esta jornada. Pero no puedes permitirte frenar, así que sin cambiar la expresión de tu cara congelada te limitas a expulsar un pesado suspiro por la nariz, que forma una espesa nube blanca que te ciega los milisegundos que dura entre el agobiante viento, y sigues adelante.

 Adelante que desde hace tiempo también significa hacia arriba, literalmente, porque lo único que recuerdas ahora mismo de las montañas, o al menos de esta, es que se forman en vertical, y para seguir adelante hay que subir. En tu estado mental no te permites pensar más cosas que cosas obvias, porque puedes distraerte de tu objetivo, puedes llegar a conclusiones amargas y el poco oxígeno que hay a estas alturas te traiciona y acabas inmerso en una fantasía onírica que simbolizaría la falta de oxígeno de tu cerebro y tu entonces posterior muerte. Por ello, mantienes la mente en blanco, ignorando todo tipo de sensaciones como el dolor general y constante, y sigues hacia arriba.

Hace jornadas que ves el mismo paisaje, gris y blanco, y por jornadas entiendes el tiempo que pasa desde que te despiertas hasta que te duermes, porque estás seguro de que esta ventisca lleva días arreciado y aún no muestra síntomas de cansancio. Pero tú sigues, a pesar de que tu mochila pesa casi tanto como tú y estás seguro de que será por la capa de nieve que se habrá acumulado encima de ella. Sigues hacia delante, o hacia arriba.

Das gracias a que tienes tus bastones, tu equipamiento y a que el terreno pueda ser todavía avanzado a pie. Solo oyes el viento y solo ves blanco. Caminas lento, casi arrastrando los pies antes de clavar los tacos metálicos de tus botas en el suelo para no resbalar. Te recuerdas a una tortuga. Mantienes la mente en blanco, pero parece que solo han pasado diez minutos hasta que encuentras una mancha oscura en tu campo de visión. Jurarías que es una cueva.

Desvías un poco tu ruta y avanzas sin parar hacia la entrada de la cueva, parcialmente cubierta de nieve. Retiras un poco con tus botas y se desmorona; es reciente. Te recuerda a tu viaje. Te quitas la mochila, que cae pesadamente sobre la nieve. Te recuerda a la razón de tu viaje. Rebuscas y sacas una linterna en forma de esfera. Te recuerda a tu meta. Lanzas la pelota dentro de la cueva y observas. La luz rebotando te recuerda a ti perdido en tus problemas. La pelota se estrella varias veces contra paredes de piedra, y te recuerda a los golpes que te llevaste a lo largo y por culpa de todos ellos. La luz pálida y blanca de la linterna revela una cueva pequeña, cerrada, sin galerías, desnuda. Te recuerda a tu propia vida, simple, sin adornos, vacía. Entras en la cueva arrastrando tu mochila y agachándote, porque el techo está casi a tu altura.

Te sitúas al fondo de la cueva, poniendo la mochila entre tu cuerpo y la boca de la gruta, y te tumbas pesadamente, agotado. La luz te permite ver el techo, gris. Todo gris. Hasta tu cara parecerá gris, piensas. Ahora no puedes tener la mente en blanco, debes estar alerta por si este es el refugio de un oso, un lobo o sabe Dios qué. Es irónico para ti pensar en Dios mientras sacas de tu mochila el kit de ayuda para hacer fuego. Sacas una bolsa de plástico que contiene un mechero de montañero y un gran ramillete de ramas de madera atado con una gran goma elástica. Quitas dos puñados de ramas, las pones en el suelo. Te levantas y recoges piedras del suelo de la cueva. Ellas evitarán que el fuego se descontrole. Nadie fue tu piedra para controlar que el fuego de la desgracia no te consumiera, y mucho menos Dios.

Vuelves a tu sitio y haces un pequeño círculo con las piedras, en el que pones las ramitas en una posición para que no se consuman demasiado rápido. Antes de encenderlas recoges el ramillete y lo metes en la bolsa de nuevo, para evitar que la humedad las estropee o se congelen, y guardas también el mechero tras utilizarlo para encender la microhoguera. Todo empezó con algo más pequeño que ese fuego.

Sacas provisiones para comer y las dejas lo suficientemente cerca del fuego como para que se templen. Desde hace tiempo odias el frío, aunque estés en una montaña helada y haya un temporal de nieve y hielo y tú no te quejes. Comes en silencio y con ganas, sin desperdiciar nada. masticando lenta y concienzudamente. Y, como siempre antes de dormir, te recuerdas el motivo de tu viaje, dentro de tu saco de dormir, al lado de la hoguera moribunda  y casi ajeno a la ventisca.

"Esto no podrá conmigo, por muy débil que me haga ver". "Tápate, que coges frío". "No tengo frío". "El doctor dice que tienes que taparte por si acaso, no puedes coger otra enfermedad". "Odio esto". "Yo también". "Cancer is a bitch". "Te quiero". "Y yo". "Siempre". "Siempre". "Y lo gritaré desde la cima de una montaña si hace falta, para que no lo olvides". "¿Por mí?". "Por ti". "Te quiero".

sábado, 16 de junio de 2012

¿Simba?

Querida Iaia:

¿Dónde estás? ¿Qué tal te va todo? Hace mucho que no sé de ti, ¿qué estás haciendo? ¿Sigues haciendo tantas tonterías como cuando estabas conmigo? Te echo de menos. Me acuerdo de ti todos los días, cuando veo tus fotos. A veces me hacen reír porque recuerdo lo bien que nos lo pasábamos, otras veces tengo que apartar la mirada y respirar hondo, porque me faltas, pequeña. Nos faltas a toda la familia. Mamá también te echa de menos, ¿sabes? Yo no soy tan fácil de tratar. Papá también te echa mucho de menos, yo no juego con él tanto como tú. Mi hermana también te echa de menos, creo que se siente sola sin ti. Yo no la cuido tanto, ni la cojo de la mano por la noche mientras dormimos, como tú hacías. Y no le doy a Nala tanta guerra como tú, pero te aseguro que lo intento.

De todas formas, ella también se ha hecho mayor, ya. Si la vieras estoy segura de que no sabrías si reír o llorar. ¿Recuerdas cuando llorabas en silencio las noches que ella dormía contigo, tranquilamente entre tus tobillos, y tú imaginabas cómo sería todo cuando ella ya no estuviera? Yo también lo hago a veces. Me acuerdo tanto de ti esas noches...

Me acuerdo de ti cuando veo tus libros, en la estantería, cogiendo polvo y ocupando espacio. Tantas veces he acariciado los lomos de sus cubiertas y he pensado en releerlos, para intentar hacerte volver... Pero no lo hago. Lo siento, Iaia. No puedes volver, esto ya no es seguro para ti, te harían tanto daño que no me lo perdonaría nunca. Te echo de menos, pero debes saber que es por tu bien que te alejé de mí.

Aún así, otra razón por la que no puedo permitirte volver es por vergüenza. ¿Qué pensarías de mí, pequeña, si vieses en lo que me he convertido? ¿Qué hay de todo lo que imaginamos ser y de lo que soy ahora? Lo intenté, pero no salió del todo bien. Tengo muy buenos amigos, Iaia, eso te lo juro, estoy rodeada de lo mejor que te puedes imaginar. Me quieren, y yo les quiero a ellos. Te habría encantado conocerles a todos, estoy segura de que estarías muy contenta si les vieras. También te encantaría ver que, de alguna manera, estoy escribiendo mucho. ¿Te acuerdas cuando sólo queríamos poder vivir como escritoras? Bueno, aún no tengo beneficios económicos, pero por lo menos estoy haciendo mucha práctica. Y soy fiel a lo que siento cuando escribo, que eso es siempre lo que tú quisiste. Por eso nunca te preocupes.

Ves que sigo yéndome por las ramas cuando no quiero hablar de algo, ¿no? Sigo siendo igual que tú en algunos aspectos. La cosa es, Iaia, que no te esperarías los cambios en algunas partes de mi carácter actual. Tú eras simpática con todo el mundo, hasta con la gente que no lo era contigo. Digamos que yo me he vuelto un poquito más defensiva... en un sentido un poco radical. Puedo imaginarme los reproches que me harías muchas veces cuando soy borde o cruel con alguien, igual que lo triste y confusa que te sentirías si alguna vez me vieras enfadada. Ninguna de las dos esperaba acabar así, pero los años y la gente hacen tanto, tanto daño...

¡Pero sigo conservando el peluche de Nala! ¿Te acuerdas de él? ¿Nuestro peluche favorito? Ahí sigue, como siempre, igual de blandito y de achuchable y de todo. Aunque ahora sólo lo cojo para moverlo de la cama al armario y del armario a la cama... y a veces ni eso... pero no puedo jugar al Rey León como antes. Ay, si vieses en lo que esta familia se ha convertido... te morirías de pena y de miedo. Es duro, Iaia, tan duro... por eso no puedes volver, te estoy protegiendo, y no quiero que veas lo que pasa y lo que hago ni que oigas lo que puedo llegar a decir. Te morirías del susto, también. Eres demasiado inocente.

¿Sabes que hay gente que nos sigue confundiendo? Me tratan como si yo fuera la niña pequeña que  eres. Y claro, no creas que me molesta, pero es como si les estuviera engañando. ¿Cómo les explico que tú ya no estás, por mucho que nos pese a todos? A veces quiero ir a buscarte y traerte aquí, para que todos te vean y comprobar si tú podrías sobrevivir aquí, con ellos, y llevar una vida más tranquila que la mía. Así quizá podría descansar un rato. Luego alguien viene a molestar y decido que es mejor que te quedes donde estás, que yo puedo enfrentarme mejor a ellos, porque me volvería loca si alguien te hiciera más daño. Eres una de las pocas cosas que me mantiene cuerda todavía, acordarme de ti me ayuda.

Estoy segura de que ahora mismo acabas de desconcentrarte leyendo, te has ido por la tangente pensando y estarás riéndote imaginando las caras de quien pueda leer esta carta sin conocerte. Créeme, a mí también me encantaría ver esas caras. ¿Pero qué podemos contarles? Muy pocos, si no nadie, podrán llegar a saber quién eres tú y quién soy yo tan bien como lo sabemos nosotras. Luego me llamarán loca, pero da igual, no es como si fuera la última noticia. A ti también te lo llamaban y no es que haya variado la situación. Pero loca inteligente, como tú decías, eres una loca consciente.

Tengo que dejarte, Iaia, el deber me llama. No, no soy una superheroína, como tú querías ser. Lo siento, esta gente todavía no sabe cómo podemos hacer para volar por nosotros mismos. Pero te mantendré informada si lo consigo alguna vez. Espero poder volver a mandarte otra carta alguna vez, ¿vale? Ya te contaré más cosas. Por ahora debes quedarte donde estás y no volver, simplemente tienes que esperar a volver a oír noticias mías. Prometo no tardar años otra vez, que sé que me habrás odiado en algún momento por lenta. Y otra cosa, Iaia... perdón por todo. Tú ya sabes por qué. Lo siento.

Te echo mucho de menos.

Claudia.

jueves, 24 de mayo de 2012

Fix you.

Él no es su mejor amigo, ni ella su mejor amigo. Son conocidos, conocidos que tienen amigos en común y salen en grupo habitualmente. Han hablado poco, porque él es reservado y tímido, y porque ella suele estar rodeada de sus amigos más cercanos y pocas veces está a solas lo suficiente como para acercarse a darle conversación. Siempre suelen estar en un parque, en un centro comercial o en las calles de la ciudad, a altas horas de la noche, rodeados de cielo oscuro, farolas anaranjadas y luces de neón, cuando no dentro de algún local anunciado por los luminosos.

Se conocen muy poco, y ella parece no tener interés ninguno en cambiar esa situación, pero a él, lo poco que conoce, le parece suficiente. Al principio ella no le pareció más interesante que cualquier árbol del parque, pero con el tiempo fue reclamando silenciosa e inconscientemente su curiosidad. Él sabe perfectamente qué es lo que le atrajo más de ella. Sabe que fue una tarde cualquiera, en la que no hablaron y él ni siquiera conseguía retener aún el nombre de ella, cuando ella le miró a los ojos por primera vez y le sostuvo la mirada. La culpa de que él estuviera el resto del día pensativo la tenía esa mirada que reflejaba inteligencia y algo más a partes iguales, la cual también le impedía mantener la etiqueta que le había colocado de superficial y pija tonta a las pocas horas de haberla conocido, apenas hacía una semana.

Desde esa mirada, él no podía hacer más que mirarla desde lejos cada vez más, la mayoría de las veces sin que ella se diera cuenta, como si fuera un acertijo que tratase de resolver. Ella era un puzle para él. ¿Por qué actuaba de forma tan superficial con todo el mundo y luego era capaz de lanzar miradas tan profundas a alguien  como él, con quien apenas interactuaba? ¿Cómo podía parecer ante todos tan simple y a él antojársele tan compleja? ¿Qué había detrás de lo que ella mostraba? Él se sentía paranoico, sospechaba que estaba sacando las cosas de quicio, pero algo le impedía dejar de pensar en ello. No podía haberse imaginado la profundidad de aquel casual choque visual. No podía ser, ella tenía que tener algo que fuera así de complejo dentro de ella para poder reflejarlo con tanta naturalidad. No podía hacer otra cosa que recrear sus ojos, y eso le estaba volviendo loco de frustración.

Todo hasta una noche hacía ya un par de meses, en la que los planes de ambos se trastocaron irreparablemente. Como siempre, habían quedado un sábado por la noche para ir de copas, y como siempre, ella había bebido. Él no solía beber, ya que no le gustaba el fuerte sabor del alcohol ni sus consecuencias. Le gustaba llegar a casa por su propio pie y dormir sin sentir la Tierra girando a su alrededor, y despertar sin malos recuerdos ni consecuencias. Ella, sin embargo, solía beber hasta que su equilibrio fallaba y todo era muy gracioso o muy dramático, y alguien tenía que ir cuidando de ella. Él nunca le ayudaba porque nunca hablaban, y menos cuando ella iba borracha. Era algo que sencillamente él no soportaba ni tan siquiera ver.

Aquella noche, sin embargo, pasó algo. Él estaba apoyado en la barra del local y ella había estado bailando con todas sus fuerzas en la pista de baile, hasta que la sed era demasiado fuerte y se acercó a la barra. En su estado de ebriedad le reconoció entre la multitud, y se acercó a él en busca de una cara amiga. Intercambió con él un par de palabras, y obviamente no se percató de la sorpresa de él. Ella pidió su copa, se apoyó en a barra y siguió bailando desde ahí, casi ensimismada. Él sólo la miraba con su vaso en la mano. Cuando ella ya había terminado con la mitad de su copa, su grupo cercano de amigas se acercaron y comenzaron a bailar todas al lado de la barra. Él no podía estar más incómodo ni aunque su propia madre hubiera aparecido de la nada y se hubiera unido a las chicas, pero suspiró resignado y se giró para observar el resto de la pista y hablar con sus amigos.

Horas después, todos decidieron irse. Las amigas de ella fueron al guardarropa del local, y él volvió a quedarse a solas con ella. Ella, aún ignorando su presencia, trató de dirigirse a la salida, pero resbaló y, de no haber sido por los reflejos de él, se habría comido el pegajoso suelo negro de la discoteca de una forma muy poco elegante. Mientras ella reía y tartamudeaba un "gracias", él suspiró para sus adentros y le ayudó a caminar, pasando un brazo por su espalda y agarrando su costado. Ella pasó un brazo por su espalda y se agarró a su cadera casi sin fuerzas. Él no sabía muy bien cómo reaccionar, y lo dejó estar. Cuando salieron, tras unos minutos de charla, todos se fueron a sus casas, y él se quedó con ella, desconcertado, asumiendo que le había sido asignada la tarea de llevarla a su casa. Tras preguntarle por su dirección, para lo cual ella tuvo que concentrarse unos minutos para recordarla, emprendieron el camino a pie, aprovechando las temperaturas agradables y el fresco aire de las altas horas de la madrugada mientras ella monologaba de todo un poco y se reía cuando él hacía algún comentario sobre el tema.

Al llegar al apartamento de ella, compartido con otra chica, según él tenía entendido, la casa estaba vacía. Al entrar, ella estuvo a punto de tirar un paragüero tras pasar unos diez minutos intentando abrir la puerta con la llave. Él rescató el paragüero con una pierna y evitó que ella cumpliera su promesa de tirar las putas llaves que no sirven para nada y que no abren la puta puerta, colocándolas en una mesita del recibidor. Luego, guiado por ella, la llevó a su cuarto y la ayudó a quitarse los zapatos y la chaqueta. Cuando estaba llevándola a la cama para que pudiera dormir, de pronto se encontró con ella tirada sobre él, enredando sus manos en su pelo y besándole hasta dejarle sin respiración. Tras momentos de shock, él puso sus manos en las caderas de ella con firmeza y la apartó, observándola con severidad de arriba abajo. Ella le miró con miedo y desconcierto, y empezó a temblar. Al ver su reacción, él suspiró y la abrazó con delicadeza, pasando una mano por su pelo y otra por su espalda, besando su sien y murmurando un "lo siento". Ella se apartó un poco, le miró y preguntó "¿No?". Él negó con la cabeza. "Así no". Ella asintió con tristeza y se dejó hacer mientras él volvía a llevarla a la cama. Ella se tumbó y él la arropó con las sábanas, dándole otro beso en la frente. Ella alargó un brazo y le acarició la mejilla, sonriéndole con pura simpatía. Él le devolvió una sonrisa tranquila y satisfecha, y le dio otro beso en la frente. "Buenas noches". Se fue apagando la luz de la habitación.

Desde esa noche, él sabe que no la conoce mucho, pero le parece suficiente. Le parece suficiente porque ella ahora también le mira más que antes, y él ve siempre esa mirada profunda que parece dedicarle sólo a él. Le parece suficiente porque ella, tras bailar toda la noche cuando salen en grupo, siempre se acerca a él para que la lleve a casa desde aquella noche y le agarra de la cintura para mantenerse en pie, a pesar de todo lo que ello ha inspirado en el resto del grupo de amigos. Le parece suficiente porque sabe que una caricia en la mejilla y un beso en la frente es todo lo que necesita para irse contento tras dejarla en su casa sana y salva. Todo lo que ella le da desde esa noche, que nunca ha sido más y nunca ha sido menos, le parece suficiente para mantener eso que no se sabe bien qué es lo que tienen pero que algo tienen. Ambos respetan eso, y ninguno pide más ni menos. Él no lo sabe explicar, y ella nunca habla de ello, pero a ambos les gusta. Él sabe que algún día saldrá herido de esto, y ella teme que exista la probabilidad de que ella le haga daño o viceversa, y esa es una de las tantas razones por las que ninguno da más, ni menos. Sin embargo, por ahora, es suficiente.