jueves, 24 de mayo de 2012

Fix you.

Él no es su mejor amigo, ni ella su mejor amigo. Son conocidos, conocidos que tienen amigos en común y salen en grupo habitualmente. Han hablado poco, porque él es reservado y tímido, y porque ella suele estar rodeada de sus amigos más cercanos y pocas veces está a solas lo suficiente como para acercarse a darle conversación. Siempre suelen estar en un parque, en un centro comercial o en las calles de la ciudad, a altas horas de la noche, rodeados de cielo oscuro, farolas anaranjadas y luces de neón, cuando no dentro de algún local anunciado por los luminosos.

Se conocen muy poco, y ella parece no tener interés ninguno en cambiar esa situación, pero a él, lo poco que conoce, le parece suficiente. Al principio ella no le pareció más interesante que cualquier árbol del parque, pero con el tiempo fue reclamando silenciosa e inconscientemente su curiosidad. Él sabe perfectamente qué es lo que le atrajo más de ella. Sabe que fue una tarde cualquiera, en la que no hablaron y él ni siquiera conseguía retener aún el nombre de ella, cuando ella le miró a los ojos por primera vez y le sostuvo la mirada. La culpa de que él estuviera el resto del día pensativo la tenía esa mirada que reflejaba inteligencia y algo más a partes iguales, la cual también le impedía mantener la etiqueta que le había colocado de superficial y pija tonta a las pocas horas de haberla conocido, apenas hacía una semana.

Desde esa mirada, él no podía hacer más que mirarla desde lejos cada vez más, la mayoría de las veces sin que ella se diera cuenta, como si fuera un acertijo que tratase de resolver. Ella era un puzle para él. ¿Por qué actuaba de forma tan superficial con todo el mundo y luego era capaz de lanzar miradas tan profundas a alguien  como él, con quien apenas interactuaba? ¿Cómo podía parecer ante todos tan simple y a él antojársele tan compleja? ¿Qué había detrás de lo que ella mostraba? Él se sentía paranoico, sospechaba que estaba sacando las cosas de quicio, pero algo le impedía dejar de pensar en ello. No podía haberse imaginado la profundidad de aquel casual choque visual. No podía ser, ella tenía que tener algo que fuera así de complejo dentro de ella para poder reflejarlo con tanta naturalidad. No podía hacer otra cosa que recrear sus ojos, y eso le estaba volviendo loco de frustración.

Todo hasta una noche hacía ya un par de meses, en la que los planes de ambos se trastocaron irreparablemente. Como siempre, habían quedado un sábado por la noche para ir de copas, y como siempre, ella había bebido. Él no solía beber, ya que no le gustaba el fuerte sabor del alcohol ni sus consecuencias. Le gustaba llegar a casa por su propio pie y dormir sin sentir la Tierra girando a su alrededor, y despertar sin malos recuerdos ni consecuencias. Ella, sin embargo, solía beber hasta que su equilibrio fallaba y todo era muy gracioso o muy dramático, y alguien tenía que ir cuidando de ella. Él nunca le ayudaba porque nunca hablaban, y menos cuando ella iba borracha. Era algo que sencillamente él no soportaba ni tan siquiera ver.

Aquella noche, sin embargo, pasó algo. Él estaba apoyado en la barra del local y ella había estado bailando con todas sus fuerzas en la pista de baile, hasta que la sed era demasiado fuerte y se acercó a la barra. En su estado de ebriedad le reconoció entre la multitud, y se acercó a él en busca de una cara amiga. Intercambió con él un par de palabras, y obviamente no se percató de la sorpresa de él. Ella pidió su copa, se apoyó en a barra y siguió bailando desde ahí, casi ensimismada. Él sólo la miraba con su vaso en la mano. Cuando ella ya había terminado con la mitad de su copa, su grupo cercano de amigas se acercaron y comenzaron a bailar todas al lado de la barra. Él no podía estar más incómodo ni aunque su propia madre hubiera aparecido de la nada y se hubiera unido a las chicas, pero suspiró resignado y se giró para observar el resto de la pista y hablar con sus amigos.

Horas después, todos decidieron irse. Las amigas de ella fueron al guardarropa del local, y él volvió a quedarse a solas con ella. Ella, aún ignorando su presencia, trató de dirigirse a la salida, pero resbaló y, de no haber sido por los reflejos de él, se habría comido el pegajoso suelo negro de la discoteca de una forma muy poco elegante. Mientras ella reía y tartamudeaba un "gracias", él suspiró para sus adentros y le ayudó a caminar, pasando un brazo por su espalda y agarrando su costado. Ella pasó un brazo por su espalda y se agarró a su cadera casi sin fuerzas. Él no sabía muy bien cómo reaccionar, y lo dejó estar. Cuando salieron, tras unos minutos de charla, todos se fueron a sus casas, y él se quedó con ella, desconcertado, asumiendo que le había sido asignada la tarea de llevarla a su casa. Tras preguntarle por su dirección, para lo cual ella tuvo que concentrarse unos minutos para recordarla, emprendieron el camino a pie, aprovechando las temperaturas agradables y el fresco aire de las altas horas de la madrugada mientras ella monologaba de todo un poco y se reía cuando él hacía algún comentario sobre el tema.

Al llegar al apartamento de ella, compartido con otra chica, según él tenía entendido, la casa estaba vacía. Al entrar, ella estuvo a punto de tirar un paragüero tras pasar unos diez minutos intentando abrir la puerta con la llave. Él rescató el paragüero con una pierna y evitó que ella cumpliera su promesa de tirar las putas llaves que no sirven para nada y que no abren la puta puerta, colocándolas en una mesita del recibidor. Luego, guiado por ella, la llevó a su cuarto y la ayudó a quitarse los zapatos y la chaqueta. Cuando estaba llevándola a la cama para que pudiera dormir, de pronto se encontró con ella tirada sobre él, enredando sus manos en su pelo y besándole hasta dejarle sin respiración. Tras momentos de shock, él puso sus manos en las caderas de ella con firmeza y la apartó, observándola con severidad de arriba abajo. Ella le miró con miedo y desconcierto, y empezó a temblar. Al ver su reacción, él suspiró y la abrazó con delicadeza, pasando una mano por su pelo y otra por su espalda, besando su sien y murmurando un "lo siento". Ella se apartó un poco, le miró y preguntó "¿No?". Él negó con la cabeza. "Así no". Ella asintió con tristeza y se dejó hacer mientras él volvía a llevarla a la cama. Ella se tumbó y él la arropó con las sábanas, dándole otro beso en la frente. Ella alargó un brazo y le acarició la mejilla, sonriéndole con pura simpatía. Él le devolvió una sonrisa tranquila y satisfecha, y le dio otro beso en la frente. "Buenas noches". Se fue apagando la luz de la habitación.

Desde esa noche, él sabe que no la conoce mucho, pero le parece suficiente. Le parece suficiente porque ella ahora también le mira más que antes, y él ve siempre esa mirada profunda que parece dedicarle sólo a él. Le parece suficiente porque ella, tras bailar toda la noche cuando salen en grupo, siempre se acerca a él para que la lleve a casa desde aquella noche y le agarra de la cintura para mantenerse en pie, a pesar de todo lo que ello ha inspirado en el resto del grupo de amigos. Le parece suficiente porque sabe que una caricia en la mejilla y un beso en la frente es todo lo que necesita para irse contento tras dejarla en su casa sana y salva. Todo lo que ella le da desde esa noche, que nunca ha sido más y nunca ha sido menos, le parece suficiente para mantener eso que no se sabe bien qué es lo que tienen pero que algo tienen. Ambos respetan eso, y ninguno pide más ni menos. Él no lo sabe explicar, y ella nunca habla de ello, pero a ambos les gusta. Él sabe que algún día saldrá herido de esto, y ella teme que exista la probabilidad de que ella le haga daño o viceversa, y esa es una de las tantas razones por las que ninguno da más, ni menos. Sin embargo, por ahora, es suficiente.



domingo, 29 de abril de 2012

Vamos a por ti.

No te escondas, vamos a por ti. Te llamamos. Sabemos que nos oyes. Te estamos llamando. Ven. Ven, pequeña, ven. Seguimos tu rastro, es inútil que intentes huir, vivimos en las sombras en las que intentas ocultarte. No intentes alejar la sombra, pequeña luz, no podrás brillar eternamente. Ven, pequeña luz perdida. Ven, fuego fatuo. Ven con nosotros.


¿No oyes nuestros gritos? ¿No sientes nuestros tambores? ¿No se te agita el corazón cuando nos ves? Sabemos que sí. Lo sabemos todo, pequeño cordero. Ven, pequeña luz, ven, debes venir. No huyas. No corras. No te resistas.

No. No me cogeréis. Voy a correr, tengo que correr, no me cogeréis, todavía no, no, no, nunca, no.


No te resistas. Escucha nuestra llamada, debes venir. Acércate al agua, mira tu reflejo, él lo sabe, debes venir, él está con nosotros. Atiende nuestros gritos, ríndete, no queda nada por hacer. Te buscan, te buscan otros, te harán daño, ven con nosotros. Nosotros no te haremos daño. Ven, nosotros te salvaremos. Ven, pequeño cordero. 

¡Que no! ¡Soltadme, no! ¡Iros! ¡Iros! ¡Iros todos! ¡No me alcanzaréis, no! ¡Debo correr, debo correr, no debo escucharos, no os oigo, no! ¡Dejadme, dejadme en paz! ¡No!


Vuelve, pequeña luz, no te escondas. Vuelve a la sangre. Devuelve tu sangre. Vuelve a esta masacre. Vuelve al desastre, pequeño fuego. Ven al incendio, pequeña chispa. Ven, ven a consumirte. Únete a nosotros, pequeña luz, debes unirte a nosotros. 

Venvuelvevuelvevenvuelvevennoluchesvenvuelvevuelvevuelvevamosvenvamosaportivamosvenvenvamosvenvuelvevenvamosaportiaportiaportivuelvevenvennoteresistasnovuelvenovenaportivenvamosnoluchesvamosvenaportinoluchesvenesinútilvenvamosnoinútilvenvuelve.


No, dejadme, no. Puedo. Yo puedo. Dejadme. No. Huyo, tengo que huir, me voy, me voy, no puedo, me voy.


Vamos, pequeña luz. Nosotros les oímos y te llamamos, te defenderemos, pequeña luz, ven, corderito, ven, chispa, ven, te has perdido, te hemos encontrado, ven, ven. Corre, pequeña luz, ven, ven con nosotros, nosotros te defenderemos. Date prisa, corderito, ven, corre, date prisa. Ven. Te estamos esperando. 


¡No! ¡Soy libre, no os necesito, no, no os quiero! ¡No!

Vennohuyasvenvenvamosaportivencorrevennohuyasnoesinútilvencorrevennohuyasaportivamosaportivamosaportinohuyasvenvennocorrasvennosotrostealcanzaremosnohuyasvennopodránconnosotrosnopodrásven.

¡No, dejadme, no, soltadme, no!

Te hemos atrapado, pequeña luz, no luches contra las cadenas, no puedes. Ahora ven, pequeña luz perdida, vuelve a la oscuridad, déjate sumergir, vuelve a las sombras, vuelve a la desesperación, vuelve con nosotros. Déjate llevar. Vuelve a la masacre. Vuelve a la sangre, pequeña chispa. Vuelve a morir, pequeño fuego. Vuelve a la Nada. Te estamos esperando.


No podrás escapar otra vez.

miércoles, 25 de abril de 2012

I'm going to war.

Se oye el sonido de los tambores, y la adrenalina te corre por las venas y arterias, inflama tus músculos, acelera tu pulso, agita tu respiración y alimenta esa ansia de salir corriendo en cualquier momento. Estás en tu cabaña, de espaldas a la entrada, porque lo último que quieres es salir de allí y afrontar la luz. De todas formas, no hay mucha luz, porque el cielo está cubierto de nubes grises, y eso ayuda a que estés casi sumido en las tinieblas. No entiendes del todo qué pasa, pero sabes que te da miedo, mucho miedo. Llevas tu vestimenta de guerra, y se te eriza la piel de los brazos por el frío. Vuelves a palpar tu armadura de barro cocido, ramitas, plumas y cuerdas para cerciorarte de que está bien puesta. Tus pies están descalzos y tus piernas también están descubiertas. Lo único que tapa tu piel son pinturas de colores. Te encanta pintarte, pero sabes que estas pinturas son para que los espíritus del Más Allá te reconozcan y te lleven con ellos. Sabes que estas pinturas significan que vas a morir. Y te da miedo. Sólo has visto florecer la montaña dieciséis veces. Los adultos lo han visto hasta treinta o más. Tú, con dieciséis, no vas a volver a verlo. Obvio que has contado las veces, te maravilla verlo. Es precioso. Y ahora mismo te arrepientes y lamentas no haber disfrutado más todo aquello.

Los tambores se mezclan con una especie de gemido ahogado y suspiros entrecortados. Tu madre está en la esquina más oscura de la cabaña. Ahí, arrinconada, encogida y presa del llanto y el miedo, parece una pelota de pieles oscuras y carne temblorosa. Apartas la mirada cuando las lágrimas te nublan la vista. No puedes acercarte a ella, o no te irás. Vuelves a revisar tu armadura. El cuchillo de piedra en el cinto, la honda, el saquito de cantos redondos, el otro cuchillo, un palo afilado... tu padre te lo ha dado todo con la vana esperanza de que sobrevivas y vuelvas, aunque sea sin las armas que tanto le ha costado conseguir y que tan bien sabe utilizar para cazar, igual que tú, aunque él es mejor.

Te levantas, y notas que el pelo se te queda pegado en las pinturas de la cara y el cuello. Te lo han cortado de forma irregular con una piedra afilada y ahora te queda por los hombros, y aunque antes lo llevabas mucho más largo, poco te importa ya. Te quitas la tierra que se ha pegado a tu cuerpo, aunque intentas no emborronar las pinturas, porque te aterra que los espíritus no te reconozcan y tu alma se pierda, vagando por la montaña. Miras a tu madre por última vez, que sufre un ataque de hipo y ha vuelto a romper en llanto histérico, y sales, porque no puedes aguantarlo más.

Fuera, bajo las nubes, que nunca son un buen augurio, están los demás hombres de tu tribu. Hay desde niños como tú a adultos con cicatrices de otras guerras. Los ancianos se quedan en el poblado, cuidando de las mujeres y los pequeños con su sabiduría, y porque no harían mucho en el campo de batalla. El chamán está murmurando cosas que nadie comprende y haciendo símbolos con sus manos sobre la piel de guerreros que hacen cola ante él, seguramente dándoles hechizos de protección. Tú quieres ponerte a la cola, pero tu padre te llama con gesto serio y hace que te acerques a un círculo de adultos, al que te diriges con la cabeza gacha y ojos llenos de miedo, pero con los hombros cuadrados.

Están tu padre, el Jefe, otros adultos y amigos tuyos. Les miras con una mezcla de dolor, tristeza y compasión, mientras notas cómo se te hace un nudo en la garganta. Ellos te miran igual. Sabéis que vais a morir, o que al menos, la mayoría lo haréis. Los adultos están muy serios, pero no se les nota el miedo, si es que lo tienen. Todos forman un círculo alrededor de unos dibujos en el suelo, que rápidamente identificas con una especie de plano de las montañas. Vais a avanzar por el paso y por los caminos ocultos que pasan sobre los desfiladeros. Desde arriba tiraréis dardos, piedras, lanzas y flechas. Desde abajo, combate cuerpo a cuerpo. Muerte, básicamente. Y de pronto tú deseas ser uno de los del desfiladero y matar enemigos a sangre fría, como a insectos, y un sentimiento tenebroso te encoge el pecho. Quieres matar, no ser matado.

Apenas oyes las instrucciones de tu padre y el Jefe, pero entiendes que vas a estar abajo. Abajo. Lucha cuerpo a cuerpo. Muerte. Muertemuertemuerte. Vas a morir. Lo sabes en un momento. Es una verdad tan simple que asimilarla te lleva segundos, pero su peso cae sobre tus hombros igual. Vas a morir. Ya nada importa. La adrenalina vuelve a correr y tú sientes ganas de reír histéricamente, de correr, de saltar, de atacar, de llorar, de huir, de gritar. Vas a morir. No pasa nada. No importa. Vete. Corre. Sal de aquí. Vamos a matar. Vuelve a casa. No. Sí. No.

Tu padre te da una palmada en el hombro, y comprendes que tienes que ir con el resto de los guerreros, que van a dirigirse al paso. Dos de tus amigos se quedan quietos, junto a otros tres adultos. Ellos irán al desfiladero. Te acercas a ellos y, sin decir nada, le das a uno la honda y el saquito de piedras y al otro el palo. Te miran sorprendidos, dolidos y con los ojos llorosos. Tu gesto es ausente. Nada te importa. Prefieres que maten con tus armas que las coja el enemigo y que resulten útiles. Te vas con otros tres chicos y el resto de los adultos, y os reunís con el resto de guerreros. Un escalofrío te recorre la espalda, como si alguien te hubiera pasado el canto de un cuchillo frío desde la nuca hasta el final de la espalda, sin llegar a cortarte. No te sobresaltas. Supones que es un espíritu avispado, que ha notado la muerte sobre ti y que ya está trabajando, preguntándose quién eres.

Llegáis al paso, y todos oís un estruendo. Los hombres se agitan, se gritan alterados, se preguntan, observan todo con los ojos abiertos. De pronto, se oyen miles de pasos y otros ruidos por donde se supone que es la entrada al paso. El enemigo se os ha adelantado. Los hombres se agitan aún más, se gritan aún más, abren los ojos aún más, corren, se sitúan, tú acabas en primera línea de batalla paralizado por el miedo. Tu padre te grita que retrocedas. No puedes. Tus piernas acaban de echar raíces en el suelo. Estás paralizado. No puedes.

Un monstruo aparece entre la niebla y las paredes de roca del paso. Es un monstruo con mucho pelo, cubierto de piel y de piedra gris brillante y muy pulida. Es extraño. ¿Es un hombre? Nunca habías visto un hombre así. Aparecen muchos más. Y más. Y más. Y montados en otras bestias. Y con armas (o lo que supones que son armas) muy extrañas. De pronto, se oyen ruidos muy fuertes y varios de los que están en primera línea, contigo, caen al suelo, heridos. ¿Cómo les han matado así? ¿Tienen hondas tan fuertes? Te agachas corriendo, y tiras piedras, pero no llegas a darles. No entiendes nada. El resto de guerreros ha empezado a correr hacia los monstruos, armas en ristre. Muchos caen, como los primeros. Tú también corres, para no quedarte atrás. No te es difícil llegar otra vez a la primera línea. Corres hacia el primer monstruo, que te apunta con algo, y sientes un dolor intensísimo en un brazo, tras un ruido de los de antes. Te miras, sangras. Te giras asustado. Lo último que ves es la cara de un hombre, rabioso, gritando, que te ataca con un gran cuchillo de esa piedra tan pulida y que te atraviesa de parte a parte. Notas que te mueres. Oyes el grito de tu padre, desgarrador. Notas la sangre. Frío. Los espíritus. Oscuridad. Nada.

jueves, 23 de febrero de 2012

Senza paura.

Vivámoslo intensamente, como me lo está pidiendo. Disfrutémoslo como se merece. Hagámoslo sin miedo por una vez, como si las consecuencias no importaran. Olvidemos deberes y reglas, como si aceptáramos que no valen para nada en esta historia. Cerremos puertas al abismo y abramos las ventanas para que entren los vientos de cambio y se lleven el polvo de la vergüenza. Dejemos de actuar con normalidad, soltémonos el pelo y que no importe nada. Que nos den igual los que estén en contra o a favor, que nos den igual todos, que nadie opine, que seamos tú y yo a solas. Aceptemos que no hace falta mucho, finjamos que ésto está hecho para durar.

Yo voy a hacer oídos sordos, voy a sonreír y a asentir ante todo consejo, bueno o malo. Voy a cogerte de la mano como si lo hubiera hecho todos los días de mi vida. Voy a hablar contigo como si lo supiera todo de ti, y voy a saludarte mirándote a los ojos todos los días, muy fijamente, para que entiendas las ganas que tengo de besarte cada vez que te veo.

Pero a cambio tú debes prometerme que harás también las cosas que deberías hacer. Tú vas a buscarme con la mirada cuando no llegue a tiempo o cuando me pierdas de vista por un momento. Tú no vas a tener miedo o vergüenza cuando me agarres de la cintura, como si alguien te fuera a dar una palmada en la mano. Tú me vas a abrazar por la espalda como si fuera tradición, y me vas a dar un beso en la sien cada vez que puedas para recordarnos al resto que también puedo llegar a ser un poco adorable cuando estás cerca.

Y entonces, cuando cumplamos con el trato, diremos que somos felices así, sin aparentar, y escucharemos pacientemente todos los argumentos en nuestra contra para rebatirlos uno a uno, tranquilamente, porque no tiene sentido alterarse por cosas así mientras hayamos hecho nuestras "tareas" y seamos felices así.

¿No es bonito? ¿No te gusta? ¿No suena a sueño? ¿No parece casi posible y todo? Eso es lo que hago yo. Yo sueño y deseo que tú te atrevas, que me atreva yo, que alguien haga algo, que algo acabe con la tensión que tengo cuando te tengo en la cabeza y de pronto alguien habla de ti y a mí se me suben los colores y todo del susto, como si hubiera sido demasiado obvia pensando en las ganas que tengo de quererte.

¿Y tú qué? Yo imagino que tú te cansas y me acabas arrinconando en una pared, que te das cuenta de que se me nota la imaginación trabajando con tu silueta y que me das un beso como respuesta, que todo deja de ser mentira y que realmente te estás colando en mi cama por las noches para quedarte a desayunar café con besos por la mañana.

¿No es bucólico? ¿No es como una escena perfecta de película de amor? ¿No me merezco algo de tu atención por haberme esforzado tanto en construir todos estos castillos en el aire por ti?

Vivámoslo intensamente. Disfrutémoslo como si yo estuviera despierta y tú realmente me quisieses.

viernes, 23 de diciembre de 2011

(Im)Perfectos II

Los oídos de Raúl


Raúl aún recuerda la cara de estúpido que se le quedó cuando fue al médico, y le da por reírse. No es que le dijera algo gracioso, desde luego, también se acuerda de las caras de espanto de sus padres y de la lástima del doctor, pero ya ha pasado un tiempo y, cuando se acuerda de aquellas muecas exageradas, se tiene que reír, porque fueron extraordinarias, y porque si no se ríe, llora, y no quiere llorar más. Pero, aunque haya llorado mucho, Raúl es un chico muy optimista y positivo, porque las circunstancias le han obligado a serlo.

Todo empezó, como suelen empezar los accidentes, sin querer. Como todo adolescente enérgico y lleno de energía, a Raúl le encantaba el deporte, más concretamente el tenis. Entrenaba todas las semanas varias horas, jugaba torneos y campeonatos y sentía pasión por todos los movimientos, golpes, jugadas y tipos de equipamiento. Vivía para el tenis, y al verle jugar, más de uno juraríamos que el tenis fue inventado para él. No sólo porque se llevaba más de alguna victoria bien merecida, sino porque se le veía tan natural, tan compenetrado con la pelota y la raqueta, tan cómodo al jugar, que parecía que él mismo hubiera inventado el deporte. A sus amigos nos gustaba ver sus entrenamientos porque era, en cierto modo, incluso tranquilizante.

Sin embargo, la verdadera historia comenzó en un entrenamiento cualquiera. Raúl entrenaba con la máquina de lanzar pelotas, que nunca me explicó su nombre y si lo hizo nunca lo quise recordar. El cacharro disparaba pelotas con una fuerza que podía variar entre apenas una brisita primaveral y una potencia que ya quisiera el más potente de los huracanes. Ese día las lanzaba con fuerza moderada, ya que había cercano un torneo y no era para andarse con tonterías. Raúl estaba concentrado en aquella cosa que disparaba balas amarillas, devolviéndoselas con más fuerza aún de la que le llegaban. Siempre he dicho que vivo con el miedo de que un día me dé un capón y me mate de un descuido.

En cierto momento, Raúl decidió que no era suficiente, y me pidió sin mirarme siquiera (las pelotas eran más importantes que yo en aquel momento, al menos en el sentido de peligrosas fuera del campo visual) que aumentase la potencia de éso. Yo lo hice, a regañadientes, porque ya bastante poca confianza me inspiraba el armatoste como para darle más fuerza, pero lo hice. El bicho aquel comenzó a disparar, literalmente, las pelotas, con una fuerza que me asustaba seriamente. Le sugerí a mi amigo volver a bajarlo, pero me lo prohibió a gritos. A veces se ponía muy digno en los entrenamientos y yo quería meterle la raqueta por... las orejas. Por las orejas.

Al final yo acabé mirando a la máquina con miedo y a Raúl con odio, o al revés. Reconozco que lo pasaba yo peor que él cuando le veía forzarse demasiado. Sin embargo, ese día lo cambió todo. Cuando llevaba un buen rato devolviendo las pelotas/balas, estaba agotado, sudando, y yo hacía apuestas mentales sobre cuánto aguantarían él o su raqueta ese ritmo. Entonces, la rutina monótona de succión/pelota/raquetazo/grito/rebote se interrumpió por un sonido proveniente de la bolsa de deporte de Raúl. Ambos reconocimos el tono de llamada de su móvil y nos giramos hacia la bolsa. Ninguno vio aquella pelota.

De pronto, oí una succión, una pelota, un golpe, un alarido, otro golpe más fuerte y más gritos. Cuando me giré vi a Raúl tendido en el suelo, con su raqueta tirada también de mala manera y algo en aquella escena sobrecogedor y terrorífico. Le llamé a gritos y corrí a apagar la máquina, para que no pudiera acribillarle accidentalmente. Por suerte, las últimas dos pelotas no le alcanzaron al estar en el suelo. Tras apagar ese monstruo corrí hacia él, y vi cómo se llevaba una mano al oído derecho, que le sangraba. Me quedé atónita, y si no hubiera sido por el vigilante de las canchas de entrenamiento del polideportivo, todavía estaría él quejándose y yo mirando con cara de imbécil.

Lo siguiente lo recuerdo poco y con angustia, por el intento de mi mente de olvidar malos recuerdos. Raúl en ambulancia, Raúl en el hospital, Raúl haciéndose pruebas, Raúl con vendas en la cabeza, Raúl en el despacho del doctor, Raúl pálido junto a sus padres, Raúl llorando amargamente abrazándome como si fuese un trozo de madera en medio del océano Pacífico mientras me explicaba (o hacía el intento de tartamudear poco entre gemidos, llantos, sollozos e hipidos mientras me lo contaba) la situación, según el doctor.

El golpe le había afectado al oído. Raúl tenía el tímpano derecho perforado. Raúl no oía nada de lo que pasaba a su derecha. Raúl no volvería a ser el mismo.

Éso último lo descubrimos con el tiempo. Durante unos días se estuvo recuperando, y tardó poco en volver a casa para terminar allí su rehabilitación. Sus amigos le visitaban mucho, y quizá yo fui la que más lo hacía, por sentirme culpable al haber aumentado la potencia de aquella máquina infernal y por haber sido la que lo había vivido con él. Raúl siempre intentaba aparentar serenidad, sonreír, reír, estar tranquilo, pero empezó a mostrar unos síntomas extraños. Obviamente, ahora le costaba más oír las cosas, ya que sólo tenía un oído disponible, y eso le frustraba y le estresaba. Muchas veces se quejaba de zumbidos o pitidos que nadie más oía, sólo él, y se ponía de mal humor. Otras veces tenía migrañas intensas por el esfuerzo de intentar oír mejor. Pero lo devastador para él fue cuando empezaron los mareos.

De pronto, Raúl no podía andar mucho tiempo seguido y sin ayuda. A veces se mareaba al mínimo movimiento, otras no tenía un equilibrio normal, otras directamente no atinaba a andar cinco pasos sin caerse. Sus padres le llevaron al médico al constatar todos los síntomas con frecuencia, y el doctor tampoco les animó mucho. Les explicó que eran consecuencias de la pérdida de audición, que una pérdida de audición conductiva causada por un traumatismo solía tener esos síntomas en el paciente, y que era normal, pero eso significaba que no podría hacer mucho esfuerzo ni auditivo ni físico. No podía hacer esfuerzo físico. Raúl no podía jugar ya al tenis.

Decir que aquellas semanas fueron un infierno para él es quedarse corto. Primero no lo aceptaba, después se enfadaba y culpaba a todo el mundo por ello, después buscó mil soluciones para jugar, y finalmente se rindió y lo aceptó, con toda la pena que he podido ver en toda mi vida concentrada en los ojos de alguien. Dejó de escaparse para practicar y de volver acompañado de un amigo o de una ambulancia a casa por alguna caída o algún golpe. Dejó de insistir en escuchar por el oído derecho. Dejó de quejarse de pitidos. Dejó de luchar contra lo imposible.

Raúl canceló su suscripción al polideportivo, se retiró de las competiciones a las que se había apuntado, vendió algunas de sus raquetas, guardó su ropa de entrenamientos y de competiciones para hacer ejercicio ocasional y utilizó sus pelotas de tenis para jugar con ellas para mejorar su equilibrio o simplemente para lanzárselas a su perro, en vez de amenazarle de muerte si se acercaba a ellas. Al final, Raúl lo aceptó, sin superarlo del todo.

Ahora Raúl me cuenta todos los días las mejoras que puede haber, los aparatos que le van a comprar, los cacharritos que va a tener que llevar si se los compran para poder oír, lo que haría si pudiese oír otra vez. Y me lo cuenta con la pasión que pone siempre al enseñarme su vitrina de trofeos y explicarme la historia de todos y cada uno de ellos, que aunque me las sepa todas de memoria yo sigo prestándole la misma atención que el primer día. Pone la pasión que pone cuando coge su raqueta y hace algunos movimientos o la examina para ver si sus cuerdas están bien tensas. Se alegra tanto como cuando me enseña su colección de "pelotas de la victoria", con las que algún día ganó algún partido importante.

Raúl sigue viviendo por y para el tenis. Sigue apasionándose en los partidos, aunque los tenga que ver sentado o de pie en las gradas; sigue queriendo comprar pelotas y raquetas; sigue debatiendo sobre tenis con cualquier otro erudito del tema como si se le fuese la vida en ello. Pero yo creo que es por su pequeña frustración por no poder jugarlo más, y no por su media sordera, por lo que grita con más fuerza cuando anima o discute. Sin embargo, cuando se pasa de tono, yo le aprieto la mano, hago que me mire, y le devuelvo la sonrisa que me lanza junto a un apretón de manos que le demuestra, con claridad meridiana y a la vez imperceptiblemente, que para mí siempre será mi tenista favorito y que siempre estaré vigilando su flanco derecho, por si acaso.

(Im)Perfectos I

Los ojos de Clara


Clara es una chica normal de catorce años. Tiene el pelo castaño, la piel clara, cara de niña y tenía los ojos marrones. Pero Clara sabe todo esto porque se lo han dicho, no por otra cosa. Clara es ciega desde antes de cumplir un año. Clara fue ese único bebé entre 35.000 recién nacidos que sufría amaurosis congénita de Leber. Clara ha escuchado mil definiciones y explicaciones técnicas sobre esa enfermedad, y más o menos, entendiendo la mitad o menos de todas esas definiciones con palabras raras, largas y conceptos intrincados, ha podido crearse un concepto mental básico sobre ello. Clara sólo sabe que tuvo mala suerte, que es una entre 35.000, que tanta gente es mucha, que ella no ve nada y que, por lo menos, durante unos meses después de nacer, pudo ver algo. Lo que pasa es que Clara no se acuerda, y no ve, ni puede imaginar imágenes, porque no sabe lo que es una imagen, no sabe ver. 


Sus padres le han contado que existe un remedio, que en una ciudad (que a ella le recuerda a Drácula, el libro que una vez le leyó su madre), en la universidad, descubrieron un método para curar su enfermedad a través de un virus o sea lo que sea éso que le ayudase a recuperar la vista. El problema es el dinero, porque sus padres no tienen tanto dinero como para permitirse el viaje hacia allá, el tratamiento, la estancia y el viaje de vuelta. Clara sabe que el dinero son billetes y monedas, papeles y círculos de metal, e incluso trozos de plástico rectangulares. Sabe que el dinero lo compra todo y que por él se venden cosas o se prestan servicios, como dice su profesor de Sociales. Y Clara odia el dinero, porque sabe que sin dinero ella no va a poder ver, que por dinero hay mucha gente que muere o malvive, que por dinero se mata o se discrimina. El dinero es un problema mundial, y para Clara, es la única barrera entre ella y el resto del mundo.

Y sin embargo, no es que ella esté apartada del mundo. Clara sabe leer y escribir, porque cuando los niños leían cuadernillos con letras grandes y palabras cortas y dibujos coloridos, ella tenía cuadernillos escritos en braille, con puntitos en relieve, y sus padres y profesores le fueron enseñando el significado de esos puntitos, hasta que los conoció todos y pudo utilizar un teclado especial que le ayudaba a escribir ella misma los puntos que quería pulsando botones, mientras los demás escribían con lápiz siguiendo los puntos de otros cuadernos.

De todas formas, Clara sabe que aunque ella no vea, puede saborear, oler, palpar y oír un poquito mejor que los demás. Se enteró cuando un profesor suyo la vio decaída con once años cuando un niño se metió con ella. Él le explicó que su cuerpo se había preparado contra esa enfermedad y que, para compensarlo, había mejorado un poco el resto de sus sentidos. Así, Clara se fue dando cuenta de que oía ruiditos que los demás no podían y podía incluso reconocer a las personas por el ruido de sus pasos, que tenía mejor equilibrio que sus amigos, que podía oler un perfume un poco antes que los que la rodeaban, que podía saborear mejor un helado muy, muy frío o que podía notar mejor las texturas de cosas al tocarlas. Y eso la consoló mucho, porque aunque no viese, podía saber cómo era el mundo mediante sus otros cuatro sentidos mejorados.

Por eso, Clara es una chica sonriente que lleva unas gafas de sol y un bastón siempre, que se ha vuelto casi inmune a los comentarios incómodos o hirientes de la gente, que tiene un particular gusto por irritar a sus amigos cuando la intentan asustar o sorprender y ella les oye o huele antes, que muchas veces parece pensativa porque está concentrada en oír, oler o sentir algo, que siempre intenta ahorrar hasta el último céntimo y que adora leer, porque así se entera de otras cosas y le ayuda a ver de alguna manera.

Clara es una chica invidente, pero tiene una mente despierta y sabe que, a pesar de ello, sus amigos, familia y el resto de sus sentidos, son sus ojos.

sábado, 17 de diciembre de 2011

Límites.


Piensa en esa persona. Sí, en ésa. En la que piensas todas las noches, todos los días y a todas horas, en el fondo. Con la que tienes algo importante. A la que quieres, vamos, llanamente hablando. ¿Tienes el concepto? ¿Lo tienes? Bien. Céntrate en eso. Piensa en todo lo que habéis pasado, todo lo que os habéis querido, todo lo bonito. ¿Lo tienes? Vale. Ahora, piensa en lo malo. Las peleas, los celos, los enfados, todo lo malo a lo largo de la relación. Duro, ¿eh? Pero bueno, seguisteis adelante incluso con eso, ¿no? Vuelve a pensar en lo bueno, sin olvidar lo malo. Es un sentimiento raro, lo sé, cuesta equilibrarlo, pero espera a tenerlo. ¿Ya? Bueno, eso es el resumen de toda la relación, de todo lo que te inspira esa persona. Imaginemos que es bueno, que te gusta, que te alegra. Imaginemos que le quieres.

No dejemos de imaginar.

Imagina una traición. Una gran discusión. Un conflicto. Algo malo. Algo grande, que conlleve una ruptura. ¿Qué sentirías? ¿Dolería? ¿Te entristecerías, te enfadarías, te resultaría indiferente? ¿Qué? Como sea, imagina algo malo. Céntrate en eso. ¿Cuánto tolerarías a partir de ahí? ¿Cuánto más podrías aguantar?

¿Podrías aguantar el hecho en sí? Quiero decir, el mal momento, las malas sensaciones, el daño, ¿lo aguantarías? No te mientas, dilo de verdad. Piénsalo y reflexiona sobre ello. ¿Aguantarías? ¿Se lo consentirías a esa persona? ¿Lo merecería? ¿Lo merecerías tú?

Y después de eso... ¿habría más? Imaginemos que sí. Total, desde pequeños nos enseñan a perdonar, ¿no? Pues perdonemos, venga, perdonemos. Nueva oportunidad. Sí, no hace falta que me digas que es fácil decirlo, pero un esfuerzo.

Con todo, imagina que sigue habiendo problemas, que no es como antes, que algo se ha roto. ¿Seguirías intentándolo? Y si la otra persona no pone de su parte... ¿qué? ¿Tú contra el mundo? ¿Tú contra esa persona para estar con esa persona? ¿En serio? O que quienes no ponen de su parte son quienes más cerca de ti están, tus amigos o tu familia. ¿Aguantarías las presiones, las malas miradas, los consejos, los intentos para quitarte esa venda de los ojos que insisten que tienes y que tú no ves?

¿Hasta dónde llegan tus límites? ¿Cuánta paciencia tienes? ¿Cuánto aguantarías?

Y ahora dime...

¿Cuánto aguantarás?