El café era pequeño, y estaba situado en la acera derecha de una gran calle principal de la ciudad. A aquellas horas del día y en aquella estación del año, la calle estaba completamente iluminada por la luz solar, haciendo brillar alegremente las paredes blancas y el cemento gris claro de los edificios, impolutos e imponentes. Desde dentro del café podía mirarse hacia afuera a través de la vitrina, que estaba tan limpia que parecía inexistente a primera vista, y se podía observar a la poca gente que caminaba por la calle a esas horas. El local también estaba casi vacío, solamente unos dos o tres clientes y dos camareros. Quizá fue ese ambiente lo que le llamó la atención, ese silencio cómodo y sereno que podía percibirse desde la acera, y el refugio del calor y la luz de la calle que ofrecía el hecho de que el viejo y elegante café no tuviera más iluminación que la que recibía desde el cristal que daba al resto del mundo.
Entró en el sitio empujando la puerta con confianza y dando una zancada, disimulando su sorpresa cuando un pequeño escándalo provocado por la campanita que colgaba de la puerta señaló su entrada triunfal. Sin embargo, solo uno de los camareros levantó la vista para verla, y cuando lo hizo, siguió secando unos vasos con un trapo blanco, como si nada hubiera pasado. El resto de ocupantes del café no mostró signos de haberse dado cuenta de su llegada. Con el desconcierto pintado en la cara se quedó inmóvil delante de la puerta, observando la falta de reacciones. Segundos más tarde, al darse cuenta del ridículo que seguramente estaba haciendo, sacudió la cabeza y se sentó en una mesa pegada a la pared opuesta del café, esperando tener una vista completa del resto del local y de la calle a través del cristal.
Nada más sentarse y dejar su bandolera negra en el suelo, al lado de la mesa, el camarero que había estado secando vasos antes se acercó a pedirle nota en voz serena y ligeramente baja, como si no quisiera romper la armonía del ambiente del café. Ella contestó pidiendo un café con leche y el camarero se retiró con una sonrisa suave para atender su pedido. Vio desaparecer al camarero tras la barra y desvió la mirada hacia el cristal que daba a la calle, girándose en la silla y apoyando la espalda en la pared de madera oscura, soltando un suspiro pesado. Nunca fue fan del calor y necesitaba cafeína, su mañana en la universidad había sido aburrida hasta la desesperación y le dolía la cabeza.
Maldijo mentalmente por enésima vez en el día a su cabeza, por no haber recordado coger sus sempiternas gafas de sol. Cerró los ojos y respiró profundamente echando la cabeza hacia atrás, apoyándola en la pared. Cuando oyó al camarero dejar ante ella su café, abrió un ojo para agradecerle la bebida con una sonrisa. El camarero solo sonrió y le guiñó un ojo antes de volver al trabajo. Ella volvió a cerrar los ojos y amplió su sonrisa involuntariamente. Benditos desconocidos educados. Volvió a sentarse erguida, girándose hacia la mesa y reprimiendo un bostezo, y se concentró en vaciar dos bolsitas de azúcar en su taza y remover el café con la cucharilla para evitar quedarse dormida sobre la bebida caliente.
Levantó la taza e iba a dar su primer trago de café cuando, de pronto, la campanita de la puerta volvió a montar un pequeño estruendo, combinado con el sonido de las bisagras de la puerta crujiendo ligeramente. Imitando al resto de personas del café, ella fingió no reaccionar ante el ruido, pero no pudo evitar lanzar una mirada por el rabillo del ojo para ver a un joven con una mochila y la misma cara de susto y confusión que había puesto ella al entrar al local. Tras los mismos segundos de inmovilidad, vio los hombros del chico sacudirse en una carcajada silenciosa y sus piernas guiándole hacia una mesa a la derecha de la puerta, junto a la vitrina. Ella volvió a concentrarse en su café, frunciendo ligeramente el ceño ante el inesperado obstáculo en su vista panorámica, pero decidió no darle importancia mientras probaba su bebida. También ignoró cómo aquel líquido a la temperatura de la lava del centro de la tierra convertía su lengua en una brasa candente, limitándose a volver a respirar profundamente y a relamerse los labios con tal de intentar comprobar si aún tenía sensibilidad en la punta de la lengua. El dolor por el roce le indicó que sí.
Decidió apartar el café hasta que tuviese una temperatura apta para el consumo humano y rescató su bandolera del suelo, abriéndola y sacando de su interior un cuaderno negro con tapas de piel y una pluma del mismo color. Pasó hojas inundadas por palabras escritas en tinta azul hasta que encontró una cara en blanco, dobló el cuaderno para tener más espacio en la mesa y destapó la pluma, quedándose mirando fijamente a la hoja, de un color ligeramente amarillento. Mil posibles escenas y pensamientos corrieron por su mente, pero sencillamente ninguna idea le llamó lo suficientemente la atención. Dejó la pluma en la mesa y comenzó a golpear suave y rítmicamente los dedos de la mano derecha en la madera, intentando concentrarse. Frustrada por la falta de inspiración, se giró para observar el café.
Quizá pueda escribir sobre una escena aquí, una viñeta cualquiera... no, no me gusta, demasiado... cliché. ¿El camarero majo? ¿Una jornada de trabajo animada? No, no estoy de humor. ¿Un drama vital encubierto por la adicción al trabajo y el trato agradable con desconocidos? ¿Qué demonios...? Intentemos hacer algo lógico sin ganarnos una demanda, por favor. Veamos... el abuelito de la barra. Hombros hundidos, leyendo el periódico deportivo, expresión serena... si comienzo a escribir algo sobre él acabaré llorando y dándole un abrazo muerta de pena. No. Lo siento mucho, pero no. ¿El estirado del maletín? Traje gris, expresión seria, tecleando con la "blackberry" delante del café frío y unas hojas... que parecen igual de aburridas que él. No. Aburrimiento. No. ¡El sentido de la vida! Sí, ya, claro. Estoy yo ahora como para filosofear. Joder, cómo quemaba el café de las narices, escuece. ¿El chaval de ahí? ¿El de la cara de tonto de antes? Qué mochila más fea. ¿Por qué se ríe mirando el móvil? Parece un demente. Un estudiante demente que trama una nueva catástrofe como la de Columbine en su universidad. Sí, lo veo. Y luego de ahí a dominar el mundo. Por favor... a ver, concentración. Está hablando con su... ¿novia? ¿Mejor amigo? ¿Madre? Con el amigo, mejor. El amigo le está contando cómo le fue con su ligue de la otra noche y él se está partiendo de risa ante la situación y le ríe las bromas. En el fondo quiere arrancarle la cabeza de un guantazo porque su amigo tiene tías y se queja, y él hace tiempo que está solo. Y a partir de ahí, lo que salga de la mente del chico solitario y melancólico. ¡Es perfecto! No. Debería dejar de proyectar mi situación en los personajes, ¿verdad? Verdad. ¡Mierda, me ha visto! ¡Disimula!
El joven le sonrió animadamente y ella apartó la mirada corriendo, como si de pronto la hubieran pinchado con un alfiler en el trasero, y se giró bruscamente hacia su mesa, donde el café se había templado demasiado hasta enfriarse y la pluma y el cuaderno seguían tan abandonados como los dejó. Ella alargó el brazo hacia el café, tomó un sorbo del líquido ahora frío sin variar su expresión seria y, tras volver a dejar la taza en el platito, cogió la pluma y la apoyó en la esquina superior izquierda de la hoja, preparada para escribir, y volvió a quedarse bloqueada. Observó la hoja con gesto ausente, intentando concentrarse y apartando el vergonzoso momento anterior de su mente.
-Esa mancha de tinta es lo más bonito que he leído en mi vida.
El repentino comentario le provocó un sobresalto y un pequeño bote en la silla, apartando de golpe el brazo de la mesa y descubriendo, en efecto, cómo la pluma había dejado una mancha de tinta en el lugar donde ella había apoyado la punta para escribir. Maldijo por lo bajo su estupidez y su capricho por no querer escribir con un bolígrafo Bic de toda la vida antes de que su mente hiciera "click" y ella levantara la vista de la hoja hasta su nuevo acompañante, lanzándole una mirada espantada al chico sentado al otro lado de su pequeña mesa, que la observaba sonriendo y con una pizca de malvada diversión al ver su reacción. Ella frunció el ceño automáticamente y cerró las manos en puños, antes de cambiar su expresión a una de aburrimiento y levantando una ceja, expresando su -falsa- falta de sorpresa hacia su acompañante.
-¿Puedo ayudarte en algo?-preguntó esbozando una sonrisa fríamente cortés en un tono limitadamente educado. Si el chaval no entendía que a ella no le apetecía disfrutar de su compañía, definitivamente tendría que utilizar una técnica más directa.
-¿Antes mirándome tan descaradamente y ahora tan borde conmigo?-ella volvió a fruncir el ceño y apretó los labios en una mueca de desagrado ante el tono falsamente dolido de él. Oh, si solamente pudiera echarle el café frío por encima de la cabeza y marcharse triunfalmente... pero no, porque seguramente se metería en problemas y, qué demonios, ella había llegado antes al sitio, él era el que debía marcharse. Psché.
-¿Qué quieres?-gruñó entre dientes con voz grave. Por Dios, si su madre la viese tratando así a un desconocido... se llevaría una bronca y una charla sobre modales otra vez. Pero el chico solamente le había dicho dos frases, se estaba riendo de ella y ella ya estaba fuera de sus casillas. Tenía derecho a defenderse, ¿no?
-Quiero leer lo que vas a escribir sobre mí y asegurarme de que estructuras bien mi personaje-¿¡PERO ESTE QUIÉN SE HA CREÍDO QUE ES Y POR QUÉ SE SUPONE QUE YO IBA A ESCRIBIR SOBRE ÉL!?
-Lamento tanto destrozar tus ilusiones, pero no iba a escribir sobre ti y me temo que no vas a leer lo que vaya a escribir-ella sonrió estirando al máximo sus músculos faciales en una mueca de sonrisa teatral acompañada por el gesto de entrecerrar los ojos mientras negaba con la cabeza, burlándose del arrogante, prepotente niñato de los...
El joven arqueó una ceja sonriendo y le dirigió una mirada de arriba abajo, analizándola. Ella volvió a poner gesto serio y apretó los labios sin apartar los ojos del chico, aguantando con desafío el examen visual. Cuando los ojos de él volvieron a enfrentarse con ella, tenían una chispa de diversión y curiosidad que provocó la curiosidad de ella, aunque nunca lo admitiría. Él solamente se reclinó en su silla y golpeó suavemente la mesa con las palmas de las manos antes de devolverle una mirada triunfadora.
-Está bien, ¿cuánto pides por ello?
-¿Disculpa?
-¿Cuánto pides por lo que vas a escribir?
-No está en venta.
-Todo tiene un precio.
-Bueno, pues esto no lo tiene, y si lo tuviera, tú no podrías pagarlo jamás.
-No me conoces.
-Tú a mí tampoco y pretendes comprarme un papel con algo que he escrito. ¿Y si escribo algo atroz y tú quieres pagar por ello?
-Los escritores no sois capaces de escribir cosas que vosotros mismos denomináis atroces. Es como infidelidad a vuestra profesión.
Vale, ¿qué demonios ha sido eso? Ella permaneció en silencio, observando con la mandíbula ligeramente desencajada de la impresión al chico, que no dejaba de sonreír como si acabaran de comunicarle que había ganado un trofeo que ya sabía que conseguiría. La joven parpadeó, agitó la cabeza y frunció el ceño por enésima vez en la conversación antes de volver a observarle con un rastro de ofensa en la mirada.
-¿Pero tú quién te crees que eres para venir aquí a exigirme a mí que escriba algo sobre ti y encima pretender comprar mi trabajo?-exigió saber señalándole con un dedo en actitud acusatoria.
-Soy tu nuevo muso, supongo que algo tendrá que ver con el hecho de que quiero ver lo que escribes.
Esto es el colmo, ¡el colmo! Con los ojos como platos y resoplando escandalizada por el descaro de él, ella recogió rápidamente sus cosas, guardándolas sin cuidado en la bandolera antes de sacar un billete de uno de los bolsillos exteriores, arrugándolo en la mano debido a la fuerza que estaba ejerciendo sobre él por no hacerlo en el cuello del chaval.
-Pues creo que te vas a quedar con las ganas-siseó entre dientes lanzándole una mirada mortal al chico antes de encaminarse hacia la barra, tras la cual el camarero observaba intrigado la conversación, estampando de un golpe el billete ante las narices del sorprendido/asustado/inocente trabajador y acto seguido saliendo del café con la fuerza y la velocidad de un huracán.
"Nuevo muso", "nuevo muso" mis... Cómo se atreve, tendrá cara, querer pagarme a MÍ por escribir sobre ÉL como si fuera el no va más o diese para mucho y/o buen argumento, maldito niñato de papá ricachón con complejo de semidios causado por una infancia sin amor...Hay que tener morro, encima maleducado y fanfarrón, "nuevo muso" dice, más quisiera el imbécil este... Se va a enterar, esta noche voy a escribir mil y una versiones de su muerte... Maldito egocéntrico, ególatra, EGO es lo que le sobra... A todo esto, ¿¡cómo puñetas se llama!? ¡¡Así no hay quien escriba!!
martes, 10 de julio de 2012
jueves, 21 de junio de 2012
Everest.
El viento arrecia, y con él, la tormenta de nieve que te desequilibra por millonésima vez en esta jornada. Pero no puedes permitirte frenar, así que sin cambiar la expresión de tu cara congelada te limitas a expulsar un pesado suspiro por la nariz, que forma una espesa nube blanca que te ciega los milisegundos que dura entre el agobiante viento, y sigues adelante.
Adelante que desde hace tiempo también significa hacia arriba, literalmente, porque lo único que recuerdas ahora mismo de las montañas, o al menos de esta, es que se forman en vertical, y para seguir adelante hay que subir. En tu estado mental no te permites pensar más cosas que cosas obvias, porque puedes distraerte de tu objetivo, puedes llegar a conclusiones amargas y el poco oxígeno que hay a estas alturas te traiciona y acabas inmerso en una fantasía onírica que simbolizaría la falta de oxígeno de tu cerebro y tu entonces posterior muerte. Por ello, mantienes la mente en blanco, ignorando todo tipo de sensaciones como el dolor general y constante, y sigues hacia arriba.
Hace jornadas que ves el mismo paisaje, gris y blanco, y por jornadas entiendes el tiempo que pasa desde que te despiertas hasta que te duermes, porque estás seguro de que esta ventisca lleva días arreciado y aún no muestra síntomas de cansancio. Pero tú sigues, a pesar de que tu mochila pesa casi tanto como tú y estás seguro de que será por la capa de nieve que se habrá acumulado encima de ella. Sigues hacia delante, o hacia arriba.
Das gracias a que tienes tus bastones, tu equipamiento y a que el terreno pueda ser todavía avanzado a pie. Solo oyes el viento y solo ves blanco. Caminas lento, casi arrastrando los pies antes de clavar los tacos metálicos de tus botas en el suelo para no resbalar. Te recuerdas a una tortuga. Mantienes la mente en blanco, pero parece que solo han pasado diez minutos hasta que encuentras una mancha oscura en tu campo de visión. Jurarías que es una cueva.
Desvías un poco tu ruta y avanzas sin parar hacia la entrada de la cueva, parcialmente cubierta de nieve. Retiras un poco con tus botas y se desmorona; es reciente. Te recuerda a tu viaje. Te quitas la mochila, que cae pesadamente sobre la nieve. Te recuerda a la razón de tu viaje. Rebuscas y sacas una linterna en forma de esfera. Te recuerda a tu meta. Lanzas la pelota dentro de la cueva y observas. La luz rebotando te recuerda a ti perdido en tus problemas. La pelota se estrella varias veces contra paredes de piedra, y te recuerda a los golpes que te llevaste a lo largo y por culpa de todos ellos. La luz pálida y blanca de la linterna revela una cueva pequeña, cerrada, sin galerías, desnuda. Te recuerda a tu propia vida, simple, sin adornos, vacía. Entras en la cueva arrastrando tu mochila y agachándote, porque el techo está casi a tu altura.
Te sitúas al fondo de la cueva, poniendo la mochila entre tu cuerpo y la boca de la gruta, y te tumbas pesadamente, agotado. La luz te permite ver el techo, gris. Todo gris. Hasta tu cara parecerá gris, piensas. Ahora no puedes tener la mente en blanco, debes estar alerta por si este es el refugio de un oso, un lobo o sabe Dios qué. Es irónico para ti pensar en Dios mientras sacas de tu mochila el kit de ayuda para hacer fuego. Sacas una bolsa de plástico que contiene un mechero de montañero y un gran ramillete de ramas de madera atado con una gran goma elástica. Quitas dos puñados de ramas, las pones en el suelo. Te levantas y recoges piedras del suelo de la cueva. Ellas evitarán que el fuego se descontrole. Nadie fue tu piedra para controlar que el fuego de la desgracia no te consumiera, y mucho menos Dios.
Vuelves a tu sitio y haces un pequeño círculo con las piedras, en el que pones las ramitas en una posición para que no se consuman demasiado rápido. Antes de encenderlas recoges el ramillete y lo metes en la bolsa de nuevo, para evitar que la humedad las estropee o se congelen, y guardas también el mechero tras utilizarlo para encender la microhoguera. Todo empezó con algo más pequeño que ese fuego.
Sacas provisiones para comer y las dejas lo suficientemente cerca del fuego como para que se templen. Desde hace tiempo odias el frío, aunque estés en una montaña helada y haya un temporal de nieve y hielo y tú no te quejes. Comes en silencio y con ganas, sin desperdiciar nada. masticando lenta y concienzudamente. Y, como siempre antes de dormir, te recuerdas el motivo de tu viaje, dentro de tu saco de dormir, al lado de la hoguera moribunda y casi ajeno a la ventisca.
"Esto no podrá conmigo, por muy débil que me haga ver". "Tápate, que coges frío". "No tengo frío". "El doctor dice que tienes que taparte por si acaso, no puedes coger otra enfermedad". "Odio esto". "Yo también". "Cancer is a bitch". "Te quiero". "Y yo". "Siempre". "Siempre". "Y lo gritaré desde la cima de una montaña si hace falta, para que no lo olvides". "¿Por mí?". "Por ti". "Te quiero".
Adelante que desde hace tiempo también significa hacia arriba, literalmente, porque lo único que recuerdas ahora mismo de las montañas, o al menos de esta, es que se forman en vertical, y para seguir adelante hay que subir. En tu estado mental no te permites pensar más cosas que cosas obvias, porque puedes distraerte de tu objetivo, puedes llegar a conclusiones amargas y el poco oxígeno que hay a estas alturas te traiciona y acabas inmerso en una fantasía onírica que simbolizaría la falta de oxígeno de tu cerebro y tu entonces posterior muerte. Por ello, mantienes la mente en blanco, ignorando todo tipo de sensaciones como el dolor general y constante, y sigues hacia arriba.
Hace jornadas que ves el mismo paisaje, gris y blanco, y por jornadas entiendes el tiempo que pasa desde que te despiertas hasta que te duermes, porque estás seguro de que esta ventisca lleva días arreciado y aún no muestra síntomas de cansancio. Pero tú sigues, a pesar de que tu mochila pesa casi tanto como tú y estás seguro de que será por la capa de nieve que se habrá acumulado encima de ella. Sigues hacia delante, o hacia arriba.
Das gracias a que tienes tus bastones, tu equipamiento y a que el terreno pueda ser todavía avanzado a pie. Solo oyes el viento y solo ves blanco. Caminas lento, casi arrastrando los pies antes de clavar los tacos metálicos de tus botas en el suelo para no resbalar. Te recuerdas a una tortuga. Mantienes la mente en blanco, pero parece que solo han pasado diez minutos hasta que encuentras una mancha oscura en tu campo de visión. Jurarías que es una cueva.
Desvías un poco tu ruta y avanzas sin parar hacia la entrada de la cueva, parcialmente cubierta de nieve. Retiras un poco con tus botas y se desmorona; es reciente. Te recuerda a tu viaje. Te quitas la mochila, que cae pesadamente sobre la nieve. Te recuerda a la razón de tu viaje. Rebuscas y sacas una linterna en forma de esfera. Te recuerda a tu meta. Lanzas la pelota dentro de la cueva y observas. La luz rebotando te recuerda a ti perdido en tus problemas. La pelota se estrella varias veces contra paredes de piedra, y te recuerda a los golpes que te llevaste a lo largo y por culpa de todos ellos. La luz pálida y blanca de la linterna revela una cueva pequeña, cerrada, sin galerías, desnuda. Te recuerda a tu propia vida, simple, sin adornos, vacía. Entras en la cueva arrastrando tu mochila y agachándote, porque el techo está casi a tu altura.
Te sitúas al fondo de la cueva, poniendo la mochila entre tu cuerpo y la boca de la gruta, y te tumbas pesadamente, agotado. La luz te permite ver el techo, gris. Todo gris. Hasta tu cara parecerá gris, piensas. Ahora no puedes tener la mente en blanco, debes estar alerta por si este es el refugio de un oso, un lobo o sabe Dios qué. Es irónico para ti pensar en Dios mientras sacas de tu mochila el kit de ayuda para hacer fuego. Sacas una bolsa de plástico que contiene un mechero de montañero y un gran ramillete de ramas de madera atado con una gran goma elástica. Quitas dos puñados de ramas, las pones en el suelo. Te levantas y recoges piedras del suelo de la cueva. Ellas evitarán que el fuego se descontrole. Nadie fue tu piedra para controlar que el fuego de la desgracia no te consumiera, y mucho menos Dios.
Vuelves a tu sitio y haces un pequeño círculo con las piedras, en el que pones las ramitas en una posición para que no se consuman demasiado rápido. Antes de encenderlas recoges el ramillete y lo metes en la bolsa de nuevo, para evitar que la humedad las estropee o se congelen, y guardas también el mechero tras utilizarlo para encender la microhoguera. Todo empezó con algo más pequeño que ese fuego.
Sacas provisiones para comer y las dejas lo suficientemente cerca del fuego como para que se templen. Desde hace tiempo odias el frío, aunque estés en una montaña helada y haya un temporal de nieve y hielo y tú no te quejes. Comes en silencio y con ganas, sin desperdiciar nada. masticando lenta y concienzudamente. Y, como siempre antes de dormir, te recuerdas el motivo de tu viaje, dentro de tu saco de dormir, al lado de la hoguera moribunda y casi ajeno a la ventisca.
"Esto no podrá conmigo, por muy débil que me haga ver". "Tápate, que coges frío". "No tengo frío". "El doctor dice que tienes que taparte por si acaso, no puedes coger otra enfermedad". "Odio esto". "Yo también". "Cancer is a bitch". "Te quiero". "Y yo". "Siempre". "Siempre". "Y lo gritaré desde la cima de una montaña si hace falta, para que no lo olvides". "¿Por mí?". "Por ti". "Te quiero".
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De mayor quiero ser escritora perturbada.
sábado, 16 de junio de 2012
¿Simba?
Querida Iaia:
¿Dónde estás? ¿Qué tal te va todo? Hace mucho que no sé de ti, ¿qué estás haciendo? ¿Sigues haciendo tantas tonterías como cuando estabas conmigo? Te echo de menos. Me acuerdo de ti todos los días, cuando veo tus fotos. A veces me hacen reír porque recuerdo lo bien que nos lo pasábamos, otras veces tengo que apartar la mirada y respirar hondo, porque me faltas, pequeña. Nos faltas a toda la familia. Mamá también te echa de menos, ¿sabes? Yo no soy tan fácil de tratar. Papá también te echa mucho de menos, yo no juego con él tanto como tú. Mi hermana también te echa de menos, creo que se siente sola sin ti. Yo no la cuido tanto, ni la cojo de la mano por la noche mientras dormimos, como tú hacías. Y no le doy a Nala tanta guerra como tú, pero te aseguro que lo intento.
De todas formas, ella también se ha hecho mayor, ya. Si la vieras estoy segura de que no sabrías si reír o llorar. ¿Recuerdas cuando llorabas en silencio las noches que ella dormía contigo, tranquilamente entre tus tobillos, y tú imaginabas cómo sería todo cuando ella ya no estuviera? Yo también lo hago a veces. Me acuerdo tanto de ti esas noches...
Me acuerdo de ti cuando veo tus libros, en la estantería, cogiendo polvo y ocupando espacio. Tantas veces he acariciado los lomos de sus cubiertas y he pensado en releerlos, para intentar hacerte volver... Pero no lo hago. Lo siento, Iaia. No puedes volver, esto ya no es seguro para ti, te harían tanto daño que no me lo perdonaría nunca. Te echo de menos, pero debes saber que es por tu bien que te alejé de mí.
Aún así, otra razón por la que no puedo permitirte volver es por vergüenza. ¿Qué pensarías de mí, pequeña, si vieses en lo que me he convertido? ¿Qué hay de todo lo que imaginamos ser y de lo que soy ahora? Lo intenté, pero no salió del todo bien. Tengo muy buenos amigos, Iaia, eso te lo juro, estoy rodeada de lo mejor que te puedes imaginar. Me quieren, y yo les quiero a ellos. Te habría encantado conocerles a todos, estoy segura de que estarías muy contenta si les vieras. También te encantaría ver que, de alguna manera, estoy escribiendo mucho. ¿Te acuerdas cuando sólo queríamos poder vivir como escritoras? Bueno, aún no tengo beneficios económicos, pero por lo menos estoy haciendo mucha práctica. Y soy fiel a lo que siento cuando escribo, que eso es siempre lo que tú quisiste. Por eso nunca te preocupes.
Ves que sigo yéndome por las ramas cuando no quiero hablar de algo, ¿no? Sigo siendo igual que tú en algunos aspectos. La cosa es, Iaia, que no te esperarías los cambios en algunas partes de mi carácter actual. Tú eras simpática con todo el mundo, hasta con la gente que no lo era contigo. Digamos que yo me he vuelto un poquito más defensiva... en un sentido un poco radical. Puedo imaginarme los reproches que me harías muchas veces cuando soy borde o cruel con alguien, igual que lo triste y confusa que te sentirías si alguna vez me vieras enfadada. Ninguna de las dos esperaba acabar así, pero los años y la gente hacen tanto, tanto daño...
¡Pero sigo conservando el peluche de Nala! ¿Te acuerdas de él? ¿Nuestro peluche favorito? Ahí sigue, como siempre, igual de blandito y de achuchable y de todo. Aunque ahora sólo lo cojo para moverlo de la cama al armario y del armario a la cama... y a veces ni eso... pero no puedo jugar al Rey León como antes. Ay, si vieses en lo que esta familia se ha convertido... te morirías de pena y de miedo. Es duro, Iaia, tan duro... por eso no puedes volver, te estoy protegiendo, y no quiero que veas lo que pasa y lo que hago ni que oigas lo que puedo llegar a decir. Te morirías del susto, también. Eres demasiado inocente.
¿Sabes que hay gente que nos sigue confundiendo? Me tratan como si yo fuera la niña pequeña que tú eres. Y claro, no creas que me molesta, pero es como si les estuviera engañando. ¿Cómo les explico que tú ya no estás, por mucho que nos pese a todos? A veces quiero ir a buscarte y traerte aquí, para que todos te vean y comprobar si tú podrías sobrevivir aquí, con ellos, y llevar una vida más tranquila que la mía. Así quizá podría descansar un rato. Luego alguien viene a molestar y decido que es mejor que te quedes donde estás, que yo puedo enfrentarme mejor a ellos, porque me volvería loca si alguien te hiciera más daño. Eres una de las pocas cosas que me mantiene cuerda todavía, acordarme de ti me ayuda.
Estoy segura de que ahora mismo acabas de desconcentrarte leyendo, te has ido por la tangente pensando y estarás riéndote imaginando las caras de quien pueda leer esta carta sin conocerte. Créeme, a mí también me encantaría ver esas caras. ¿Pero qué podemos contarles? Muy pocos, si no nadie, podrán llegar a saber quién eres tú y quién soy yo tan bien como lo sabemos nosotras. Luego me llamarán loca, pero da igual, no es como si fuera la última noticia. A ti también te lo llamaban y no es que haya variado la situación. Pero loca inteligente, como tú decías, eres una loca consciente.
Tengo que dejarte, Iaia, el deber me llama. No, no soy una superheroína, como tú querías ser. Lo siento, esta gente todavía no sabe cómo podemos hacer para volar por nosotros mismos. Pero te mantendré informada si lo consigo alguna vez. Espero poder volver a mandarte otra carta alguna vez, ¿vale? Ya te contaré más cosas. Por ahora debes quedarte donde estás y no volver, simplemente tienes que esperar a volver a oír noticias mías. Prometo no tardar años otra vez, que sé que me habrás odiado en algún momento por lenta. Y otra cosa, Iaia... perdón por todo. Tú ya sabes por qué. Lo siento.
Te echo mucho de menos.
Claudia.
¿Dónde estás? ¿Qué tal te va todo? Hace mucho que no sé de ti, ¿qué estás haciendo? ¿Sigues haciendo tantas tonterías como cuando estabas conmigo? Te echo de menos. Me acuerdo de ti todos los días, cuando veo tus fotos. A veces me hacen reír porque recuerdo lo bien que nos lo pasábamos, otras veces tengo que apartar la mirada y respirar hondo, porque me faltas, pequeña. Nos faltas a toda la familia. Mamá también te echa de menos, ¿sabes? Yo no soy tan fácil de tratar. Papá también te echa mucho de menos, yo no juego con él tanto como tú. Mi hermana también te echa de menos, creo que se siente sola sin ti. Yo no la cuido tanto, ni la cojo de la mano por la noche mientras dormimos, como tú hacías. Y no le doy a Nala tanta guerra como tú, pero te aseguro que lo intento.
De todas formas, ella también se ha hecho mayor, ya. Si la vieras estoy segura de que no sabrías si reír o llorar. ¿Recuerdas cuando llorabas en silencio las noches que ella dormía contigo, tranquilamente entre tus tobillos, y tú imaginabas cómo sería todo cuando ella ya no estuviera? Yo también lo hago a veces. Me acuerdo tanto de ti esas noches...
Me acuerdo de ti cuando veo tus libros, en la estantería, cogiendo polvo y ocupando espacio. Tantas veces he acariciado los lomos de sus cubiertas y he pensado en releerlos, para intentar hacerte volver... Pero no lo hago. Lo siento, Iaia. No puedes volver, esto ya no es seguro para ti, te harían tanto daño que no me lo perdonaría nunca. Te echo de menos, pero debes saber que es por tu bien que te alejé de mí.
Aún así, otra razón por la que no puedo permitirte volver es por vergüenza. ¿Qué pensarías de mí, pequeña, si vieses en lo que me he convertido? ¿Qué hay de todo lo que imaginamos ser y de lo que soy ahora? Lo intenté, pero no salió del todo bien. Tengo muy buenos amigos, Iaia, eso te lo juro, estoy rodeada de lo mejor que te puedes imaginar. Me quieren, y yo les quiero a ellos. Te habría encantado conocerles a todos, estoy segura de que estarías muy contenta si les vieras. También te encantaría ver que, de alguna manera, estoy escribiendo mucho. ¿Te acuerdas cuando sólo queríamos poder vivir como escritoras? Bueno, aún no tengo beneficios económicos, pero por lo menos estoy haciendo mucha práctica. Y soy fiel a lo que siento cuando escribo, que eso es siempre lo que tú quisiste. Por eso nunca te preocupes.
Ves que sigo yéndome por las ramas cuando no quiero hablar de algo, ¿no? Sigo siendo igual que tú en algunos aspectos. La cosa es, Iaia, que no te esperarías los cambios en algunas partes de mi carácter actual. Tú eras simpática con todo el mundo, hasta con la gente que no lo era contigo. Digamos que yo me he vuelto un poquito más defensiva... en un sentido un poco radical. Puedo imaginarme los reproches que me harías muchas veces cuando soy borde o cruel con alguien, igual que lo triste y confusa que te sentirías si alguna vez me vieras enfadada. Ninguna de las dos esperaba acabar así, pero los años y la gente hacen tanto, tanto daño...
¡Pero sigo conservando el peluche de Nala! ¿Te acuerdas de él? ¿Nuestro peluche favorito? Ahí sigue, como siempre, igual de blandito y de achuchable y de todo. Aunque ahora sólo lo cojo para moverlo de la cama al armario y del armario a la cama... y a veces ni eso... pero no puedo jugar al Rey León como antes. Ay, si vieses en lo que esta familia se ha convertido... te morirías de pena y de miedo. Es duro, Iaia, tan duro... por eso no puedes volver, te estoy protegiendo, y no quiero que veas lo que pasa y lo que hago ni que oigas lo que puedo llegar a decir. Te morirías del susto, también. Eres demasiado inocente.
¿Sabes que hay gente que nos sigue confundiendo? Me tratan como si yo fuera la niña pequeña que tú eres. Y claro, no creas que me molesta, pero es como si les estuviera engañando. ¿Cómo les explico que tú ya no estás, por mucho que nos pese a todos? A veces quiero ir a buscarte y traerte aquí, para que todos te vean y comprobar si tú podrías sobrevivir aquí, con ellos, y llevar una vida más tranquila que la mía. Así quizá podría descansar un rato. Luego alguien viene a molestar y decido que es mejor que te quedes donde estás, que yo puedo enfrentarme mejor a ellos, porque me volvería loca si alguien te hiciera más daño. Eres una de las pocas cosas que me mantiene cuerda todavía, acordarme de ti me ayuda.
Estoy segura de que ahora mismo acabas de desconcentrarte leyendo, te has ido por la tangente pensando y estarás riéndote imaginando las caras de quien pueda leer esta carta sin conocerte. Créeme, a mí también me encantaría ver esas caras. ¿Pero qué podemos contarles? Muy pocos, si no nadie, podrán llegar a saber quién eres tú y quién soy yo tan bien como lo sabemos nosotras. Luego me llamarán loca, pero da igual, no es como si fuera la última noticia. A ti también te lo llamaban y no es que haya variado la situación. Pero loca inteligente, como tú decías, eres una loca consciente.
Tengo que dejarte, Iaia, el deber me llama. No, no soy una superheroína, como tú querías ser. Lo siento, esta gente todavía no sabe cómo podemos hacer para volar por nosotros mismos. Pero te mantendré informada si lo consigo alguna vez. Espero poder volver a mandarte otra carta alguna vez, ¿vale? Ya te contaré más cosas. Por ahora debes quedarte donde estás y no volver, simplemente tienes que esperar a volver a oír noticias mías. Prometo no tardar años otra vez, que sé que me habrás odiado en algún momento por lenta. Y otra cosa, Iaia... perdón por todo. Tú ya sabes por qué. Lo siento.
Te echo mucho de menos.
Claudia.
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De mayor quiero ser escritora perturbada.
jueves, 24 de mayo de 2012
Fix you.
Él no es su mejor amigo, ni ella su mejor amigo. Son conocidos, conocidos que tienen amigos en común y salen en grupo habitualmente. Han hablado poco, porque él es reservado y tímido, y porque ella suele estar rodeada de sus amigos más cercanos y pocas veces está a solas lo suficiente como para acercarse a darle conversación. Siempre suelen estar en un parque, en un centro comercial o en las calles de la ciudad, a altas horas de la noche, rodeados de cielo oscuro, farolas anaranjadas y luces de neón, cuando no dentro de algún local anunciado por los luminosos.
Se conocen muy poco, y ella parece no tener interés ninguno en cambiar esa situación, pero a él, lo poco que conoce, le parece suficiente. Al principio ella no le pareció más interesante que cualquier árbol del parque, pero con el tiempo fue reclamando silenciosa e inconscientemente su curiosidad. Él sabe perfectamente qué es lo que le atrajo más de ella. Sabe que fue una tarde cualquiera, en la que no hablaron y él ni siquiera conseguía retener aún el nombre de ella, cuando ella le miró a los ojos por primera vez y le sostuvo la mirada. La culpa de que él estuviera el resto del día pensativo la tenía esa mirada que reflejaba inteligencia y algo más a partes iguales, la cual también le impedía mantener la etiqueta que le había colocado de superficial y pija tonta a las pocas horas de haberla conocido, apenas hacía una semana.
Desde esa mirada, él no podía hacer más que mirarla desde lejos cada vez más, la mayoría de las veces sin que ella se diera cuenta, como si fuera un acertijo que tratase de resolver. Ella era un puzle para él. ¿Por qué actuaba de forma tan superficial con todo el mundo y luego era capaz de lanzar miradas tan profundas a alguien como él, con quien apenas interactuaba? ¿Cómo podía parecer ante todos tan simple y a él antojársele tan compleja? ¿Qué había detrás de lo que ella mostraba? Él se sentía paranoico, sospechaba que estaba sacando las cosas de quicio, pero algo le impedía dejar de pensar en ello. No podía haberse imaginado la profundidad de aquel casual choque visual. No podía ser, ella tenía que tener algo que fuera así de complejo dentro de ella para poder reflejarlo con tanta naturalidad. No podía hacer otra cosa que recrear sus ojos, y eso le estaba volviendo loco de frustración.
Todo hasta una noche hacía ya un par de meses, en la que los planes de ambos se trastocaron irreparablemente. Como siempre, habían quedado un sábado por la noche para ir de copas, y como siempre, ella había bebido. Él no solía beber, ya que no le gustaba el fuerte sabor del alcohol ni sus consecuencias. Le gustaba llegar a casa por su propio pie y dormir sin sentir la Tierra girando a su alrededor, y despertar sin malos recuerdos ni consecuencias. Ella, sin embargo, solía beber hasta que su equilibrio fallaba y todo era muy gracioso o muy dramático, y alguien tenía que ir cuidando de ella. Él nunca le ayudaba porque nunca hablaban, y menos cuando ella iba borracha. Era algo que sencillamente él no soportaba ni tan siquiera ver.
Aquella noche, sin embargo, pasó algo. Él estaba apoyado en la barra del local y ella había estado bailando con todas sus fuerzas en la pista de baile, hasta que la sed era demasiado fuerte y se acercó a la barra. En su estado de ebriedad le reconoció entre la multitud, y se acercó a él en busca de una cara amiga. Intercambió con él un par de palabras, y obviamente no se percató de la sorpresa de él. Ella pidió su copa, se apoyó en a barra y siguió bailando desde ahí, casi ensimismada. Él sólo la miraba con su vaso en la mano. Cuando ella ya había terminado con la mitad de su copa, su grupo cercano de amigas se acercaron y comenzaron a bailar todas al lado de la barra. Él no podía estar más incómodo ni aunque su propia madre hubiera aparecido de la nada y se hubiera unido a las chicas, pero suspiró resignado y se giró para observar el resto de la pista y hablar con sus amigos.
Horas después, todos decidieron irse. Las amigas de ella fueron al guardarropa del local, y él volvió a quedarse a solas con ella. Ella, aún ignorando su presencia, trató de dirigirse a la salida, pero resbaló y, de no haber sido por los reflejos de él, se habría comido el pegajoso suelo negro de la discoteca de una forma muy poco elegante. Mientras ella reía y tartamudeaba un "gracias", él suspiró para sus adentros y le ayudó a caminar, pasando un brazo por su espalda y agarrando su costado. Ella pasó un brazo por su espalda y se agarró a su cadera casi sin fuerzas. Él no sabía muy bien cómo reaccionar, y lo dejó estar. Cuando salieron, tras unos minutos de charla, todos se fueron a sus casas, y él se quedó con ella, desconcertado, asumiendo que le había sido asignada la tarea de llevarla a su casa. Tras preguntarle por su dirección, para lo cual ella tuvo que concentrarse unos minutos para recordarla, emprendieron el camino a pie, aprovechando las temperaturas agradables y el fresco aire de las altas horas de la madrugada mientras ella monologaba de todo un poco y se reía cuando él hacía algún comentario sobre el tema.
Al llegar al apartamento de ella, compartido con otra chica, según él tenía entendido, la casa estaba vacía. Al entrar, ella estuvo a punto de tirar un paragüero tras pasar unos diez minutos intentando abrir la puerta con la llave. Él rescató el paragüero con una pierna y evitó que ella cumpliera su promesa de tirar las putas llaves que no sirven para nada y que no abren la puta puerta, colocándolas en una mesita del recibidor. Luego, guiado por ella, la llevó a su cuarto y la ayudó a quitarse los zapatos y la chaqueta. Cuando estaba llevándola a la cama para que pudiera dormir, de pronto se encontró con ella tirada sobre él, enredando sus manos en su pelo y besándole hasta dejarle sin respiración. Tras momentos de shock, él puso sus manos en las caderas de ella con firmeza y la apartó, observándola con severidad de arriba abajo. Ella le miró con miedo y desconcierto, y empezó a temblar. Al ver su reacción, él suspiró y la abrazó con delicadeza, pasando una mano por su pelo y otra por su espalda, besando su sien y murmurando un "lo siento". Ella se apartó un poco, le miró y preguntó "¿No?". Él negó con la cabeza. "Así no". Ella asintió con tristeza y se dejó hacer mientras él volvía a llevarla a la cama. Ella se tumbó y él la arropó con las sábanas, dándole otro beso en la frente. Ella alargó un brazo y le acarició la mejilla, sonriéndole con pura simpatía. Él le devolvió una sonrisa tranquila y satisfecha, y le dio otro beso en la frente. "Buenas noches". Se fue apagando la luz de la habitación.
Desde esa noche, él sabe que no la conoce mucho, pero le parece suficiente. Le parece suficiente porque ella ahora también le mira más que antes, y él ve siempre esa mirada profunda que parece dedicarle sólo a él. Le parece suficiente porque ella, tras bailar toda la noche cuando salen en grupo, siempre se acerca a él para que la lleve a casa desde aquella noche y le agarra de la cintura para mantenerse en pie, a pesar de todo lo que ello ha inspirado en el resto del grupo de amigos. Le parece suficiente porque sabe que una caricia en la mejilla y un beso en la frente es todo lo que necesita para irse contento tras dejarla en su casa sana y salva. Todo lo que ella le da desde esa noche, que nunca ha sido más y nunca ha sido menos, le parece suficiente para mantener eso que no se sabe bien qué es lo que tienen pero que algo tienen. Ambos respetan eso, y ninguno pide más ni menos. Él no lo sabe explicar, y ella nunca habla de ello, pero a ambos les gusta. Él sabe que algún día saldrá herido de esto, y ella teme que exista la probabilidad de que ella le haga daño o viceversa, y esa es una de las tantas razones por las que ninguno da más, ni menos. Sin embargo, por ahora, es suficiente.
Se conocen muy poco, y ella parece no tener interés ninguno en cambiar esa situación, pero a él, lo poco que conoce, le parece suficiente. Al principio ella no le pareció más interesante que cualquier árbol del parque, pero con el tiempo fue reclamando silenciosa e inconscientemente su curiosidad. Él sabe perfectamente qué es lo que le atrajo más de ella. Sabe que fue una tarde cualquiera, en la que no hablaron y él ni siquiera conseguía retener aún el nombre de ella, cuando ella le miró a los ojos por primera vez y le sostuvo la mirada. La culpa de que él estuviera el resto del día pensativo la tenía esa mirada que reflejaba inteligencia y algo más a partes iguales, la cual también le impedía mantener la etiqueta que le había colocado de superficial y pija tonta a las pocas horas de haberla conocido, apenas hacía una semana.
Desde esa mirada, él no podía hacer más que mirarla desde lejos cada vez más, la mayoría de las veces sin que ella se diera cuenta, como si fuera un acertijo que tratase de resolver. Ella era un puzle para él. ¿Por qué actuaba de forma tan superficial con todo el mundo y luego era capaz de lanzar miradas tan profundas a alguien como él, con quien apenas interactuaba? ¿Cómo podía parecer ante todos tan simple y a él antojársele tan compleja? ¿Qué había detrás de lo que ella mostraba? Él se sentía paranoico, sospechaba que estaba sacando las cosas de quicio, pero algo le impedía dejar de pensar en ello. No podía haberse imaginado la profundidad de aquel casual choque visual. No podía ser, ella tenía que tener algo que fuera así de complejo dentro de ella para poder reflejarlo con tanta naturalidad. No podía hacer otra cosa que recrear sus ojos, y eso le estaba volviendo loco de frustración.
Todo hasta una noche hacía ya un par de meses, en la que los planes de ambos se trastocaron irreparablemente. Como siempre, habían quedado un sábado por la noche para ir de copas, y como siempre, ella había bebido. Él no solía beber, ya que no le gustaba el fuerte sabor del alcohol ni sus consecuencias. Le gustaba llegar a casa por su propio pie y dormir sin sentir la Tierra girando a su alrededor, y despertar sin malos recuerdos ni consecuencias. Ella, sin embargo, solía beber hasta que su equilibrio fallaba y todo era muy gracioso o muy dramático, y alguien tenía que ir cuidando de ella. Él nunca le ayudaba porque nunca hablaban, y menos cuando ella iba borracha. Era algo que sencillamente él no soportaba ni tan siquiera ver.
Aquella noche, sin embargo, pasó algo. Él estaba apoyado en la barra del local y ella había estado bailando con todas sus fuerzas en la pista de baile, hasta que la sed era demasiado fuerte y se acercó a la barra. En su estado de ebriedad le reconoció entre la multitud, y se acercó a él en busca de una cara amiga. Intercambió con él un par de palabras, y obviamente no se percató de la sorpresa de él. Ella pidió su copa, se apoyó en a barra y siguió bailando desde ahí, casi ensimismada. Él sólo la miraba con su vaso en la mano. Cuando ella ya había terminado con la mitad de su copa, su grupo cercano de amigas se acercaron y comenzaron a bailar todas al lado de la barra. Él no podía estar más incómodo ni aunque su propia madre hubiera aparecido de la nada y se hubiera unido a las chicas, pero suspiró resignado y se giró para observar el resto de la pista y hablar con sus amigos.
Horas después, todos decidieron irse. Las amigas de ella fueron al guardarropa del local, y él volvió a quedarse a solas con ella. Ella, aún ignorando su presencia, trató de dirigirse a la salida, pero resbaló y, de no haber sido por los reflejos de él, se habría comido el pegajoso suelo negro de la discoteca de una forma muy poco elegante. Mientras ella reía y tartamudeaba un "gracias", él suspiró para sus adentros y le ayudó a caminar, pasando un brazo por su espalda y agarrando su costado. Ella pasó un brazo por su espalda y se agarró a su cadera casi sin fuerzas. Él no sabía muy bien cómo reaccionar, y lo dejó estar. Cuando salieron, tras unos minutos de charla, todos se fueron a sus casas, y él se quedó con ella, desconcertado, asumiendo que le había sido asignada la tarea de llevarla a su casa. Tras preguntarle por su dirección, para lo cual ella tuvo que concentrarse unos minutos para recordarla, emprendieron el camino a pie, aprovechando las temperaturas agradables y el fresco aire de las altas horas de la madrugada mientras ella monologaba de todo un poco y se reía cuando él hacía algún comentario sobre el tema.
Al llegar al apartamento de ella, compartido con otra chica, según él tenía entendido, la casa estaba vacía. Al entrar, ella estuvo a punto de tirar un paragüero tras pasar unos diez minutos intentando abrir la puerta con la llave. Él rescató el paragüero con una pierna y evitó que ella cumpliera su promesa de tirar las putas llaves que no sirven para nada y que no abren la puta puerta, colocándolas en una mesita del recibidor. Luego, guiado por ella, la llevó a su cuarto y la ayudó a quitarse los zapatos y la chaqueta. Cuando estaba llevándola a la cama para que pudiera dormir, de pronto se encontró con ella tirada sobre él, enredando sus manos en su pelo y besándole hasta dejarle sin respiración. Tras momentos de shock, él puso sus manos en las caderas de ella con firmeza y la apartó, observándola con severidad de arriba abajo. Ella le miró con miedo y desconcierto, y empezó a temblar. Al ver su reacción, él suspiró y la abrazó con delicadeza, pasando una mano por su pelo y otra por su espalda, besando su sien y murmurando un "lo siento". Ella se apartó un poco, le miró y preguntó "¿No?". Él negó con la cabeza. "Así no". Ella asintió con tristeza y se dejó hacer mientras él volvía a llevarla a la cama. Ella se tumbó y él la arropó con las sábanas, dándole otro beso en la frente. Ella alargó un brazo y le acarició la mejilla, sonriéndole con pura simpatía. Él le devolvió una sonrisa tranquila y satisfecha, y le dio otro beso en la frente. "Buenas noches". Se fue apagando la luz de la habitación.
Desde esa noche, él sabe que no la conoce mucho, pero le parece suficiente. Le parece suficiente porque ella ahora también le mira más que antes, y él ve siempre esa mirada profunda que parece dedicarle sólo a él. Le parece suficiente porque ella, tras bailar toda la noche cuando salen en grupo, siempre se acerca a él para que la lleve a casa desde aquella noche y le agarra de la cintura para mantenerse en pie, a pesar de todo lo que ello ha inspirado en el resto del grupo de amigos. Le parece suficiente porque sabe que una caricia en la mejilla y un beso en la frente es todo lo que necesita para irse contento tras dejarla en su casa sana y salva. Todo lo que ella le da desde esa noche, que nunca ha sido más y nunca ha sido menos, le parece suficiente para mantener eso que no se sabe bien qué es lo que tienen pero que algo tienen. Ambos respetan eso, y ninguno pide más ni menos. Él no lo sabe explicar, y ella nunca habla de ello, pero a ambos les gusta. Él sabe que algún día saldrá herido de esto, y ella teme que exista la probabilidad de que ella le haga daño o viceversa, y esa es una de las tantas razones por las que ninguno da más, ni menos. Sin embargo, por ahora, es suficiente.
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domingo, 29 de abril de 2012
Vamos a por ti.
No te escondas, vamos a por ti. Te llamamos. Sabemos que nos oyes. Te estamos llamando. Ven. Ven, pequeña, ven. Seguimos tu rastro, es inútil que intentes huir, vivimos en las sombras en las que intentas ocultarte. No intentes alejar la sombra, pequeña luz, no podrás brillar eternamente. Ven, pequeña luz perdida. Ven, fuego fatuo. Ven con nosotros.
¿No oyes nuestros gritos? ¿No sientes nuestros tambores? ¿No se te agita el corazón cuando nos ves? Sabemos que sí. Lo sabemos todo, pequeño cordero. Ven, pequeña luz, ven, debes venir. No huyas. No corras. No te resistas.
No. No me cogeréis. Voy a correr, tengo que correr, no me cogeréis, todavía no, no, no, nunca, no.
No te resistas. Escucha nuestra llamada, debes venir. Acércate al agua, mira tu reflejo, él lo sabe, debes venir, él está con nosotros. Atiende nuestros gritos, ríndete, no queda nada por hacer. Te buscan, te buscan otros, te harán daño, ven con nosotros. Nosotros no te haremos daño. Ven, nosotros te salvaremos. Ven, pequeño cordero.
¡Que no! ¡Soltadme, no! ¡Iros! ¡Iros! ¡Iros todos! ¡No me alcanzaréis, no! ¡Debo correr, debo correr, no debo escucharos, no os oigo, no! ¡Dejadme, dejadme en paz! ¡No!
Vuelve, pequeña luz, no te escondas. Vuelve a la sangre. Devuelve tu sangre. Vuelve a esta masacre. Vuelve al desastre, pequeño fuego. Ven al incendio, pequeña chispa. Ven, ven a consumirte. Únete a nosotros, pequeña luz, debes unirte a nosotros.
Venvuelvevuelvevenvuelvevennoluchesvenvuelvevuelvevuelvevamosvenvamosaportivamosvenvenvamosvenvuelvevenvamosaportiaportiaportivuelvevenvennoteresistasnovuelvenovenaportivenvamosnoluchesvamosvenaportinoluchesvenesinútilvenvamosnoinútilvenvuelve.
No, dejadme, no. Puedo. Yo puedo. Dejadme. No. Huyo, tengo que huir, me voy, me voy, no puedo, me voy.
Vamos, pequeña luz. Nosotros les oímos y te llamamos, te defenderemos, pequeña luz, ven, corderito, ven, chispa, ven, te has perdido, te hemos encontrado, ven, ven. Corre, pequeña luz, ven, ven con nosotros, nosotros te defenderemos. Date prisa, corderito, ven, corre, date prisa. Ven. Te estamos esperando.
¡No! ¡Soy libre, no os necesito, no, no os quiero! ¡No!
Vennohuyasvenvenvamosaportivencorrevennohuyasnoesinútilvencorrevennohuyasaportivamosaportivamosaportinohuyasvenvennocorrasvennosotrostealcanzaremosnohuyasvennopodránconnosotrosnopodrásven.
¡No, dejadme, no, soltadme, no!
Te hemos atrapado, pequeña luz, no luches contra las cadenas, no puedes. Ahora ven, pequeña luz perdida, vuelve a la oscuridad, déjate sumergir, vuelve a las sombras, vuelve a la desesperación, vuelve con nosotros. Déjate llevar. Vuelve a la masacre. Vuelve a la sangre, pequeña chispa. Vuelve a morir, pequeño fuego. Vuelve a la Nada. Te estamos esperando.
No podrás escapar otra vez.
¿No oyes nuestros gritos? ¿No sientes nuestros tambores? ¿No se te agita el corazón cuando nos ves? Sabemos que sí. Lo sabemos todo, pequeño cordero. Ven, pequeña luz, ven, debes venir. No huyas. No corras. No te resistas.
No. No me cogeréis. Voy a correr, tengo que correr, no me cogeréis, todavía no, no, no, nunca, no.
No te resistas. Escucha nuestra llamada, debes venir. Acércate al agua, mira tu reflejo, él lo sabe, debes venir, él está con nosotros. Atiende nuestros gritos, ríndete, no queda nada por hacer. Te buscan, te buscan otros, te harán daño, ven con nosotros. Nosotros no te haremos daño. Ven, nosotros te salvaremos. Ven, pequeño cordero.
¡Que no! ¡Soltadme, no! ¡Iros! ¡Iros! ¡Iros todos! ¡No me alcanzaréis, no! ¡Debo correr, debo correr, no debo escucharos, no os oigo, no! ¡Dejadme, dejadme en paz! ¡No!
Vuelve, pequeña luz, no te escondas. Vuelve a la sangre. Devuelve tu sangre. Vuelve a esta masacre. Vuelve al desastre, pequeño fuego. Ven al incendio, pequeña chispa. Ven, ven a consumirte. Únete a nosotros, pequeña luz, debes unirte a nosotros.
Venvuelvevuelvevenvuelvevennoluchesvenvuelvevuelvevuelvevamosvenvamosaportivamosvenvenvamosvenvuelvevenvamosaportiaportiaportivuelvevenvennoteresistasnovuelvenovenaportivenvamosnoluchesvamosvenaportinoluchesvenesinútilvenvamosnoinútilvenvuelve.
No, dejadme, no. Puedo. Yo puedo. Dejadme. No. Huyo, tengo que huir, me voy, me voy, no puedo, me voy.
Vamos, pequeña luz. Nosotros les oímos y te llamamos, te defenderemos, pequeña luz, ven, corderito, ven, chispa, ven, te has perdido, te hemos encontrado, ven, ven. Corre, pequeña luz, ven, ven con nosotros, nosotros te defenderemos. Date prisa, corderito, ven, corre, date prisa. Ven. Te estamos esperando.
¡No! ¡Soy libre, no os necesito, no, no os quiero! ¡No!
Vennohuyasvenvenvamosaportivencorrevennohuyasnoesinútilvencorrevennohuyasaportivamosaportivamosaportinohuyasvenvennocorrasvennosotrostealcanzaremosnohuyasvennopodránconnosotrosnopodrásven.
¡No, dejadme, no, soltadme, no!
Te hemos atrapado, pequeña luz, no luches contra las cadenas, no puedes. Ahora ven, pequeña luz perdida, vuelve a la oscuridad, déjate sumergir, vuelve a las sombras, vuelve a la desesperación, vuelve con nosotros. Déjate llevar. Vuelve a la masacre. Vuelve a la sangre, pequeña chispa. Vuelve a morir, pequeño fuego. Vuelve a la Nada. Te estamos esperando.
No podrás escapar otra vez.
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miércoles, 25 de abril de 2012
I'm going to war.
Se oye el sonido de los tambores, y la adrenalina te corre por las venas y arterias, inflama tus músculos, acelera tu pulso, agita tu respiración y alimenta esa ansia de salir corriendo en cualquier momento. Estás en tu cabaña, de espaldas a la entrada, porque lo último que quieres es salir de allí y afrontar la luz. De todas formas, no hay mucha luz, porque el cielo está cubierto de nubes grises, y eso ayuda a que estés casi sumido en las tinieblas. No entiendes del todo qué pasa, pero sabes que te da miedo, mucho miedo. Llevas tu vestimenta de guerra, y se te eriza la piel de los brazos por el frío. Vuelves a palpar tu armadura de barro cocido, ramitas, plumas y cuerdas para cerciorarte de que está bien puesta. Tus pies están descalzos y tus piernas también están descubiertas. Lo único que tapa tu piel son pinturas de colores. Te encanta pintarte, pero sabes que estas pinturas son para que los espíritus del Más Allá te reconozcan y te lleven con ellos. Sabes que estas pinturas significan que vas a morir. Y te da miedo. Sólo has visto florecer la montaña dieciséis veces. Los adultos lo han visto hasta treinta o más. Tú, con dieciséis, no vas a volver a verlo. Obvio que has contado las veces, te maravilla verlo. Es precioso. Y ahora mismo te arrepientes y lamentas no haber disfrutado más todo aquello.
Los tambores se mezclan con una especie de gemido ahogado y suspiros entrecortados. Tu madre está en la esquina más oscura de la cabaña. Ahí, arrinconada, encogida y presa del llanto y el miedo, parece una pelota de pieles oscuras y carne temblorosa. Apartas la mirada cuando las lágrimas te nublan la vista. No puedes acercarte a ella, o no te irás. Vuelves a revisar tu armadura. El cuchillo de piedra en el cinto, la honda, el saquito de cantos redondos, el otro cuchillo, un palo afilado... tu padre te lo ha dado todo con la vana esperanza de que sobrevivas y vuelvas, aunque sea sin las armas que tanto le ha costado conseguir y que tan bien sabe utilizar para cazar, igual que tú, aunque él es mejor.
Te levantas, y notas que el pelo se te queda pegado en las pinturas de la cara y el cuello. Te lo han cortado de forma irregular con una piedra afilada y ahora te queda por los hombros, y aunque antes lo llevabas mucho más largo, poco te importa ya. Te quitas la tierra que se ha pegado a tu cuerpo, aunque intentas no emborronar las pinturas, porque te aterra que los espíritus no te reconozcan y tu alma se pierda, vagando por la montaña. Miras a tu madre por última vez, que sufre un ataque de hipo y ha vuelto a romper en llanto histérico, y sales, porque no puedes aguantarlo más.
Fuera, bajo las nubes, que nunca son un buen augurio, están los demás hombres de tu tribu. Hay desde niños como tú a adultos con cicatrices de otras guerras. Los ancianos se quedan en el poblado, cuidando de las mujeres y los pequeños con su sabiduría, y porque no harían mucho en el campo de batalla. El chamán está murmurando cosas que nadie comprende y haciendo símbolos con sus manos sobre la piel de guerreros que hacen cola ante él, seguramente dándoles hechizos de protección. Tú quieres ponerte a la cola, pero tu padre te llama con gesto serio y hace que te acerques a un círculo de adultos, al que te diriges con la cabeza gacha y ojos llenos de miedo, pero con los hombros cuadrados.
Están tu padre, el Jefe, otros adultos y amigos tuyos. Les miras con una mezcla de dolor, tristeza y compasión, mientras notas cómo se te hace un nudo en la garganta. Ellos te miran igual. Sabéis que vais a morir, o que al menos, la mayoría lo haréis. Los adultos están muy serios, pero no se les nota el miedo, si es que lo tienen. Todos forman un círculo alrededor de unos dibujos en el suelo, que rápidamente identificas con una especie de plano de las montañas. Vais a avanzar por el paso y por los caminos ocultos que pasan sobre los desfiladeros. Desde arriba tiraréis dardos, piedras, lanzas y flechas. Desde abajo, combate cuerpo a cuerpo. Muerte, básicamente. Y de pronto tú deseas ser uno de los del desfiladero y matar enemigos a sangre fría, como a insectos, y un sentimiento tenebroso te encoge el pecho. Quieres matar, no ser matado.
Apenas oyes las instrucciones de tu padre y el Jefe, pero entiendes que vas a estar abajo. Abajo. Lucha cuerpo a cuerpo. Muerte. Muertemuertemuerte. Vas a morir. Lo sabes en un momento. Es una verdad tan simple que asimilarla te lleva segundos, pero su peso cae sobre tus hombros igual. Vas a morir. Ya nada importa. La adrenalina vuelve a correr y tú sientes ganas de reír histéricamente, de correr, de saltar, de atacar, de llorar, de huir, de gritar. Vas a morir. No pasa nada. No importa. Vete. Corre. Sal de aquí. Vamos a matar. Vuelve a casa. No. Sí. No.
Tu padre te da una palmada en el hombro, y comprendes que tienes que ir con el resto de los guerreros, que van a dirigirse al paso. Dos de tus amigos se quedan quietos, junto a otros tres adultos. Ellos irán al desfiladero. Te acercas a ellos y, sin decir nada, le das a uno la honda y el saquito de piedras y al otro el palo. Te miran sorprendidos, dolidos y con los ojos llorosos. Tu gesto es ausente. Nada te importa. Prefieres que maten con tus armas que las coja el enemigo y que resulten útiles. Te vas con otros tres chicos y el resto de los adultos, y os reunís con el resto de guerreros. Un escalofrío te recorre la espalda, como si alguien te hubiera pasado el canto de un cuchillo frío desde la nuca hasta el final de la espalda, sin llegar a cortarte. No te sobresaltas. Supones que es un espíritu avispado, que ha notado la muerte sobre ti y que ya está trabajando, preguntándose quién eres.
Llegáis al paso, y todos oís un estruendo. Los hombres se agitan, se gritan alterados, se preguntan, observan todo con los ojos abiertos. De pronto, se oyen miles de pasos y otros ruidos por donde se supone que es la entrada al paso. El enemigo se os ha adelantado. Los hombres se agitan aún más, se gritan aún más, abren los ojos aún más, corren, se sitúan, tú acabas en primera línea de batalla paralizado por el miedo. Tu padre te grita que retrocedas. No puedes. Tus piernas acaban de echar raíces en el suelo. Estás paralizado. No puedes.
Un monstruo aparece entre la niebla y las paredes de roca del paso. Es un monstruo con mucho pelo, cubierto de piel y de piedra gris brillante y muy pulida. Es extraño. ¿Es un hombre? Nunca habías visto un hombre así. Aparecen muchos más. Y más. Y más. Y montados en otras bestias. Y con armas (o lo que supones que son armas) muy extrañas. De pronto, se oyen ruidos muy fuertes y varios de los que están en primera línea, contigo, caen al suelo, heridos. ¿Cómo les han matado así? ¿Tienen hondas tan fuertes? Te agachas corriendo, y tiras piedras, pero no llegas a darles. No entiendes nada. El resto de guerreros ha empezado a correr hacia los monstruos, armas en ristre. Muchos caen, como los primeros. Tú también corres, para no quedarte atrás. No te es difícil llegar otra vez a la primera línea. Corres hacia el primer monstruo, que te apunta con algo, y sientes un dolor intensísimo en un brazo, tras un ruido de los de antes. Te miras, sangras. Te giras asustado. Lo último que ves es la cara de un hombre, rabioso, gritando, que te ataca con un gran cuchillo de esa piedra tan pulida y que te atraviesa de parte a parte. Notas que te mueres. Oyes el grito de tu padre, desgarrador. Notas la sangre. Frío. Los espíritus. Oscuridad. Nada.
Los tambores se mezclan con una especie de gemido ahogado y suspiros entrecortados. Tu madre está en la esquina más oscura de la cabaña. Ahí, arrinconada, encogida y presa del llanto y el miedo, parece una pelota de pieles oscuras y carne temblorosa. Apartas la mirada cuando las lágrimas te nublan la vista. No puedes acercarte a ella, o no te irás. Vuelves a revisar tu armadura. El cuchillo de piedra en el cinto, la honda, el saquito de cantos redondos, el otro cuchillo, un palo afilado... tu padre te lo ha dado todo con la vana esperanza de que sobrevivas y vuelvas, aunque sea sin las armas que tanto le ha costado conseguir y que tan bien sabe utilizar para cazar, igual que tú, aunque él es mejor.
Te levantas, y notas que el pelo se te queda pegado en las pinturas de la cara y el cuello. Te lo han cortado de forma irregular con una piedra afilada y ahora te queda por los hombros, y aunque antes lo llevabas mucho más largo, poco te importa ya. Te quitas la tierra que se ha pegado a tu cuerpo, aunque intentas no emborronar las pinturas, porque te aterra que los espíritus no te reconozcan y tu alma se pierda, vagando por la montaña. Miras a tu madre por última vez, que sufre un ataque de hipo y ha vuelto a romper en llanto histérico, y sales, porque no puedes aguantarlo más.
Fuera, bajo las nubes, que nunca son un buen augurio, están los demás hombres de tu tribu. Hay desde niños como tú a adultos con cicatrices de otras guerras. Los ancianos se quedan en el poblado, cuidando de las mujeres y los pequeños con su sabiduría, y porque no harían mucho en el campo de batalla. El chamán está murmurando cosas que nadie comprende y haciendo símbolos con sus manos sobre la piel de guerreros que hacen cola ante él, seguramente dándoles hechizos de protección. Tú quieres ponerte a la cola, pero tu padre te llama con gesto serio y hace que te acerques a un círculo de adultos, al que te diriges con la cabeza gacha y ojos llenos de miedo, pero con los hombros cuadrados.
Están tu padre, el Jefe, otros adultos y amigos tuyos. Les miras con una mezcla de dolor, tristeza y compasión, mientras notas cómo se te hace un nudo en la garganta. Ellos te miran igual. Sabéis que vais a morir, o que al menos, la mayoría lo haréis. Los adultos están muy serios, pero no se les nota el miedo, si es que lo tienen. Todos forman un círculo alrededor de unos dibujos en el suelo, que rápidamente identificas con una especie de plano de las montañas. Vais a avanzar por el paso y por los caminos ocultos que pasan sobre los desfiladeros. Desde arriba tiraréis dardos, piedras, lanzas y flechas. Desde abajo, combate cuerpo a cuerpo. Muerte, básicamente. Y de pronto tú deseas ser uno de los del desfiladero y matar enemigos a sangre fría, como a insectos, y un sentimiento tenebroso te encoge el pecho. Quieres matar, no ser matado.
Apenas oyes las instrucciones de tu padre y el Jefe, pero entiendes que vas a estar abajo. Abajo. Lucha cuerpo a cuerpo. Muerte. Muertemuertemuerte. Vas a morir. Lo sabes en un momento. Es una verdad tan simple que asimilarla te lleva segundos, pero su peso cae sobre tus hombros igual. Vas a morir. Ya nada importa. La adrenalina vuelve a correr y tú sientes ganas de reír histéricamente, de correr, de saltar, de atacar, de llorar, de huir, de gritar. Vas a morir. No pasa nada. No importa. Vete. Corre. Sal de aquí. Vamos a matar. Vuelve a casa. No. Sí. No.
Tu padre te da una palmada en el hombro, y comprendes que tienes que ir con el resto de los guerreros, que van a dirigirse al paso. Dos de tus amigos se quedan quietos, junto a otros tres adultos. Ellos irán al desfiladero. Te acercas a ellos y, sin decir nada, le das a uno la honda y el saquito de piedras y al otro el palo. Te miran sorprendidos, dolidos y con los ojos llorosos. Tu gesto es ausente. Nada te importa. Prefieres que maten con tus armas que las coja el enemigo y que resulten útiles. Te vas con otros tres chicos y el resto de los adultos, y os reunís con el resto de guerreros. Un escalofrío te recorre la espalda, como si alguien te hubiera pasado el canto de un cuchillo frío desde la nuca hasta el final de la espalda, sin llegar a cortarte. No te sobresaltas. Supones que es un espíritu avispado, que ha notado la muerte sobre ti y que ya está trabajando, preguntándose quién eres.
Llegáis al paso, y todos oís un estruendo. Los hombres se agitan, se gritan alterados, se preguntan, observan todo con los ojos abiertos. De pronto, se oyen miles de pasos y otros ruidos por donde se supone que es la entrada al paso. El enemigo se os ha adelantado. Los hombres se agitan aún más, se gritan aún más, abren los ojos aún más, corren, se sitúan, tú acabas en primera línea de batalla paralizado por el miedo. Tu padre te grita que retrocedas. No puedes. Tus piernas acaban de echar raíces en el suelo. Estás paralizado. No puedes.
Un monstruo aparece entre la niebla y las paredes de roca del paso. Es un monstruo con mucho pelo, cubierto de piel y de piedra gris brillante y muy pulida. Es extraño. ¿Es un hombre? Nunca habías visto un hombre así. Aparecen muchos más. Y más. Y más. Y montados en otras bestias. Y con armas (o lo que supones que son armas) muy extrañas. De pronto, se oyen ruidos muy fuertes y varios de los que están en primera línea, contigo, caen al suelo, heridos. ¿Cómo les han matado así? ¿Tienen hondas tan fuertes? Te agachas corriendo, y tiras piedras, pero no llegas a darles. No entiendes nada. El resto de guerreros ha empezado a correr hacia los monstruos, armas en ristre. Muchos caen, como los primeros. Tú también corres, para no quedarte atrás. No te es difícil llegar otra vez a la primera línea. Corres hacia el primer monstruo, que te apunta con algo, y sientes un dolor intensísimo en un brazo, tras un ruido de los de antes. Te miras, sangras. Te giras asustado. Lo último que ves es la cara de un hombre, rabioso, gritando, que te ataca con un gran cuchillo de esa piedra tan pulida y que te atraviesa de parte a parte. Notas que te mueres. Oyes el grito de tu padre, desgarrador. Notas la sangre. Frío. Los espíritus. Oscuridad. Nada.
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De mayor quiero ser escritora perturbada.
jueves, 23 de febrero de 2012
Senza paura.
Vivámoslo intensamente, como me lo está pidiendo. Disfrutémoslo como se merece. Hagámoslo sin miedo por una vez, como si las consecuencias no importaran. Olvidemos deberes y reglas, como si aceptáramos que no valen para nada en esta historia. Cerremos puertas al abismo y abramos las ventanas para que entren los vientos de cambio y se lleven el polvo de la vergüenza. Dejemos de actuar con normalidad, soltémonos el pelo y que no importe nada. Que nos den igual los que estén en contra o a favor, que nos den igual todos, que nadie opine, que seamos tú y yo a solas. Aceptemos que no hace falta mucho, finjamos que ésto está hecho para durar.
Yo voy a hacer oídos sordos, voy a sonreír y a asentir ante todo consejo, bueno o malo. Voy a cogerte de la mano como si lo hubiera hecho todos los días de mi vida. Voy a hablar contigo como si lo supiera todo de ti, y voy a saludarte mirándote a los ojos todos los días, muy fijamente, para que entiendas las ganas que tengo de besarte cada vez que te veo.
Pero a cambio tú debes prometerme que harás también las cosas que deberías hacer. Tú vas a buscarme con la mirada cuando no llegue a tiempo o cuando me pierdas de vista por un momento. Tú no vas a tener miedo o vergüenza cuando me agarres de la cintura, como si alguien te fuera a dar una palmada en la mano. Tú me vas a abrazar por la espalda como si fuera tradición, y me vas a dar un beso en la sien cada vez que puedas para recordarnos al resto que también puedo llegar a ser un poco adorable cuando estás cerca.
Y entonces, cuando cumplamos con el trato, diremos que somos felices así, sin aparentar, y escucharemos pacientemente todos los argumentos en nuestra contra para rebatirlos uno a uno, tranquilamente, porque no tiene sentido alterarse por cosas así mientras hayamos hecho nuestras "tareas" y seamos felices así.
¿No es bonito? ¿No te gusta? ¿No suena a sueño? ¿No parece casi posible y todo? Eso es lo que hago yo. Yo sueño y deseo que tú te atrevas, que me atreva yo, que alguien haga algo, que algo acabe con la tensión que tengo cuando te tengo en la cabeza y de pronto alguien habla de ti y a mí se me suben los colores y todo del susto, como si hubiera sido demasiado obvia pensando en las ganas que tengo de quererte.
¿Y tú qué? Yo imagino que tú te cansas y me acabas arrinconando en una pared, que te das cuenta de que se me nota la imaginación trabajando con tu silueta y que me das un beso como respuesta, que todo deja de ser mentira y que realmente te estás colando en mi cama por las noches para quedarte a desayunar café con besos por la mañana.
¿No es bucólico? ¿No es como una escena perfecta de película de amor? ¿No me merezco algo de tu atención por haberme esforzado tanto en construir todos estos castillos en el aire por ti?
Vivámoslo intensamente. Disfrutémoslo como si yo estuviera despierta y tú realmente me quisieses.
Yo voy a hacer oídos sordos, voy a sonreír y a asentir ante todo consejo, bueno o malo. Voy a cogerte de la mano como si lo hubiera hecho todos los días de mi vida. Voy a hablar contigo como si lo supiera todo de ti, y voy a saludarte mirándote a los ojos todos los días, muy fijamente, para que entiendas las ganas que tengo de besarte cada vez que te veo.
Pero a cambio tú debes prometerme que harás también las cosas que deberías hacer. Tú vas a buscarme con la mirada cuando no llegue a tiempo o cuando me pierdas de vista por un momento. Tú no vas a tener miedo o vergüenza cuando me agarres de la cintura, como si alguien te fuera a dar una palmada en la mano. Tú me vas a abrazar por la espalda como si fuera tradición, y me vas a dar un beso en la sien cada vez que puedas para recordarnos al resto que también puedo llegar a ser un poco adorable cuando estás cerca.
Y entonces, cuando cumplamos con el trato, diremos que somos felices así, sin aparentar, y escucharemos pacientemente todos los argumentos en nuestra contra para rebatirlos uno a uno, tranquilamente, porque no tiene sentido alterarse por cosas así mientras hayamos hecho nuestras "tareas" y seamos felices así.
¿No es bonito? ¿No te gusta? ¿No suena a sueño? ¿No parece casi posible y todo? Eso es lo que hago yo. Yo sueño y deseo que tú te atrevas, que me atreva yo, que alguien haga algo, que algo acabe con la tensión que tengo cuando te tengo en la cabeza y de pronto alguien habla de ti y a mí se me suben los colores y todo del susto, como si hubiera sido demasiado obvia pensando en las ganas que tengo de quererte.
¿Y tú qué? Yo imagino que tú te cansas y me acabas arrinconando en una pared, que te das cuenta de que se me nota la imaginación trabajando con tu silueta y que me das un beso como respuesta, que todo deja de ser mentira y que realmente te estás colando en mi cama por las noches para quedarte a desayunar café con besos por la mañana.
¿No es bucólico? ¿No es como una escena perfecta de película de amor? ¿No me merezco algo de tu atención por haberme esforzado tanto en construir todos estos castillos en el aire por ti?
Vivámoslo intensamente. Disfrutémoslo como si yo estuviera despierta y tú realmente me quisieses.
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