Los oídos de Raúl
Raúl aún recuerda la cara de estúpido que se le quedó cuando fue al médico, y le da por reírse. No es que le dijera algo gracioso, desde luego, también se acuerda de las caras de espanto de sus padres y de la lástima del doctor, pero ya ha pasado un tiempo y, cuando se acuerda de aquellas muecas exageradas, se tiene que reír, porque fueron extraordinarias, y porque si no se ríe, llora, y no quiere llorar más. Pero, aunque haya llorado mucho, Raúl es un chico muy optimista y positivo, porque las circunstancias le han obligado a serlo.
Todo empezó, como suelen empezar los accidentes, sin querer. Como todo adolescente enérgico y lleno de energía, a Raúl le encantaba el deporte, más concretamente el tenis. Entrenaba todas las semanas varias horas, jugaba torneos y campeonatos y sentía pasión por todos los movimientos, golpes, jugadas y tipos de equipamiento. Vivía para el tenis, y al verle jugar, más de uno juraríamos que el tenis fue inventado para él. No sólo porque se llevaba más de alguna victoria bien merecida, sino porque se le veía tan natural, tan compenetrado con la pelota y la raqueta, tan cómodo al jugar, que parecía que él mismo hubiera inventado el deporte. A sus amigos nos gustaba ver sus entrenamientos porque era, en cierto modo, incluso tranquilizante.
Sin embargo, la verdadera historia comenzó en un entrenamiento cualquiera. Raúl entrenaba con la máquina de lanzar pelotas, que nunca me explicó su nombre y si lo hizo nunca lo quise recordar. El cacharro disparaba pelotas con una fuerza que podía variar entre apenas una brisita primaveral y una potencia que ya quisiera el más potente de los huracanes. Ese día las lanzaba con fuerza moderada, ya que había cercano un torneo y no era para andarse con tonterías. Raúl estaba concentrado en aquella cosa que disparaba balas amarillas, devolviéndoselas con más fuerza aún de la que le llegaban. Siempre he dicho que vivo con el miedo de que un día me dé un capón y me mate de un descuido.
En cierto momento, Raúl decidió que no era suficiente, y me pidió sin mirarme siquiera (las pelotas eran más importantes que yo en aquel momento, al menos en el sentido de peligrosas fuera del campo visual) que aumentase la potencia de éso. Yo lo hice, a regañadientes, porque ya bastante poca confianza me inspiraba el armatoste como para darle más fuerza, pero lo hice. El bicho aquel comenzó a disparar, literalmente, las pelotas, con una fuerza que me asustaba seriamente. Le sugerí a mi amigo volver a bajarlo, pero me lo prohibió a gritos. A veces se ponía muy digno en los entrenamientos y yo quería meterle la raqueta por... las orejas. Por las orejas.
Al final yo acabé mirando a la máquina con miedo y a Raúl con odio, o al revés. Reconozco que lo pasaba yo peor que él cuando le veía forzarse demasiado. Sin embargo, ese día lo cambió todo. Cuando llevaba un buen rato devolviendo las pelotas/balas, estaba agotado, sudando, y yo hacía apuestas mentales sobre cuánto aguantarían él o su raqueta ese ritmo. Entonces, la rutina monótona de succión/pelota/raquetazo/grito/rebote se interrumpió por un sonido proveniente de la bolsa de deporte de Raúl. Ambos reconocimos el tono de llamada de su móvil y nos giramos hacia la bolsa. Ninguno vio aquella pelota.
De pronto, oí una succión, una pelota, un golpe, un alarido, otro golpe más fuerte y más gritos. Cuando me giré vi a Raúl tendido en el suelo, con su raqueta tirada también de mala manera y algo en aquella escena sobrecogedor y terrorífico. Le llamé a gritos y corrí a apagar la máquina, para que no pudiera acribillarle accidentalmente. Por suerte, las últimas dos pelotas no le alcanzaron al estar en el suelo. Tras apagar ese monstruo corrí hacia él, y vi cómo se llevaba una mano al oído derecho, que le sangraba. Me quedé atónita, y si no hubiera sido por el vigilante de las canchas de entrenamiento del polideportivo, todavía estaría él quejándose y yo mirando con cara de imbécil.
Lo siguiente lo recuerdo poco y con angustia, por el intento de mi mente de olvidar malos recuerdos. Raúl en ambulancia, Raúl en el hospital, Raúl haciéndose pruebas, Raúl con vendas en la cabeza, Raúl en el despacho del doctor, Raúl pálido junto a sus padres, Raúl llorando amargamente abrazándome como si fuese un trozo de madera en medio del océano Pacífico mientras me explicaba (o hacía el intento de tartamudear poco entre gemidos, llantos, sollozos e hipidos mientras me lo contaba) la situación, según el doctor.
El golpe le había afectado al oído. Raúl tenía el tímpano derecho perforado. Raúl no oía nada de lo que pasaba a su derecha. Raúl no volvería a ser el mismo.
Éso último lo descubrimos con el tiempo. Durante unos días se estuvo recuperando, y tardó poco en volver a casa para terminar allí su rehabilitación. Sus amigos le visitaban mucho, y quizá yo fui la que más lo hacía, por sentirme culpable al haber aumentado la potencia de aquella máquina infernal y por haber sido la que lo había vivido con él. Raúl siempre intentaba aparentar serenidad, sonreír, reír, estar tranquilo, pero empezó a mostrar unos síntomas extraños. Obviamente, ahora le costaba más oír las cosas, ya que sólo tenía un oído disponible, y eso le frustraba y le estresaba. Muchas veces se quejaba de zumbidos o pitidos que nadie más oía, sólo él, y se ponía de mal humor. Otras veces tenía migrañas intensas por el esfuerzo de intentar oír mejor. Pero lo devastador para él fue cuando empezaron los mareos.
De pronto, Raúl no podía andar mucho tiempo seguido y sin ayuda. A veces se mareaba al mínimo movimiento, otras no tenía un equilibrio normal, otras directamente no atinaba a andar cinco pasos sin caerse. Sus padres le llevaron al médico al constatar todos los síntomas con frecuencia, y el doctor tampoco les animó mucho. Les explicó que eran consecuencias de la pérdida de audición, que una pérdida de audición conductiva causada por un traumatismo solía tener esos síntomas en el paciente, y que era normal, pero eso significaba que no podría hacer mucho esfuerzo ni auditivo ni físico. No podía hacer esfuerzo físico. Raúl no podía jugar ya al tenis.
Decir que aquellas semanas fueron un infierno para él es quedarse corto. Primero no lo aceptaba, después se enfadaba y culpaba a todo el mundo por ello, después buscó mil soluciones para jugar, y finalmente se rindió y lo aceptó, con toda la pena que he podido ver en toda mi vida concentrada en los ojos de alguien. Dejó de escaparse para practicar y de volver acompañado de un amigo o de una ambulancia a casa por alguna caída o algún golpe. Dejó de insistir en escuchar por el oído derecho. Dejó de quejarse de pitidos. Dejó de luchar contra lo imposible.
Raúl canceló su suscripción al polideportivo, se retiró de las competiciones a las que se había apuntado, vendió algunas de sus raquetas, guardó su ropa de entrenamientos y de competiciones para hacer ejercicio ocasional y utilizó sus pelotas de tenis para jugar con ellas para mejorar su equilibrio o simplemente para lanzárselas a su perro, en vez de amenazarle de muerte si se acercaba a ellas. Al final, Raúl lo aceptó, sin superarlo del todo.
Ahora Raúl me cuenta todos los días las mejoras que puede haber, los aparatos que le van a comprar, los cacharritos que va a tener que llevar si se los compran para poder oír, lo que haría si pudiese oír otra vez. Y me lo cuenta con la pasión que pone siempre al enseñarme su vitrina de trofeos y explicarme la historia de todos y cada uno de ellos, que aunque me las sepa todas de memoria yo sigo prestándole la misma atención que el primer día. Pone la pasión que pone cuando coge su raqueta y hace algunos movimientos o la examina para ver si sus cuerdas están bien tensas. Se alegra tanto como cuando me enseña su colección de "pelotas de la victoria", con las que algún día ganó algún partido importante.
Raúl sigue viviendo por y para el tenis. Sigue apasionándose en los partidos, aunque los tenga que ver sentado o de pie en las gradas; sigue queriendo comprar pelotas y raquetas; sigue debatiendo sobre tenis con cualquier otro erudito del tema como si se le fuese la vida en ello. Pero yo creo que es por su pequeña frustración por no poder jugarlo más, y no por su media sordera, por lo que grita con más fuerza cuando anima o discute. Sin embargo, cuando se pasa de tono, yo le aprieto la mano, hago que me mire, y le devuelvo la sonrisa que me lanza junto a un apretón de manos que le demuestra, con claridad meridiana y a la vez imperceptiblemente, que para mí siempre será mi tenista favorito y que siempre estaré vigilando su flanco derecho, por si acaso.
viernes, 23 de diciembre de 2011
(Im)Perfectos I
Los ojos de Clara
Clara es una chica normal de catorce años. Tiene el pelo castaño, la piel clara, cara de niña y tenía los ojos marrones. Pero Clara sabe todo esto porque se lo han dicho, no por otra cosa. Clara es ciega desde antes de cumplir un año. Clara fue ese único bebé entre 35.000 recién nacidos que sufría amaurosis congénita de Leber. Clara ha escuchado mil definiciones y explicaciones técnicas sobre esa enfermedad, y más o menos, entendiendo la mitad o menos de todas esas definiciones con palabras raras, largas y conceptos intrincados, ha podido crearse un concepto mental básico sobre ello. Clara sólo sabe que tuvo mala suerte, que es una entre 35.000, que tanta gente es mucha, que ella no ve nada y que, por lo menos, durante unos meses después de nacer, pudo ver algo. Lo que pasa es que Clara no se acuerda, y no ve, ni puede imaginar imágenes, porque no sabe lo que es una imagen, no sabe ver.
Sus padres le han contado que existe un remedio, que en una ciudad (que a ella le recuerda a Drácula, el libro que una vez le leyó su madre), en la universidad, descubrieron un método para curar su enfermedad a través de un virus o sea lo que sea éso que le ayudase a recuperar la vista. El problema es el dinero, porque sus padres no tienen tanto dinero como para permitirse el viaje hacia allá, el tratamiento, la estancia y el viaje de vuelta. Clara sabe que el dinero son billetes y monedas, papeles y círculos de metal, e incluso trozos de plástico rectangulares. Sabe que el dinero lo compra todo y que por él se venden cosas o se prestan servicios, como dice su profesor de Sociales. Y Clara odia el dinero, porque sabe que sin dinero ella no va a poder ver, que por dinero hay mucha gente que muere o malvive, que por dinero se mata o se discrimina. El dinero es un problema mundial, y para Clara, es la única barrera entre ella y el resto del mundo.
Y sin embargo, no es que ella esté apartada del mundo. Clara sabe leer y escribir, porque cuando los niños leían cuadernillos con letras grandes y palabras cortas y dibujos coloridos, ella tenía cuadernillos escritos en braille, con puntitos en relieve, y sus padres y profesores le fueron enseñando el significado de esos puntitos, hasta que los conoció todos y pudo utilizar un teclado especial que le ayudaba a escribir ella misma los puntos que quería pulsando botones, mientras los demás escribían con lápiz siguiendo los puntos de otros cuadernos.
De todas formas, Clara sabe que aunque ella no vea, puede saborear, oler, palpar y oír un poquito mejor que los demás. Se enteró cuando un profesor suyo la vio decaída con once años cuando un niño se metió con ella. Él le explicó que su cuerpo se había preparado contra esa enfermedad y que, para compensarlo, había mejorado un poco el resto de sus sentidos. Así, Clara se fue dando cuenta de que oía ruiditos que los demás no podían y podía incluso reconocer a las personas por el ruido de sus pasos, que tenía mejor equilibrio que sus amigos, que podía oler un perfume un poco antes que los que la rodeaban, que podía saborear mejor un helado muy, muy frío o que podía notar mejor las texturas de cosas al tocarlas. Y eso la consoló mucho, porque aunque no viese, podía saber cómo era el mundo mediante sus otros cuatro sentidos mejorados.
Por eso, Clara es una chica sonriente que lleva unas gafas de sol y un bastón siempre, que se ha vuelto casi inmune a los comentarios incómodos o hirientes de la gente, que tiene un particular gusto por irritar a sus amigos cuando la intentan asustar o sorprender y ella les oye o huele antes, que muchas veces parece pensativa porque está concentrada en oír, oler o sentir algo, que siempre intenta ahorrar hasta el último céntimo y que adora leer, porque así se entera de otras cosas y le ayuda a ver de alguna manera.
Clara es una chica invidente, pero tiene una mente despierta y sabe que, a pesar de ello, sus amigos, familia y el resto de sus sentidos, son sus ojos.
Clara es una chica normal de catorce años. Tiene el pelo castaño, la piel clara, cara de niña y tenía los ojos marrones. Pero Clara sabe todo esto porque se lo han dicho, no por otra cosa. Clara es ciega desde antes de cumplir un año. Clara fue ese único bebé entre 35.000 recién nacidos que sufría amaurosis congénita de Leber. Clara ha escuchado mil definiciones y explicaciones técnicas sobre esa enfermedad, y más o menos, entendiendo la mitad o menos de todas esas definiciones con palabras raras, largas y conceptos intrincados, ha podido crearse un concepto mental básico sobre ello. Clara sólo sabe que tuvo mala suerte, que es una entre 35.000, que tanta gente es mucha, que ella no ve nada y que, por lo menos, durante unos meses después de nacer, pudo ver algo. Lo que pasa es que Clara no se acuerda, y no ve, ni puede imaginar imágenes, porque no sabe lo que es una imagen, no sabe ver.
Sus padres le han contado que existe un remedio, que en una ciudad (que a ella le recuerda a Drácula, el libro que una vez le leyó su madre), en la universidad, descubrieron un método para curar su enfermedad a través de un virus o sea lo que sea éso que le ayudase a recuperar la vista. El problema es el dinero, porque sus padres no tienen tanto dinero como para permitirse el viaje hacia allá, el tratamiento, la estancia y el viaje de vuelta. Clara sabe que el dinero son billetes y monedas, papeles y círculos de metal, e incluso trozos de plástico rectangulares. Sabe que el dinero lo compra todo y que por él se venden cosas o se prestan servicios, como dice su profesor de Sociales. Y Clara odia el dinero, porque sabe que sin dinero ella no va a poder ver, que por dinero hay mucha gente que muere o malvive, que por dinero se mata o se discrimina. El dinero es un problema mundial, y para Clara, es la única barrera entre ella y el resto del mundo.
Y sin embargo, no es que ella esté apartada del mundo. Clara sabe leer y escribir, porque cuando los niños leían cuadernillos con letras grandes y palabras cortas y dibujos coloridos, ella tenía cuadernillos escritos en braille, con puntitos en relieve, y sus padres y profesores le fueron enseñando el significado de esos puntitos, hasta que los conoció todos y pudo utilizar un teclado especial que le ayudaba a escribir ella misma los puntos que quería pulsando botones, mientras los demás escribían con lápiz siguiendo los puntos de otros cuadernos.
De todas formas, Clara sabe que aunque ella no vea, puede saborear, oler, palpar y oír un poquito mejor que los demás. Se enteró cuando un profesor suyo la vio decaída con once años cuando un niño se metió con ella. Él le explicó que su cuerpo se había preparado contra esa enfermedad y que, para compensarlo, había mejorado un poco el resto de sus sentidos. Así, Clara se fue dando cuenta de que oía ruiditos que los demás no podían y podía incluso reconocer a las personas por el ruido de sus pasos, que tenía mejor equilibrio que sus amigos, que podía oler un perfume un poco antes que los que la rodeaban, que podía saborear mejor un helado muy, muy frío o que podía notar mejor las texturas de cosas al tocarlas. Y eso la consoló mucho, porque aunque no viese, podía saber cómo era el mundo mediante sus otros cuatro sentidos mejorados.
Por eso, Clara es una chica sonriente que lleva unas gafas de sol y un bastón siempre, que se ha vuelto casi inmune a los comentarios incómodos o hirientes de la gente, que tiene un particular gusto por irritar a sus amigos cuando la intentan asustar o sorprender y ella les oye o huele antes, que muchas veces parece pensativa porque está concentrada en oír, oler o sentir algo, que siempre intenta ahorrar hasta el último céntimo y que adora leer, porque así se entera de otras cosas y le ayuda a ver de alguna manera.
Clara es una chica invidente, pero tiene una mente despierta y sabe que, a pesar de ello, sus amigos, familia y el resto de sus sentidos, son sus ojos.
Etiquetas:
De mayor quiero ser escritora perturbada.
sábado, 17 de diciembre de 2011
Límites.
Piensa en esa persona. Sí, en ésa. En la que piensas todas las noches, todos los días y a todas horas, en el fondo. Con la que tienes algo importante. A la que quieres, vamos, llanamente hablando. ¿Tienes el concepto? ¿Lo tienes? Bien. Céntrate en eso. Piensa en todo lo que habéis pasado, todo lo que os habéis querido, todo lo bonito. ¿Lo tienes? Vale. Ahora, piensa en lo malo. Las peleas, los celos, los enfados, todo lo malo a lo largo de la relación. Duro, ¿eh? Pero bueno, seguisteis adelante incluso con eso, ¿no? Vuelve a pensar en lo bueno, sin olvidar lo malo. Es un sentimiento raro, lo sé, cuesta equilibrarlo, pero espera a tenerlo. ¿Ya? Bueno, eso es el resumen de toda la relación, de todo lo que te inspira esa persona. Imaginemos que es bueno, que te gusta, que te alegra. Imaginemos que le quieres.
No dejemos de imaginar.
Imagina una traición. Una gran discusión. Un conflicto. Algo malo. Algo grande, que conlleve una ruptura. ¿Qué sentirías? ¿Dolería? ¿Te entristecerías, te enfadarías, te resultaría indiferente? ¿Qué? Como sea, imagina algo malo. Céntrate en eso. ¿Cuánto tolerarías a partir de ahí? ¿Cuánto más podrías aguantar?
¿Podrías aguantar el hecho en sí? Quiero decir, el mal momento, las malas sensaciones, el daño, ¿lo aguantarías? No te mientas, dilo de verdad. Piénsalo y reflexiona sobre ello. ¿Aguantarías? ¿Se lo consentirías a esa persona? ¿Lo merecería? ¿Lo merecerías tú?
Y después de eso... ¿habría más? Imaginemos que sí. Total, desde pequeños nos enseñan a perdonar, ¿no? Pues perdonemos, venga, perdonemos. Nueva oportunidad. Sí, no hace falta que me digas que es fácil decirlo, pero un esfuerzo.
Con todo, imagina que sigue habiendo problemas, que no es como antes, que algo se ha roto. ¿Seguirías intentándolo? Y si la otra persona no pone de su parte... ¿qué? ¿Tú contra el mundo? ¿Tú contra esa persona para estar con esa persona? ¿En serio? O que quienes no ponen de su parte son quienes más cerca de ti están, tus amigos o tu familia. ¿Aguantarías las presiones, las malas miradas, los consejos, los intentos para quitarte esa venda de los ojos que insisten que tienes y que tú no ves?
¿Hasta dónde llegan tus límites? ¿Cuánta paciencia tienes? ¿Cuánto aguantarías?
Y ahora dime...
¿Cuánto aguantarás?
Etiquetas:
Shit Claudia says.
viernes, 9 de diciembre de 2011
Aaay, Cupido, Cupido...
Cuando era pequeña, recuerdo que me hablaban
del amor. Llegué a escuchar miles de cientas de definiciones sobre el amor
durante toda mi vida. El amor es cosa de mayores, me decían mis tíos y mis
abuelos. El amor es un asco, oía murmurar amargamente a los que por aquel
entonces eran adolescentes despechados. El amor no existe, me decían algunos no
mucho mayores que me miraban con tal mezcla de odio, dolor y rencor cuando
hablaban del amor que me asustaban. El amor es maravilloso, me enseñaban los cuentos
y repetían algunas de mis amigas, como si ellas mismas supieran de qué estaban
hablando. El amor tiene que ser genial, suspiraban el resto de mis amigas. El
amor es algo muy importante y muy bonito, me dijo mi madre. El amor es algo
serio y fuerte, me enseñó mi padre con voz seria. Fuera lo que fuera el amor,
yo aprendí una lección común a partir de todo eso: el amor, sea como sea,
siempre llega.
A partir de entonces, aunque
fuera negándolo o haciéndolo muy disimuladamente, esperé siempre a que me llegara
a mí, como quien se planta en medio de un campo de prácticas de tenis y espera
a que le acribillen a pelotazos. Con miedo, con resignación, con ganas de que
se acabara el suplicio de esperar al acecho. A mí me importaba un demonio lo
que contaran las películas de las princesas Disney, si la gente lloraba y
sufría por amor, yo no quería enamorarme. Ah no, no señor, pensaba una vez
mientras veía La Bella Durmiente, me
niego a dormir los años que sean esperando a que uno cualquiera se le ocurra
venir a darme un beso. Pero qué clase de patraña es ésa, como si yo fuera a
aguantar mucho tiempo dormida, si los sábados me levanto a las ocho, o como si
yo fuera a permitir al primero que pase darme un beso, no, no…
Al final, después de mucho
pensar, escuchar, leer, discutir y, por supuesto, ver incontables telenovelas y
comedias románticas en la televisión y en el cine, decidí desistir en definir
un concepto del amor que me valiese para catalogar todos los tipos de amor de
una sola estocada. Me di cuenta de que hay infinitos tipos de amor, y no
solamente uno por cada persona, si no cientos por cada una de ellas. Son de
todo tipo, condición y fuerza, pero es amor, al fin y al cabo.
Por lo tanto, si a mí alguna vez
me preguntan qué es el amor (y yo tuviera el tiempo y las ganas de ponerme a
filosofear de esta manera), yo contestaría: El amor es lo que sientes desde pequeño
hasta anciano, es tu perdición o tu salvación, puedes creerlo o confundirlo con
otra cosa, es un cuento de hadas o una tortura psicológica, es un sueño o una
realidad, es bonito o horrible, es divertido o severo, es fuerte como una roca
o frágil como un diente de león. Pero, sea lo que sea, es, y está ahí, siempre,
da igual cómo o cuánto.
Etiquetas:
Shit Claudia says.
viernes, 25 de noviembre de 2011
Dirección General de la Vida: No podemos sonreír por ti.
Una de las primeras cosas de las que te das cuenta en la vida es que no siempre tienes ayuda para superar las cosas. Aunque haya gente a tu alrededor, aunque te ofrezcan ayuda, hay veces que la batalla la libras solo porque es tu batalla, es tu asunto, eres tú contra ello. No puedes pedirle a mamá o a papá que se hagan cargo y te distraigan con cualquier tontería mientras para que cuando te des cuenta, todo esté solucionado. No puedes permitir que tus amigos se hagan cargo de la situación, porque a ver, ellos tienen sus problemas y tú ya eres mayocito para cargar con los tuyos. Y es tu vida, no la de nadie más. Tus problemas, tu responsabilidad. Te das cuenta desde pequeño, y hay quien lo aprende en ese momento, quien tarda en asimilarlo como quien remolonea en la cama por cinco minutos más de sueño y quien, simplemente, es incapaz de asimilarlo y necesita siempre a alguien a su lado, porque no puede cargar con ello solo.
Uno de los logros más grandes que puede hacer una persona es el de controlar sus propias emociones. Yo no soy quién para hablar de esto, porque a la mínima me dan ganas de reír, de llorar, de gritar, de hacer aspavientos, etcétera. Soy bastante impulsiva respecto a eso, y puedo asegurar que no soy la única, pero hay momentos en los que aprendemos a controlarnos. Bien por miedo, bien por vergüenza, bien por orgullo. El ser humano es extraordinario: puede explotar al mínimo movimiento, o puede esbozar una sonrisa tranquila y permanecer sereno mientras oye y siente perfectamente cómo su corazón y sus sentimientos se rompen y se convierten en añicos. Y es esa capacidad, la de aprender a manejar nuestras expresiones y gestos paralelamente de nuestros pensamientos, la que desarrollamos como autodefensa en nuestra vida.
Y cuando las dos capacidades se aúnan, cuando te das cuenta de que tienes un problema, un gran problema, que te espera una lucha y que estás solo ante ello y no puedes pedir ayuda, y encima tienes los santos cojones como dos ruedas de camión el valor y la fuerza de estar sereno, confiado, saber lo que te viene y no temblar ni un momento, es cuando yo personalmente me quitaría el sombrero si tuviera uno puesto o te haría una reverencia mínimo, porque para mí habrás alcanzado el estado máximo de ser humano, habrás llegado al punto álgido de tu valor, y podrás decir delante de mí sin miedo a que te rechiste siquiera que eres una persona, una gran persona, da igual lo que hayas hecho, hagas, digas o pienses. Y bueno, lo consigas o no, con el simple intento, me doy por satisfecha, porque muestras que te atreves, que tienes fuerzas para intentarlo, y que algún día lo conseguirás. Por lo pronto, déjame sentarme a ver el espectáculo, que todavía tengo el polvo y la sangre pegados a la piel después de mis propias guerras.
Sea como sea, mi apoyo siempre lo tendrás.
Etiquetas:
Shit Claudia says.
jueves, 17 de noviembre de 2011
Nobody's home.
A veces, pasa que escuchas una canción, ves el videoclip y te metes en la historia. Es divertido y relajante, hasta que todo parece un flashback de tu propia vida.
_____________________________________________________________________________________________
Yo la observo. No hago más que observarla. Es raro, hasta cierto punto fascinante, y a la vez tiene un toque que asusta y dan ganas de huir y de darle un abrazo a la vez. Inspira sentimientos encontrados. Pero yo sé que los se encuentran dentro de ella tienen batallas mucho más encarnizadas que los míos. Y eso es lo que asusta, lo que me hace querer correr para salvarme de esa batalla y lo que hace que me piquen los brazos de querer abrazarla para protegerla de sí misma.
No podría contarte por qué se siente así, por qué está así todos los días, por qué son esos sentimientos y no otros, por qué son tan dañinos y no la dejan vivir tranquila. Tampoco podría ayudarla yo, porque quién soy yo para meterme en esa guerra consigo misma, qué pinto yo ahí, si nada de eso es por ni para mí y, créeme, tampoco me haría mucha gracia. Yo sólo puedo contarte que la observo, que estoy con ella ahí, que la veo equivocarse e ilusionarse, aguantar y rendirse, vivir y desvivirse.
¿Que qué está mal con ella? Pf, pues tantas cosas y a la vez tan pocas... No hay nada malo, sabes, ella está bien, yo sé que está bien. Está bien si hablamos de aspectos superficiales, de estabilidad de cualquier tipo fuera de la sentimental y de salud, está bien, está perfectamente. Y aún así se siente como si no estuviera en donde debe estar, como si algo faltara, no se siente como en casa en su propia habitación.
Y créeme, yo sé que quiere sentir ese algo, que quiere estar bien, que quiere volver a ser como antes, que quiere estar cómoda ya y descansar. Pero ahí la ves, como alma en pena, como un muñeco de trapo al que un marionetista cruel le ha cortado los hilos. Tampoco es que sepa lo que hacer, ya te lo digo yo, está tan hecha un lío por todo que no sabe qué hacer, qué decir ni a dónde ir ahora mismo. Hace lo que puede... pero es evidente que no es suficiente, ¿no? Así que se limita a llorar ahí, donde la ves, hecha pedazos, sin siquiera poder esconderse.
Si pudiera escucharme, yo le diría: "Abre los ojos. Levántate, piensa con la cabeza fría, deja de llorar, analiza, intenta comprenderlo, entiende por qué estás así y busca soluciones, así encontrarás lo que has perdido, lo que te han quitado, lo que echo yo de menos".
Pero no. Tiene que ser fuerte sola, ¿verdad? ¿A que tú también lo piensas? ¿Ves? Tiene que ser fuerte, aguantar, porque en estos momentos se demuestra lo que se vale, a pesar de los problemas, que sean uno, diez, cien, mil, ¡tiene que ser fuerte! Y tiene que encontrar su sitio después de estar tanto tiempo dando vueltas.
Y así siempre, ella en su casa sin sentirse cómoda, intentando esconderse para llorar, queriendo estar sola cuando realmente necesita un hombro donde llorar, tirándose en la cama a ver la vida pasar y sus lágrimas caer...
Esconde sus sentimientos, ha dado por perdidos sus sueños e ilusiones, está perdiendo la cabeza, se está volviendo loca, está perdiéndose a sí misma, está cayendo, se está hundiendo, no encuentra su sitio, se siente en tierra de nadie, está perdiendo la fe y la esperanza de vivir, está cayendo en desgracia, está en todos sitios y a la vez en ninguna parte.
Y hasta ahora y lo que nos queda, tú y yo la observaremos hacerlo, esconderse, buscar inconsciente y desesperadamente un atisbo de calidez a lo que aferrarse, caminar ausente, llorar con la mirada perdida, perder la razón, perderse a sí misma, perderse, perder.
_________________________________________________________________________________
Diría algo, pero ahora mismo estoy en shock por lo que he escrito.
_____________________________________________________________________________________________
Yo la observo. No hago más que observarla. Es raro, hasta cierto punto fascinante, y a la vez tiene un toque que asusta y dan ganas de huir y de darle un abrazo a la vez. Inspira sentimientos encontrados. Pero yo sé que los se encuentran dentro de ella tienen batallas mucho más encarnizadas que los míos. Y eso es lo que asusta, lo que me hace querer correr para salvarme de esa batalla y lo que hace que me piquen los brazos de querer abrazarla para protegerla de sí misma.
No podría contarte por qué se siente así, por qué está así todos los días, por qué son esos sentimientos y no otros, por qué son tan dañinos y no la dejan vivir tranquila. Tampoco podría ayudarla yo, porque quién soy yo para meterme en esa guerra consigo misma, qué pinto yo ahí, si nada de eso es por ni para mí y, créeme, tampoco me haría mucha gracia. Yo sólo puedo contarte que la observo, que estoy con ella ahí, que la veo equivocarse e ilusionarse, aguantar y rendirse, vivir y desvivirse.
¿Que qué está mal con ella? Pf, pues tantas cosas y a la vez tan pocas... No hay nada malo, sabes, ella está bien, yo sé que está bien. Está bien si hablamos de aspectos superficiales, de estabilidad de cualquier tipo fuera de la sentimental y de salud, está bien, está perfectamente. Y aún así se siente como si no estuviera en donde debe estar, como si algo faltara, no se siente como en casa en su propia habitación.
Y créeme, yo sé que quiere sentir ese algo, que quiere estar bien, que quiere volver a ser como antes, que quiere estar cómoda ya y descansar. Pero ahí la ves, como alma en pena, como un muñeco de trapo al que un marionetista cruel le ha cortado los hilos. Tampoco es que sepa lo que hacer, ya te lo digo yo, está tan hecha un lío por todo que no sabe qué hacer, qué decir ni a dónde ir ahora mismo. Hace lo que puede... pero es evidente que no es suficiente, ¿no? Así que se limita a llorar ahí, donde la ves, hecha pedazos, sin siquiera poder esconderse.
Si pudiera escucharme, yo le diría: "Abre los ojos. Levántate, piensa con la cabeza fría, deja de llorar, analiza, intenta comprenderlo, entiende por qué estás así y busca soluciones, así encontrarás lo que has perdido, lo que te han quitado, lo que echo yo de menos".
Pero no. Tiene que ser fuerte sola, ¿verdad? ¿A que tú también lo piensas? ¿Ves? Tiene que ser fuerte, aguantar, porque en estos momentos se demuestra lo que se vale, a pesar de los problemas, que sean uno, diez, cien, mil, ¡tiene que ser fuerte! Y tiene que encontrar su sitio después de estar tanto tiempo dando vueltas.
Y así siempre, ella en su casa sin sentirse cómoda, intentando esconderse para llorar, queriendo estar sola cuando realmente necesita un hombro donde llorar, tirándose en la cama a ver la vida pasar y sus lágrimas caer...
Esconde sus sentimientos, ha dado por perdidos sus sueños e ilusiones, está perdiendo la cabeza, se está volviendo loca, está perdiéndose a sí misma, está cayendo, se está hundiendo, no encuentra su sitio, se siente en tierra de nadie, está perdiendo la fe y la esperanza de vivir, está cayendo en desgracia, está en todos sitios y a la vez en ninguna parte.
Y hasta ahora y lo que nos queda, tú y yo la observaremos hacerlo, esconderse, buscar inconsciente y desesperadamente un atisbo de calidez a lo que aferrarse, caminar ausente, llorar con la mirada perdida, perder la razón, perderse a sí misma, perderse, perder.
_________________________________________________________________________________
Diría algo, pero ahora mismo estoy en shock por lo que he escrito.
Etiquetas:
De mayor quiero ser escritora perturbada.
sábado, 12 de noviembre de 2011
Mías.
Esta entrada está escrita en un cuaderno y de mi puño y letra, pero no podía resistir la tentación de escribirla aquí también. Para mí, vale la pena.
Son pasadas las doce de la noche, pero tenía que escribir. No podía aguantar las ganas de estrenar mi pluma y mi cuaderno. Que ahora que me fijo no es una pluma en todo el sentido estricto de la palabra... pero es mía, me la han regalado ellas y es igual de importante sea como sea. Estoy escribiendo esto con las lentillas, la ropa de calle y los zapatos puestos todavía, pero bueno, eso no importa. Necesitaba hacerlo.
He querido empezar así mi cuaderno, inmediatamente, tal y como he vivido esta tarde, tal y como os merecéis: lo primero, con ganas, con nervios, con la más grande de las sensaciones de felicidad que puedo experimentar en mi vida. Dios... es difícil que no pueda encontrar una palabra para definirlo, y lo sabéis, porque soy la de las palabras raras y las ocurrencias, pero no puedo. No puedo definiros esto. Es... es perfecto, ¿sabéis? Es saber que se quieren cuatro personas, que tú eres una de ellas, y las otras tres son de las personas más importantes de tu vida, por no decir las más, que son tres personas maravillosas, únicas, perfectas, inolvidables, geniales, fantásticas, increíbles... en fin, que sois vosotras.
Yo... os juro que lo intento, pero limitar su valor con un adjetivo existente me parece hasta una mentira. ¿Qué adjetivo iba a usar para englobar todo esto? ¿Perfecto? ¿Total? ¿Genial? ¿Único? ¡No! ¡No hay algo escrito que lo pueda expresar! Y lo siento, lo prometo, siento no poder ponerle nombre, pero os prometo que no hay palabras. No tengo palabras para eso. Es que sois tan grandes, tan importantes, tan... vosotras. Y sólo puedo nombraros de una forma: mías. Llamadme posesiva, o loca, o yo qué sé, pero mías. Mis amigas, mis niñas, mis alegrías, mis sonrisas y risas, mis ayudas, mis apoyos, mis penas y lágrimas, mis desahogos, mías, como queráis llamarlo.
Y en fin, os quiero, ya lo habréis supuesto. Por eso empiezo el cuaderno así, con una declaración de principios que, aunque espero tengáis ya claros, nunca está de más recordaros. Por eso, y porque este cuaderno es en parte vuestro, os dedico la primera página de las que, espero, sean muchas escritas, y os aseguro, mis chicas, que ésta no será la única en la que os diré todas estas cosas, en la que os nombre, o en la que decida haceros un espacio como un pequeño homenaje, aunque os merezcáis que escriba todo este cuaderno sobre vosotras y como mínimo, veinte iguales. Bueno, corto ya, que me muero de sueño y tengo miedo de quedarme dormida con el boli en la mano y rayar el cuaderno, con lo bonito que es y lo que me gusta. Buenas noches, mías. Hasta mañana y cuando queráis. Os quiero.
A mi Alba, mi Jessi y mi Bea, mis razones de vivir, mis ganas de seguir, mis niñas, mi felicidad, mi razón de ser. Mis mías.
Etiquetas:
Shit Claudia says.
sábado, 5 de noviembre de 2011
Todo es saber mirar.
Hoy, cuando me he despertado, me he planteado una cuestión muy seria (no, la verdad es que lo primero ha sido encender el ordenador y desayunar, ya luego me lo he planteado). Me he acordado de una amiga mía, y a partir de ahí he empezado a hilar imágenes y momentos, hasta que he hecho una teoría que me ha dejado tema para pensar para meses. He de admitir que no es un tema del que me guste hablar, porque en voz alta no soy capaz de hablar de ello, sabe Dios si por vergüenza o por qué. Pero en fin, que he decidido hacer una tabla de comparaciones a partir de ello. Sí, las comparaciones son odiosas (qué me vas a contar a mí...), pero si no lo pongo por escrito nunca podré entenderlo.
Tengo una amiga enamorada. Y tengo otra igual. Y en fin, tengo decenas de amigos enamorados yles odio a todos es impresionante la cantidad de detalles que pueden variar entre cada enamoramiento, las diferentes características que puede tener cada uno, las tan contrarias sensaciones que puede generar el mismo y a la vez tan diferente sentimiento que sienten todos ellos. Y, obviamente, yo no siento las mismas cosas cuando oigo a una hablando de ello, y oigo a cualquier otra persona hablando de lo que supuestamente sería lo mismo. Y os juro por lo más sagrado que no lo es.
A mí me gusta oír hablar a mi amiga. Me gusta verla. Me gusta darme cuenta de lo que siente, porque es tan evidente que casi podrías tocarlo y jugar a hacerle cosquillas. Se le nota en todas partes. Cuando sonríe, cuando habla, cuando se ríe, cuando simplemente camina. Cuando me mira a los ojos, lo veo. Aunque se esté riendo por algo que haya dicho o hecho, aunque esté hablándome de algún problema, aunque esté regañándome enfadada, lo veo. Y tengo que hacer mucho esfuerzo para no empezar a sonreír y decirle: ¿sabes que te brillan los ojos? (más que nada, porque si lo hiciera mientras me regaña, cobraría). Aunque bueno, tampoco es tan evidente, pero cuando pasas años mirando a los ojos a alguien, puedes saber lo que siente al mirarle. Y yo lo veo, es como un puntito de luz que está ahí, sonriendo continuamente, riéndose siempre, dando pequeños saltitos de felicidad. Y yo me alegro, y me gusta verlo, porque es como si ese puntito me gritara "¡está bien, no ocurre nada, todo está bien, todo está bien!". Y después de tanto tiempo, saber que sigue ahí, me tranquiliza mucho, porque todo está bien, porque me asegura que está bien.
Y en cambio, hay veces que ese puntito no es feliz, no sonríe ni da saltitos. En otras personas, ver ese puntito de luz no me tranquiliza en absoluto, porque me recuerda al brillo febril de los ojos de cuando alguien está malo, que está ahí, pero que es del tipo que te indica que precisamente, algo no va bien. Y el resto de "síntomas" es distinto, pero se nota en lo mismo. Cuando el amor no es del tipo que te alegra la vida, te la cambia de todas formas. También se nota en todas partes, hasta en el más mínimo movimiento de manos. Y llamadme exagerada, pero sé de lo que hablo por experiencia y porque lo veo a menudo. Y no soporto verlo. Odio ver que esa luz, que debería significar alegría, no expresar más que dolor, confusión, desesperación, tristeza. No me asegura que está bien, si no todo lo contrario. Le oigo decir "¡sácame de aquí, ayúdame, páralo, quítamelo!", mientras me mira con la cara distorsionada. Y eso hace que, en el fondo, se abra mi cajón de las cosas ocultas y me den ganas de salir corriendo, de huir, de no permitir que eso vuelva a afectarme. Pero aguanto, porque si no aguanta él, alguien tendrá que hacerlo hasta que recobre fuerzas para salir de ahí solo.
Y a veces me da rabia, me enfado, me dan ganas de agarrar a esa persona de los hombros y zarandearla diciéndole "¡REACCIONA, POR EL AMOR DE DIOS, REACCIONA!". Y luego me siento culpable, porque yo también estuve así, porque sé que si por querer fuera, no estaría así, porque tampoco soy yo nadie para gritarle a nadie lo que tiene que hacer en temas que no me incumben. Y por eso, cuando sus ojos, por un momento, dejan de expresar dolor para encenderse un poquito, sólo un poquito, y murmuran "quizá así... quizá hoy... quizá con esto...", por mucho que me pueda fastidiar la idea de pensar que puede volver a estar mal, que puede ir a peor, que no debería haber más quizás y que debería dejar de pensar en ello de una recondenada vez por todas, en parte, me muerdo la lengua y vuelvo a tender la mano, por si pudiera ayudar, por si fuera necesario para conseguirlo. Y sigo haciéndolo cuando la luz se apaga, esperando a que se vuelva a encender para no ver más esa expresión, hasta que haya otra manera de no verla.
Al fin y al cabo, eso lo aprendes cuando llevas mucho tiempo mirando a los mismos ojos. A tus amigos, a tu familia, a tus parejas... pero también hay gente capaz de verlo nada más cruzarse con un desconocido. Empatía, lo llaman algunos. Yo lo llamo saber demasiado sobre ello. El caso es que todo es saber mirar e interpretar lo que ves, te guste o no.
Tengo una amiga enamorada. Y tengo otra igual. Y en fin, tengo decenas de amigos enamorados y
A mí me gusta oír hablar a mi amiga. Me gusta verla. Me gusta darme cuenta de lo que siente, porque es tan evidente que casi podrías tocarlo y jugar a hacerle cosquillas. Se le nota en todas partes. Cuando sonríe, cuando habla, cuando se ríe, cuando simplemente camina. Cuando me mira a los ojos, lo veo. Aunque se esté riendo por algo que haya dicho o hecho, aunque esté hablándome de algún problema, aunque esté regañándome enfadada, lo veo. Y tengo que hacer mucho esfuerzo para no empezar a sonreír y decirle: ¿sabes que te brillan los ojos? (más que nada, porque si lo hiciera mientras me regaña, cobraría). Aunque bueno, tampoco es tan evidente, pero cuando pasas años mirando a los ojos a alguien, puedes saber lo que siente al mirarle. Y yo lo veo, es como un puntito de luz que está ahí, sonriendo continuamente, riéndose siempre, dando pequeños saltitos de felicidad. Y yo me alegro, y me gusta verlo, porque es como si ese puntito me gritara "¡está bien, no ocurre nada, todo está bien, todo está bien!". Y después de tanto tiempo, saber que sigue ahí, me tranquiliza mucho, porque todo está bien, porque me asegura que está bien.
Y en cambio, hay veces que ese puntito no es feliz, no sonríe ni da saltitos. En otras personas, ver ese puntito de luz no me tranquiliza en absoluto, porque me recuerda al brillo febril de los ojos de cuando alguien está malo, que está ahí, pero que es del tipo que te indica que precisamente, algo no va bien. Y el resto de "síntomas" es distinto, pero se nota en lo mismo. Cuando el amor no es del tipo que te alegra la vida, te la cambia de todas formas. También se nota en todas partes, hasta en el más mínimo movimiento de manos. Y llamadme exagerada, pero sé de lo que hablo por experiencia y porque lo veo a menudo. Y no soporto verlo. Odio ver que esa luz, que debería significar alegría, no expresar más que dolor, confusión, desesperación, tristeza. No me asegura que está bien, si no todo lo contrario. Le oigo decir "¡sácame de aquí, ayúdame, páralo, quítamelo!", mientras me mira con la cara distorsionada. Y eso hace que, en el fondo, se abra mi cajón de las cosas ocultas y me den ganas de salir corriendo, de huir, de no permitir que eso vuelva a afectarme. Pero aguanto, porque si no aguanta él, alguien tendrá que hacerlo hasta que recobre fuerzas para salir de ahí solo.
Y a veces me da rabia, me enfado, me dan ganas de agarrar a esa persona de los hombros y zarandearla diciéndole "¡REACCIONA, POR EL AMOR DE DIOS, REACCIONA!". Y luego me siento culpable, porque yo también estuve así, porque sé que si por querer fuera, no estaría así, porque tampoco soy yo nadie para gritarle a nadie lo que tiene que hacer en temas que no me incumben. Y por eso, cuando sus ojos, por un momento, dejan de expresar dolor para encenderse un poquito, sólo un poquito, y murmuran "quizá así... quizá hoy... quizá con esto...", por mucho que me pueda fastidiar la idea de pensar que puede volver a estar mal, que puede ir a peor, que no debería haber más quizás y que debería dejar de pensar en ello de una recondenada vez por todas, en parte, me muerdo la lengua y vuelvo a tender la mano, por si pudiera ayudar, por si fuera necesario para conseguirlo. Y sigo haciéndolo cuando la luz se apaga, esperando a que se vuelva a encender para no ver más esa expresión, hasta que haya otra manera de no verla.
Al fin y al cabo, eso lo aprendes cuando llevas mucho tiempo mirando a los mismos ojos. A tus amigos, a tu familia, a tus parejas... pero también hay gente capaz de verlo nada más cruzarse con un desconocido. Empatía, lo llaman algunos. Yo lo llamo saber demasiado sobre ello. El caso es que todo es saber mirar e interpretar lo que ves, te guste o no.
Etiquetas:
Shit Claudia says.
Sueños de plástico.
Como ya dije una vez antes y llevo diciendo un tiempo, estoy volviendo a plantearme la idea de escribir un libro. Cada día se me ocurren como cincuenta argumentos, tres mil personajes, millones de tramas y lugares. Imagino escenas enteras, historias que empiezo y dejo inconclusas, modelo mentalmente personajes que siempre dejo a medias. Nunca los termino. Es por eso por lo que fracaso estrepitosamente cuando intento escribir algo que no sean viñetas, cosas cortas o simplemente que no sean acerca de mis pensamientos.
Lo intenté dos veces antes. Ni que decir que ambas veces fueron sendos fracasos. Además, yo tengo el problema de que cuando empiezo a escribir algo y lo desarrollo, siempre acabo por salirme del argumento como quiero y no me gusta cómo lo he empezado, y entonces lo tengo que cambiar todo y en fin, esfuerzo para nada. Lo dejo incompleto porque la mayoría de las veces no sé ya ni cómo seguirlo. Y me da rabia, la verdad. Me frustra mucho no poder escribir una historia con principio, nudo y desenlace, porque digo yo, ¿qué escritora no es capaz de terminar una obra? Si quiero llegar a serlo, tendré que escribir alguna entera, ¿no? Digo yo. Pero en fin.
Por eso quiero empezar con el tercer intento. Dicen que a la tercera va la vencida, y además, cuento con los fallos de los anteriores que corregí en mi estilo. Al menos ya no tiro de self-insert, ya es algo. Al principio lo hacía por diversión, porque me quería sentir más involucrada, pero al final cansa. Y tengo mil quinientos argumentos para la historia, a cada cual más diverso, y muchos personajes, y cientos de paisajes o circunstancias en las que se desarrollaría. Podría ser una novela histórica de caballeros de la Edad Media. Podría ser una historia futurista. Podría ser un libro contemporáneo, como estos que causan sensación entre los adolescentes de hoy. No lo sé, la verdad es que he pensado de todo. Y personajes, buf, de todo tipo los hay. Y ya lugares o tramas o contextos ni hablamos, ¿cierto?
Aunque bueno, por ahora es sólo una idea, un deseo. Últimamente me estoy centrando mucho en mis estudios, la verdad, y no me quiero distraer. Es el último año antes de la Universidad, y estoy realmente acojonada. No hay tarde que no tenga un libro delante, e incluso me estoy temiendo que voy a tener que ir a devolver el que pedí en la biblioteca porque no me lo voy a poder leer en casa, y me niego a llevarlo en la mochila por miedo a que se estropee en el instituto o en los trayectos. Pero de todas formas tendré siempre ahí la ilusión del tercer libro. Es mi sueño de plástico.
Lo llamo así porque es la definición que más me gusta. No es una realidad ni una apetencia cualquiera, es un sueño: tener un libro mío, escrito por mí, publicado, en hojas de papel con una ilustración en la portada. Lo que haría por tener un libro publicado... en fin. Y es de plástico, pero no de plástico policromado o blanco como el PVC, sino del plástico transparente y duro. No quiero sueños de cristal, que se rompen de un golpe en mil pedazos, y tampoco sueños de hierro, que al final te acaban pesando y los cumples sólo por deshacerte de ellos. Es mi sueño de plástico, porque es transparente como el cristal y ligero, y porque lleva tantos golpes que todavía no se rompe. Yo tengo un sueño de plástico que me va a durar años y años. Y me doy por satisfecha con tenerlo, hasta que lo pueda cumplir. Ya entonces me buscaré otro. Pero de plástico, por supuesto.
Etiquetas:
Shit Claudia says.
jueves, 13 de octubre de 2011
¿Te has fijado?
Nunca tenemos todo lo que queremos. Sin embargo, hay veces que parece que sí, que a grandes rasgos lo tienes, que no puedes pedir más, que todo está bien y de acuerdo con tus necesidades y deseos, y no lo sientes así por mucho que tu lado racional te diga lo contrario. Es contradictorio, valga la redundancia, porque a ojos de los demás estás satisfecha, a tus propios ojos lo deberías estar, pero no. Porque si no es por a, es por b. Porque si tú tienes novio y es moreno, tú lo querías castaño. Porque si tienes una pulsera roja, tú la querías azul. Porque si para cenar hay pescado, tú querías carne.
Y sí, sabes que son unas gilipolleces, que puedes pasar perfectamente por alguien caprichoso, que deberías cerrar el pico sólo por el mero hecho de tener todo eso sin preocuparte de los detalles, pero hay veces que una está tan centrada en la perfección que un simple detalle que no llega a ser imperfecto del todo le exaspera. Porque, joder, ¡qué más te darán los colores o la cena, si sabes que también te gusta así! Pero no, hay días que te pones tonta, y te pones tonta. Y que haces un berrinche y lo aguantas todo estoicamente como si te estuvieran pidiendo un favor del tamaño de sostener el cielo sobre el mundo. Y cuando te vas a acostar ese día, haces lista de todo lo que has hecho, y sólo piensas: "...En el fondo todo está bien. Soy idiota." ¡Y tienes razón! ¡Tienes toda la jodida razón! Porque todo es perfecto, y eres tú la que está afeando esa perfección. Los imperfectos algunas veces también hacen las cosas más perfectas. Pero te das cuenta tarde.
Pero hay otras veces que no. Que no hay quien te haga dejar de ser feliz ese día. Que no, que por tus huevos que no. Por mucho que te tengas que cambiar mil veces para verte guapa. Aunque se te manchen los pantalones mientras desayunas y tengas que volver a cambiarte. A pesar de que te despistes y hagas la mochila para un lunes y sea jueves. No importa te tires dos horas en clase sin libros. No pasa nada por que te llegue un sms diciendo que has agotado el bono de alta velocidad en Internet en tu móvil. Da igual que tu móvil casi se quede sin batería antes de llegar a casa. Tú has dicho que por tus santos ovarios que hoy no te amargaba nada, y no te va a amargar nada. Ni siquiera el hecho de que tres chicos que rechazaste en su día te estén volviendo a dar (demasiadas) señales de vida. Que no, que no, que hoy no te amarga ni Dios.
Y aunque no tengas lo que quieres, con o sin imperfecciones, eres feliz, porque tu vida es así y te gusta tal y como es. Peor sería si fuera aburrida y siempre te pasara lo mismo, ¿no?
Y sí, sabes que son unas gilipolleces, que puedes pasar perfectamente por alguien caprichoso, que deberías cerrar el pico sólo por el mero hecho de tener todo eso sin preocuparte de los detalles, pero hay veces que una está tan centrada en la perfección que un simple detalle que no llega a ser imperfecto del todo le exaspera. Porque, joder, ¡qué más te darán los colores o la cena, si sabes que también te gusta así! Pero no, hay días que te pones tonta, y te pones tonta. Y que haces un berrinche y lo aguantas todo estoicamente como si te estuvieran pidiendo un favor del tamaño de sostener el cielo sobre el mundo. Y cuando te vas a acostar ese día, haces lista de todo lo que has hecho, y sólo piensas: "...En el fondo todo está bien. Soy idiota." ¡Y tienes razón! ¡Tienes toda la jodida razón! Porque todo es perfecto, y eres tú la que está afeando esa perfección. Los imperfectos algunas veces también hacen las cosas más perfectas. Pero te das cuenta tarde.
Pero hay otras veces que no. Que no hay quien te haga dejar de ser feliz ese día. Que no, que por tus huevos que no. Por mucho que te tengas que cambiar mil veces para verte guapa. Aunque se te manchen los pantalones mientras desayunas y tengas que volver a cambiarte. A pesar de que te despistes y hagas la mochila para un lunes y sea jueves. No importa te tires dos horas en clase sin libros. No pasa nada por que te llegue un sms diciendo que has agotado el bono de alta velocidad en Internet en tu móvil. Da igual que tu móvil casi se quede sin batería antes de llegar a casa. Tú has dicho que por tus santos ovarios que hoy no te amargaba nada, y no te va a amargar nada. Ni siquiera el hecho de que tres chicos que rechazaste en su día te estén volviendo a dar (demasiadas) señales de vida. Que no, que no, que hoy no te amarga ni Dios.
Y aunque no tengas lo que quieres, con o sin imperfecciones, eres feliz, porque tu vida es así y te gusta tal y como es. Peor sería si fuera aburrida y siempre te pasara lo mismo, ¿no?
Etiquetas:
Shit Claudia says.
sábado, 24 de septiembre de 2011
Serpientes.
Personalmente, yo no necesito bebidas energéticas para estar dispuesta a todo. Sólo necesito unos auriculares, una buena canción y una razón. Cuando subo el volumen al máximo, desaparece todo. Sólo está la pantalla y la música. Sólo existen las palabras de la canción, la historia que me cuenta, y la relación que pueda tener con algún capítulo de mi vida, y el resto sale solo. Odio que me interrumpan cuando hago esto, porque es como un momento de meditación para mí. Algunos prefieren el silencio, yo soy más de batería, guitarras y frases con sentido gritadas en mis oídos. Y sin embargo, siempre hay una razón para que lo haga, un argumento para evadirme de esta manera. Lo hago, mayormente, cuando me fallan las fuerzas, cuando no tengo ganas, cuando el miedo se convierte en pánico y sólo quiero salir corriendo en otra dirección. El miedo que tengo a los payasos, o a las arañas, o a la oscuridad o a las pesadillas en las que estoy sola y no hay nadie a mi alrededor es grande, pero no tanto como el miedo a perder el control.
Admito que a veces lo pierdo a propósito, porque hay veces que las cosas me rebasan y sólo quiero dejarme llevar y que otros me digan que todo está bien y que se hagan cargo ellos, pero la mayoría de las veces no. Quiero hacerme cargo de mí misma, quiero ser independiente, quiero hacer las cosas bien sin tener los ojos de alguien clavados en la nuca constantemente. Quiero poder controlar al mínimo detalle todo lo que tenga relación conmigo, es casi obsesivo.
Por eso, es ver que algo escapa a mi comprensión o a mi vigilancia, y saltar todas las alarmas. Y ponerme histérica. Y montar en cólera. Y ponerme paranoica. Y muy, muy mal.
Admito que a veces lo pierdo a propósito, porque hay veces que las cosas me rebasan y sólo quiero dejarme llevar y que otros me digan que todo está bien y que se hagan cargo ellos, pero la mayoría de las veces no. Quiero hacerme cargo de mí misma, quiero ser independiente, quiero hacer las cosas bien sin tener los ojos de alguien clavados en la nuca constantemente. Quiero poder controlar al mínimo detalle todo lo que tenga relación conmigo, es casi obsesivo.
Por eso, es ver que algo escapa a mi comprensión o a mi vigilancia, y saltar todas las alarmas. Y ponerme histérica. Y montar en cólera. Y ponerme paranoica. Y muy, muy mal.
Etiquetas:
Shit Claudia says.
martes, 6 de septiembre de 2011
Un monstruo. El mío. Yo.
Alegría momentánea. Excitación pasajera. Risa nerviosa. Y ahora, a las 00:56, vuelves en ti. Sigues contenta, no lo niegas, pero has cambiado de tema por un momento. Esa canción tiene algo que ver. Cierras los ojos.
_________________________________________________________________________________
Estoy en una habitación de un hospital abandonado. Me levanto, no sé dónde estoy, ¿cómo demonios he acabado aquí? Me duele la cabeza. ¿Qué...?
¡BRRRRRRROOOOOOOOOOOOOM!
-¿¡QUÉ HA SIDO ESO!? ¡¿QUÉ COÑO HA SIDO ESO?! ¡DIOS, CORRE, POR TU VIDA, CORRE! ¡CORRE, CLAUDIA, CORRE!
-¿Quién ha hablado? ¿Qué dem...? ¡¿?! ¡Joder, seas quien seas, suéltame el brazo o te lo llevarás a él solo! ¡Duele! ¡Ah! ¡Aaaaaaaaah! ¡Suéltame!
-¡¡QUE CORRAS!!
¡SBAAAAAAAAAAAAAAAAAM! ¡BROOOOOOM! ¡PFSHHHHHHHHHHHHHH!
Creo que mejor corro. Dios, cómo corre ese... esa... aquel... ella... ese ser. Cómo corre ese ser. Uf, lo que me está costando alcanzarle, ¿por qué corremos? ¿Qué son esos golpes y explosiones? ¿Eh? ¿¡DÓNDE SE HA METIDO!?
-¡¡Ven aquí!!
-¿¡DÓNDE ES AQUÍ!?-si fuera en otro momento me reiría, pero creo que más que nada tengo miedo, ganas de llorar y adrenalina en el cuerpo.
Un brazo me lanza dentro de una salita de espera. Está destrozada. Las paredes están desconchadas y la pintura se cae a trozos, el suelo está lleno de escombros y la única ventana que hay está rota, dando a un cielo gris pálido y a un bosque tupido, de un verde demasiado oscuro. Tengo que apoyar mis brazos en la pared de la ventana, porque me iba a estrellar contra ella por el impulso. Tanto mi compañer@ de carrera como yo estamos exhaustos, respiramos con violencia y tenemos la piel de gallina.
Me giro hacia él/ella. Y no podía haberme sorprendido más. No es nadie, y son todos. Es una persona, y al segundo otra, y otra, y otra más. Una especie de ser que se transforma sin parar en gente que conozco. Es mi padre. Es mi profesor. Es esa chica del instituto. Es mi abuela. Es mi exnovio. Es mi amiga. Es un ex compañero. Es todos, y ninguno ya. Se ha dado cuenta de que le estoy mirando raro. Obvio, mi cara de flipe es evidente.
-Tu alma. Encantada- me han dicho mi peor enemiga y la ex directora de mi antiguo colegio. Nada, lo normal.
-...Yo. Igualmente.-¿Qué le vas a decir a tu alma? ¿"Hola, soy el cartero"?- ¿Dónde estamos...exactamente?
-En ti-creo que mi cara de susto/impresión/meestásvacilando le ayudó a entender que no había comprendido-. Este hospital eres tú. Esta habitación-dijo el novio de mi mejor amiga-es tus sentimientos.
-Ah... ya.
Mi prima mayor me miró alzando una ceja y el padrino de mi hermana le dio un puñetazo a una pared. Todo el edificio se estremeció, y se oyó cómo se rompían cientos de cristales. Un amigo de mi padre me miró con las cejas alzadas, como preguntándome si necesitaba más pruebas.
-Tus sentimientos están en ti. Son una parte de ti, pequeña, pero importante. Ahora están destrozados. Y cualquier golpe en ellos, reverbera en ti con más fuerza-me explicaron el hermano de un amigo y la prima de una amiga.
-¿Y se puede saber qué hacemos aquí? Porque no me interesa que me demuestren que estoy hecha una mierda, muchas gracias. Lo estoy intentando arreglar.
Mi vecino de seis años soltó una carcajada irónica. Maldito crío.
-No lo estás intentando arreglar. No debes intentar arreglarlo. Éstos no son todos tus sentimientos, son unos en particular. Ésos que quieres evitar. Pero aquí siguen. ¿No deberías destruirlos?-maldita compañera de trabajo de mi madre. Miro a mi profesor de Educación Física completamente perdida. Mi compañera de intercambio me señala una pared con seriedad. Entiendo el mensaje.
Me acerco lentamente a aquella pared, tanto que la rozo con la nariz. Me he pegado a ella. No me gusta esa pared. Me hace recordar cosas malas. Me da escalofríos. Te quiero mucho mucho mucho. Siempre escucho música con el móvil. Eres lo peor que me he echado a la cara. Lo he escuchado perfectamente. La pared lo ha dicho. Con mi voz. La pared lo ha dicho con mi voz. Y las imágenes han venido a mi cabeza como una catarata. Y ya no hay dudas.
Me alejo de la pared mortalmente seria, miro de reojo a mi madre y cargo contra la pared con todas mis fuerzas con un placaje nada delicado.
¡SSBRRROOOOOOOOOOOOOOMM!
Patada. Patada. Puntapié. Pisotón. Rodillazo. Codazo. Puñetazo. Puñetazo. Puñetazo. Manotazo. Manotazo. Sólo oigo un estruendo ensordecedor y una canción que suena a un volumen que me hace daño en los oídos. Y sigo oyendo las voces. No quiero oírlas. Patada. Puñetazo. Puñetazo. Puñetazo. Cabezazo.
Lo sorprendente es que no me duelen los golpes. Que no me hace daño hartarme a patear esa pared. Que no me duele la cabeza al clavarla en la pared con todas mis fuerzas. Que mi cuello no se resiente. Que sigo entera y sin una magulladura. Me giro a ver a la hermana de mi amiga, que observa con suspicacia la puerta de la habitación. Se puede ver una nube de polvo en el pasillo y una luz rojiza que juraría que eran llamas. Entonces todo se calla, y mi tío se gira para mirarme con el ceño fruncido y me dice:
-Sigue.
Prefiero obedecer. Las voces han vuelto. Que si, pesado. Mañana en la parada de metro. No me lo puedo creer. ¿Dónde vamos? Sí, deberías esperar para vender la moto. No, no, que te dejo. Deberías comer algo.
He perdido la cordura. Duele. Joder, duele demasiado. No puedo. No puedo... Empiezo a apalizar la pared como si no hubiera mañana. Ya me he cargado completamente la capa de pintura y la de yeso. Ahora es cemento. Lo más duro.
-Estás rota de dolor. Lo sé. Has enloquecido de indignación, de odio, de orgullo, de dolor, de desesperación. Grita. ¡Grita!
Grito con todas mis fuerzas mientras vuelvo a dar un derechazo a la pared con todo el impulso que puedo coger. Sin comerlo ni beberlo, acabo de atravesar una pared de cemento. De un puñetazo. Se ha quedado el contorno de mi brazo y puedo ver otra habitación desde el agujero. Está impoluta, a pesar de los escombros que acabo de tirar dentro.
Miro a mi hermana completamente confundida. Yo me devuelvo la sonrisa, mientras yo sigo hecha un lío y me asusto cada vez más.
-Es un buen comienzo.
_________________________________________________________________________________
Estoy en una habitación de un hospital abandonado. Me levanto, no sé dónde estoy, ¿cómo demonios he acabado aquí? Me duele la cabeza. ¿Qué...?
¡BRRRRRRROOOOOOOOOOOOOM!
-¿¡QUÉ HA SIDO ESO!? ¡¿QUÉ COÑO HA SIDO ESO?! ¡DIOS, CORRE, POR TU VIDA, CORRE! ¡CORRE, CLAUDIA, CORRE!
-¿Quién ha hablado? ¿Qué dem...? ¡¿?! ¡Joder, seas quien seas, suéltame el brazo o te lo llevarás a él solo! ¡Duele! ¡Ah! ¡Aaaaaaaaah! ¡Suéltame!
-¡¡QUE CORRAS!!
¡SBAAAAAAAAAAAAAAAAAM! ¡BROOOOOOM! ¡PFSHHHHHHHHHHHHHH!
Creo que mejor corro. Dios, cómo corre ese... esa... aquel... ella... ese ser. Cómo corre ese ser. Uf, lo que me está costando alcanzarle, ¿por qué corremos? ¿Qué son esos golpes y explosiones? ¿Eh? ¿¡DÓNDE SE HA METIDO!?
-¡¡Ven aquí!!
-¿¡DÓNDE ES AQUÍ!?-si fuera en otro momento me reiría, pero creo que más que nada tengo miedo, ganas de llorar y adrenalina en el cuerpo.
Un brazo me lanza dentro de una salita de espera. Está destrozada. Las paredes están desconchadas y la pintura se cae a trozos, el suelo está lleno de escombros y la única ventana que hay está rota, dando a un cielo gris pálido y a un bosque tupido, de un verde demasiado oscuro. Tengo que apoyar mis brazos en la pared de la ventana, porque me iba a estrellar contra ella por el impulso. Tanto mi compañer@ de carrera como yo estamos exhaustos, respiramos con violencia y tenemos la piel de gallina.
Me giro hacia él/ella. Y no podía haberme sorprendido más. No es nadie, y son todos. Es una persona, y al segundo otra, y otra, y otra más. Una especie de ser que se transforma sin parar en gente que conozco. Es mi padre. Es mi profesor. Es esa chica del instituto. Es mi abuela. Es mi exnovio. Es mi amiga. Es un ex compañero. Es todos, y ninguno ya. Se ha dado cuenta de que le estoy mirando raro. Obvio, mi cara de flipe es evidente.
-Tu alma. Encantada- me han dicho mi peor enemiga y la ex directora de mi antiguo colegio. Nada, lo normal.
-...Yo. Igualmente.-¿Qué le vas a decir a tu alma? ¿"Hola, soy el cartero"?- ¿Dónde estamos...exactamente?
-En ti-creo que mi cara de susto/impresión/meestásvacilando le ayudó a entender que no había comprendido-. Este hospital eres tú. Esta habitación-dijo el novio de mi mejor amiga-es tus sentimientos.
-Ah... ya.
Mi prima mayor me miró alzando una ceja y el padrino de mi hermana le dio un puñetazo a una pared. Todo el edificio se estremeció, y se oyó cómo se rompían cientos de cristales. Un amigo de mi padre me miró con las cejas alzadas, como preguntándome si necesitaba más pruebas.
-Tus sentimientos están en ti. Son una parte de ti, pequeña, pero importante. Ahora están destrozados. Y cualquier golpe en ellos, reverbera en ti con más fuerza-me explicaron el hermano de un amigo y la prima de una amiga.
-¿Y se puede saber qué hacemos aquí? Porque no me interesa que me demuestren que estoy hecha una mierda, muchas gracias. Lo estoy intentando arreglar.
Mi vecino de seis años soltó una carcajada irónica. Maldito crío.
-No lo estás intentando arreglar. No debes intentar arreglarlo. Éstos no son todos tus sentimientos, son unos en particular. Ésos que quieres evitar. Pero aquí siguen. ¿No deberías destruirlos?-maldita compañera de trabajo de mi madre. Miro a mi profesor de Educación Física completamente perdida. Mi compañera de intercambio me señala una pared con seriedad. Entiendo el mensaje.
Me acerco lentamente a aquella pared, tanto que la rozo con la nariz. Me he pegado a ella. No me gusta esa pared. Me hace recordar cosas malas. Me da escalofríos. Te quiero mucho mucho mucho. Siempre escucho música con el móvil. Eres lo peor que me he echado a la cara. Lo he escuchado perfectamente. La pared lo ha dicho. Con mi voz. La pared lo ha dicho con mi voz. Y las imágenes han venido a mi cabeza como una catarata. Y ya no hay dudas.
Me alejo de la pared mortalmente seria, miro de reojo a mi madre y cargo contra la pared con todas mis fuerzas con un placaje nada delicado.
¡SSBRRROOOOOOOOOOOOOOMM!
Patada. Patada. Puntapié. Pisotón. Rodillazo. Codazo. Puñetazo. Puñetazo. Puñetazo. Manotazo. Manotazo. Sólo oigo un estruendo ensordecedor y una canción que suena a un volumen que me hace daño en los oídos. Y sigo oyendo las voces. No quiero oírlas. Patada. Puñetazo. Puñetazo. Puñetazo. Cabezazo.
Lo sorprendente es que no me duelen los golpes. Que no me hace daño hartarme a patear esa pared. Que no me duele la cabeza al clavarla en la pared con todas mis fuerzas. Que mi cuello no se resiente. Que sigo entera y sin una magulladura. Me giro a ver a la hermana de mi amiga, que observa con suspicacia la puerta de la habitación. Se puede ver una nube de polvo en el pasillo y una luz rojiza que juraría que eran llamas. Entonces todo se calla, y mi tío se gira para mirarme con el ceño fruncido y me dice:
-Sigue.
Prefiero obedecer. Las voces han vuelto. Que si, pesado. Mañana en la parada de metro. No me lo puedo creer. ¿Dónde vamos? Sí, deberías esperar para vender la moto. No, no, que te dejo. Deberías comer algo.
He perdido la cordura. Duele. Joder, duele demasiado. No puedo. No puedo... Empiezo a apalizar la pared como si no hubiera mañana. Ya me he cargado completamente la capa de pintura y la de yeso. Ahora es cemento. Lo más duro.
-Estás rota de dolor. Lo sé. Has enloquecido de indignación, de odio, de orgullo, de dolor, de desesperación. Grita. ¡Grita!
Grito con todas mis fuerzas mientras vuelvo a dar un derechazo a la pared con todo el impulso que puedo coger. Sin comerlo ni beberlo, acabo de atravesar una pared de cemento. De un puñetazo. Se ha quedado el contorno de mi brazo y puedo ver otra habitación desde el agujero. Está impoluta, a pesar de los escombros que acabo de tirar dentro.
Miro a mi hermana completamente confundida. Yo me devuelvo la sonrisa, mientras yo sigo hecha un lío y me asusto cada vez más.
-Es un buen comienzo.
Etiquetas:
De mayor quiero ser escritora perturbada.
domingo, 28 de agosto de 2011
Planes de pasado y problemas del futuro.
Una vez, hace mucho tiempo, o no tanto, quién sabe, una persona me dijo algo que se me quedó marcado muy hondo, algo que me vino dando dolores de cabeza un tiempo y que olvidé hasta hace más bien poco. Esa persona, mi inigualable madre, me dijo una tarde: "Claudia, yo sólo pido una cosa para ti. Sólo quiero que te pase una cosa en la vida, y te lo digo ahora por si en algún momento no estoy. Quiero que te enamores, porque es lo más bonito que te puede pasar en la vida, el tener un amor como el mío.".
Yo, que no había tenido mucha experiencia en eso y todavía sigo más o menos igual, recuerdo que la miré confusa y medio dudando asentí. Pero, ¿cómo decirle a mi madre que yo no soy capaz de enamorarme? ¿Cómo le explico que mi miedo a comprometerme es más fuerte que yo? Tampoco sería capaz de admitir que no sé lo que es enamorarse, que no lo he sentido nunca o que si alguna vez lo he hecho, no quisiera repetir. Y aunque lo sabe, aunque se lo he confesado tras las lágrimas, no creo que entienda por qué es tan grande el miedo a sufrir daños otra vez. Y eso nos lleva a otro punto.
Hace poco tiempo, un amigo me recordó cuando yo creía en el "nunca digas nunca". Y tiene razón, creía en ello como la que más. Tengo una mesa de instituto y un archivador que lo demuestran. NSN está escrito por todas partes. Never say never. Hace tiempo de eso. Meses ya, no recuerdo cuántos. Y sin embargo, ya no creo en ello, porque descubrí que el adjetivo "eterno" se lo puedes poner a muy, muy pocas cosas. Porque no siempre puedes aguantar. No siempre puedes tener lo que quieres. No siempre lo conseguirás. Y a pesar de tus triunfos, que serán muchos, fracasarás. Fracasarás estrepitosamente. Te humillarán, te ridiculizarán por tus derrotas. Te golpearán y se reirán de ti. No estoy hablando de la gente, estoy hablando de las circunstancias, de la vida, de las consecuencias de nuestros actos. Sin embargo, todavía creo en un nunca. En ninguno más, porque hay que admitir cuando uno ya no puede más, pero siempre, siempre habrá un nunca que no me podrán quitar. "Nunca, jamás en mi vida, me derribarán y me quedaré tendida en el suelo sin levantarme una vez más".
Aclarado ese punto, es hora de volver a la cuestión principal, el deseo de mi madre por que encuentre el amor y mi miedo y rechazo a hacerlo. En el fondo, quiero cumplir ese deseo suyo. Quiero enamorarme, sentirme querida, querer a alguien más que a mi propia vida, tener un compañero para el fin de mis días, despertarme y sentir el calor de alguien más conmigo. Sin embargo, no ahora, no dentro de un año, no dentro de dos. Dentro de un año seguiré siendo una adolescente confundida y con poca experiencia amorosa. Dentro de dos, seré igual, quién sabe si con más ex novios o no. En el fondo, no importa. Quiero enamorarme tarde, lo más tarde posible. Tarde y despacio. Tarde, para aprender todo lo que pueda antes de enfrentarme a ello y vivir miles de cosas antes de vivir lo más ansiado por todo el mundo. Y despacio, porque las buenas cosas se hacen despacito, sin prisa, paso a paso, con buena letra y disfrutando de cada detalle. ¿De qué me serviría enamorarme deprisa y no vivirlo con tranquilidad para asimilarlo? Tarde y despacio. Lentamente. Que no dé tiempo a que se rompa. Que no se fuerce.
Es obvio que no tendré miedo toda mi vida. Sé que en algún momento me plantaré y diré un "sí, quiero", o aceptaré con los brazos abiertos algún tipo de compromiso. En algún momento podré decir que me he enamorado y sabré reconocerlo. Cuando toque, seré capaz de dejarme el miedo a acabar herida debajo de la cama y vivir tranquila, asumiendo las consecuencias de querer vivir una experiencia así. Y si salgo mal parada, si no resulta, si se rompe, si no llega, no pasa nada. Espero que no sea algo con lo que necesite vivir. Mi madre lo mismo se decepciona, pero personalmente no veo algo imprescindible enamorarse. Quizá lo haga, quizá no. Pero tampoco me hace falta eso para aprender a amar. Amar es algo que se hace día a día, no cuando conoces a cierta persona determinada. Amas ver amanecer, amas acariciar a tu mascota, amas reírte a carcajadas, amas comer algo rico después de un día duro, amas ver o como mínimo hablar con tus amigos de verdad. Lo amas, porque lo esperas todos los días, porque te sientes extraño cuando no lo haces, porque cuando quieres y no puedes hacerlo te enfadas y ya no te quitas ese malestar hasta que puedes hacerlo de nuevo. Eso es amar para mí.
Sin embargo, si en algún momento tengo que variar esta descripción, lo haré. Pero por ahora, no estoy enamorada de nadie, estoy enamorada de todas esas cosas, y no tengo la más mínima intención de cambiarlo por dedicarme a una sola persona, por ahora. Y si algún día lo pienso, creo que esa persona, si se enamorase de mí, tendría que convivir con el resto de mis amantes.
Etiquetas:
Shit Claudia says.
sábado, 6 de agosto de 2011
Ta dah!
El teatro está expectante. Las butacas están llenas, los palcos rebosan, todos cuchichean bajito para escucharse entre todos, nadie quiere perderse un comentario, todos quieren enterarse de todo. La sala está a oscuras, unos focos tenues colocados estratégicamente alumbran el telón tenuemente, dejando el resto de la sala en penumbras. Hay gente de todas las clases, para todos los gustos, de todas las formas. Todos ansían contemplar el mismo espectáculo. Todos quieren ser entretenidos.
Los focos se encienden con un gran chasquido, el telón se ilumina con fuerza, los susurros terminan de golpe, alguien se ha asustado por el repentino comienzo. El telón rojo parece una cascada de terciopelo. De pronto, el telón se separa por la mitad y aparece una figura alta. Se vuelven a oír algunos comentarios en voz baja hasta que aquel hombre golpea con su bastón el escenario.
-¡Bienvenidos, damas y caballeros, al espectáculo que jamás podrán olvidar, a la obra maestra de la comedia, a la joya del tesoro que es la tragedia, a la flor y la nata de lo absurdo, a la cumbre de la magnificencia de toda lógica!-anuncia aquel hombre enfundado en un frac, con bastón negro de extremos de metal, voz potente, sonrisa macabra y capa negra y roja. Su pelo negro peinado hacia atrás brilla por la gomina y la luz. Su sonrisa encandila a mujeres, sorprende a hombres y asusta a niños-. El show que van a contemplar ahora mismo es único, invariable, inigualable. Les aseguro risas, les aseguro lágrimas. Les aseguro puro y sano entretenimiento. Les advierto que algunas partes pueden resultar desagradables, obscenas, traumáticas o de mal gusto. Invito amablemente a quienes tengan conciencia pura o pureza de alma que salgan de la sala.
Nadie ha movido un dedo. El silencio es denso y ni siquiera los niños más pequeños han pestañeado para dejar de mirar al presentador. Sus padres no parecen más preocupados.
-Lo suponía-continuó el presentador más para sí mismo que para el resto, ampliando su sonrisa, convirtiéndola en una mueca de pura malicia-. Entonces, ¡dispónganse a contemplar este espectáculo digno de admirar, sumérjanse en su historia, aprendan de sus moralejas! Porque créanme, queridos espectadores, esto es más real de lo que ustedes mismos creen... es la historia de la vida, ¡el espectáculo de la existencia! ¡La obra maestra de la humanidad!
El presentador coge un costado de su capa, y ondeándola con dramatismo, vuelve a atravesar el telón para meterse entre bambalinas. El público espera hasta que desaparece para romper a aplaudir con fuerza y entusiasmo. Segundos después vuelve a haber un silencio tenso, a la espera de que empiece la función. Se oye movimiento detrás del escenario, todo el público está atento al telón rojo, observándolo como si quisieran ver a través del terciopelo.
De pronto, el telón se levanta. El escenario está vacío a excepción de una muchacha vestida de forma humilde con una camisa y una falda larga, ambos de tonos marrones. Una luz intensa rojiza ilumina el escenario, como si todo estuviera empapado de sangre.
Etiquetas:
De mayor quiero ser escritora perturbada.
domingo, 10 de abril de 2011
De sueños y sensaciones.
Hoy, soñé algo raro. Recuerdo sólo fragmentos que se repiten en mi cabeza como fragmentos de película. No tienen sentido ni relación, pero el intento de unirlos y de encontrar su razón hace que los vea bonitos. Primero había un bosque. Lo veía desde arriba, como si viajara en helicóptero dando vueltas sobre él. Luego, una gran y espesa masa de niebla lo cubría. Estaba entre montañas. Era sorprendente cómo aquella enorme masa de color grisáceo ocultaba la enorme mancha verde oscura. Era un bosque espeso, y no hacía sol, así que daba un aspecto un poco tétrico. Pero sentí tristeza cuando lo vi desaparecer. Era bello. Cuando la niebla tapó todo el bosque y sólo se veían las copas de los árboles más grandes como cabezas de alfiler, todo se fue a negro.
Recuerdo luego el interior de un edificio. Era blanco, todo de paneles blancos translúcidos que estaban iluminados. Era un pasillo blanco, ancho y largo. Casi futurista. Sólo recuerdo eso y la sensación de no estar vestida lo suficientemente decente como para estar en ese lugar. Creo que estaba descalza. Raro. Después todo volvió a desaparecer.
Luego recuerdo una playa de noche. La mar estaba bastante retirada, por lo que en la orilla se apreciaba la fuerte iluminación del paseo marítimo pero no llegaba a ese lugar, es decir, veías el paseo casi ardiendo de luz, pero tú estabas casi en tinieblas. Sólo se veían las siluetas recortadas contra la fuerte luz y las crestas de las olas iluminadas. Había gente, pero yo estaba sólo con alguien más. Era una chica rubia con el pelo largo y una sonrisa permanente. Daba la sensación de que era una vieja amiga. El mar estaba revuelto. Estábamos haciendo bodyboard sin tabla. Nos lanzábamos nadando hacia la orilla cuando venían las olas, y llegábamos a la arena sin dificultad. La sensación de no ver nada, de nadar con todas tus fuerzas para llegar antes, de gritar dentro del agua, de oír el estruendo de las olas y nada más, era maravillosa y aterradora. Liberadora e intimidante.
Recuerdo gritar para que mi compañera me escuchase. Me gritó que salía del agua. Dejamos de reírnos a carcajadas, y mientras salía del agua ella, yo me quedé dentro confundida. Sin embargo, tardé poco en volver a jugar con las olas. Estaba esperando otra ola cuando la vi llegar, empapada todavía, pero con una sudadera gris seca encima. Sonrió cuando me vio. Yo reí y llegó la ola que esperaba, que me llevó a la orilla mientras luchaba por ser más veloz que el mar y reía a carcajadas como si me hubiera entregado a la locura. Cuando llegué a la orilla no tenía fuerzas para nada más que para acercarme a mi amiga gateando y sonriendo. Ella se rió por mi aspecto empapado, cansado y lleno de arena y me abrazó. Yo le devolví el abrazo sin dejar de reír. Cuando me soltó, se quitó la sudadera, la dejó en la arena y volvió al agua. Todavía tenía la impresión de estar siendo sacudida por la fuerza de las olas cuando desperté.
Etiquetas:
De mayor quiero ser escritora perturbada.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)